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Artículo 8 feb, 22:21

Julio Verne inventó el futuro desde un escritorio: 198 años del hombre que humilló a la NASA antes de que existiera

Hace 198 años nació un tipo que, sin internet, sin electricidad decente y sin haber pisado jamás un submarino, describió con precisión escalofriante tecnologías que tardarían un siglo en existir. Mientras sus contemporáneos debatían si el telégrafo era cosa del diablo, Julio Verne ya estaba mandando gente a la Luna desde Florida —sí, desde Florida— con cálculos que la NASA básicamente copió después. Y lo más absurdo de todo: la crítica literaria de su época lo consideraba un escritor menor, un entretenedor de niños.

Pero empecemos por el principio, que es donde las historias buenas se ponen interesantes.

Jules Gabriel Verne nació el 8 de febrero de 1828 en Nantes, Francia, hijo de un abogado que tenía planes muy claros para él: que estudiara derecho y se dedicara a algo respetable. Julio, como buen genio terco, le dijo que sí a todo, se mudó a París supuestamente a estudiar leyes, y en cuanto puso un pie en la capital se dedicó a escribir obras de teatro y a frecuentar los círculos literarios. Cuando su padre descubrió la maniobra, le cortó la financiación. Verne sobrevivió dando clases particulares y pasando hambre. La típica historia del artista rebelde, dirás. Sí, pero este artista rebelde acabaría siendo el segundo autor más traducido de la historia de la humanidad, solo por detrás de Agatha Christie.

El punto de inflexión llegó en 1862, cuando conoció a Pierre-Jules Hetzel, un editor con olfato comercial que vio en Verne algo que nadie más veía: la capacidad de hacer que la ciencia fuera tan adictiva como una novela de aventuras. Hetzel le propuso un contrato por veinte años —sí, veinte— para escribir dos novelas anuales. Y Verne, que llevaba años sobreviviendo a base de orgullo y sopa barata, firmó sin pestañear. Así nacieron los "Viajes extraordinarios", una serie de más de sesenta novelas que cambiarían para siempre la relación entre literatura y ciencia.

Y aquí es donde la cosa se pone realmente salvaje. En "Veinte mil leguas de viaje submarino" (1870), Verne describió un submarino eléctrico capaz de recorrer los océanos del mundo. El Nautilus del capitán Nemo tenía paneles que generaban electricidad, un sistema de purificación de aire y armas capaces de hundir buques de guerra. Cuando Verne escribió esto, los submarinos reales eran poco más que ataúdes con hélice que se hundían con más frecuencia de la deseada. Simon Lake, uno de los ingenieros que desarrolló los primeros submarinos funcionales, declaró públicamente que Verne había sido su inspiración directa.

Pero espera, que hay más. En "De la Tierra a la Luna" (1865), Verne lanzó una cápsula tripulada desde Tampa, Florida. Un siglo después, la NASA lanzó el Apolo 11 desde Cabo Cañaveral, Florida, a unos 200 kilómetros de distancia. La cápsula de Verne llevaba tres tripulantes. El Apolo 11 llevaba tres tripulantes. La cápsula de Verne amerizaba en el Pacífico. El Apolo 11 amerizó en el Pacífico. Las coincidencias son tan brutales que parecen plagio retroactivo. Verne incluso calculó la velocidad de escape necesaria con un margen de error ridículamente pequeño para alguien que hacía cuentas con papel y pluma.

"La vuelta al mundo en ochenta días" (1873) es quizás su obra más popular, y también la más malinterpretada. La gente la recuerda como una historia de aventuras, y lo es, pero también es una sátira feroz del imperialismo británico y de la obsesión victoriana con la puntualidad y el control. Phileas Fogg no es un héroe romántico: es un tipo con trastorno obsesivo-compulsivo disfrazado de caballero inglés que apuesta su fortuna solo para demostrar que tiene razón. Y el verdadero corazón de la novela es Passepartout, su criado francés, que representa todo lo que Fogg no es: calidez, humanidad y la capacidad de improvisar cuando el mundo se desmorona.

"Viaje al centro de la Tierra" (1864), por su parte, es pura ciencia ficción delirante envuelta en geología dudosa y aventura desenfrenada. Verne sabía perfectamente que no se podía bajar al centro del planeta por un volcán islandés, pero le daba exactamente igual. Lo que quería era despertar la curiosidad, hacer que el lector se preguntara "¿y si fuera posible?". Y funcionó. Generaciones enteras de geólogos, vulcanólogos y espeleólogos han confesado que empezaron a interesarse por la ciencia leyendo esa novela.

Lo que pocos saben es que Verne también escribió una novela llamada "París en el siglo XX" en 1863, que Hetzel rechazó por considerarla demasiado pesimista. En ella, Verne describía una ciudad dominada por rascacielos de cristal, redes de comunicación global, máquinas calculadoras y una sociedad obsesionada con el dinero donde la cultura había muerto. El manuscrito se descubrió en 1994 en una caja fuerte familiar. Cuando se publicó, los críticos se quedaron mudos. El tipo había descrito el siglo XXI con 130 años de antelación y su propio editor le dijo que exageraba.

La ironía suprema de Julio Verne es que durante décadas fue tratado como un autor de segunda categoría. Los guardianes de la "literatura seria" lo despreciaban por escribir aventuras populares. En Francia, no entró en la Bibliothèque de la Pléiade —la colección canónica de la literatura francesa— hasta tiempos relativamente recientes. Mientras tanto, sus libros han vendido cientos de millones de copias, han sido traducidos a prácticamente todos los idiomas del planeta y han inspirado a científicos, ingenieros y exploradores reales. Si eso es ser un escritor menor, que alguien me explique qué significa ser mayor.

Verne murió el 24 de marzo de 1905 en Amiens, casi ciego y con la salud destrozada, pero con más de sesenta novelas publicadas a sus espaldas. En sus últimos años se volvió más oscuro, más pesimista. Sus novelas tardías hablan de la tecnología como amenaza, del progreso como trampa. Es como si el hombre que inventó el futuro hubiera acabado temiéndolo.

Hoy, 198 años después de su nacimiento, vivimos literalmente dentro de una novela de Julio Verne. Tenemos submarinos nucleares, hemos ido a la Luna, podemos dar la vuelta al mundo en menos de ochenta horas y la red de comunicación global que imaginó en "París en el siglo XX" se llama internet. El problema es que también se cumplió la parte pesimista: la obsesión por el dinero, la muerte de la cultura, la tecnología como instrumento de control. Verne no solo imaginó el futuro; lo diagnosticó. Y como todo buen diagnóstico, nadie quiso escucharlo a tiempo.

Artículo 6 feb, 13:11

Julio Verne: El tipo que predijo Netflix, los submarinos y Elon Musk hace 198 años

Hace exactamente 198 años, en Nantes, Francia, una partera sostenía a un bebé sin saber que acababa de traer al mundo al primer escritor de ciencia ficción que acertaría más predicciones que Nostradamus bebido. Julio Verne nació el 8 de febrero de 1828, y si hoy levantara la cabeza, probablemente demandaría a medio Silicon Valley por plagio intelectual.

Pero empecemos por el principio, porque la historia de Verne es más jugosa que cualquiera de sus novelas. Su padre, Pierre Verne, era abogado y tenía un plan clarísimo para su primogénito: que siguiera sus pasos legales y se convirtiera en un respetable hombre de leyes. Julio, por supuesto, mandó ese plan al mismo lugar donde el Capitán Nemo mandó a la marina británica. A los once años, el pequeño rebelde intentó fugarse de casa para embarcarse como grumete en un barco rumbo a las Indias. Su madre lo interceptó justo a tiempo, y el chaval tuvo que prometer que solo viajaría "en sueños". Vaya promesa cumplió.

Lo fascinante de Verne es que nunca fue realmente un científico. Era un tipo que leía obsesivamente, tomaba notas como un poseso y tenía una imaginación que funcionaba con la precisión de un reloj suizo alimentado con cocaína. Pasaba horas en la Biblioteca Nacional de París devorando revistas científicas, informes de expediciones y tratados técnicos. Luego mezclaba todo eso con una dosis generosa de "¿y si...?" y salían obras maestras.

"Veinte mil leguas de viaje submarino" no es solo una novela de aventuras; es el manual de instrucciones del submarino moderno escrito sesenta años antes de que existiera. El Nautilus del Capitán Nemo funcionaba con electricidad, tenía escafandras autónomas y podía sumergirse a profundidades que los ingenieros de la época consideraban imposibles. Cuando Simon Lake construyó el primer submarino operativo moderno, envió un telegrama a Verne agradeciéndole la inspiración. El escritor respondió con elegancia, probablemente riéndose por dentro.

Y hablemos de "La vuelta al mundo en ochenta días", porque esa novela merece un análisis psicológico. Phileas Fogg es el antihéroe más británico que jamás existió: un tipo tan obsesionado con la puntualidad y la rutina que apuesta toda su fortuna a que puede circunnavegar el globo en un tiempo ridículo. Es básicamente el abuelo literario de todos los millonarios excéntricos que hoy lanzan coches al espacio. La diferencia es que Fogg tenía estilo y no tuiteaba barbaridades a las tres de la madrugada.

"Viaje al centro de la Tierra" presenta otra faceta del genio verniano: su capacidad para hacer creíble lo absolutamente disparatado. Un profesor alemán encuentra un manuscrito islandés que revela la entrada a las entrañas del planeta, y en lugar de pensar "esto es una locura", agarra a su sobrino y se lanza al volcán. La novela mezcla geología real con fantasía desatada, y el resultado es tan convincente que generaciones de lectores han soñado con encontrar océanos subterráneos y dinosaurios supervivientes.

Lo que muchos olvidan es que Verne fue un workaholic industrial. Firmó un contrato con el editor Pierre-Jules Hetzel que lo obligaba a producir dos novelas al año. Dos. Novelas. Al. Año. Y no estamos hablando de novelitas de doscientas páginas, sino de tomazos documentados hasta el delirio. Cumplió ese ritmo durante cuarenta años, produciendo más de sesenta novelas y docenas de relatos. El tipo escribía como si le pagaran por palabra, que probablemente era el caso.

Su vida personal, sin embargo, tenía más sombras que el fondo del océano donde navegaba Nemo. Su matrimonio con Honorine de Viane fue más bien una sociedad comercial que un romance apasionado. Su hijo Michel le dio más disgustos que alegrías, incluyendo deudas, escándalos y un disparo en la pierna que le dejó cojo de por vida. Sí, su propio sobrino (según algunas versiones) le pegó un tiro. La familia Verne podría haber protagonizado su propia novela de intrigas.

Pero concentrémonos en su legado, porque es absolutamente descomunal. Verne no inventó la ciencia ficción, pero la democratizó. Antes de él, las especulaciones científicas eran territorio de filósofos y académicos aburridos. Él las convirtió en aventuras trepidantes que cualquier chaval podía devorar. Creó el modelo que seguirían H.G. Wells, Isaac Asimov y prácticamente todo el género posterior.

Sus predicciones acertadas llenarían un libro entero: videoconferencias, helicópteros, naves espaciales que despegan desde Florida, rascacielos, internet primitivo, armas de destrucción masiva. En "París en el siglo XX", una novela que su editor rechazó por "demasiado pesimista", describió una ciudad dominada por la tecnología donde la gente vivía alienada y la cultura había muerto. El manuscrito se descubrió en 1989, y resultó ser una descripción bastante precisa de cualquier metrópolis moderna.

Lo verdaderamente revolucionario de Verne fue su optimismo tecnológico mezclado con advertencias éticas. El Capitán Nemo usa la tecnología para huir de una civilización que considera corrupta. Los exploradores de sus novelas descubren maravillas, pero también enfrentan las consecuencias de su ambición. No era un techno-utópico ingenuo; era un humanista que entendía que el progreso sin moral es simplemente destrucción sofisticada.

Hoy, 198 años después de su nacimiento, Verne sigue siendo el escritor más traducido del mundo después de Agatha Christie. Sus novelas se adaptan constantemente al cine, la televisión y los videojuegos. El Nautilus aparece en películas de Disney y en series de Amazon. Phileas Fogg ha sido interpretado por docenas de actores. Sus historias siguen vendiendo millones de copias.

Y aquí está la ironía final: el hombre que prometió a su madre viajar solo "en sueños" terminó llevando a millones de lectores a lugares que nadie había imaginado. Murió en Amiens en 1905, casi ciego y bastante amargado, sin saber que sus sueños terminarían definiendo el futuro. Cada vez que un submarino se sumerge, cada vez que un cohete despega, cada vez que alguien sueña con explorar lo inexplorado, está pagando tributo involuntario a ese niño de Nantes que quiso escaparse en un barco y terminó escapándose en su imaginación, llevándose al mundo entero con él.

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