Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros
Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros
Un hombre se desploma interpretando a un enfermo imaginario y muere pocas horas después. No es el guion de una película de terror ni una leyenda urbana: es la muerte más irónica de la historia de la literatura. Jean-Baptiste Poquelin, conocido como Molière, se fue de este mundo el 17 de febrero de 1673 con la misma teatralidad con la que vivió. Y aquí estamos, 353 años después, todavía rodeados de sus personajes sin saberlo.
Porque eso es lo verdaderamente perturbador de Molière: no escribió ficción. Escribió profecías. Tomemos a Tartufo, ese hipócrita profesional que se disfraza de santo para manipular a todo un hogar. ¿Te suena? Abre cualquier red social y encontrarás docenas de tartufos modernos: el influencer que predica vida sana mientras se atiborra de comida basura fuera de cámara, el político que habla de austeridad desde su tercer yate, el gurú espiritual que cobra trescientos euros por enseñarte a respirar. Molière los vio venir desde el siglo XVII. La obra fue prohibida por el rey Luis XIV durante cinco años porque la Iglesia se sintió atacada. Claro que se sintió atacada: el espejo que Molière sostenía era demasiado nítido.
Y luego está El misántropo, esa joya incómoda que nos obliga a preguntarnos algo que preferimos evitar: ¿y si el tipo que odia a todo el mundo tiene razón? Alceste, el protagonista, detesta la hipocresía social, las sonrisas falsas, los cumplidos vacíos. En el siglo XVII era un personaje cómico. En 2026, Alceste tendría un podcast con millones de seguidores y una cuenta de X verificada donde despotricaría contra la corrección política. La diferencia entre la comedia de Molière y nuestra realidad es que nosotros ya no nos reímos del misántropo: le damos like.
Pero si hay una obra que debería ser lectura obligatoria en cada hogar con hijos adolescentes, esa es La escuela de las mujeres. Arnolfo, un hombre de mediana edad obsesionado con el control, cría a una joven desde niña para convertirla en la esposa perfecta: sumisa, ignorante, manejable. El plan, naturalmente, le explota en la cara. Molière escribió esto en 1662, más de tres siglos antes de que existiera el término "relación tóxica". El escándalo fue monumental. Lo acusaron de inmoral, de atacar el matrimonio, de corromper las costumbres. Hoy leemos esa obra y pensamos: este hombre era feminista antes de que la palabra existiera. O al menos, tenía los ojos más abiertos que la mayoría de sus contemporáneos.
Lo fascinante de Molière es que eligió la comedia como arma. No escribió tragedias solemnes para que la gente llorara en los palcos. Eligió la risa. Y la risa, amigos, es el arma más peligrosa que existe. Puedes ignorar un sermón. Puedes cerrar un libro de filosofía. Pero cuando alguien te hace reír de ti mismo, el daño ya está hecho. La verdad ya entró. Molière lo sabía mejor que nadie: "El deber de la comedia es corregir a los hombres divirtiéndolos". Fíjate que no dijo "educarlos" ni "adoctrinarlos". Dijo "divirtiéndolos". Porque la diversión baja las defensas, y solo con las defensas bajas estamos dispuestos a escuchar lo que no queremos oír.
Su vida personal fue tan dramática como sus obras. Abandonó una carrera de abogado para dedicarse al teatro, lo que en el siglo XVII equivalía a decirle a tu padre que ibas a ser youtuber. Pasó trece años recorriendo provincias francesas con una compañía ambulante, durmiendo en carromatos y actuando en graneros. No fue una vida glamurosa. Fue la vida de alguien que prefirió la verdad incómoda del escenario a la mentira cómoda de un despacho. Cuando finalmente conquistó París y obtuvo el favor del rey, sus enemigos lo atacaron sin piedad. Los devotos religiosos lo querían muerto. Los dramaturgos rivales lo despreciaban. Y él seguía escribiendo, una comedia tras otra, como si cada insulto fuera combustible.
Hay un detalle que siempre me ha parecido escalofriante: cuando Molière murió, la Iglesia le negó el entierro cristiano. Un actor, decían, no merecía descansar en tierra sagrada. Su esposa tuvo que suplicar al rey para que intercediera, y aun así, lo enterraron de noche, sin ceremonia, casi a escondidas. El hombre que había hecho reír a toda Francia fue enterrado como un criminal. La hipocresía que denunció durante toda su vida lo persiguió hasta la tumba. Si eso no es poesía trágica, no sé qué lo es.
Pero aquí viene la venganza más dulce de la historia literaria: hoy, 353 años después, Molière es el autor más representado del teatro francés. Sus obras se montan cada temporada en París, en Londres, en Buenos Aires, en Tokio. El avaro sigue siendo avaro. El hipócrita sigue siendo hipócrita. El misántropo sigue teniendo razón. Y la Iglesia que le negó el entierro... bueno, digamos que ha tenido sus propios Tartufos desde entonces.
Lo que más me fascina es cómo sus arquetipos han mutado sin perder esencia. Don Juan ya no seduce con capa y espada: ahora usa Tinder y ghostea a las tres horas. El burgués gentilhombre ya no quiere ser noble: quiere ser CEO de una startup y hablar en inglés aunque no le haga falta. Las preciosas ridículas ya no hablan en verso rebuscado: escriben posts de LinkedIn con frases motivacionales vacías y emojis de cohetes. Molière cambia de vestuario, pero nunca de texto. Porque el texto somos nosotros.
Y quizás eso sea lo más incómodo de todo. Nos gusta pensar que hemos evolucionado, que somos más listos, más sofisticados, más conscientes que la gente del siglo XVII. Pero basta con leer una página de Molière para descubrir que seguimos cayendo en las mismas trampas, repitiendo los mismos errores, adorando las mismas máscaras. La vanidad sigue vendiendo. La hipocresía sigue cotizando al alza. Y el tipo sincero sigue siendo el raro de la fiesta.
Molière no necesita homenajes ni efemérides. No necesita que un periódico publique un artículo diciendo lo genial que fue. Lo que necesita —lo que siempre necesitó— es que nos miremos al espejo y, por una vez, en lugar de ajustarnos la máscara, nos la quitemos. Aunque sea un momento. Aunque nos dé vergüenza lo que hay debajo. Porque al final, esa es la única lección que importa de sus treinta y tantas comedias: el ridículo no mata, pero fingir que no eres ridículo te entierra en vida.
Así que hoy, 17 de febrero de 2026, levanto mi copa imaginaria por un hombre que tuvo la audacia de reírse del poder, de la religión, de la aristocracia y de la estupidez humana. Un hombre al que le negaron hasta el derecho de ser enterrado con dignidad y que, sin embargo, terminó siendo inmortal. Si eso no es la mejor comedia jamás escrita, díganme cuál es.
Pega este código en el HTML de tu sitio web para incrustar este contenido.