Artículo 8 feb, 10:02

Jules Verne inventó el futuro desde un escritorio: 198 años del hombre que humilló a la ciencia

Imagina que estás en 1865 y un tipo con barba de patriarca francés te dice que el ser humano va a caminar sobre la Luna, que los submarinos dominarán los océanos y que daremos la vuelta al mundo en poco más de dos meses. Le habrías invitado a otra copa de absenta y le habrías dado palmaditas en la espalda, como se hace con los locos simpáticos. Pues bien, ese loco tenía razón en casi todo. Y hoy, 8 de febrero de 2026, se cumplen 198 años de su nacimiento.

Jules Gabriel Verne llegó al mundo en Nantes, Francia, en 1828, hijo de un abogado que esperaba que el chico siguiera sus pasos en los tribunales. Spoiler: no lo hizo. En lugar de dedicarse a los códigos civiles, Verne se fugó —literalmente— hacia el mar a los once años, intentando embarcarse como grumete en un buque mercante. Su padre lo interceptó a tiempo y le arrancó la promesa de que solo viajaría "con la imaginación". Esa promesa, lejos de ser una derrota, se convirtió en la declaración de principios más productiva de la historia de la literatura.

Porque Verne no se limitó a imaginar. Investigó con una obsesión que haría palidecer a cualquier científico de datos contemporáneo. Pasaba horas en la Biblioteca Nacional de París, llenando fichas con datos sobre geología, ingeniería naval, astronomía, balística y cualquier disciplina que pudiera alimentar sus tramas. No escribía ciencia ficción desde la comodidad del sofá: construía sus novelas como un ingeniero construye un puente, dato sobre dato, cálculo sobre cálculo. Y ahí reside la diferencia entre Verne y el noventa por ciento de los escritores que vinieron después: él hacía los deberes.

Tomemos "Veinte mil leguas de viaje submarino", publicada en 1870. En una época en la que los submarinos eran poco más que ataúdes con motor, Verne creó el Nautilus: un vehículo eléctrico, autosuficiente, capaz de recorrer los océanos a voluntad. El capitán Nemo —cuyo nombre significa "nadie" en latín, detalle que dice todo sobre la relación de Verne con el poder— no era solo un personaje: era una tesis filosófica con traje de buzo. Un hombre que rechaza la civilización pero la supera tecnológicamente. Cuando Simon Lake, pionero de la ingeniería submarina, construyó el primer submarino moderno en 1898, le envió un telegrama a Verne: "Gracias por la inspiración". No es metáfora. Es historia.

Y luego está "La vuelta al mundo en ochenta días", de 1872. Phileas Fogg, ese caballero británico tan estirado que parece hecho de almidón y horarios de tren, apuesta veinte mil libras a que puede circunnavegar el globo en menos de tres meses. La novela es una máquina perfecta de suspense, sí, pero también es algo más sutil: un mapa del colonialismo victoriano disfrazado de aventura. Fogg cruza la India, atraviesa Estados Unidos, y en cada parada Verne nos muestra el mundo tal como era — desigual, fascinante y brutal — con la precisión de un reportero y la malicia de un satirista.

Pero si hay una novela que define el espíritu verniano, esa es "Viaje al centro de la Tierra" (1864). El profesor Lidenbrock, un científico alemán con el temperamento de un volcán y la paciencia de una mecha corta, arrastra a su sobrino Axel por las entrañas de Islandia hasta las profundidades del planeta. ¿Es científicamente precisa? Por supuesto que no. El centro de la Tierra no alberga océanos subterráneos ni dinosaurios. Pero eso es lo de menos. Lo que Verne logró fue algo que la ciencia ficción posterior olvidó demasiado a menudo: hacer que el lector quisiera que fuera verdad. Lees a Verne y te dan ganas de hacer la maleta, no de cerrar el libro.

Lo que pocos saben es que Verne fue también un escritor atormentado. Su relación con su editor, Pierre-Jules Hetzel, fue una mezcla de colaboración y censura. Hetzel suavizó los finales más oscuros, eliminó las críticas políticas más afiladas y convirtió a Verne en un autor "para toda la familia" cuando el propio Verne soñaba con ser algo más incómodo. Su novela "París en el siglo XX", escrita en 1863, fue rechazada por Hetzel por ser "demasiado pesimista". En ella, Verne describía una ciudad dominada por la tecnología, donde el arte había muerto y los jóvenes vivían aplastados por un sistema financiero despiadado. El manuscrito se descubrió en 1994. Léanla y díganme si no les suena familiar.

Además, su vida personal fue un desastre de manual. Su matrimonio con Honorine de Viane fue más un acuerdo logístico que una historia de amor. Su hijo Michel le causó más disgustos que alegrías: deudas, escándalos, matrimonios desastrosos. Y en 1886, su sobrino Gaston le disparó dos tiros, dejándolo cojo de por vida. Verne nunca explicó públicamente por qué su propio sobrino intentó matarlo. Ese misterio, esa herida que nunca cerró del todo, tiñó sus últimas obras de un pesimismo que sus lectores habituales apenas reconocían.

Su legado, sin embargo, es indestructible. Verne es el segundo autor más traducido de la historia, solo por detrás de Agatha Christie. Escribió más de sesenta novelas en su serie "Viajes Extraordinarios". Inspiró a ingenieros, astronautas, exploradores y cineastas. Cuando los tripulantes del Apollo 11 salieron de la atmósfera terrestre en 1969, varios de ellos habían leído "De la Tierra a la Luna" de niños. La cápsula de Verne, por cierto, despegaba desde Florida. La de la NASA, también. Coincidencia es una palabra demasiado pequeña para eso.

Lo más fascinante de Verne no es lo que predijo —los submarinos, los helicópteros, las videoconferencias, los viajes espaciales— sino cómo lo predijo. No desde la fantasía pura, sino desde la extrapolación rigurosa. Verne miraba lo que la ciencia de su tiempo estaba balbuceando y le daba voz adulta. Era un traductor entre lo posible y lo imaginable, un hombre que comprendió antes que nadie que la tecnología no es solo herramienta: es narrativa.

Hoy, a 198 años de su nacimiento, Jules Verne sigue siendo incómodo. Incómodo porque nos recuerda que un escritor del siglo XIX, armado con fichas de biblioteca y una pluma de ganso, vio el futuro con más claridad que la mayoría de los futurólogos del siglo XXI. Incómodo porque sus novelas, escritas hace más de ciento cincuenta años, siguen siendo más imaginativas que buena parte de la ciencia ficción contemporánea. Y sobre todo, incómodo porque nos obliga a hacernos una pregunta que nadie quiere responder: si Verne pudo imaginar tanto con tan poco, ¿qué excusa tenemos nosotros?

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