Feed de Contenido

Descubre contenido interesante sobre libros y escritura

Artículo 13 feb, 11:17

Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros

Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros

Un hombre se desploma interpretando a un enfermo imaginario y muere pocas horas después. No es el guion de una película de terror ni una leyenda urbana: es la muerte más irónica de la historia de la literatura. Jean-Baptiste Poquelin, conocido como Molière, se fue de este mundo el 17 de febrero de 1673 con la misma teatralidad con la que vivió. Y aquí estamos, 353 años después, todavía rodeados de sus personajes sin saberlo.

Porque eso es lo verdaderamente perturbador de Molière: no escribió ficción. Escribió profecías. Tomemos a Tartufo, ese hipócrita profesional que se disfraza de santo para manipular a todo un hogar. ¿Te suena? Abre cualquier red social y encontrarás docenas de tartufos modernos: el influencer que predica vida sana mientras se atiborra de comida basura fuera de cámara, el político que habla de austeridad desde su tercer yate, el gurú espiritual que cobra trescientos euros por enseñarte a respirar. Molière los vio venir desde el siglo XVII. La obra fue prohibida por el rey Luis XIV durante cinco años porque la Iglesia se sintió atacada. Claro que se sintió atacada: el espejo que Molière sostenía era demasiado nítido.

Y luego está El misántropo, esa joya incómoda que nos obliga a preguntarnos algo que preferimos evitar: ¿y si el tipo que odia a todo el mundo tiene razón? Alceste, el protagonista, detesta la hipocresía social, las sonrisas falsas, los cumplidos vacíos. En el siglo XVII era un personaje cómico. En 2026, Alceste tendría un podcast con millones de seguidores y una cuenta de X verificada donde despotricaría contra la corrección política. La diferencia entre la comedia de Molière y nuestra realidad es que nosotros ya no nos reímos del misántropo: le damos like.

Pero si hay una obra que debería ser lectura obligatoria en cada hogar con hijos adolescentes, esa es La escuela de las mujeres. Arnolfo, un hombre de mediana edad obsesionado con el control, cría a una joven desde niña para convertirla en la esposa perfecta: sumisa, ignorante, manejable. El plan, naturalmente, le explota en la cara. Molière escribió esto en 1662, más de tres siglos antes de que existiera el término "relación tóxica". El escándalo fue monumental. Lo acusaron de inmoral, de atacar el matrimonio, de corromper las costumbres. Hoy leemos esa obra y pensamos: este hombre era feminista antes de que la palabra existiera. O al menos, tenía los ojos más abiertos que la mayoría de sus contemporáneos.

Lo fascinante de Molière es que eligió la comedia como arma. No escribió tragedias solemnes para que la gente llorara en los palcos. Eligió la risa. Y la risa, amigos, es el arma más peligrosa que existe. Puedes ignorar un sermón. Puedes cerrar un libro de filosofía. Pero cuando alguien te hace reír de ti mismo, el daño ya está hecho. La verdad ya entró. Molière lo sabía mejor que nadie: "El deber de la comedia es corregir a los hombres divirtiéndolos". Fíjate que no dijo "educarlos" ni "adoctrinarlos". Dijo "divirtiéndolos". Porque la diversión baja las defensas, y solo con las defensas bajas estamos dispuestos a escuchar lo que no queremos oír.

Su vida personal fue tan dramática como sus obras. Abandonó una carrera de abogado para dedicarse al teatro, lo que en el siglo XVII equivalía a decirle a tu padre que ibas a ser youtuber. Pasó trece años recorriendo provincias francesas con una compañía ambulante, durmiendo en carromatos y actuando en graneros. No fue una vida glamurosa. Fue la vida de alguien que prefirió la verdad incómoda del escenario a la mentira cómoda de un despacho. Cuando finalmente conquistó París y obtuvo el favor del rey, sus enemigos lo atacaron sin piedad. Los devotos religiosos lo querían muerto. Los dramaturgos rivales lo despreciaban. Y él seguía escribiendo, una comedia tras otra, como si cada insulto fuera combustible.

Hay un detalle que siempre me ha parecido escalofriante: cuando Molière murió, la Iglesia le negó el entierro cristiano. Un actor, decían, no merecía descansar en tierra sagrada. Su esposa tuvo que suplicar al rey para que intercediera, y aun así, lo enterraron de noche, sin ceremonia, casi a escondidas. El hombre que había hecho reír a toda Francia fue enterrado como un criminal. La hipocresía que denunció durante toda su vida lo persiguió hasta la tumba. Si eso no es poesía trágica, no sé qué lo es.

Pero aquí viene la venganza más dulce de la historia literaria: hoy, 353 años después, Molière es el autor más representado del teatro francés. Sus obras se montan cada temporada en París, en Londres, en Buenos Aires, en Tokio. El avaro sigue siendo avaro. El hipócrita sigue siendo hipócrita. El misántropo sigue teniendo razón. Y la Iglesia que le negó el entierro... bueno, digamos que ha tenido sus propios Tartufos desde entonces.

Lo que más me fascina es cómo sus arquetipos han mutado sin perder esencia. Don Juan ya no seduce con capa y espada: ahora usa Tinder y ghostea a las tres horas. El burgués gentilhombre ya no quiere ser noble: quiere ser CEO de una startup y hablar en inglés aunque no le haga falta. Las preciosas ridículas ya no hablan en verso rebuscado: escriben posts de LinkedIn con frases motivacionales vacías y emojis de cohetes. Molière cambia de vestuario, pero nunca de texto. Porque el texto somos nosotros.

Y quizás eso sea lo más incómodo de todo. Nos gusta pensar que hemos evolucionado, que somos más listos, más sofisticados, más conscientes que la gente del siglo XVII. Pero basta con leer una página de Molière para descubrir que seguimos cayendo en las mismas trampas, repitiendo los mismos errores, adorando las mismas máscaras. La vanidad sigue vendiendo. La hipocresía sigue cotizando al alza. Y el tipo sincero sigue siendo el raro de la fiesta.

Molière no necesita homenajes ni efemérides. No necesita que un periódico publique un artículo diciendo lo genial que fue. Lo que necesita —lo que siempre necesitó— es que nos miremos al espejo y, por una vez, en lugar de ajustarnos la máscara, nos la quitemos. Aunque sea un momento. Aunque nos dé vergüenza lo que hay debajo. Porque al final, esa es la única lección que importa de sus treinta y tantas comedias: el ridículo no mata, pero fingir que no eres ridículo te entierra en vida.

Así que hoy, 17 de febrero de 2026, levanto mi copa imaginaria por un hombre que tuvo la audacia de reírse del poder, de la religión, de la aristocracia y de la estupidez humana. Un hombre al que le negaron hasta el derecho de ser enterrado con dignidad y que, sin embargo, terminó siendo inmortal. Si eso no es la mejor comedia jamás escrita, díganme cuál es.

Artículo 8 feb, 14:02

Jules Verne inventó el futuro desde un escritorio: 198 años del hombre que nos hizo llegar tarde

Imagina a un tipo en el siglo XIX, sentado en un despacho de Amiens, sin Google, sin Wikipedia, sin haber pisado jamás un submarino, que describe con precisión escalofriante cómo sería viajar bajo el océano, dar la vuelta al mundo en tiempo récord o descender al corazón mismo del planeta. Ahora imagina que la NASA, cien años después, consulta sus novelas antes de lanzar un cohete. No es ciencia ficción. Es Jules Verne, y hoy cumpliría 198 años. Y nosotros seguimos intentando alcanzarlo.

Nació el 8 de febrero de 1828 en Nantes, Francia, en una familia de abogados que esperaba de él exactamente eso: que fuera abogado. Su padre, Pierre Verne, tenía un plan perfecto para su hijo mayor. Jules tenía otro. A los once años, según la leyenda familiar, intentó embarcarse como grumete en un navío con destino a las Indias. Su padre lo interceptó a tiempo y el chico recibió una paliza memorable. «Solo viajaré en mi imaginación», prometió Jules entre lágrimas. Fue la promesa más productiva de la historia de la literatura.

Porque ese niño castigado se convirtió en el autor más traducido de la lengua francesa y el segundo más traducido del mundo, solo por detrás de Agatha Christie. Escribió más de sesenta novelas dentro de su serie «Viajes extraordinarios», y lo hizo con una disciplina que haría llorar a cualquier escritor contemporáneo: se levantaba a las cinco de la mañana, escribía hasta mediodía, y por las tardes devoraba revistas científicas, informes geográficos y relatos de exploradores. Era, básicamente, un algoritmo humano de procesamiento de información disfrazado de novelista con bigote.

Pero lo verdaderamente perturbador de Verne no es cuánto escribió, sino cuánto acertó. En «Veinte mil leguas de viaje submarino» (1870), describió el Nautilus, un submarino eléctrico capaz de recorrer los océanos en completa autonomía. Cuando lo escribió, los submarinos eran poco más que ataúdes con hélice. En «De la Tierra a la Luna» (1865), lanzó una cápsula tripulada desde Florida —sí, Florida, como Cabo Cañaveral— que orbitaba la Luna y regresaba cayendo al Océano Pacífico. Un siglo después, el Apolo 8 hizo exactamente eso. La coincidencia geográfica es tan precisa que da escalofríos. O risa nerviosa.

Y luego está «La vuelta al mundo en ochenta días» (1872), que no predice tecnología sino algo más sutil: la obsesión moderna con la eficiencia y el tiempo. Phileas Fogg es el primer personaje literario que vive esclavo del reloj, que optimiza cada minuto, que convierte el viaje en logística pura. Es, si lo piensas, el primer CEO de la literatura. Un hombre que no viaja para descubrir, sino para demostrar que se puede. Suena familiar, ¿verdad? Elon Musk con levita y sombrero de copa.

Lo que pocos saben es que Verne no era un científico. Era un obseso de la documentación. Mantenía un archivo de más de veinte mil fichas con datos extraídos de publicaciones científicas. Su editor, Pierre-Jules Hetzel, fue fundamental: lo obligaba a reescribir, a suavizar sus finales más oscuros, a hacer sus personajes más humanos. El Verne original era más sombrío de lo que creemos. En su versión inicial de «Veinte mil leguas», el capitán Nemo era un noble polaco cuya familia había sido asesinada por los rusos. Hetzel, temiendo problemas diplomáticos, lo obligó a dejarlo en misterio. La censura editorial, curiosamente, mejoró al personaje.

«Viaje al centro de la Tierra» (1864) es quizás su novela más descaradamente imposible desde el punto de vista científico, y sin embargo es la que mejor captura su espíritu. Porque Verne nunca pretendió ser riguroso: pretendió ser irresistible. El profesor Lidenbrock, su protagonista, es un científico impaciente, gruñón, brillante y completamente temerario. Es el antepasado directo de Indiana Jones, de todo explorador de ficción que antepone la curiosidad al sentido común. Verne entendió algo que muchos escritores olvidan: la ciencia sin aventura aburre, y la aventura sin ciencia es fantasía vacía.

Su vida personal fue menos épica que sus novelas, y eso también es revelador. Se casó con una viuda con dos hijas, tuvo un hijo que le dio más problemas que el Nautilus, y en 1886 recibió un disparo de su sobrino Gaston, que le dejó una cojera permanente. Sí, el hombre que imaginó viajes al espacio fue tiroteado por un familiar con problemas mentales en la puerta de su propia casa en Amiens. La realidad, como siempre, tiene peor guionista que la ficción.

Tras el disparo, su escritura se oscureció notablemente. Las novelas tardías de Verne —«El castillo de los Cárpatos», «El secreto de Wilhelm Storitz»— son más pesimistas, más críticas con el progreso tecnológico. El hombre que había celebrado la ciencia empezó a temerla. «París en el siglo XX», una novela escrita en 1863 pero publicada póstumamente en 1994, describe una ciudad dominada por la tecnología donde la cultura ha muerto y los poetas se mueren de hambre. Hetzel rechazó publicarla porque le pareció demasiado deprimente. Ciento treinta años después, suena como un artículo de opinión del New York Times.

La influencia de Verne en la literatura es un mapa sin bordes. H.G. Wells, aunque lo negara, le debe medio oficio. Ray Bradbury confesó que Verne fue su primera adicción lectora. Toda la ciencia ficción del siglo XX tiene su ADN. Pero su legado trasciende lo literario: ingenieros, científicos y exploradores reales han citado a Verne como inspiración. Simon Lake, inventor del submarino moderno, dedicó su autobiografía a Verne. Yuri Gagarin mencionó a Verne en entrevistas. Cuando la ficción inspira la realidad hasta ese punto, deja de ser ficción: se convierte en profecía con derechos de autor.

Hoy Jules Verne cumpliría 198 años, y la mejor forma de celebrarlo no es releerlo con nostalgia, sino con asombro. Porque en una época sin electricidad, sin aviones, sin internet, un hombre con fichas de cartón y una imaginación sin límites dibujó el mundo en el que ahora vivimos. Y lo hizo entreteniendo, que es el pecado imperdonable que la academia nunca le perdonó del todo. Verne no ganó el Nobel. No fue tomado en serio por los críticos de su tiempo. Pero aquí estamos, 198 años después, hablando de él. De los críticos que lo despreciaron, nadie recuerda ni el nombre. La venganza más elegante es la permanencia.

Chiste 30 ene, 04:53

La app de citas de Émile Zola

Émile Zola decidió crear una aplicación de citas para escritores naturalistas. La llamó "Determinder". El problema era que los perfiles eran demasiado honestos: "Hombre, 34 años, alcohólico por herencia genética, destinado al fracaso por su entorno social, busca mujer igualmente condenada por las circunstancias para compartir miseria documentada con rigor científico". Curiosamente, la app tuvo éxito entre los académicos, que la usaban para investigación sociológica. Zola ganó una fortuna, pero fiel a sus principios, donó todo el dinero a un orfanato, no sin antes escribir un informe de 400 páginas sobre las condiciones deplorables del mismo.

Artículo 8 feb, 10:02

Jules Verne inventó el futuro desde un escritorio: 198 años del hombre que humilló a la ciencia

Imagina que estás en 1865 y un tipo con barba de patriarca francés te dice que el ser humano va a caminar sobre la Luna, que los submarinos dominarán los océanos y que daremos la vuelta al mundo en poco más de dos meses. Le habrías invitado a otra copa de absenta y le habrías dado palmaditas en la espalda, como se hace con los locos simpáticos. Pues bien, ese loco tenía razón en casi todo. Y hoy, 8 de febrero de 2026, se cumplen 198 años de su nacimiento.

Jules Gabriel Verne llegó al mundo en Nantes, Francia, en 1828, hijo de un abogado que esperaba que el chico siguiera sus pasos en los tribunales. Spoiler: no lo hizo. En lugar de dedicarse a los códigos civiles, Verne se fugó —literalmente— hacia el mar a los once años, intentando embarcarse como grumete en un buque mercante. Su padre lo interceptó a tiempo y le arrancó la promesa de que solo viajaría "con la imaginación". Esa promesa, lejos de ser una derrota, se convirtió en la declaración de principios más productiva de la historia de la literatura.

Porque Verne no se limitó a imaginar. Investigó con una obsesión que haría palidecer a cualquier científico de datos contemporáneo. Pasaba horas en la Biblioteca Nacional de París, llenando fichas con datos sobre geología, ingeniería naval, astronomía, balística y cualquier disciplina que pudiera alimentar sus tramas. No escribía ciencia ficción desde la comodidad del sofá: construía sus novelas como un ingeniero construye un puente, dato sobre dato, cálculo sobre cálculo. Y ahí reside la diferencia entre Verne y el noventa por ciento de los escritores que vinieron después: él hacía los deberes.

Tomemos "Veinte mil leguas de viaje submarino", publicada en 1870. En una época en la que los submarinos eran poco más que ataúdes con motor, Verne creó el Nautilus: un vehículo eléctrico, autosuficiente, capaz de recorrer los océanos a voluntad. El capitán Nemo —cuyo nombre significa "nadie" en latín, detalle que dice todo sobre la relación de Verne con el poder— no era solo un personaje: era una tesis filosófica con traje de buzo. Un hombre que rechaza la civilización pero la supera tecnológicamente. Cuando Simon Lake, pionero de la ingeniería submarina, construyó el primer submarino moderno en 1898, le envió un telegrama a Verne: "Gracias por la inspiración". No es metáfora. Es historia.

Y luego está "La vuelta al mundo en ochenta días", de 1872. Phileas Fogg, ese caballero británico tan estirado que parece hecho de almidón y horarios de tren, apuesta veinte mil libras a que puede circunnavegar el globo en menos de tres meses. La novela es una máquina perfecta de suspense, sí, pero también es algo más sutil: un mapa del colonialismo victoriano disfrazado de aventura. Fogg cruza la India, atraviesa Estados Unidos, y en cada parada Verne nos muestra el mundo tal como era — desigual, fascinante y brutal — con la precisión de un reportero y la malicia de un satirista.

Pero si hay una novela que define el espíritu verniano, esa es "Viaje al centro de la Tierra" (1864). El profesor Lidenbrock, un científico alemán con el temperamento de un volcán y la paciencia de una mecha corta, arrastra a su sobrino Axel por las entrañas de Islandia hasta las profundidades del planeta. ¿Es científicamente precisa? Por supuesto que no. El centro de la Tierra no alberga océanos subterráneos ni dinosaurios. Pero eso es lo de menos. Lo que Verne logró fue algo que la ciencia ficción posterior olvidó demasiado a menudo: hacer que el lector quisiera que fuera verdad. Lees a Verne y te dan ganas de hacer la maleta, no de cerrar el libro.

Lo que pocos saben es que Verne fue también un escritor atormentado. Su relación con su editor, Pierre-Jules Hetzel, fue una mezcla de colaboración y censura. Hetzel suavizó los finales más oscuros, eliminó las críticas políticas más afiladas y convirtió a Verne en un autor "para toda la familia" cuando el propio Verne soñaba con ser algo más incómodo. Su novela "París en el siglo XX", escrita en 1863, fue rechazada por Hetzel por ser "demasiado pesimista". En ella, Verne describía una ciudad dominada por la tecnología, donde el arte había muerto y los jóvenes vivían aplastados por un sistema financiero despiadado. El manuscrito se descubrió en 1994. Léanla y díganme si no les suena familiar.

Además, su vida personal fue un desastre de manual. Su matrimonio con Honorine de Viane fue más un acuerdo logístico que una historia de amor. Su hijo Michel le causó más disgustos que alegrías: deudas, escándalos, matrimonios desastrosos. Y en 1886, su sobrino Gaston le disparó dos tiros, dejándolo cojo de por vida. Verne nunca explicó públicamente por qué su propio sobrino intentó matarlo. Ese misterio, esa herida que nunca cerró del todo, tiñó sus últimas obras de un pesimismo que sus lectores habituales apenas reconocían.

Su legado, sin embargo, es indestructible. Verne es el segundo autor más traducido de la historia, solo por detrás de Agatha Christie. Escribió más de sesenta novelas en su serie "Viajes Extraordinarios". Inspiró a ingenieros, astronautas, exploradores y cineastas. Cuando los tripulantes del Apollo 11 salieron de la atmósfera terrestre en 1969, varios de ellos habían leído "De la Tierra a la Luna" de niños. La cápsula de Verne, por cierto, despegaba desde Florida. La de la NASA, también. Coincidencia es una palabra demasiado pequeña para eso.

Lo más fascinante de Verne no es lo que predijo —los submarinos, los helicópteros, las videoconferencias, los viajes espaciales— sino cómo lo predijo. No desde la fantasía pura, sino desde la extrapolación rigurosa. Verne miraba lo que la ciencia de su tiempo estaba balbuceando y le daba voz adulta. Era un traductor entre lo posible y lo imaginable, un hombre que comprendió antes que nadie que la tecnología no es solo herramienta: es narrativa.

Hoy, a 198 años de su nacimiento, Jules Verne sigue siendo incómodo. Incómodo porque nos recuerda que un escritor del siglo XIX, armado con fichas de biblioteca y una pluma de ganso, vio el futuro con más claridad que la mayoría de los futurólogos del siglo XXI. Incómodo porque sus novelas, escritas hace más de ciento cincuenta años, siguen siendo más imaginativas que buena parte de la ciencia ficción contemporánea. Y sobre todo, incómodo porque nos obliga a hacernos una pregunta que nadie quiere responder: si Verne pudo imaginar tanto con tan poco, ¿qué excusa tenemos nosotros?

Artículo 6 feb, 13:11

Julio Verne: El tipo que predijo Netflix, los submarinos y Elon Musk hace 198 años

Hace exactamente 198 años, en Nantes, Francia, una partera sostenía a un bebé sin saber que acababa de traer al mundo al primer escritor de ciencia ficción que acertaría más predicciones que Nostradamus bebido. Julio Verne nació el 8 de febrero de 1828, y si hoy levantara la cabeza, probablemente demandaría a medio Silicon Valley por plagio intelectual.

Pero empecemos por el principio, porque la historia de Verne es más jugosa que cualquiera de sus novelas. Su padre, Pierre Verne, era abogado y tenía un plan clarísimo para su primogénito: que siguiera sus pasos legales y se convirtiera en un respetable hombre de leyes. Julio, por supuesto, mandó ese plan al mismo lugar donde el Capitán Nemo mandó a la marina británica. A los once años, el pequeño rebelde intentó fugarse de casa para embarcarse como grumete en un barco rumbo a las Indias. Su madre lo interceptó justo a tiempo, y el chaval tuvo que prometer que solo viajaría "en sueños". Vaya promesa cumplió.

Lo fascinante de Verne es que nunca fue realmente un científico. Era un tipo que leía obsesivamente, tomaba notas como un poseso y tenía una imaginación que funcionaba con la precisión de un reloj suizo alimentado con cocaína. Pasaba horas en la Biblioteca Nacional de París devorando revistas científicas, informes de expediciones y tratados técnicos. Luego mezclaba todo eso con una dosis generosa de "¿y si...?" y salían obras maestras.

"Veinte mil leguas de viaje submarino" no es solo una novela de aventuras; es el manual de instrucciones del submarino moderno escrito sesenta años antes de que existiera. El Nautilus del Capitán Nemo funcionaba con electricidad, tenía escafandras autónomas y podía sumergirse a profundidades que los ingenieros de la época consideraban imposibles. Cuando Simon Lake construyó el primer submarino operativo moderno, envió un telegrama a Verne agradeciéndole la inspiración. El escritor respondió con elegancia, probablemente riéndose por dentro.

Y hablemos de "La vuelta al mundo en ochenta días", porque esa novela merece un análisis psicológico. Phileas Fogg es el antihéroe más británico que jamás existió: un tipo tan obsesionado con la puntualidad y la rutina que apuesta toda su fortuna a que puede circunnavegar el globo en un tiempo ridículo. Es básicamente el abuelo literario de todos los millonarios excéntricos que hoy lanzan coches al espacio. La diferencia es que Fogg tenía estilo y no tuiteaba barbaridades a las tres de la madrugada.

"Viaje al centro de la Tierra" presenta otra faceta del genio verniano: su capacidad para hacer creíble lo absolutamente disparatado. Un profesor alemán encuentra un manuscrito islandés que revela la entrada a las entrañas del planeta, y en lugar de pensar "esto es una locura", agarra a su sobrino y se lanza al volcán. La novela mezcla geología real con fantasía desatada, y el resultado es tan convincente que generaciones de lectores han soñado con encontrar océanos subterráneos y dinosaurios supervivientes.

Lo que muchos olvidan es que Verne fue un workaholic industrial. Firmó un contrato con el editor Pierre-Jules Hetzel que lo obligaba a producir dos novelas al año. Dos. Novelas. Al. Año. Y no estamos hablando de novelitas de doscientas páginas, sino de tomazos documentados hasta el delirio. Cumplió ese ritmo durante cuarenta años, produciendo más de sesenta novelas y docenas de relatos. El tipo escribía como si le pagaran por palabra, que probablemente era el caso.

Su vida personal, sin embargo, tenía más sombras que el fondo del océano donde navegaba Nemo. Su matrimonio con Honorine de Viane fue más bien una sociedad comercial que un romance apasionado. Su hijo Michel le dio más disgustos que alegrías, incluyendo deudas, escándalos y un disparo en la pierna que le dejó cojo de por vida. Sí, su propio sobrino (según algunas versiones) le pegó un tiro. La familia Verne podría haber protagonizado su propia novela de intrigas.

Pero concentrémonos en su legado, porque es absolutamente descomunal. Verne no inventó la ciencia ficción, pero la democratizó. Antes de él, las especulaciones científicas eran territorio de filósofos y académicos aburridos. Él las convirtió en aventuras trepidantes que cualquier chaval podía devorar. Creó el modelo que seguirían H.G. Wells, Isaac Asimov y prácticamente todo el género posterior.

Sus predicciones acertadas llenarían un libro entero: videoconferencias, helicópteros, naves espaciales que despegan desde Florida, rascacielos, internet primitivo, armas de destrucción masiva. En "París en el siglo XX", una novela que su editor rechazó por "demasiado pesimista", describió una ciudad dominada por la tecnología donde la gente vivía alienada y la cultura había muerto. El manuscrito se descubrió en 1989, y resultó ser una descripción bastante precisa de cualquier metrópolis moderna.

Lo verdaderamente revolucionario de Verne fue su optimismo tecnológico mezclado con advertencias éticas. El Capitán Nemo usa la tecnología para huir de una civilización que considera corrupta. Los exploradores de sus novelas descubren maravillas, pero también enfrentan las consecuencias de su ambición. No era un techno-utópico ingenuo; era un humanista que entendía que el progreso sin moral es simplemente destrucción sofisticada.

Hoy, 198 años después de su nacimiento, Verne sigue siendo el escritor más traducido del mundo después de Agatha Christie. Sus novelas se adaptan constantemente al cine, la televisión y los videojuegos. El Nautilus aparece en películas de Disney y en series de Amazon. Phileas Fogg ha sido interpretado por docenas de actores. Sus historias siguen vendiendo millones de copias.

Y aquí está la ironía final: el hombre que prometió a su madre viajar solo "en sueños" terminó llevando a millones de lectores a lugares que nadie había imaginado. Murió en Amiens en 1905, casi ciego y bastante amargado, sin saber que sus sueños terminarían definiendo el futuro. Cada vez que un submarino se sumerge, cada vez que un cohete despega, cada vez que alguien sueña con explorar lo inexplorado, está pagando tributo involuntario a ese niño de Nantes que quiso escaparse en un barco y terminó escapándose en su imaginación, llevándose al mundo entero con él.

Artículo 6 feb, 11:04

Jules Verne: El tipo que predijo Netflix, los submarinos y Elon Musk 198 años antes de que existieran

Hace exactamente 198 años, en Nantes, Francia, nacía un bebé que haría que todos los escritores de ciencia ficción posteriores parecieran plagiadores confesos. Jules Verne no solo inventó un género literario: básicamente escribió el manual de instrucciones del siglo XX y XXI. Y lo hizo sin Google, sin Wikipedia, y probablemente con una resaca monumental de vino francés.

Pero empecemos por el principio, porque la historia de Verne es tan delirante como sus novelas. Su padre, un abogado respetable, quería que el joven Jules siguiera sus pasos en el mundo del derecho. Imagínense: el hombre que inventaría viajes a la Luna, submarinos nucleares y vuelos alrededor del mundo en globo, redactando contratos de compraventa. El universo, claramente, tenía otros planes.

A los once años, el pequeño Jules intentó escaparse de casa para trabajar como grumete en un barco rumbo a las Indias. Su padre lo atrapó justo a tiempo y, según cuenta la leyenda, Verne prometió que a partir de entonces solo viajaría con la imaginación. Spoiler: cumplió esa promesa de forma espectacular. Escribió más de sesenta novelas y el tipo apenas salió de Francia.

Aquí viene lo verdaderamente escalofriante: Verne predijo con precisión quirúrgica tecnologías que no existirían hasta décadas o siglos después. En "Veinte mil leguas de viaje submarino" describió un submarino eléctrico con escotillas herméticas y sistemas de purificación de aire. El USS Nautilus, el primer submarino nuclear de la historia, no se botaría hasta 1954. En "De la Tierra a la Luna" calculó que el viaje lunar requeriría una velocidad de escape de 11 kilómetros por segundo. La NASA, cien años después, confirmó que el francés había acertado con un margen de error ridículamente pequeño.

Pero mi favorita es "París en el siglo XX", una novela que Verne escribió en 1863 y que su editor rechazó por considerarla demasiado pesimista e inverosímil. ¿Qué describía? Una ciudad con rascacielos de cristal, trenes de alta velocidad, una red mundial de comunicaciones instantáneas, y una sociedad obsesionada con el dinero donde el arte y la literatura habían sido abandonados. El manuscrito se descubrió en 1989 y se publicó en 1994. Léanlo y díganme si no les suena familiar.

Lo genial de Verne es que no era un científico de laboratorio aislado del mundo. Era un obseso de la investigación que devoraba revistas científicas, visitaba exposiciones industriales y acosaba a ingenieros con preguntas interminables. Su biblioteca personal contenía más de veinte mil fichas con datos técnicos, geográficos y científicos. Era, básicamente, el equivalente decimonónico de alguien con cuarenta pestañas de Wikipedia abiertas.

Su relación con el editor Pierre-Jules Hetzel merece una serie de televisión. Hetzel no solo publicó a Verne: lo moldeó, lo censuró y lo convirtió en una máquina de producir best-sellers. Cuando Verne escribía finales oscuros, Hetzel los cambiaba por happy endings. Cuando los personajes eran demasiado cínicos, Hetzel los suavizaba. El resultado fue una colaboración de cuarenta años que produjo los "Viajes Extraordinarios", una colección de 54 novelas que vendieron millones de copias.

Y hablemos del Capitán Nemo, porque ese personaje merece un párrafo propio. Un príncipe indio que construye un submarino tecnológicamente imposible para vengarse del colonialismo británico, vive bajo el mar como un ermitaño millonario, y financia revoluciones antiimperialistas mientras toca el órgano. Es Batman, Iron Man y Aquaman combinados, pero inventado en 1870. Cada villano carismático con trauma de origen que vemos hoy en el cine le debe regalías a Verne.

La influencia de este hombre es tan descomunal que resulta imposible de medir. H.G. Wells lo consideraba su precursor. Ray Bradbury lo citaba como su inspiración principal. Cuando los científicos del siglo XX construyeron cohetes, submarinos y helicópteros, muchos admitieron haberse inspirado en las novelas que leyeron de niños. El efecto Verne es real: la ficción que imagina el futuro termina creándolo.

Pero también hay que reconocer sus limitaciones. Verne era un hombre de su tiempo, con los prejuicios de su época. Sus personajes femeninos son prácticamente inexistentes o decorativos. Su visión del colonialismo, aunque a veces crítica, también podía ser condescendiente. Leerlo hoy requiere contexto histórico y una pizca de generosidad interpretativa.

Lo que me fascina de Verne es su optimismo tecnológico combinado con su pesimismo social. Creía fervientemente en el progreso científico, pero también intuía que la humanidad podría usar mal esas herramientas. El Capitán Nemo usa su tecnología superior para hundir barcos de guerra. Los protagonistas de "La isla misteriosa" reconstruyen la civilización industrial en una isla desierta, pero todo termina explotando. Literalmente.

Hoy, a 198 años de su nacimiento, Jules Verne sigue siendo increíblemente relevante. Vivimos en un mundo que él imaginó: con internet, viajes espaciales, submarinos y vehículos eléctricos. Pero también vivimos con sus advertencias: la tecnología sin ética es peligrosa, el progreso sin propósito es vacío, y siempre habrá un Nemo dispuesto a usar la ciencia para la venganza.

Así que levantemos una copa imaginaria por el francés que viajó a la Luna sin moverse de su escritorio, que exploró el fondo del mar sin mojarse los pies, y que dio la vuelta al mundo sin salir de Amiens. Jules Verne nos enseñó que la imaginación es el primer paso hacia la realidad. Y eso, amigos míos, no es poca cosa.

¿Nada que leer? ¡Crea tu propio libro y léelo! Como hago yo.

Crear un libro
1x

"Todo lo que haces es sentarte y sangrar." — Ernest Hemingway