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Artículo 5 feb, 02:03

Dostoievski murió hace 145 años y sigue siendo más relevante que tu terapeuta

Hace exactamente 145 años, en San Petersburgo, un hombre barbudo con epilepsia y deudas de juego exhaló su último aliento. Fyodor Dostoievski no podía imaginar que sus novelas sobre asesinos atormentados, idiotas santos y parricidas filosóficos se convertirían en el manual de instrucciones para entender el siglo XXI. Mientras el mundo conmemora su muerte, yo me pregunto: ¿cómo es posible que un tipo que escribía en el siglo XIX entendiera mejor nuestras crisis existenciales que cualquier influencer de bienestar emocional?

El 9 de febrero de 1881, Dostoievski murió de una hemorragia pulmonar en su apartamento de San Petersburgo. Tenía 59 años, una esposa devota, cuatro hijos (dos de los cuales habían muerto en la infancia), y un legado literario que haría temblar los cimientos de la literatura universal. Pero olvidemos las fechas y los datos de Wikipedia. Hablemos de por qué este ruso torturado sigue siendo brutalmente actual.

Pensemos en Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo. Un estudiante universitario brillante, arruinado económicamente, que decide asesinar a una anciana usurera porque se considera superior a las leyes morales. ¿Les suena? Cambien el hacha por un teclado y tienen el perfil psicológico de medio Silicon Valley. La idea de que ciertos individuos excepcionales están más allá del bien y del mal no murió con Napoleón; simplemente se mudó a los consejos de administración y a los foros de Reddit. Dostoievski no solo describió esta mentalidad, la diseccionó con la precisión de un cirujano forense.

Pero aquí viene lo verdaderamente perturbador: Dostoievski no condena a Raskólnikov desde un púlpito moral. Lo acompaña en su descenso al infierno psicológico, nos hace sentir su angustia, su racionalización desesperada. Y cuando finalmente el asesino se derrumba, no es por la justicia humana, sino por el peso insoportable de su propia conciencia. En una era donde los escándalos corporativos se resuelven con disculpas vacías y multas irrisorias, Dostoievski nos recuerda que existe un tribunal más implacable: el que llevamos dentro.

Pasemos a El idiota, una novela que debería ser lectura obligatoria para cualquiera que haya intentado ser buena persona en un mundo cínico. El príncipe Myshkin regresa a Rusia después de años en un sanatorio suizo, curado de su epilepsia pero conservando una inocencia casi sobrenatural. Es compasivo, honesto, incapaz de malicia. ¿Y qué hace la sociedad con él? Lo destruye sistemáticamente. Lo manipulan, lo utilizan, lo traicionan. Myshkin termina donde empezó: en un sanatorio, esta vez sin esperanza de recuperación.

La pregunta que Dostoievski plantea es demoledora: ¿puede sobrevivir la bondad genuina en un mundo construido sobre la hipocresía y el interés propio? La respuesta, según la novela, es un rotundo no. Pero ojo, esto no es cinismo barato. Es un diagnóstico dolorosamente preciso de cómo funcionan las estructuras sociales. Cada vez que vemos a alguien íntegro ser aplastado por el sistema, cada vez que la honestidad se castiga y la astucia se premia, estamos viviendo en el mundo que Dostoievski cartografió hace siglo y medio.

Y luego está Los hermanos Karamázov, su última y más ambiciosa novela. Aquí Dostoievski se quitó los guantes. Cuatro hermanos, un padre despreciable, un asesinato, y las preguntas más incómodas que la literatura haya formulado jamás. ¿Existe Dios? Si existe, ¿cómo permite el sufrimiento de los inocentes? Y si no existe, ¿todo está permitido?

El capítulo del Gran Inquisidor es, sin exageración, uno de los textos más perturbadores jamás escritos. Iván Karamázov imagina a Cristo regresando a la Sevilla de la Inquisición, donde es inmediatamente arrestado por el Gran Inquisidor. El anciano cardenal le explica a Jesús que la Iglesia ha corregido su obra, que los seres humanos no quieren libertad, quieren pan, milagros y autoridad. Cristo no responde con palabras; simplemente besa al Inquisidor en los labios. Es un momento de una ambigüedad tan profunda que siglos de teólogos y filósofos no han logrado agotarlo.

Lo fascinante es que Dostoievski era un creyente ferviente, y sin embargo puso los argumentos más devastadores contra la fe en boca de sus personajes. No temía a las preguntas difíciles. Las buscaba, las acariciaba, las exponía en toda su crudeza. En una época de polarización extrema, donde cada bando tiene sus certezas blindadas, esta honestidad intelectual resulta casi alienígena.

Hay otro aspecto de Dostoievski que merece atención: su comprensión de la psicología humana. Freud lo reconoció como precursor del psicoanálisis, y no exageraba. Dostoievski exploró el inconsciente, los sueños, las motivaciones ocultas, los impulsos autodestructivos, décadas antes de que existiera un vocabulario científico para describirlos. Sus personajes no son tipos planos; son contradicciones ambulantes, exactamente como los seres humanos reales.

Tomemos a Dmitri Karamázov: apasionado, impulsivo, capaz de ternura extrema y violencia brutal en el mismo minuto. O a su padre Fiódor Pávlovich: un bufón repugnante que ocasionalmente revela destellos de lucidez aterradora. Dostoievski entendió que las personas no somos coherentes, que albergamos multitudes contradictorias, que nuestras peores acciones y nuestros momentos más nobles pueden coexistir en el mismo corazón.

Entonces, ¿qué nos deja Dostoievski 145 años después de su muerte? Nos deja un espejo incómodo. Sus novelas no ofrecen consuelo fácil ni respuestas reconfortantes. No hay héroes inmaculados ni villanos unidimensionales. Solo hay seres humanos luchando con sus demonios, buscando redención en un universo que puede o no tener sentido.

Y quizás eso es exactamente lo que necesitamos. En un mundo saturado de contenido optimizado para el engagement, de soluciones rápidas y gurús del bienestar, Dostoievski nos obliga a detenernos y mirar el abismo. No para quedarnos paralizados, sino para reconocer que la condición humana es fundamentalmente trágica, y que en esa tragedia hay una extraña dignidad.

Así que levanten sus copas por el ruso epiléptico que perdió fortunas en el casino, que fue condenado a muerte y perdonado en el último segundo, que conoció la prisión siberiana y los salones aristocráticos. Fyodor Dostoievski murió hace 145 años, pero sus fantasmas siguen merodeando por nuestras conciencias. Y algo me dice que seguirán haciéndolo mientras los humanos sigamos siendo ese glorioso desastre que somos.

Artículo 5 feb, 01:21

Iris Murdoch: La filósofa que escribía novelas como quien lanza cócteles molotov al corazón

Hace 27 años murió una mujer que fumaba como chimenea, bebía como cosaca y escribía como si el diablo le dictara al oído. Iris Murdoch no era una novelista cualquiera: era una filósofa de Oxford que decidió que la academia era demasiado aburrida y que la mejor manera de explorar la condición humana era inventando personajes tan retorcidos como fascinantes. Hoy, mientras el mundo literario la recuerda con reverencia académica, yo prefiero recordarla como realmente era: una provocadora con pluma de acero.

Pero empecemos por lo escandaloso, que siempre es más divertido. Murdoch mantuvo relaciones simultáneas con hombres y mujeres durante décadas, mientras su marido John Bayley lo sabía perfectamente y escribía crítica literaria como si nada. Cuando le preguntaban sobre el amor, ella respondía con la misma naturalidad con la que explicaba a Platón: el amor es atención, decía, y ella prestaba mucha atención a mucha gente. Esta filosofía vital no era hipocresía victoriana disfrazada; era coherencia brutal con sus propias ideas sobre la libertad y el deseo humano.

¿Y sus novelas? Miren, si no han leído "The Sea, the Sea" están perdiéndose uno de los retratos más despiadados del ego masculino jamás escritos. Charles Arrowby, el protagonista, es un director de teatro retirado que se obsesiona con su amor de juventud hasta límites que harían sonrojar a cualquier acosador contemporáneo. Murdoch ganó el Booker Prize con esta novela en 1978, y los jueces probablemente no se dieron cuenta de que estaban premiando una disección quirúrgica de la vanidad masculina disfrazada de novela sobre el mar y la memoria.

"Under the Net", su primera novela, es otra cosa completamente distinta. Jake Donaghue es un traductor fracasado que deambula por Londres persiguiendo mujeres, perros y revelaciones filosóficas con la misma energía caótica. Publicada en 1954, esta novela es básicamente lo que pasaría si Wittgenstein escribiera comedia romántica mientras está borracho. Los críticos la clasificaron como "novela filosófica", pero seamos honestos: es una buddy movie existencialista con más alcohol que cualquier película de los hermanos Coen.

Y luego está "The Black Prince", que es Murdoch en estado puro: un escritor mediocre se enamora perdidamente de la hija adolescente de su rival literario. Sí, suena terrible. Sí, es incómodo. Y sí, es absolutamente brillante. Murdoch no escribía para que nos sintiéramos cómodos; escribía para que nos miráramos al espejo y viéramos todas las contradicciones que preferimos ignorar. La novela incluye múltiples epílogos donde diferentes personajes contradicen la versión del narrador, porque la verdad, para Murdoch, siempre era un animal escurridizo.

Lo que hace que Murdoch siga siendo relevante hoy no es su prosa elegante ni sus tramas intrincadas. Es su absoluta negativa a simplificar la experiencia humana. En una época donde las redes sociales nos obligan a reducirnos a eslóganes y posiciones binarias, leer a Murdoch es como recibir una bofetada de complejidad. Sus personajes son simultáneamente heroicos y patéticos, generosos y egoístas, brillantes y estúpidos. Como todos nosotros, vamos.

Su filosofía del amor como "atención desinteresada a la realidad" suena cursi hasta que te das cuenta de lo radical que es. En un mundo donde el amor se ha convertido en transacción, donde las aplicaciones de citas nos hacen evaluar personas como si fueran productos de Amazon, Murdoch nos recuerda que amar de verdad significa ver al otro como realmente es, no como queremos que sea. Spoiler: casi nadie en sus novelas lo consigue, y eso es precisamente el punto.

La ironía cruel es que Murdoch pasó sus últimos años con Alzheimer, perdiendo gradualmente esa mente extraordinaria que había cartografiado los laberintos del deseo y la moralidad. John Bayley escribió un memoir sobre esos años que luego se convirtió en película con Kate Winslet y Judi Dench. Hollywood, siempre tan predecible, se enfocó en la tragedia del deterioro más que en la gloria de la creación. Típico.

Pero aquí está la cosa: 27 años después de su muerte, mientras escritores contemporáneos se pelean en Twitter por quién es más auténtico y las listas de bestsellers están dominadas por thrillers formulaicos y romances predecibles, las novelas de Murdoch siguen ahí, esperando como minas terrestres intelectuales. Cada vez que alguien las descubre, explota algo en su cerebro. La certeza moral se desmorona. Las categorías simples de bueno y malo se vuelven borrosas. Y de repente, el lector se encuentra pensando en sus propias contradicciones a las tres de la mañana.

Murdoch escribió 26 novelas, varios tratados filosóficos, obras de teatro y poesía. Era una máquina de producir pensamiento complejo empaquetado en narrativa adictiva. Comparada con ella, la mayoría de los escritores contemporáneos parecen estar jugando a las canicas mientras ella construía catedrales. Puede sonar elitista, pero a veces la verdad es elitista, y Murdoch habría sido la primera en decirlo mientras encendía otro cigarrillo.

Así que hoy, en este aniversario que probablemente pasará desapercibido para la mayoría, levanto mi copa imaginaria por Iris Murdoch. Por la mujer que demostró que se puede ser filósofa rigurosa y novelista popular. Por la escritora que se negó a elegir entre complejidad intelectual y entretenimiento genuino. Por la provocadora que nos enseñó que la moral no es un código de reglas sino una práctica constante de atención. Y sobre todo, por recordarnos que la literatura no está para hacernos sentir bien, sino para hacernos pensar mejor. Que es, al final, lo mismo.

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