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Artículo 13 feb, 19:37

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias verdades

Hay escritores que acarician al lector, que lo arrullan con historias bonitas y finales felices. Y luego está Toni Morrison, que te agarra del cuello, te obliga a mirar lo que preferirías ignorar y, de alguna manera, consigue que le des las gracias por ello. Hoy se cumplen 95 años del nacimiento de una mujer que no pidió permiso para reescribir las reglas de la literatura estadounidense. Una mujer negra, madre soltera, editora de profesión, que decidió que el canon literario de su país tenía un agujero del tamaño de un continente y que ella iba a llenarlo.

Chloe Ardelia Wofford nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad industrial del medio oeste donde las familias negras habían llegado huyendo del sur segregado. Su padre, George Wofford, era soldador en los astilleros y un hombre tan desconfiado de los blancos que una vez prendió fuego a la escalera de su casa cuando un casero blanco intentó desalojarlos. Ese gesto — radical, desesperado, digno de una novela — dice más sobre el mundo en que creció Morrison que cualquier ensayo sociológico. La violencia no era metáfora en su familia: era el idioma cotidiano de la supervivencia.

Pero aquí viene lo interesante. Morrison no empezó a escribir ficción hasta los 39 años. Treinta y nueve. En una cultura que venera a los prodigios juveniles y desconfía de las vocaciones tardías, ella se tomó su tiempo. Estudió en Howard University, hizo un máster en Cornell sobre Virginia Woolf y William Faulkner, se casó, se divorció, crió dos hijos sola y trabajó como editora en Random House, donde, por cierto, fue la primera mujer negra en ocupar un puesto editorial senior. Desde esa trinchera publicó a Angela Davis, a Muhammad Ali, a Gayl Jones. Estaba construyendo un ecosistema literario afroamericano antes de escribir su primera línea de ficción.

Su debut, «The Bluest Eye» (1970), es una novela que todavía provoca prohibiciones en bibliotecas escolares de Estados Unidos. La historia de Pecola Breedlove, una niña negra que desea tener ojos azules porque ha interiorizado que la belleza es blanca, sigue siendo una bofetada perfectamente calibrada. Morrison no escribió una denuncia panfletaria: escribió poesía del dolor. Y el establishment literario no supo qué hacer con eso. Las ventas iniciales fueron modestas, las reseñas tibias. Nadie estaba preparado para una voz así.

«Song of Solomon» (1977) cambió todo. La historia de Milkman Dead — sí, se llama así, y no, Morrison no pedía disculpas por sus decisiones narrativas — es una odisea que mezcla realismo mágico, mito africano y la América profunda con una naturalidad que haría palidecer de envidia a García Márquez. El libro ganó el National Book Critics Circle Award y fue seleccionado por Oprah Winfrey para su club de lectura años después, lo que disparó las ventas a cifras estratosféricas. Pero reducir a Morrison a «la escritora de Oprah» es como reducir a Beethoven al tipo del ringtone de Nokia.

Y entonces llegó «Beloved» en 1987. Basada en la historia real de Margaret Garner, una mujer esclavizada que mató a su hija antes de permitir que fuera devuelta a la esclavitud, esta novela es probablemente la obra más devastadora que ha producido la literatura estadounidense en el siglo XX. No exagero. Morrison tomó el horror de la esclavitud y lo convirtió en algo que no podías apartar de tu mente: un fantasma, literal y metafórico, que habita una casa en Cincinnati. La prosa es tan densa y musical que leerla se parece más a escuchar una sinfonía que a consumir una narrativa convencional. Cuando no ganó el National Book Award, 48 escritores e intelectuales negros firmaron una carta abierta de protesta en The New York Times. Al año siguiente ganó el Pulitzer. Justicia poética, nunca mejor dicho.

Lo que hacía Morrison con el lenguaje era casi ilegal. Tomaba el inglés — ese idioma que había sido herramienta de opresión, el idioma de los contratos de venta de esclavos — y lo retorcía hasta convertirlo en algo nuevo, algo que sonaba a blues y a sermón baptista y a canción de cuna africana simultáneamente. Sus frases podían ser largas como ríos o cortantes como navajas. «Freeing yourself was one thing, claiming ownership of that freed self was another», escribió en «Beloved». En una línea condensó trescientos años de historia.

En 1993 ganó el Premio Nobel de Literatura. La primera mujer afroamericana en recibirlo. Su discurso de aceptación, centrado en el poder y la responsabilidad del lenguaje, es de esos textos que deberían ser lectura obligatoria en todas las escuelas del planeta. «We die. That may be the meaning of life. But we do language. That may be the measure of our lives», dijo. Y el auditorio de Estocolmo, acostumbrado a la pompa y la circunstancia, se quedó en silencio.

Pero Morrison no era una santa literaria ni pretendía serlo. Era feroz, irónica y deliberadamente provocadora. Cuando un periodista le preguntó cuándo escribiría sobre personajes blancos, ella respondió: «¿Alguna vez le han preguntado eso a un escritor blanco?». Cuando los críticos la acusaban de escribir solo para lectores negros, ella se encogía de hombros y decía que Tolstói no escribía para ella y eso no lo hacía menos universal. Esa negativa a disculparse, a justificarse, a moderar su voz para hacerla más digerible, es quizás su legado más importante.

Su influencia es difícil de medir porque está en todas partes. Está en Colson Whitehead reescribiendo la esclavitud en «El ferrocarril subterráneo». Está en Jesmyn Ward narrando el sur profundo con lirismo feroz. Está en cada escritor que se atreve a contar la historia desde los márgenes sin pedir permiso al centro. Morrison no abrió una puerta: derribó un muro.

Murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años, dejando once novelas, ensayos, libros infantiles y una cátedra en Princeton que ocupó durante diecisiete años. Barack Obama le entregó la Medalla Presidencial de la Libertad en 2012, y al hacerlo dijo que sus novelas le habían enseñado algo sobre sí mismo. Cuando el presidente más poderoso del mundo reconoce que una escritora le enseñó quién era, algo extraordinario ha ocurrido.

Hoy, a 95 años de su nacimiento, en un mundo donde las bibliotecas siguen retirando sus libros de los estantes y donde la conversación sobre raza en América sigue siendo tan incómoda como siempre, Toni Morrison permanece incómodamente necesaria. Sus novelas no envejecen porque los problemas que diseccionó tampoco lo hacen. La belleza imposible de su prosa no suaviza el golpe; lo hace más preciso.

Si no has leído a Morrison, hazlo. Pero no esperes consuelo. Espera la verdad, servida en el lenguaje más hermoso que jamás se haya escrito en inglés. Y si eso no te convence, recuerda lo que ella misma dijo: «Si hay un libro que quieres leer, pero aún no se ha escrito, entonces debes escribirlo tú». Ella lo hizo. Once veces. Y cambió la literatura para siempre.

Artículo 13 feb, 07:05

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias vergüenzas

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias vergüenzas

Hay escritores que acarician al lector. Y luego está Toni Morrison, que te agarra del cuello y te obliga a mirar lo que preferirías ignorar. Hoy se cumplen 95 años del nacimiento de una mujer que no pidió permiso para reescribir las reglas de la literatura estadounidense, y que de paso le arrebató el Nobel a medio centenar de hombres blancos que llevaban décadas creyéndose los dueños del canon.

Chloe Ardelia Wofford —porque ese era su nombre real, y ya llegaremos a por qué se lo cambió— nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad industrial tan gris como suena. Su familia había migrado desde el sur profundo huyendo del racismo, solo para encontrar otra versión del mismo monstruo con diferente disfraz. Su padre, George Wofford, trabajaba como soldador y desconfiaba tanto de los blancos que una vez arrojó a un casero blanco por las escaleras. Esa rabia contenida, esa dignidad feroz, Morrison la absorbió como una esponja y la convirtió en literatura.

Lo del nombre tiene su gracia oscura. Se convirtió en «Toni» durante sus años en la Universidad Howard, cuando sus compañeros no podían pronunciar «Chloe». Y «Morrison» lo heredó de un matrimonio con el arquitecto jamaicano Harold Morrison que duró lo justo para darle dos hijos y un apellido que se quedaría para siempre en las portadas. Ella misma bromeaba con que había sido un mal negocio: un divorcio a cambio de seis letras en la cubierta de un libro.

Pero hablemos de los libros, que es donde la cosa se pone realmente incómoda. En 1970, con casi cuarenta años —una edad a la que hoy los escritores ya han publicado tres novelas y una autobiografía—, Morrison debutó con «The Bluest Eye» (Ojos azules). La novela cuenta la historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche para despertar con ojos azules. No porque le gusten los ojos azules, sino porque ha interiorizado tan profundamente el racismo que cree que ser blanca es la única forma de ser amada. Si eso no te revienta por dentro, revísate el pulso.

El libro fue un fracaso comercial. Se vendió mal y la crítica no supo muy bien qué hacer con él. Pero Morrison no escribía para vender. Escribía porque, según sus propias palabras, «si hay un libro que quieres leer y no ha sido escrito, entonces tú debes escribirlo». Y vaya si lo escribió.

Con «Song of Solomon» (La canción de Salomón, 1977) llegó el primer gran golpe en la mesa. Una saga familiar que mezcla realismo mágico, mitología afroamericana y una búsqueda de identidad tan visceral que Gabriel García Márquez debió sentir un escalofrío de reconocimiento. La novela ganó el National Book Critics Circle Award y puso a Morrison en el mapa literario de una vez por todas. Pero lo mejor —o lo peor, según cómo lo mires— estaba por llegar.

«Beloved» (1987) es, sin exagerar, una de las cinco mejores novelas escritas en inglés en el siglo XX. Y lo digo sabiendo que voy a enfadar a los fans de Hemingway, Fitzgerald y compañía. Basada en la historia real de Margaret Garner, una mujer esclavizada que mató a su propia hija antes de permitir que fuera devuelta a la esclavitud, la novela es un puñetazo en el estómago que no para de doler página tras página. Morrison no te permite apartar la mirada. Te obliga a sentarte con el horror, a masticarlo, a tragarlo. El fantasma de la hija muerta regresa literalmente a la casa, porque en el universo de Morrison los muertos no se van: se quedan para recordarte lo que hiciste, lo que permitiste, lo que ignoraste.

Cuando ganó el Pulitzer en 1988, cuarenta y ocho escritores e intelectuales negros habían firmado una carta abierta protestando porque Morrison no había recibido el National Book Award. La presión funcionó, aunque Morrison siempre negó que influyera en el jurado. Claro que lo negó. Era demasiado orgullosa para aceptar un premio que oliera a caridad.

Y luego vino el Nobel en 1993. Primera mujer afroamericana en recibirlo. La Academia Sueca la describió como una escritora «que, en novelas caracterizadas por fuerza visionaria y significado poético, da vida a un aspecto esencial de la realidad estadounidense». Traducido del sueco diplomático: esta señora escribe sobre lo que Estados Unidos prefiere no hablar, y lo hace tan bien que no pueden ignorarla.

Lo que hace única a Morrison no es solo el qué, sino el cómo. Su prosa es musical, casi hipnótica, construida con frases que parecen cantos espirituales transformados en literatura. Nunca explicaba el mundo negro al lector blanco. Se negaba rotundamente. «No voy a perder el tiempo explicándole al lector blanco lo que significa ser negro», dijo en más de una entrevista. «Eso es trabajo de ellos.» En una industria editorial dominada por la mirada blanca, esa decisión fue un acto revolucionario.

También fue editora en Random House durante años, donde publicó a Angela Davis, Muhammad Ali y Toni Cade Bambara. Es decir, no solo creó su propia obra maestra, sino que abrió la puerta para que otros la siguieran. Sin Morrison editora, la literatura afroamericana contemporánea tendría un agujero del tamaño de Texas.

Murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años, dejando once novelas, varios ensayos, libros infantiles y un legado que sigue creciendo. Barack Obama le entregó la Medalla Presidencial de la Libertad en 2012 y, según cuentan, fue una de las pocas veces que se le vio genuinamente nervioso. Cuando le cuelgas una medalla a Toni Morrison, eres tú quien se siente honrado.

Hoy, a 95 años de su nacimiento, sus libros siguen siendo prohibidos en bibliotecas escolares de varios estados de Estados Unidos. «Beloved» encabeza listas de libros censurados con una frecuencia que resultaría cómica si no fuera trágica. Que un país prohíba a sus jóvenes leer sobre su propia historia es exactamente el tipo de cobardía que Morrison combatió toda su vida.

Así que si aún no has leído a Toni Morrison, tienes un problema. No porque seas inculto —bueno, un poco sí—, sino porque te estás perdiendo a una escritora que entendió algo fundamental: la literatura no existe para hacerte sentir cómodo. Existe para arrancarte la venda de los ojos, aunque duela. Y con Morrison, siempre duele. Pero es el tipo de dolor que te deja mejor de lo que estabas.

Artículo 13 feb, 06:57

Toni Morrison: la mujer que obligó a América a mirarse en el espejo y no le gustó lo que vio

Hay escritores que te entretienen, escritores que te enseñan y escritores que te agarran del cuello y te obligan a mirar lo que preferirías ignorar. Toni Morrison pertenecía a esta última categoría, y lo hacía con una prosa tan hermosa que dolía. Hoy se cumplen 95 años de su nacimiento, y el mundo literario sigue sin recuperarse del todo de su impacto.

Porque Morrison no escribía novelas: construía bombas de relojería envueltas en seda. Cada página de «Beloved» o «The Bluest Eye» era un acto de resistencia disfrazado de literatura. Y eso, en la América de los años sesenta y setenta, era más peligroso que cualquier discurso político.

Chloe Ardelia Wofford nació en 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad siderúrgica donde la segregación racial no necesitaba carteles porque estaba cosida en el tejido mismo de la vida cotidiana. Su padre, George Wofford, soldaba acero durante el día y desconfiaba de los blancos durante la noche. No sin razón: de niño había presenciado dos linchamientos. Su madre, Ramah, cantaba en el coro de la iglesia y le contaba historias de fantasmas con la misma naturalidad con la que le servía la cena. De ahí, precisamente de ahí, sale el realismo mágico de Morrison. No de García Márquez, como tantos críticos perezosos han repetido. De la cocina de su madre.

La joven Chloe estudió en Howard University y luego en Cornell, donde escribió una tesis sobre Virginia Woolf y Faulkner. Aquí hay que detenerse un momento: una mujer negra en los años cincuenta, diseccionando a dos de los escritores más blancos y privilegiados de la literatura occidental. Morrison no solo los entendía mejor que muchos de sus admiradores, sino que los superó. Tomó las técnicas narrativas de Faulkner —los saltos temporales, las voces múltiples, la obsesión con el pasado que devora el presente— y las convirtió en algo completamente nuevo. Algo que Faulkner, con todo su genio, jamás podría haber escrito, porque le faltaba la experiencia de ser «el otro» en su propio país.

Después de un matrimonio fallido con el arquitecto jamaicano Harold Morrison —del que conservó el apellido porque, como ella misma confesó con su humor afilado, «ya había publicado con ese nombre y me daba pereza cambiarlo»— se mudó a Nueva York y comenzó a trabajar como editora en Random House. Y aquí es donde la historia se pone realmente interesante. Porque Morrison no solo escribió algunas de las mejores novelas del siglo XX: también editó a Toni Cade Bambara, a Gayl Jones, a Angela Davis. Básicamente, construyó con sus propias manos el canon de la literatura afroamericana contemporánea mientras escribía el suyo.

Su primera novela, «The Bluest Eye» (1970), cuenta la historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche para despertar con los ojos azules. Si esto no te parte el alma, revisa tu pulso. Morrison tenía 39 años cuando la publicó, una edad en la que muchos escritores ya han quemado su mejor material. Ella apenas estaba calentando. El libro fue un fracaso comercial inicial —porque la América de 1970 no estaba lista para mirarse en ese espejo— pero plantó una semilla que germinaría en un bosque entero.

«Song of Solomon» (1977) le trajo el reconocimiento masivo. La historia de Milkman Dead —sí, se llama así, porque Morrison elegía nombres como quien lanza cuchillos: con precisión y la intención de clavarse— es una odisea que mezcla la búsqueda de identidad con el vuelo literal. Porque en el universo de Morrison, los hombres negros pueden volar. No como metáfora cursi de superación personal, sino como acto de liberación ancestral, enraizado en la mitología de los esclavos que creían que sus antepasados africanos habían volado de regreso a casa. La novela ganó el National Book Critics Circle Award y puso a Morrison en el radar del Nobel.

Pero fue «Beloved» (1987) la que lo cambió todo. Basada en la historia real de Margaret Garner, una esclava fugitiva que mató a su propia hija antes que permitir que fuera devuelta a la esclavitud, «Beloved» es probablemente la novela más devastadora escrita en inglés en el último medio siglo. Morrison no te cuenta la esclavitud desde la distancia segura del historiador: te la mete en los huesos. El fantasma de la niña asesinada regresa, literalmente, y se instala en la casa como un trauma que se niega a ser olvidado. Porque eso es lo que hace el trauma: vuelve. Siempre vuelve.

Cuando «Beloved» no ganó el National Book Award en 1987, cuarenta y ocho escritores y críticos negros —entre ellos Maya Angelou y Amiri Baraka— firmaron una carta abierta protestando. Fue un escándalo mayúsculo. Al año siguiente, Morrison ganó el Pulitzer. En 1993, el Nobel. Se convirtió en la primera mujer afroamericana en recibir ese premio, y en su discurso de aceptación pronunció una frase que debería estar grabada en la puerta de todas las facultades de letras del mundo: «Morimos. Ese puede ser el sentido de la vida. Pero hacemos lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas».

Lo que más fastidia a ciertos sectores de la crítica —y aquí viene la parte provocadora— es que Morrison se negó rotundamente a escribir para la mirada blanca. Cuando un periodista le preguntó por qué no había personajes blancos principales en sus novelas, ella respondió: «¿Alguna vez le has preguntado eso a Tolstói? ¿Alguna vez le has preguntado por qué no tiene personajes negros?». Esa respuesta es una clase magistral de retórica en treinta palabras. Morrison entendió algo fundamental: la literatura «universal» siempre había sido, en realidad, literatura blanca que se autoproclamaba universal. Ella escribió literatura negra y exigió que el mundo la reconociera como igualmente universal.

Sus libros siguen siendo de los más censurados en las bibliotecas escolares de Estados Unidos. «The Bluest Eye» y «Beloved» aparecen regularmente en las listas de libros que ciertos padres y legisladores quieren eliminar de los planes de estudio. Lo cual, si lo piensas bien, es el mayor homenaje que se le puede hacer a un escritor. Que tu obra siga incomodando a los poderosos cuarenta y cincuenta años después de publicada significa que diste en el blanco.

Toni Morrison murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años. Dejó once novelas, varios ensayos, libros infantiles, un libreto de ópera y una generación entera de escritores que existen porque ella abrió la puerta. Escritoras como Jesmyn Ward, Chimamanda Ngozi Adichie o Colson Whitehead han reconocido explícitamente su deuda con Morrison.

A 95 años de su nacimiento, la pregunta no es si Morrison sigue siendo relevante —eso es obvio para cualquiera que abra un periódico— sino si hemos aprendido algo de lo que intentó enseñarnos. Ella nos dejó un espejo. Depende de nosotros tener el coraje de mirarnos en él sin apartar la vista.

Artículo 13 feb, 05:21

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a la América blanca con sus propias verdades

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a la América blanca con sus propias verdades

Hay escritores que escriben novelas y hay escritores que te arrancan el suelo bajo los pies. Toni Morrison pertenecía al segundo grupo, y lo hacía con una elegancia tan brutal que hasta los que no querían escuchar terminaban sentados en silencio, con el libro entre las manos y un nudo en la garganta. Hoy se cumplen 95 años del nacimiento de una mujer que no pidió permiso para entrar al panteón literario: derribó la puerta.

Nacida como Chloe Ardelia Wofford el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, Morrison creció en una familia obrera donde las historias no eran entretenimiento, sino supervivencia. Su padre, George Wofford, trabajaba en tres empleos simultáneos y le contaba cuentos populares afroamericanos que ella absorbía como quien memoriza un mapa de escape. Nadie en esa casa de clase trabajadora imaginó que aquella niña silenciosa terminaría ganando el Nobel de Literatura. Pero eso es lo que pasa cuando subestimas a alguien que lee a Jane Austen a los doce años y piensa: «Yo puedo hacer algo mejor, y con personajes que se parezcan a mí».

Antes de ser Toni Morrison, la escritora fue Toni Morrison, la editora. Y aquí viene un dato que mucha gente ignora: durante casi veinte años trabajó en Random House, donde se encargó de publicar a autores afroamericanos que el establishment editorial consideraba «demasiado nicho». Gracias a ella, escritores como Gayl Jones, Toni Cade Bambara y Angela Davis llegaron a las estanterías. Morrison no solo escribió la historia de la literatura negra americana; literalmente la editó, la maquetó y la puso en circulación. Fue arquitecta y albañil al mismo tiempo.

Su primera novela, «The Bluest Eye» (1970), es una bomba envuelta en papel de regalo. Cuenta la historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche para tener los ojos azules porque ha interiorizado que la belleza es blanca. Morrison tenía 39 años cuando la publicó. En una época en que la mayoría de los escritores famosos ya habían publicado su obra maestra a los veintipocos, ella llegó tarde y sin prisa, como quien sabe que lo que trae entre manos no necesita urgencia porque va a durar siglos. El libro vendió poco al principio. La crítica fue tibia. Pero Morrison no escribía para la crítica del momento; escribía para la eternidad, y la eternidad le dio la razón.

Después vino «Song of Solomon» (1977), y aquí la cosa se puso seria. La novela sigue a Milkman Dead en su búsqueda de identidad a través de la historia de su familia: es lo más parecido a una odisea afroamericana que se haya escrito jamás. Morrison tomó la estructura del mito clásico y la llenó de blues, de migración forzada, de nombres robados y recuperados. El protagonista se llama Milkman, un apodo que le pusieron porque su madre lo amamantó hasta una edad inapropiada. Solo Morrison podía convertir un detalle así en el motor simbólico de toda una novela. «Song of Solomon» ganó el National Book Critics Circle Award y Oprah Winfrey la incluyó en su club de lectura, lo que significó que millones de personas que normalmente leían autoayuda se encontraron enfrentadas a prosa de altísimo calibre.

Pero hablemos de «Beloved» (1987), porque si hay una novela que define a Morrison es esta. Basada en la historia real de Margaret Garner, una mujer esclavizada que mató a su hija antes de permitir que fuera devuelta a la esclavitud, «Beloved» es probablemente la novela más importante escrita en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. Sí, lo digo así de claro. Ni Roth, ni DeLillo, ni Pynchon. Morrison. La novela ganó el Pulitzer en 1988, pero no sin controversia: 48 escritores e intelectuales negros firmaron una carta abierta en The New York Times protestando porque Morrison no había recibido el National Book Award por su obra anterior. Fue un gesto sin precedentes, una comunidad literaria entera diciendo: «Basta de ignorarla».

Lo que hacía Morrison con el lenguaje era algo que solo puedo describir como brujería de alta literatura. Sus frases no se leen; se sienten en el estómago. Podía escribir una escena de violencia extrema con la cadencia de una canción de cuna, y una escena doméstica cotidiana con la tensión de un thriller. Su prosa tenía ritmo de jazz: improvisaba, se desviaba, volvía al tema principal cuando menos lo esperabas y te dejaba sin aliento. No había nadie como ella. Sinceramente, sigue sin haberlo.

En 1993, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndola en la primera mujer afroamericana en recibirlo. El comité dijo que era una escritora «que en sus novelas caracterizadas por la fuerza visionaria y el significado poético, da vida a un aspecto esencial de la realidad americana». Traducido del sueco diplomático al español llano: Morrison les mostró a los europeos que la literatura americana no era solo Hemingway bebiendo en París, sino también una mujer negra de Ohio reescribiendo las reglas del juego narrativo.

Hay algo que Morrison repetía en sus entrevistas y que me parece fundamental: «Si hay un libro que quieres leer y no ha sido escrito, entonces debes escribirlo tú». No era una frase motivacional de Instagram. Era un manifiesto. Morrison escribió los libros que la literatura americana se negaba a escribir: historias de mujeres negras, de familias destruidas por la esclavitud, de comunidades resilientes, de dolor transmitido de generación en generación como una herencia maldita. Y lo hizo sin pedir disculpas, sin suavizar los bordes, sin traducir su experiencia para hacerla digerible al lector blanco.

Una de las cosas más provocadoras que hizo Morrison fue negarse explícitamente a centrar la mirada blanca en su narrativa. Un periodista le preguntó cuándo escribiría sobre personajes blancos, y ella respondió algo así como: «Nadie le pregunta a los escritores blancos cuándo van a escribir sobre personajes negros». Esa respuesta, dicha con la tranquilidad de quien tiene toda la razón del mundo, fue un terremoto silencioso en el mundo literario.

Morrison falleció el 5 de agosto de 2019, a los 88 años, dejando once novelas, varios ensayos, libros infantiles y una cantidad incalculable de escritores que existen gracias a que ella abrió el camino. Autores como Jesmyn Ward, Colson Whitehead y Chimamanda Ngozi Adichie han reconocido públicamente su deuda con Morrison. Cuando Whitehead ganó el Pulitzer por «The Underground Railroad», una novela sobre la esclavitud que usa el realismo mágico como herramienta narrativa, era imposible no ver la sombra luminosa de «Beloved» detrás de cada página.

A 95 años de su nacimiento, Toni Morrison sigue siendo incómoda. Sus libros siguen siendo prohibidos en algunas escuelas de Estados Unidos, lo cual es la prueba definitiva de que funcionan. Un libro que no molesta a nadie es un libro que no dice nada. Morrison dijo todo lo que había que decir, y lo dijo de una manera tan hermosa que resultaba imposible mirar hacia otro lado. Esa es la venganza más elegante de la literatura: obligarte a sentir lo que preferirías ignorar.

Si no has leído a Morrison, empieza por «Beloved». No te va a gustar. Te va a destrozar. Y eso es exactamente lo que necesitas.

Artículo 13 feb, 04:14

Toni Morrison: la mujer que hizo arrodillarse a la literatura blanca

Toni Morrison: la mujer que hizo arrodillarse a la literatura blanca

Hay escritores que cuentan historias. Y luego está Toni Morrison, que agarró la literatura estadounidense por el cuello y le dijo: «Mira, esto también existe, y duele». Hoy se cumplen 95 años de su nacimiento, y el mundo sigue sin digerir del todo lo que esta mujer hizo con las palabras. No porque fuera difícil de leer, sino porque leerla obliga a mirar donde nadie quiere mirar.

Chloe Ardelia Wofford nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad siderúrgica donde los negros, los blancos y los inmigrantes europeos compartían la misma pobreza. Morrison creció en una familia que contaba historias de fantasmas, cantaba canciones del sur profundo y trataba la superstición con la misma seriedad que la Biblia. Ese caldo cultural fue su universidad real, mucho antes de Howard y Cornell. Su padre, George Wofford, era un soldador que desconfiaba de los blancos con una convicción tan profunda que una vez arrojó a un casero blanco escaleras abajo. Su madre, Ramah, cantaba en el coro de la iglesia y jugaba a los números. De esa mezcla de rabia, música y resistencia nació una escritora que cambiaría las reglas del juego.

Antes de publicar una sola novela, Morrison ya había hecho historia silenciosamente. Como editora en Random House durante los años sesenta y setenta, fue la mano invisible que llevó a la imprenta a autores afroamericanos que el establishment editorial consideraba «demasiado nicho». Gracias a ella, Toni Cade Bambara, Gayl Jones y Angela Davis encontraron editorial. Imaginen la escena: una mujer negra en las reuniones editoriales de Manhattan, década de 1960, diciendo «esto se publica». Y se publicaba. Eso ya era una revolución antes de que ella misma escribiera una sola línea de ficción.

Su primera novela, «The Bluest Eye» (1970), llegó como un puñetazo envuelto en seda. La historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche por tener ojos azules, es una de las cosas más devastadoras que se han escrito en inglés. Morrison tenía 39 años, era madre soltera de dos hijos, trabajaba a tiempo completo como editora y escribía de madrugada. Cuando alguien le preguntó cómo encontraba tiempo, respondió algo así como: «No lo encontraba, lo robaba». El libro vendió poco al principio. La crítica fue tibia. Pero ahí estaba ya todo Morrison: la prosa lírica que suena a blues, la mirada sin concesiones sobre la brutalidad, y esa capacidad insólita de hacer que el lector sienta compasión sin pedírsela.

«Song of Solomon» (1977) fue el punto de inflexión. La historia de Milkman Dead —sí, se llama así, y no, Morrison no pedía disculpas por sus nombres— es una odisea afroamericana que mezcla el realismo mágico con la historia de la Gran Migración negra del sur al norte. García Márquez con el blues de Robert Johnson, si quieren una comparación rápida. Este libro le valió el National Book Critics Circle Award y la atención del gran público. De repente, Morrison dejó de ser «una escritora negra interesante» para convertirse en «una escritora que hay que leer». La distinción importaba, y ella lo sabía.

Pero fue «Beloved» (1987) la novela que partió la literatura en dos. Basada en la historia real de Margaret Garner, una esclava fugitiva que mató a su propia hija antes que permitir que la devolvieran a la esclavitud, «Beloved» es una novela de fantasmas. Literalmente. El bebé asesinado regresa, encarnado en una joven misteriosa, para reclamar el amor que le fue arrebatado. Morrison hizo algo que nadie había hecho antes: convirtió la esclavitud en una historia de terror sobrenatural, porque entendió que el horror real necesitaba el lenguaje del horror ficticio para ser procesado. La novela ganó el Pulitzer en 1988, pero no sin polémica: 48 escritores e intelectuales negros habían firmado una carta abierta protestando porque Morrison no había recibido el National Book Award. La presión funcionó. O la justicia, según se mire.

En 1993, Morrison recibió el Nobel de Literatura. Fue la primera mujer afroamericana en ganarlo, y solo la octava mujer en la historia del premio. El comité sueco la describió como una escritora «que, en novelas caracterizadas por la fuerza visionaria y la importancia poética, da vida a un aspecto esencial de la realidad estadounidense». Se presentó a la ceremonia con un vestido espectacular y un discurso que es, en sí mismo, una obra maestra. Habló de una anciana ciega a la que unos jóvenes intentan engañar. «No sé si el pájaro que tienen en la mano está vivo o muerto», dice la anciana. «Lo que sí sé es que está en sus manos». Era Morrison pura: parábola, ambigüedad moral, y la responsabilidad puesta siempre en el que escucha.

Lo que hacía Morrison con el lenguaje era algo técnicamente demencial. Lean el primer párrafo de «Beloved»: «124 was spiteful. Full of a baby's venom.» Una casa con número como nombre, un bebé con veneno. En dos frases, Morrison instalaba lo sobrenatural en lo doméstico y te dejaba sin salida. Su prosa funcionaba como el jazz: improvisaciones controladas, repeticiones con variación, silencios que pesan más que las palabras. No escribía para que la entendieras a la primera. Escribía para que volvieras.

Morrison tenía una relación combativa con la idea de «literatura universal». Cuando le preguntaban si no quería trascender la raza y escribir sobre «temas universales», respondía con una elegancia letal: «Nadie le pide a Tolstói que trascienda su condición de ruso». Tenía razón, y lo sabía. La trampa de lo «universal» siempre ha sido que lo universal es lo blanco, lo masculino, lo europeo. Morrison escribió desde la especificidad radical de la experiencia negra femenina y, precisamente por eso, llegó a todos. Porque la especificidad, cuando es honesta, es la única forma real de universalidad.

Sus últimas décadas fueron las de una figura monumental que seguía escribiendo sin bajar el nivel. «Paradise», «Love», «A Mercy», «Home», «God Help the Child». Ninguna alcanzó el impacto sísmico de «Beloved», pero todas contenían páginas que cualquier otro escritor mataría por haber escrito. Además, ejerció como profesora en Princeton, donde impartía un taller de escritura creativa que era, según sus alumnos, una experiencia cercana a la revelación mística. O al trauma. A veces ambas cosas.

Morrison murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años. Dejó once novelas, varios libros de ensayos, literatura infantil y un legado que sigue expandiéndose. «Beloved» fue votada como la mejor novela estadounidense de los últimos veinticinco años por el New York Times en 2006. Sus libros siguen siendo prohibidos en bibliotecas escolares de varios estados, lo cual, si lo piensan, es el mayor cumplido que puede recibir un escritor: que su obra siga asustando a los poderosos décadas después.

Hoy, a 95 años de su nacimiento, Toni Morrison sigue siendo incómoda. Y esa incomodidad es exactamente su regalo. Nos dejó novelas que funcionan como espejos rotos: reflejan la realidad, pero cortando. Si no la han leído, empiecen por «Beloved». Y si ya la leyeron, vuelvan. Morrison escribía para que volvieras. Y cada vez que vuelves, el pájaro en la mano está más vivo.

Artículo 13 feb, 03:10

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a la América blanca con sus propias verdades

Hay escritores que entretienen, escritores que educan y escritores que te agarran del cuello y te obligan a mirar lo que preferirías ignorar. Toni Morrison pertenecía a esta última categoría, y lo hacía con una prosa tan hermosa que dolía. Hoy se cumplen 95 años de su nacimiento en Lorain, Ohio, y el mundo literario sigue sin poder sacudirse su sombra.

Porque Morrison no escribía novelas: construía espejos. Espejos incómodos, de esos que no reflejan tu mejor ángulo sino tu peor mueca. Y la literatura estadounidense, acostumbrada a verse guapa en el reflejo de Hemingway y Fitzgerald, no estaba preparada para lo que vio.

Empecemos por el principio, que en el caso de Morrison es ya una declaración de guerra. Chloe Ardelia Wofford —su nombre de nacimiento, que suena a personaje de novela victoriana— creció en una familia obrera donde los cuentos populares afroamericanos se mezclaban con las historias de fantasmas y la música. Su padre, George Wofford, soldaba acero y desconfiaba tanto de los blancos que una vez arrojó a un casero blanco escaleras abajo. Su madre, Ramah, cantaba en el coro de la iglesia y le enseñó que la dignidad no se negocia. Con ese material genético, era imposible que Toni escribiera novelitas amables.

Su primera novela, «The Bluest Eye» (1970), cuenta la historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza todas las noches para despertar con ojos azules. Publicada cuando Morrison tenía 39 años —sí, treinta y nueve, así que si tienes cuarenta y aún no has escrito tu obra maestra, todavía hay esperanza—, el libro fue un fracaso comercial. Vendió mal, recibió críticas tibias y parecía destinado al olvido. Pero había algo en esas páginas que ardía lentamente, como una brasa debajo de la ceniza. Morrison no contaba la historia del racismo desde la barricada ni desde el púlpito: la contaba desde los ojos de una niña que había interiorizado el veneno hasta el punto de querer ser otra persona. Eso es más devastador que cualquier panfleto.

Después llegó «Song of Solomon» (1977), y aquí Morrison se soltó la melena. Una saga familiar que mezcla realismo mágico, mitología africana y la búsqueda de identidad de Milkman Dead —un nombre que ya de por sí es toda una declaración estética—. La novela le valió el National Book Critics Circle Award y la atención que merecía. Gabriel García Márquez en Harlem, dijeron algunos. Morrison probablemente habría respondido que García Márquez era ella en Macondo.

Pero hablemos de «Beloved» (1987), porque si hay una novela que demuestra que la ficción puede hacer lo que los libros de historia no logran, es esta. Basada en la historia real de Margaret Garner, una mujer esclavizada que mató a su propia hija antes que permitir que la devolvieran a la esclavitud, «Beloved» es un puñetazo en el estómago envuelto en seda. Morrison tomó el horror más absoluto y lo convirtió en poesía. El fantasma de la hija muerta regresa, encarnado, y su presencia no es solo sobrenatural sino profundamente política: es la memoria que se niega a ser enterrada, el pasado que exige ser reconocido. Cuando le dieron el Pulitzer por esta novela en 1988, muchos críticos dijeron que era «merecido pero tardío». Treinta y ocho escritores negros habían firmado una carta abierta protestando porque Morrison nunca había recibido un gran premio. A veces, la justicia literaria necesita que la empujen.

En 1993, el Nobel de Literatura. Morrison se convirtió en la primera mujer afroamericana en recibirlo, y su discurso de aceptación es, en sí mismo, una obra maestra. Habló del lenguaje como algo vivo, del poder de las palabras para oprimir o liberar. «Morimos. Puede que ese sea el sentido de la vida. Pero hacemos lenguaje. Puede que esa sea la medida de nuestras vidas», dijo. Si eso no te eriza la piel, quizás necesites comprobar si aún tienes pulso.

Lo que hacía a Morrison genuinamente revolucionaria no era solo su talento —que era descomunal— sino su posición política respecto a la escritura. Ella se negó rotundamente a escribir para la mirada blanca. En una entrevista célebre, cuando le preguntaron cuándo dejaría de escribir sobre la raza, respondió: «¿Alguna vez le preguntan a Tolstói cuándo dejará de escribir sobre los rusos?». Esa respuesta debería enmarcarse en cada facultad de literatura del mundo. Morrison entendía algo que muchos escritores de minorías tardan carreras enteras en comprender: que centrar tu narrativa en tu comunidad no es limitarte, es universalizarte desde la especificidad.

Como editora en Random House durante los años setenta, Morrison fue igual de influyente. Publicó a Toni Cade Bambara, Angela Davis, Gayl Jones y Muhammad Ali. Básicamente, construyó el canon de la literatura afroamericana contemporánea desde su despacho mientras escribía sus propias novelas por las noches, antes del amanecer, con una taza de café como única compañía. Si alguna vez te has quejado de no tener tiempo para escribir, Morrison te mira desde el más allá con cara de «¿en serio?».

Sus novelas posteriores —«Jazz» (1992), «Paradise» (1997), «A Mercy» (2008)— siguieron explorando los mismos territorios con herramientas cada vez más sofisticadas. «Jazz» imita la estructura de una improvisación musical; «Paradise» abre con la frase «Dispararon primero a la chica blanca» y luego se niega deliberadamente a decirte cuál de las mujeres es blanca. Eso es provocación literaria del más alto nivel: obligarte a examinar por qué necesitas saber la raza de un personaje para decidir cómo sentirte.

Morrison murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años, dejando once novelas, varios ensayos, obras de teatro, libros infantiles y una generación entera de escritores que existen gracias a que ella abrió la puerta a patadas. Jesmyn Ward, Colson Whitehead, Ta-Nehisi Coates: todos caminan por senderos que Morrison desbrozó con su prosa.

Noventa y cinco años después de su nacimiento, la pregunta no es si Morrison sigue siendo relevante —eso es obvio para cualquiera que abra un periódico—, sino si estamos a la altura de lo que ella exigía. Porque Morrison no pedía lectores pasivos: pedía cómplices. Gente dispuesta a sentir la incomodidad, a habitar el dolor ajeno, a reconocer que la belleza y el horror pueden compartir la misma frase. En un mundo donde la literatura se mide cada vez más por likes y algoritmos, releer a Morrison es un acto de resistencia. Y vaya si lo necesitamos.

Artículo 13 feb, 01:30

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias vergüenzas

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias vergüenzas

Hay escritores que entretienen, escritores que iluminan y escritores que te agarran del cuello y te obligan a mirar lo que preferirías ignorar. Toni Morrison pertenecía a esta última categoría, y lo hacía con una prosa tan bella que el dolor se volvía hipnótico. Hoy se cumplen 95 años de su nacimiento, y el mundo literario sigue sin recuperarse del todo de su impacto.

Porque Morrison no escribía novelas: construía espejos. Espejos incómodos, de esos que no te muestran lo que quieres ver, sino lo que necesitas confrontar. Y América, esa nación edificada sobre contradicciones monumentales, nunca tuvo una cronista más despiadada ni más tierna.

Chloe Ardelia Wofford —porque así se llamaba antes de convertirse en leyenda— nació en 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad siderúrgica donde la clase obrera negra y la blanca compartían la misma miseria económica pero no los mismos derechos. Su padre, George Wofford, era soldador en los astilleros y desconfiaba tanto de los blancos que una vez arrojó a un casero blanco escaleras abajo por atreverse a subir al piso donde vivían. Su madre, Ramah, cantaba en el coro de la iglesia y le contaba historias de fantasmas del sur profundo. Entre la rabia del padre y la poesía de la madre, Toni absorbió el combustible que alimentaría toda su obra.

Aquí viene un dato que a mucha gente le sorprende: Morrison no publicó su primera novela hasta los 39 años. Treinta y nueve. En una época donde los prodigios literarios de veintipocos acaparan portadas, ella estaba criando dos hijos sola, trabajando como editora en Random House y, de paso, revolucionando la industria editorial al publicar a autores afroamericanos que nadie más quería tocar. Angela Davis, Muhammad Ali, Toni Cade Bambara... Morrison les abrió la puerta antes de cruzarla ella misma como escritora. Así que cuando alguien te diga que es «demasiado tarde» para empezar algo, recuérdale que Toni Morrison a los 39 escribió «The Bluest Eye» y a los 56 escribió «Beloved».

«The Bluest Eye» (1970) fue una bofetada elegante. La historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche por tener los ojos azules, porque en la América de los años cuarenta la belleza tenía un solo color y no era el suyo. Morrison tomó algo que millones de personas sentían —esa internalización del racismo, ese odio hacia el propio cuerpo— y lo convirtió en literatura con mayúsculas. El libro se vendió modestamente al principio. La crítica no supo qué hacer con él. Demasiado negro, demasiado femenino, demasiado honesto. Perfecto.

Pero fue «Song of Solomon» (1977) la que la catapultó. Una novela que es al mismo tiempo una saga familiar, un thriller, una búsqueda de identidad y un cuento de hadas oscuro. El protagonista, Milkman Dead —sí, se llama así, y Morrison no pedía disculpas por sus nombres—, emprende un viaje al sur para buscar un tesoro y termina encontrando algo mucho más valioso: su historia. La novela ganó el National Book Critics Circle Award y Oprah Winfrey la seleccionó para su club de lectura años después, lo que equivalía en ventas a que el Papa bendijera tu libro.

Y luego llegó «Beloved» en 1987. Dios mío, «Beloved». Si alguna vez alguien te pregunta qué es una obra maestra, dale este libro y aléjate en silencio. Basada en la historia real de Margaret Garner, una mujer esclavizada que mató a su propia hija antes de permitir que fuera devuelta a la esclavitud, Morrison creó algo que trasciende la novela histórica. Es una historia de fantasmas donde el fantasma más aterrador no es el espectro que habita la casa, sino la propia institución de la esclavitud, ese trauma colectivo que América prefería mantener en el sótano. El libro no ganó el National Book Award —un escándalo que provocó una carta pública firmada por 48 escritores e intelectuales negros— pero sí ganó el Pulitzer en 1988. A veces la justicia literaria llega, aunque sea a empujones.

En 1993, el Nobel de Literatura. Morrison se convirtió en la primera mujer afroamericana en recibirlo, y su discurso de aceptación sigue siendo uno de los más citados en la historia del premio. «Morimos. Ese puede ser el sentido de la vida. Pero hacemos lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas.» Si eso no te pone la piel de gallina, revisa tu pulso.

Lo que hacía única a Morrison no era solo lo que contaba, sino cómo lo contaba. Su prosa era musical, sincopada, llena de ritmos que evocaban el jazz y el blues. Podía escribir una frase de una belleza devastadora y en la siguiente clavarte un cuchillo emocional. No explicaba el racismo: lo hacía sentir. No describía el dolor: te lo inyectaba. Y lo hacía sin pedir permiso, sin suavizar las aristas, sin ofrecer la redención fácil que el lector blanco esperaba. Cuando le preguntaban por qué no escribía sobre personajes blancos, respondía con una pregunta que debería enmarcarse: «¿Alguna vez le han preguntado a Tolstói por qué no escribía sobre gente negra?»

Morrison también fue profesora en Princeton, una presencia imponente que aterrorizaba y fascinaba a sus alumnos a partes iguales. Cuentan que en sus seminarios no toleraba la mediocridad, que podía destruir un argumento flojo con una sola ceja levantada y que exigía de sus estudiantes el mismo rigor implacable que se exigía a sí misma. Barack Obama le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad en 2012, y al colocarle la medalla se le notaba genuinamente nervioso. El hombre más poderoso del mundo intimidado por una novelista. Así debería ser siempre.

Murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años, dejando once novelas, varios libros infantiles, ensayos, obras de teatro y un legado que redefine lo que significa ser escritor en América. Pero su verdadera herencia no está en los premios ni en las cifras de ventas. Está en todas las escritoras negras que vinieron después y encontraron un camino ya abierto. Está en los programas universitarios que ahora incluyen literatura afroamericana como canon, no como nota al pie. Está en cada lector que abrió «Beloved» esperando una novela y cerró el libro transformado.

Noventa y cinco años después de su nacimiento, Toni Morrison sigue siendo incómoda. Sus libros siguen siendo prohibidos en bibliotecas escolares de varios estados norteamericanos, lo cual es, si lo piensas bien, el mayor cumplido que un escritor puede recibir. Significa que sus palabras siguen teniendo el poder de perturbar, de sacudir, de obligar a la gente a mirar lo que preferiría ignorar.

Y eso, al final, es lo que separa a los buenos escritores de los grandes: los buenos te hacen pasar un buen rato; los grandes te cambian. Morrison te cambiaba, te destrozaba y te reconstruía con cada página. Y lo hacía con una sonrisa serena y una prosa que cantaba como un gospel en una iglesia vacía. Feliz cumpleaños, Toni. El mundo sigue necesitando tus espejos.

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