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Artículo 13 feb, 07:05

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias vergüenzas

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias vergüenzas

Hay escritores que acarician al lector. Y luego está Toni Morrison, que te agarra del cuello y te obliga a mirar lo que preferirías ignorar. Hoy se cumplen 95 años del nacimiento de una mujer que no pidió permiso para reescribir las reglas de la literatura estadounidense, y que de paso le arrebató el Nobel a medio centenar de hombres blancos que llevaban décadas creyéndose los dueños del canon.

Chloe Ardelia Wofford —porque ese era su nombre real, y ya llegaremos a por qué se lo cambió— nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad industrial tan gris como suena. Su familia había migrado desde el sur profundo huyendo del racismo, solo para encontrar otra versión del mismo monstruo con diferente disfraz. Su padre, George Wofford, trabajaba como soldador y desconfiaba tanto de los blancos que una vez arrojó a un casero blanco por las escaleras. Esa rabia contenida, esa dignidad feroz, Morrison la absorbió como una esponja y la convirtió en literatura.

Lo del nombre tiene su gracia oscura. Se convirtió en «Toni» durante sus años en la Universidad Howard, cuando sus compañeros no podían pronunciar «Chloe». Y «Morrison» lo heredó de un matrimonio con el arquitecto jamaicano Harold Morrison que duró lo justo para darle dos hijos y un apellido que se quedaría para siempre en las portadas. Ella misma bromeaba con que había sido un mal negocio: un divorcio a cambio de seis letras en la cubierta de un libro.

Pero hablemos de los libros, que es donde la cosa se pone realmente incómoda. En 1970, con casi cuarenta años —una edad a la que hoy los escritores ya han publicado tres novelas y una autobiografía—, Morrison debutó con «The Bluest Eye» (Ojos azules). La novela cuenta la historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche para despertar con ojos azules. No porque le gusten los ojos azules, sino porque ha interiorizado tan profundamente el racismo que cree que ser blanca es la única forma de ser amada. Si eso no te revienta por dentro, revísate el pulso.

El libro fue un fracaso comercial. Se vendió mal y la crítica no supo muy bien qué hacer con él. Pero Morrison no escribía para vender. Escribía porque, según sus propias palabras, «si hay un libro que quieres leer y no ha sido escrito, entonces tú debes escribirlo». Y vaya si lo escribió.

Con «Song of Solomon» (La canción de Salomón, 1977) llegó el primer gran golpe en la mesa. Una saga familiar que mezcla realismo mágico, mitología afroamericana y una búsqueda de identidad tan visceral que Gabriel García Márquez debió sentir un escalofrío de reconocimiento. La novela ganó el National Book Critics Circle Award y puso a Morrison en el mapa literario de una vez por todas. Pero lo mejor —o lo peor, según cómo lo mires— estaba por llegar.

«Beloved» (1987) es, sin exagerar, una de las cinco mejores novelas escritas en inglés en el siglo XX. Y lo digo sabiendo que voy a enfadar a los fans de Hemingway, Fitzgerald y compañía. Basada en la historia real de Margaret Garner, una mujer esclavizada que mató a su propia hija antes de permitir que fuera devuelta a la esclavitud, la novela es un puñetazo en el estómago que no para de doler página tras página. Morrison no te permite apartar la mirada. Te obliga a sentarte con el horror, a masticarlo, a tragarlo. El fantasma de la hija muerta regresa literalmente a la casa, porque en el universo de Morrison los muertos no se van: se quedan para recordarte lo que hiciste, lo que permitiste, lo que ignoraste.

Cuando ganó el Pulitzer en 1988, cuarenta y ocho escritores e intelectuales negros habían firmado una carta abierta protestando porque Morrison no había recibido el National Book Award. La presión funcionó, aunque Morrison siempre negó que influyera en el jurado. Claro que lo negó. Era demasiado orgullosa para aceptar un premio que oliera a caridad.

Y luego vino el Nobel en 1993. Primera mujer afroamericana en recibirlo. La Academia Sueca la describió como una escritora «que, en novelas caracterizadas por fuerza visionaria y significado poético, da vida a un aspecto esencial de la realidad estadounidense». Traducido del sueco diplomático: esta señora escribe sobre lo que Estados Unidos prefiere no hablar, y lo hace tan bien que no pueden ignorarla.

Lo que hace única a Morrison no es solo el qué, sino el cómo. Su prosa es musical, casi hipnótica, construida con frases que parecen cantos espirituales transformados en literatura. Nunca explicaba el mundo negro al lector blanco. Se negaba rotundamente. «No voy a perder el tiempo explicándole al lector blanco lo que significa ser negro», dijo en más de una entrevista. «Eso es trabajo de ellos.» En una industria editorial dominada por la mirada blanca, esa decisión fue un acto revolucionario.

También fue editora en Random House durante años, donde publicó a Angela Davis, Muhammad Ali y Toni Cade Bambara. Es decir, no solo creó su propia obra maestra, sino que abrió la puerta para que otros la siguieran. Sin Morrison editora, la literatura afroamericana contemporánea tendría un agujero del tamaño de Texas.

Murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años, dejando once novelas, varios ensayos, libros infantiles y un legado que sigue creciendo. Barack Obama le entregó la Medalla Presidencial de la Libertad en 2012 y, según cuentan, fue una de las pocas veces que se le vio genuinamente nervioso. Cuando le cuelgas una medalla a Toni Morrison, eres tú quien se siente honrado.

Hoy, a 95 años de su nacimiento, sus libros siguen siendo prohibidos en bibliotecas escolares de varios estados de Estados Unidos. «Beloved» encabeza listas de libros censurados con una frecuencia que resultaría cómica si no fuera trágica. Que un país prohíba a sus jóvenes leer sobre su propia historia es exactamente el tipo de cobardía que Morrison combatió toda su vida.

Así que si aún no has leído a Toni Morrison, tienes un problema. No porque seas inculto —bueno, un poco sí—, sino porque te estás perdiendo a una escritora que entendió algo fundamental: la literatura no existe para hacerte sentir cómodo. Existe para arrancarte la venda de los ojos, aunque duela. Y con Morrison, siempre duele. Pero es el tipo de dolor que te deja mejor de lo que estabas.

Artículo 13 feb, 06:57

Toni Morrison: la mujer que obligó a América a mirarse en el espejo y no le gustó lo que vio

Hay escritores que te entretienen, escritores que te enseñan y escritores que te agarran del cuello y te obligan a mirar lo que preferirías ignorar. Toni Morrison pertenecía a esta última categoría, y lo hacía con una prosa tan hermosa que dolía. Hoy se cumplen 95 años de su nacimiento, y el mundo literario sigue sin recuperarse del todo de su impacto.

Porque Morrison no escribía novelas: construía bombas de relojería envueltas en seda. Cada página de «Beloved» o «The Bluest Eye» era un acto de resistencia disfrazado de literatura. Y eso, en la América de los años sesenta y setenta, era más peligroso que cualquier discurso político.

Chloe Ardelia Wofford nació en 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad siderúrgica donde la segregación racial no necesitaba carteles porque estaba cosida en el tejido mismo de la vida cotidiana. Su padre, George Wofford, soldaba acero durante el día y desconfiaba de los blancos durante la noche. No sin razón: de niño había presenciado dos linchamientos. Su madre, Ramah, cantaba en el coro de la iglesia y le contaba historias de fantasmas con la misma naturalidad con la que le servía la cena. De ahí, precisamente de ahí, sale el realismo mágico de Morrison. No de García Márquez, como tantos críticos perezosos han repetido. De la cocina de su madre.

La joven Chloe estudió en Howard University y luego en Cornell, donde escribió una tesis sobre Virginia Woolf y Faulkner. Aquí hay que detenerse un momento: una mujer negra en los años cincuenta, diseccionando a dos de los escritores más blancos y privilegiados de la literatura occidental. Morrison no solo los entendía mejor que muchos de sus admiradores, sino que los superó. Tomó las técnicas narrativas de Faulkner —los saltos temporales, las voces múltiples, la obsesión con el pasado que devora el presente— y las convirtió en algo completamente nuevo. Algo que Faulkner, con todo su genio, jamás podría haber escrito, porque le faltaba la experiencia de ser «el otro» en su propio país.

Después de un matrimonio fallido con el arquitecto jamaicano Harold Morrison —del que conservó el apellido porque, como ella misma confesó con su humor afilado, «ya había publicado con ese nombre y me daba pereza cambiarlo»— se mudó a Nueva York y comenzó a trabajar como editora en Random House. Y aquí es donde la historia se pone realmente interesante. Porque Morrison no solo escribió algunas de las mejores novelas del siglo XX: también editó a Toni Cade Bambara, a Gayl Jones, a Angela Davis. Básicamente, construyó con sus propias manos el canon de la literatura afroamericana contemporánea mientras escribía el suyo.

Su primera novela, «The Bluest Eye» (1970), cuenta la historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche para despertar con los ojos azules. Si esto no te parte el alma, revisa tu pulso. Morrison tenía 39 años cuando la publicó, una edad en la que muchos escritores ya han quemado su mejor material. Ella apenas estaba calentando. El libro fue un fracaso comercial inicial —porque la América de 1970 no estaba lista para mirarse en ese espejo— pero plantó una semilla que germinaría en un bosque entero.

«Song of Solomon» (1977) le trajo el reconocimiento masivo. La historia de Milkman Dead —sí, se llama así, porque Morrison elegía nombres como quien lanza cuchillos: con precisión y la intención de clavarse— es una odisea que mezcla la búsqueda de identidad con el vuelo literal. Porque en el universo de Morrison, los hombres negros pueden volar. No como metáfora cursi de superación personal, sino como acto de liberación ancestral, enraizado en la mitología de los esclavos que creían que sus antepasados africanos habían volado de regreso a casa. La novela ganó el National Book Critics Circle Award y puso a Morrison en el radar del Nobel.

Pero fue «Beloved» (1987) la que lo cambió todo. Basada en la historia real de Margaret Garner, una esclava fugitiva que mató a su propia hija antes que permitir que fuera devuelta a la esclavitud, «Beloved» es probablemente la novela más devastadora escrita en inglés en el último medio siglo. Morrison no te cuenta la esclavitud desde la distancia segura del historiador: te la mete en los huesos. El fantasma de la niña asesinada regresa, literalmente, y se instala en la casa como un trauma que se niega a ser olvidado. Porque eso es lo que hace el trauma: vuelve. Siempre vuelve.

Cuando «Beloved» no ganó el National Book Award en 1987, cuarenta y ocho escritores y críticos negros —entre ellos Maya Angelou y Amiri Baraka— firmaron una carta abierta protestando. Fue un escándalo mayúsculo. Al año siguiente, Morrison ganó el Pulitzer. En 1993, el Nobel. Se convirtió en la primera mujer afroamericana en recibir ese premio, y en su discurso de aceptación pronunció una frase que debería estar grabada en la puerta de todas las facultades de letras del mundo: «Morimos. Ese puede ser el sentido de la vida. Pero hacemos lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas».

Lo que más fastidia a ciertos sectores de la crítica —y aquí viene la parte provocadora— es que Morrison se negó rotundamente a escribir para la mirada blanca. Cuando un periodista le preguntó por qué no había personajes blancos principales en sus novelas, ella respondió: «¿Alguna vez le has preguntado eso a Tolstói? ¿Alguna vez le has preguntado por qué no tiene personajes negros?». Esa respuesta es una clase magistral de retórica en treinta palabras. Morrison entendió algo fundamental: la literatura «universal» siempre había sido, en realidad, literatura blanca que se autoproclamaba universal. Ella escribió literatura negra y exigió que el mundo la reconociera como igualmente universal.

Sus libros siguen siendo de los más censurados en las bibliotecas escolares de Estados Unidos. «The Bluest Eye» y «Beloved» aparecen regularmente en las listas de libros que ciertos padres y legisladores quieren eliminar de los planes de estudio. Lo cual, si lo piensas bien, es el mayor homenaje que se le puede hacer a un escritor. Que tu obra siga incomodando a los poderosos cuarenta y cincuenta años después de publicada significa que diste en el blanco.

Toni Morrison murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años. Dejó once novelas, varios ensayos, libros infantiles, un libreto de ópera y una generación entera de escritores que existen porque ella abrió la puerta. Escritoras como Jesmyn Ward, Chimamanda Ngozi Adichie o Colson Whitehead han reconocido explícitamente su deuda con Morrison.

A 95 años de su nacimiento, la pregunta no es si Morrison sigue siendo relevante —eso es obvio para cualquiera que abra un periódico— sino si hemos aprendido algo de lo que intentó enseñarnos. Ella nos dejó un espejo. Depende de nosotros tener el coraje de mirarnos en él sin apartar la vista.

Artículo 13 feb, 03:10

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a la América blanca con sus propias verdades

Hay escritores que entretienen, escritores que educan y escritores que te agarran del cuello y te obligan a mirar lo que preferirías ignorar. Toni Morrison pertenecía a esta última categoría, y lo hacía con una prosa tan hermosa que dolía. Hoy se cumplen 95 años de su nacimiento en Lorain, Ohio, y el mundo literario sigue sin poder sacudirse su sombra.

Porque Morrison no escribía novelas: construía espejos. Espejos incómodos, de esos que no reflejan tu mejor ángulo sino tu peor mueca. Y la literatura estadounidense, acostumbrada a verse guapa en el reflejo de Hemingway y Fitzgerald, no estaba preparada para lo que vio.

Empecemos por el principio, que en el caso de Morrison es ya una declaración de guerra. Chloe Ardelia Wofford —su nombre de nacimiento, que suena a personaje de novela victoriana— creció en una familia obrera donde los cuentos populares afroamericanos se mezclaban con las historias de fantasmas y la música. Su padre, George Wofford, soldaba acero y desconfiaba tanto de los blancos que una vez arrojó a un casero blanco escaleras abajo. Su madre, Ramah, cantaba en el coro de la iglesia y le enseñó que la dignidad no se negocia. Con ese material genético, era imposible que Toni escribiera novelitas amables.

Su primera novela, «The Bluest Eye» (1970), cuenta la historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza todas las noches para despertar con ojos azules. Publicada cuando Morrison tenía 39 años —sí, treinta y nueve, así que si tienes cuarenta y aún no has escrito tu obra maestra, todavía hay esperanza—, el libro fue un fracaso comercial. Vendió mal, recibió críticas tibias y parecía destinado al olvido. Pero había algo en esas páginas que ardía lentamente, como una brasa debajo de la ceniza. Morrison no contaba la historia del racismo desde la barricada ni desde el púlpito: la contaba desde los ojos de una niña que había interiorizado el veneno hasta el punto de querer ser otra persona. Eso es más devastador que cualquier panfleto.

Después llegó «Song of Solomon» (1977), y aquí Morrison se soltó la melena. Una saga familiar que mezcla realismo mágico, mitología africana y la búsqueda de identidad de Milkman Dead —un nombre que ya de por sí es toda una declaración estética—. La novela le valió el National Book Critics Circle Award y la atención que merecía. Gabriel García Márquez en Harlem, dijeron algunos. Morrison probablemente habría respondido que García Márquez era ella en Macondo.

Pero hablemos de «Beloved» (1987), porque si hay una novela que demuestra que la ficción puede hacer lo que los libros de historia no logran, es esta. Basada en la historia real de Margaret Garner, una mujer esclavizada que mató a su propia hija antes que permitir que la devolvieran a la esclavitud, «Beloved» es un puñetazo en el estómago envuelto en seda. Morrison tomó el horror más absoluto y lo convirtió en poesía. El fantasma de la hija muerta regresa, encarnado, y su presencia no es solo sobrenatural sino profundamente política: es la memoria que se niega a ser enterrada, el pasado que exige ser reconocido. Cuando le dieron el Pulitzer por esta novela en 1988, muchos críticos dijeron que era «merecido pero tardío». Treinta y ocho escritores negros habían firmado una carta abierta protestando porque Morrison nunca había recibido un gran premio. A veces, la justicia literaria necesita que la empujen.

En 1993, el Nobel de Literatura. Morrison se convirtió en la primera mujer afroamericana en recibirlo, y su discurso de aceptación es, en sí mismo, una obra maestra. Habló del lenguaje como algo vivo, del poder de las palabras para oprimir o liberar. «Morimos. Puede que ese sea el sentido de la vida. Pero hacemos lenguaje. Puede que esa sea la medida de nuestras vidas», dijo. Si eso no te eriza la piel, quizás necesites comprobar si aún tienes pulso.

Lo que hacía a Morrison genuinamente revolucionaria no era solo su talento —que era descomunal— sino su posición política respecto a la escritura. Ella se negó rotundamente a escribir para la mirada blanca. En una entrevista célebre, cuando le preguntaron cuándo dejaría de escribir sobre la raza, respondió: «¿Alguna vez le preguntan a Tolstói cuándo dejará de escribir sobre los rusos?». Esa respuesta debería enmarcarse en cada facultad de literatura del mundo. Morrison entendía algo que muchos escritores de minorías tardan carreras enteras en comprender: que centrar tu narrativa en tu comunidad no es limitarte, es universalizarte desde la especificidad.

Como editora en Random House durante los años setenta, Morrison fue igual de influyente. Publicó a Toni Cade Bambara, Angela Davis, Gayl Jones y Muhammad Ali. Básicamente, construyó el canon de la literatura afroamericana contemporánea desde su despacho mientras escribía sus propias novelas por las noches, antes del amanecer, con una taza de café como única compañía. Si alguna vez te has quejado de no tener tiempo para escribir, Morrison te mira desde el más allá con cara de «¿en serio?».

Sus novelas posteriores —«Jazz» (1992), «Paradise» (1997), «A Mercy» (2008)— siguieron explorando los mismos territorios con herramientas cada vez más sofisticadas. «Jazz» imita la estructura de una improvisación musical; «Paradise» abre con la frase «Dispararon primero a la chica blanca» y luego se niega deliberadamente a decirte cuál de las mujeres es blanca. Eso es provocación literaria del más alto nivel: obligarte a examinar por qué necesitas saber la raza de un personaje para decidir cómo sentirte.

Morrison murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años, dejando once novelas, varios ensayos, obras de teatro, libros infantiles y una generación entera de escritores que existen gracias a que ella abrió la puerta a patadas. Jesmyn Ward, Colson Whitehead, Ta-Nehisi Coates: todos caminan por senderos que Morrison desbrozó con su prosa.

Noventa y cinco años después de su nacimiento, la pregunta no es si Morrison sigue siendo relevante —eso es obvio para cualquiera que abra un periódico—, sino si estamos a la altura de lo que ella exigía. Porque Morrison no pedía lectores pasivos: pedía cómplices. Gente dispuesta a sentir la incomodidad, a habitar el dolor ajeno, a reconocer que la belleza y el horror pueden compartir la misma frase. En un mundo donde la literatura se mide cada vez más por likes y algoritmos, releer a Morrison es un acto de resistencia. Y vaya si lo necesitamos.

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