Jules Verne inventó el futuro desde un escritorio: 198 años del hombre que humilló a la NASA
Un tipo encerrado en su despacho de Amiens, sin internet, sin Google, sin siquiera una calculadora decente, describió submarinos nucleares, viajes espaciales y videoconferencias con una precisión que da escalofríos. Hoy se cumplen 198 años del nacimiento de Jules Verne, y seguimos sin saber si era un genio, un viajero del tiempo o simplemente el escritor más testarudo de la historia.
Porque seamos honestos: cualquiera puede predecir que algún día volaremos. Pero describir con detalle cómo será la cápsula, desde dónde se lanzará y cuántos tripulantes llevará... eso ya no es predicción, eso es brujería con pluma y tinta.
Jules Gabriel Verne nació el 8 de febrero de 1828 en Nantes, Francia, en el seno de una familia burguesa que tenía planes muy claros para él: sería abogado. Su padre, Pierre Verne, era un respetable notario que veía la literatura como se ve a un cuñado en Navidad — con educada tolerancia y la esperanza de que se fuera pronto. El joven Jules estudió Derecho en París, sí, pero sus cuadernos estaban llenos de obras de teatro y relatos en lugar de códigos civiles. Cuando finalmente le confesó a su padre que quería ser escritor, la respuesta fue el equivalente decimonónico de «pues te corto la tarjeta»: le retiró la financiación. Verne pasó hambre. Literalmente. Comía poco, dormía menos y escribía como si su vida dependiera de ello. Porque dependía.
El punto de inflexión llegó en 1862, cuando conoció a Pierre-Jules Hetzel, un editor visionario que vio en aquel flacucho obsesionado con los mapas algo que nadie más veía. Hetzel le propuso un contrato brutal: dos novelas al año durante veinte años. Hoy, cualquier escritor saldría corriendo. Verne firmó sin pestañear. Y no solo cumplió, sino que superó la cuota. Entre 1863 y 1905, publicó más de sesenta novelas dentro de su serie «Viajes extraordinarios». Sesenta. Novelas. Mientras tú y yo nos quejamos de no tener tiempo para leer un libro al mes, este señor los escribía a razón de tres por año.
Pero lo verdaderamente escandaloso no es la cantidad, sino lo que había dentro de esos libros. En «Veinte mil leguas de viaje submarino» (1870), Verne describió el Nautilus, un submarino eléctrico capaz de recorrer los océanos del mundo. Cuando escribió esto, los submarinos eran poco más que ataúdes sumergibles que funcionaban con manivelas. El USS Nautilus, el primer submarino nuclear real, no se botó hasta 1954 — ochenta y cuatro años después. Y sí, la Marina de Estados Unidos lo bautizó así en honor a Verne. Cuando la realidad le plagia el nombre a la ficción, algo extraordinario está pasando.
En «De la Tierra a la Luna» (1865), situó el lanzamiento de su cápsula espacial en Florida. ¿Dónde está Cabo Cañaveral? En Florida. Calculó que se necesitarían tres tripulantes. ¿Cuántos iban en el Apolo 11? Tres. Describió la sensación de ingravidez y la recuperación de la cápsula en el océano Pacífico. Todo esto ciento cuatro años antes de que Neil Armstrong pisara la Luna. Cuando los ingenieros de la NASA leyeron a Verne, probablemente sintieron una mezcla de admiración y pánico existencial.
«La vuelta al mundo en ochenta días» (1873) no predijo tecnología, pero hizo algo igual de potente: convirtió la geografía en aventura. Phileas Fogg, ese caballero británico más rígido que una plancha de acero, apostó su fortuna a que podía circunnavegar el globo en ochenta días. La novela se publicó por entregas, y la gente en París hacía apuestas reales sobre si el personaje ficticio lo lograría. Lean eso otra vez. Apostaban dinero real por un tipo imaginario. Eso es poder narrativo. Eso es lo que hoy llamaríamos «engagement» y por lo que las plataformas digitales venderían su alma.
«Viaje al centro de la Tierra» (1864) nos metió en las entrañas del planeta con el profesor Lidenbrock, un científico alemán con el temperamento de un volcán a punto de erupcionar. Verne no tenía ni idea de cómo era realmente el interior de la Tierra — nadie la tenía —, pero construyó un mundo subterráneo tan convincente que generaciones de geólogos admitieron haberse hecho científicos gracias a esa novela. Cuando tu ficción genera vocaciones reales, has trascendido la literatura.
Ahora bien, hay algo que los hagiógrafos de Verne suelen omitir: el hombre tenía un lado oscuro. Su relación con su hijo Michel fue un desastre. El chico era rebelde, derrochador y problemático, y Verne respondió de la peor manera posible: lo internó en reformatorios e incluso lo embarcó en travesías forzosas. En 1886, su sobrino Gaston le disparó dos tiros, dejándolo cojo de por vida. El motivo nunca quedó del todo claro. Verne siguió escribiendo, pero sus obras posteriores se volvieron más sombrías, más pesimistas. «Los náufragos del Jonathan» y «El eterno Adán» son novelas de un hombre que ya no creía en el progreso con la misma fe ciega de su juventud. La vida le había disparado — literal y metafóricamente — y se notaba en cada página.
Lo que me fascina de Verne es que nunca fue un científico. Era un obseso de la documentación. Se levantaba a las cinco de la mañana, leía periódicos, revistas científicas, informes geográficos, y luego se sentaba a escribir hasta el mediodía. Cada dato de sus novelas estaba investigado hasta la médula. Cuando describía las corrientes del Pacífico, había leído todo lo disponible sobre oceanografía. Cuando hablaba de balística, había consultado con ingenieros. No inventaba el futuro por inspiración divina: lo deducía con método, paciencia y una curiosidad que rozaba la obsesión patológica.
Su influencia es tan vasta que resulta casi imposible de cartografiar, lo cual tiene su ironía tratándose de un hombre que adoraba los mapas. H.G. Wells reconoció su deuda. Hugo Gernsback, el padre de la ciencia ficción moderna, lo citó como inspiración directa cuando fundó la revista «Amazing Stories» en 1926. Sin Verne, no hay Asimov. Sin Verne, no hay Clarke. Sin Verne, probablemente no hay Elon Musk soñando con Marte — aunque Musk probablemente crea que se le ocurrió a él solo.
Hoy, 198 años después de su nacimiento, Jules Verne sigue siendo el escritor más adaptado al cine después de Shakespeare. Se han hecho más de doscientas películas basadas en sus obras. Doscientas. Y sin embargo, en ciertos círculos literarios, aún lo miran por encima del hombro: «literatura juvenil», dicen. «Aventuras para niños», sentencian. A lo que uno solo puede responder: si describir el futuro de la humanidad con décadas de adelanto, crear personajes que inspiran vocaciones científicas y generar un género literario entero es cosa de niños, entonces los adultos deberían tomar nota.
Jules Verne murió el 24 de marzo de 1905 en Amiens, casi ciego y con la pierna destrozada por el disparo de su sobrino. En su escritorio encontraron manuscritos inéditos que su hijo Michel publicó póstumamente — algunos dicen que con modificaciones sustanciales, lo cual añade otra capa de misterio a un legado ya de por sí fascinante. Su tumba en el cementerio de La Madeleine muestra una escultura del escritor emergiendo de su lápida, con el brazo extendido hacia el cielo. El escultor lo entendió perfectamente: Verne nunca dejó de señalar hacia arriba, hacia adelante, hacia lo que todavía no existía pero algún día existiría.
Así que la próxima vez que alguien te diga que la ficción no sirve para nada, cuéntale la historia de un abogado fracasado de Nantes que, armado con una pluma, una montaña de revistas científicas y una imaginación sin freno de mano, diseñó el siglo XX antes de que empezara. Y acertó.
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