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Artículo 6 feb, 11:04

Jules Verne: El tipo que predijo Netflix, los submarinos y Elon Musk 198 años antes de que existieran

Hace exactamente 198 años, en Nantes, Francia, nacía un bebé que haría que todos los escritores de ciencia ficción posteriores parecieran plagiadores confesos. Jules Verne no solo inventó un género literario: básicamente escribió el manual de instrucciones del siglo XX y XXI. Y lo hizo sin Google, sin Wikipedia, y probablemente con una resaca monumental de vino francés.

Pero empecemos por el principio, porque la historia de Verne es tan delirante como sus novelas. Su padre, un abogado respetable, quería que el joven Jules siguiera sus pasos en el mundo del derecho. Imagínense: el hombre que inventaría viajes a la Luna, submarinos nucleares y vuelos alrededor del mundo en globo, redactando contratos de compraventa. El universo, claramente, tenía otros planes.

A los once años, el pequeño Jules intentó escaparse de casa para trabajar como grumete en un barco rumbo a las Indias. Su padre lo atrapó justo a tiempo y, según cuenta la leyenda, Verne prometió que a partir de entonces solo viajaría con la imaginación. Spoiler: cumplió esa promesa de forma espectacular. Escribió más de sesenta novelas y el tipo apenas salió de Francia.

Aquí viene lo verdaderamente escalofriante: Verne predijo con precisión quirúrgica tecnologías que no existirían hasta décadas o siglos después. En "Veinte mil leguas de viaje submarino" describió un submarino eléctrico con escotillas herméticas y sistemas de purificación de aire. El USS Nautilus, el primer submarino nuclear de la historia, no se botaría hasta 1954. En "De la Tierra a la Luna" calculó que el viaje lunar requeriría una velocidad de escape de 11 kilómetros por segundo. La NASA, cien años después, confirmó que el francés había acertado con un margen de error ridículamente pequeño.

Pero mi favorita es "París en el siglo XX", una novela que Verne escribió en 1863 y que su editor rechazó por considerarla demasiado pesimista e inverosímil. ¿Qué describía? Una ciudad con rascacielos de cristal, trenes de alta velocidad, una red mundial de comunicaciones instantáneas, y una sociedad obsesionada con el dinero donde el arte y la literatura habían sido abandonados. El manuscrito se descubrió en 1989 y se publicó en 1994. Léanlo y díganme si no les suena familiar.

Lo genial de Verne es que no era un científico de laboratorio aislado del mundo. Era un obseso de la investigación que devoraba revistas científicas, visitaba exposiciones industriales y acosaba a ingenieros con preguntas interminables. Su biblioteca personal contenía más de veinte mil fichas con datos técnicos, geográficos y científicos. Era, básicamente, el equivalente decimonónico de alguien con cuarenta pestañas de Wikipedia abiertas.

Su relación con el editor Pierre-Jules Hetzel merece una serie de televisión. Hetzel no solo publicó a Verne: lo moldeó, lo censuró y lo convirtió en una máquina de producir best-sellers. Cuando Verne escribía finales oscuros, Hetzel los cambiaba por happy endings. Cuando los personajes eran demasiado cínicos, Hetzel los suavizaba. El resultado fue una colaboración de cuarenta años que produjo los "Viajes Extraordinarios", una colección de 54 novelas que vendieron millones de copias.

Y hablemos del Capitán Nemo, porque ese personaje merece un párrafo propio. Un príncipe indio que construye un submarino tecnológicamente imposible para vengarse del colonialismo británico, vive bajo el mar como un ermitaño millonario, y financia revoluciones antiimperialistas mientras toca el órgano. Es Batman, Iron Man y Aquaman combinados, pero inventado en 1870. Cada villano carismático con trauma de origen que vemos hoy en el cine le debe regalías a Verne.

La influencia de este hombre es tan descomunal que resulta imposible de medir. H.G. Wells lo consideraba su precursor. Ray Bradbury lo citaba como su inspiración principal. Cuando los científicos del siglo XX construyeron cohetes, submarinos y helicópteros, muchos admitieron haberse inspirado en las novelas que leyeron de niños. El efecto Verne es real: la ficción que imagina el futuro termina creándolo.

Pero también hay que reconocer sus limitaciones. Verne era un hombre de su tiempo, con los prejuicios de su época. Sus personajes femeninos son prácticamente inexistentes o decorativos. Su visión del colonialismo, aunque a veces crítica, también podía ser condescendiente. Leerlo hoy requiere contexto histórico y una pizca de generosidad interpretativa.

Lo que me fascina de Verne es su optimismo tecnológico combinado con su pesimismo social. Creía fervientemente en el progreso científico, pero también intuía que la humanidad podría usar mal esas herramientas. El Capitán Nemo usa su tecnología superior para hundir barcos de guerra. Los protagonistas de "La isla misteriosa" reconstruyen la civilización industrial en una isla desierta, pero todo termina explotando. Literalmente.

Hoy, a 198 años de su nacimiento, Jules Verne sigue siendo increíblemente relevante. Vivimos en un mundo que él imaginó: con internet, viajes espaciales, submarinos y vehículos eléctricos. Pero también vivimos con sus advertencias: la tecnología sin ética es peligrosa, el progreso sin propósito es vacío, y siempre habrá un Nemo dispuesto a usar la ciencia para la venganza.

Así que levantemos una copa imaginaria por el francés que viajó a la Luna sin moverse de su escritorio, que exploró el fondo del mar sin mojarse los pies, y que dio la vuelta al mundo sin salir de Amiens. Jules Verne nos enseñó que la imaginación es el primer paso hacia la realidad. Y eso, amigos míos, no es poca cosa.

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"Permanece ebrio de escritura para que la realidad no te destruya." — Ray Bradbury