Artículo 6 feb, 13:11

Julio Verne: El tipo que predijo Netflix, los submarinos y Elon Musk hace 198 años

Hace exactamente 198 años, en Nantes, Francia, una partera sostenía a un bebé sin saber que acababa de traer al mundo al primer escritor de ciencia ficción que acertaría más predicciones que Nostradamus bebido. Julio Verne nació el 8 de febrero de 1828, y si hoy levantara la cabeza, probablemente demandaría a medio Silicon Valley por plagio intelectual.

Pero empecemos por el principio, porque la historia de Verne es más jugosa que cualquiera de sus novelas. Su padre, Pierre Verne, era abogado y tenía un plan clarísimo para su primogénito: que siguiera sus pasos legales y se convirtiera en un respetable hombre de leyes. Julio, por supuesto, mandó ese plan al mismo lugar donde el Capitán Nemo mandó a la marina británica. A los once años, el pequeño rebelde intentó fugarse de casa para embarcarse como grumete en un barco rumbo a las Indias. Su madre lo interceptó justo a tiempo, y el chaval tuvo que prometer que solo viajaría "en sueños". Vaya promesa cumplió.

Lo fascinante de Verne es que nunca fue realmente un científico. Era un tipo que leía obsesivamente, tomaba notas como un poseso y tenía una imaginación que funcionaba con la precisión de un reloj suizo alimentado con cocaína. Pasaba horas en la Biblioteca Nacional de París devorando revistas científicas, informes de expediciones y tratados técnicos. Luego mezclaba todo eso con una dosis generosa de "¿y si...?" y salían obras maestras.

"Veinte mil leguas de viaje submarino" no es solo una novela de aventuras; es el manual de instrucciones del submarino moderno escrito sesenta años antes de que existiera. El Nautilus del Capitán Nemo funcionaba con electricidad, tenía escafandras autónomas y podía sumergirse a profundidades que los ingenieros de la época consideraban imposibles. Cuando Simon Lake construyó el primer submarino operativo moderno, envió un telegrama a Verne agradeciéndole la inspiración. El escritor respondió con elegancia, probablemente riéndose por dentro.

Y hablemos de "La vuelta al mundo en ochenta días", porque esa novela merece un análisis psicológico. Phileas Fogg es el antihéroe más británico que jamás existió: un tipo tan obsesionado con la puntualidad y la rutina que apuesta toda su fortuna a que puede circunnavegar el globo en un tiempo ridículo. Es básicamente el abuelo literario de todos los millonarios excéntricos que hoy lanzan coches al espacio. La diferencia es que Fogg tenía estilo y no tuiteaba barbaridades a las tres de la madrugada.

"Viaje al centro de la Tierra" presenta otra faceta del genio verniano: su capacidad para hacer creíble lo absolutamente disparatado. Un profesor alemán encuentra un manuscrito islandés que revela la entrada a las entrañas del planeta, y en lugar de pensar "esto es una locura", agarra a su sobrino y se lanza al volcán. La novela mezcla geología real con fantasía desatada, y el resultado es tan convincente que generaciones de lectores han soñado con encontrar océanos subterráneos y dinosaurios supervivientes.

Lo que muchos olvidan es que Verne fue un workaholic industrial. Firmó un contrato con el editor Pierre-Jules Hetzel que lo obligaba a producir dos novelas al año. Dos. Novelas. Al. Año. Y no estamos hablando de novelitas de doscientas páginas, sino de tomazos documentados hasta el delirio. Cumplió ese ritmo durante cuarenta años, produciendo más de sesenta novelas y docenas de relatos. El tipo escribía como si le pagaran por palabra, que probablemente era el caso.

Su vida personal, sin embargo, tenía más sombras que el fondo del océano donde navegaba Nemo. Su matrimonio con Honorine de Viane fue más bien una sociedad comercial que un romance apasionado. Su hijo Michel le dio más disgustos que alegrías, incluyendo deudas, escándalos y un disparo en la pierna que le dejó cojo de por vida. Sí, su propio sobrino (según algunas versiones) le pegó un tiro. La familia Verne podría haber protagonizado su propia novela de intrigas.

Pero concentrémonos en su legado, porque es absolutamente descomunal. Verne no inventó la ciencia ficción, pero la democratizó. Antes de él, las especulaciones científicas eran territorio de filósofos y académicos aburridos. Él las convirtió en aventuras trepidantes que cualquier chaval podía devorar. Creó el modelo que seguirían H.G. Wells, Isaac Asimov y prácticamente todo el género posterior.

Sus predicciones acertadas llenarían un libro entero: videoconferencias, helicópteros, naves espaciales que despegan desde Florida, rascacielos, internet primitivo, armas de destrucción masiva. En "París en el siglo XX", una novela que su editor rechazó por "demasiado pesimista", describió una ciudad dominada por la tecnología donde la gente vivía alienada y la cultura había muerto. El manuscrito se descubrió en 1989, y resultó ser una descripción bastante precisa de cualquier metrópolis moderna.

Lo verdaderamente revolucionario de Verne fue su optimismo tecnológico mezclado con advertencias éticas. El Capitán Nemo usa la tecnología para huir de una civilización que considera corrupta. Los exploradores de sus novelas descubren maravillas, pero también enfrentan las consecuencias de su ambición. No era un techno-utópico ingenuo; era un humanista que entendía que el progreso sin moral es simplemente destrucción sofisticada.

Hoy, 198 años después de su nacimiento, Verne sigue siendo el escritor más traducido del mundo después de Agatha Christie. Sus novelas se adaptan constantemente al cine, la televisión y los videojuegos. El Nautilus aparece en películas de Disney y en series de Amazon. Phileas Fogg ha sido interpretado por docenas de actores. Sus historias siguen vendiendo millones de copias.

Y aquí está la ironía final: el hombre que prometió a su madre viajar solo "en sueños" terminó llevando a millones de lectores a lugares que nadie había imaginado. Murió en Amiens en 1905, casi ciego y bastante amargado, sin saber que sus sueños terminarían definiendo el futuro. Cada vez que un submarino se sumerge, cada vez que un cohete despega, cada vez que alguien sueña con explorar lo inexplorado, está pagando tributo involuntario a ese niño de Nantes que quiso escaparse en un barco y terminó escapándose en su imaginación, llevándose al mundo entero con él.

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