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Artículo 13 feb, 19:37

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias verdades

Hay escritores que acarician al lector, que lo arrullan con historias bonitas y finales felices. Y luego está Toni Morrison, que te agarra del cuello, te obliga a mirar lo que preferirías ignorar y, de alguna manera, consigue que le des las gracias por ello. Hoy se cumplen 95 años del nacimiento de una mujer que no pidió permiso para reescribir las reglas de la literatura estadounidense. Una mujer negra, madre soltera, editora de profesión, que decidió que el canon literario de su país tenía un agujero del tamaño de un continente y que ella iba a llenarlo.

Chloe Ardelia Wofford nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad industrial del medio oeste donde las familias negras habían llegado huyendo del sur segregado. Su padre, George Wofford, era soldador en los astilleros y un hombre tan desconfiado de los blancos que una vez prendió fuego a la escalera de su casa cuando un casero blanco intentó desalojarlos. Ese gesto — radical, desesperado, digno de una novela — dice más sobre el mundo en que creció Morrison que cualquier ensayo sociológico. La violencia no era metáfora en su familia: era el idioma cotidiano de la supervivencia.

Pero aquí viene lo interesante. Morrison no empezó a escribir ficción hasta los 39 años. Treinta y nueve. En una cultura que venera a los prodigios juveniles y desconfía de las vocaciones tardías, ella se tomó su tiempo. Estudió en Howard University, hizo un máster en Cornell sobre Virginia Woolf y William Faulkner, se casó, se divorció, crió dos hijos sola y trabajó como editora en Random House, donde, por cierto, fue la primera mujer negra en ocupar un puesto editorial senior. Desde esa trinchera publicó a Angela Davis, a Muhammad Ali, a Gayl Jones. Estaba construyendo un ecosistema literario afroamericano antes de escribir su primera línea de ficción.

Su debut, «The Bluest Eye» (1970), es una novela que todavía provoca prohibiciones en bibliotecas escolares de Estados Unidos. La historia de Pecola Breedlove, una niña negra que desea tener ojos azules porque ha interiorizado que la belleza es blanca, sigue siendo una bofetada perfectamente calibrada. Morrison no escribió una denuncia panfletaria: escribió poesía del dolor. Y el establishment literario no supo qué hacer con eso. Las ventas iniciales fueron modestas, las reseñas tibias. Nadie estaba preparado para una voz así.

«Song of Solomon» (1977) cambió todo. La historia de Milkman Dead — sí, se llama así, y no, Morrison no pedía disculpas por sus decisiones narrativas — es una odisea que mezcla realismo mágico, mito africano y la América profunda con una naturalidad que haría palidecer de envidia a García Márquez. El libro ganó el National Book Critics Circle Award y fue seleccionado por Oprah Winfrey para su club de lectura años después, lo que disparó las ventas a cifras estratosféricas. Pero reducir a Morrison a «la escritora de Oprah» es como reducir a Beethoven al tipo del ringtone de Nokia.

Y entonces llegó «Beloved» en 1987. Basada en la historia real de Margaret Garner, una mujer esclavizada que mató a su hija antes de permitir que fuera devuelta a la esclavitud, esta novela es probablemente la obra más devastadora que ha producido la literatura estadounidense en el siglo XX. No exagero. Morrison tomó el horror de la esclavitud y lo convirtió en algo que no podías apartar de tu mente: un fantasma, literal y metafórico, que habita una casa en Cincinnati. La prosa es tan densa y musical que leerla se parece más a escuchar una sinfonía que a consumir una narrativa convencional. Cuando no ganó el National Book Award, 48 escritores e intelectuales negros firmaron una carta abierta de protesta en The New York Times. Al año siguiente ganó el Pulitzer. Justicia poética, nunca mejor dicho.

Lo que hacía Morrison con el lenguaje era casi ilegal. Tomaba el inglés — ese idioma que había sido herramienta de opresión, el idioma de los contratos de venta de esclavos — y lo retorcía hasta convertirlo en algo nuevo, algo que sonaba a blues y a sermón baptista y a canción de cuna africana simultáneamente. Sus frases podían ser largas como ríos o cortantes como navajas. «Freeing yourself was one thing, claiming ownership of that freed self was another», escribió en «Beloved». En una línea condensó trescientos años de historia.

En 1993 ganó el Premio Nobel de Literatura. La primera mujer afroamericana en recibirlo. Su discurso de aceptación, centrado en el poder y la responsabilidad del lenguaje, es de esos textos que deberían ser lectura obligatoria en todas las escuelas del planeta. «We die. That may be the meaning of life. But we do language. That may be the measure of our lives», dijo. Y el auditorio de Estocolmo, acostumbrado a la pompa y la circunstancia, se quedó en silencio.

Pero Morrison no era una santa literaria ni pretendía serlo. Era feroz, irónica y deliberadamente provocadora. Cuando un periodista le preguntó cuándo escribiría sobre personajes blancos, ella respondió: «¿Alguna vez le han preguntado eso a un escritor blanco?». Cuando los críticos la acusaban de escribir solo para lectores negros, ella se encogía de hombros y decía que Tolstói no escribía para ella y eso no lo hacía menos universal. Esa negativa a disculparse, a justificarse, a moderar su voz para hacerla más digerible, es quizás su legado más importante.

Su influencia es difícil de medir porque está en todas partes. Está en Colson Whitehead reescribiendo la esclavitud en «El ferrocarril subterráneo». Está en Jesmyn Ward narrando el sur profundo con lirismo feroz. Está en cada escritor que se atreve a contar la historia desde los márgenes sin pedir permiso al centro. Morrison no abrió una puerta: derribó un muro.

Murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años, dejando once novelas, ensayos, libros infantiles y una cátedra en Princeton que ocupó durante diecisiete años. Barack Obama le entregó la Medalla Presidencial de la Libertad en 2012, y al hacerlo dijo que sus novelas le habían enseñado algo sobre sí mismo. Cuando el presidente más poderoso del mundo reconoce que una escritora le enseñó quién era, algo extraordinario ha ocurrido.

Hoy, a 95 años de su nacimiento, en un mundo donde las bibliotecas siguen retirando sus libros de los estantes y donde la conversación sobre raza en América sigue siendo tan incómoda como siempre, Toni Morrison permanece incómodamente necesaria. Sus novelas no envejecen porque los problemas que diseccionó tampoco lo hacen. La belleza imposible de su prosa no suaviza el golpe; lo hace más preciso.

Si no has leído a Morrison, hazlo. Pero no esperes consuelo. Espera la verdad, servida en el lenguaje más hermoso que jamás se haya escrito en inglés. Y si eso no te convence, recuerda lo que ella misma dijo: «Si hay un libro que quieres leer, pero aún no se ha escrito, entonces debes escribirlo tú». Ella lo hizo. Once veces. Y cambió la literatura para siempre.

Artículo 13 feb, 04:14

Toni Morrison: la mujer que hizo arrodillarse a la literatura blanca

Toni Morrison: la mujer que hizo arrodillarse a la literatura blanca

Hay escritores que cuentan historias. Y luego está Toni Morrison, que agarró la literatura estadounidense por el cuello y le dijo: «Mira, esto también existe, y duele». Hoy se cumplen 95 años de su nacimiento, y el mundo sigue sin digerir del todo lo que esta mujer hizo con las palabras. No porque fuera difícil de leer, sino porque leerla obliga a mirar donde nadie quiere mirar.

Chloe Ardelia Wofford nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad siderúrgica donde los negros, los blancos y los inmigrantes europeos compartían la misma pobreza. Morrison creció en una familia que contaba historias de fantasmas, cantaba canciones del sur profundo y trataba la superstición con la misma seriedad que la Biblia. Ese caldo cultural fue su universidad real, mucho antes de Howard y Cornell. Su padre, George Wofford, era un soldador que desconfiaba de los blancos con una convicción tan profunda que una vez arrojó a un casero blanco escaleras abajo. Su madre, Ramah, cantaba en el coro de la iglesia y jugaba a los números. De esa mezcla de rabia, música y resistencia nació una escritora que cambiaría las reglas del juego.

Antes de publicar una sola novela, Morrison ya había hecho historia silenciosamente. Como editora en Random House durante los años sesenta y setenta, fue la mano invisible que llevó a la imprenta a autores afroamericanos que el establishment editorial consideraba «demasiado nicho». Gracias a ella, Toni Cade Bambara, Gayl Jones y Angela Davis encontraron editorial. Imaginen la escena: una mujer negra en las reuniones editoriales de Manhattan, década de 1960, diciendo «esto se publica». Y se publicaba. Eso ya era una revolución antes de que ella misma escribiera una sola línea de ficción.

Su primera novela, «The Bluest Eye» (1970), llegó como un puñetazo envuelto en seda. La historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche por tener ojos azules, es una de las cosas más devastadoras que se han escrito en inglés. Morrison tenía 39 años, era madre soltera de dos hijos, trabajaba a tiempo completo como editora y escribía de madrugada. Cuando alguien le preguntó cómo encontraba tiempo, respondió algo así como: «No lo encontraba, lo robaba». El libro vendió poco al principio. La crítica fue tibia. Pero ahí estaba ya todo Morrison: la prosa lírica que suena a blues, la mirada sin concesiones sobre la brutalidad, y esa capacidad insólita de hacer que el lector sienta compasión sin pedírsela.

«Song of Solomon» (1977) fue el punto de inflexión. La historia de Milkman Dead —sí, se llama así, y no, Morrison no pedía disculpas por sus nombres— es una odisea afroamericana que mezcla el realismo mágico con la historia de la Gran Migración negra del sur al norte. García Márquez con el blues de Robert Johnson, si quieren una comparación rápida. Este libro le valió el National Book Critics Circle Award y la atención del gran público. De repente, Morrison dejó de ser «una escritora negra interesante» para convertirse en «una escritora que hay que leer». La distinción importaba, y ella lo sabía.

Pero fue «Beloved» (1987) la novela que partió la literatura en dos. Basada en la historia real de Margaret Garner, una esclava fugitiva que mató a su propia hija antes que permitir que la devolvieran a la esclavitud, «Beloved» es una novela de fantasmas. Literalmente. El bebé asesinado regresa, encarnado en una joven misteriosa, para reclamar el amor que le fue arrebatado. Morrison hizo algo que nadie había hecho antes: convirtió la esclavitud en una historia de terror sobrenatural, porque entendió que el horror real necesitaba el lenguaje del horror ficticio para ser procesado. La novela ganó el Pulitzer en 1988, pero no sin polémica: 48 escritores e intelectuales negros habían firmado una carta abierta protestando porque Morrison no había recibido el National Book Award. La presión funcionó. O la justicia, según se mire.

En 1993, Morrison recibió el Nobel de Literatura. Fue la primera mujer afroamericana en ganarlo, y solo la octava mujer en la historia del premio. El comité sueco la describió como una escritora «que, en novelas caracterizadas por la fuerza visionaria y la importancia poética, da vida a un aspecto esencial de la realidad estadounidense». Se presentó a la ceremonia con un vestido espectacular y un discurso que es, en sí mismo, una obra maestra. Habló de una anciana ciega a la que unos jóvenes intentan engañar. «No sé si el pájaro que tienen en la mano está vivo o muerto», dice la anciana. «Lo que sí sé es que está en sus manos». Era Morrison pura: parábola, ambigüedad moral, y la responsabilidad puesta siempre en el que escucha.

Lo que hacía Morrison con el lenguaje era algo técnicamente demencial. Lean el primer párrafo de «Beloved»: «124 was spiteful. Full of a baby's venom.» Una casa con número como nombre, un bebé con veneno. En dos frases, Morrison instalaba lo sobrenatural en lo doméstico y te dejaba sin salida. Su prosa funcionaba como el jazz: improvisaciones controladas, repeticiones con variación, silencios que pesan más que las palabras. No escribía para que la entendieras a la primera. Escribía para que volvieras.

Morrison tenía una relación combativa con la idea de «literatura universal». Cuando le preguntaban si no quería trascender la raza y escribir sobre «temas universales», respondía con una elegancia letal: «Nadie le pide a Tolstói que trascienda su condición de ruso». Tenía razón, y lo sabía. La trampa de lo «universal» siempre ha sido que lo universal es lo blanco, lo masculino, lo europeo. Morrison escribió desde la especificidad radical de la experiencia negra femenina y, precisamente por eso, llegó a todos. Porque la especificidad, cuando es honesta, es la única forma real de universalidad.

Sus últimas décadas fueron las de una figura monumental que seguía escribiendo sin bajar el nivel. «Paradise», «Love», «A Mercy», «Home», «God Help the Child». Ninguna alcanzó el impacto sísmico de «Beloved», pero todas contenían páginas que cualquier otro escritor mataría por haber escrito. Además, ejerció como profesora en Princeton, donde impartía un taller de escritura creativa que era, según sus alumnos, una experiencia cercana a la revelación mística. O al trauma. A veces ambas cosas.

Morrison murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años. Dejó once novelas, varios libros de ensayos, literatura infantil y un legado que sigue expandiéndose. «Beloved» fue votada como la mejor novela estadounidense de los últimos veinticinco años por el New York Times en 2006. Sus libros siguen siendo prohibidos en bibliotecas escolares de varios estados, lo cual, si lo piensan, es el mayor cumplido que puede recibir un escritor: que su obra siga asustando a los poderosos décadas después.

Hoy, a 95 años de su nacimiento, Toni Morrison sigue siendo incómoda. Y esa incomodidad es exactamente su regalo. Nos dejó novelas que funcionan como espejos rotos: reflejan la realidad, pero cortando. Si no la han leído, empiecen por «Beloved». Y si ya la leyeron, vuelvan. Morrison escribía para que volvieras. Y cada vez que vuelves, el pájaro en la mano está más vivo.

Artículo 13 feb, 01:30

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias vergüenzas

Toni Morrison: la mujer que hizo llorar a América con sus propias vergüenzas

Hay escritores que entretienen, escritores que iluminan y escritores que te agarran del cuello y te obligan a mirar lo que preferirías ignorar. Toni Morrison pertenecía a esta última categoría, y lo hacía con una prosa tan bella que el dolor se volvía hipnótico. Hoy se cumplen 95 años de su nacimiento, y el mundo literario sigue sin recuperarse del todo de su impacto.

Porque Morrison no escribía novelas: construía espejos. Espejos incómodos, de esos que no te muestran lo que quieres ver, sino lo que necesitas confrontar. Y América, esa nación edificada sobre contradicciones monumentales, nunca tuvo una cronista más despiadada ni más tierna.

Chloe Ardelia Wofford —porque así se llamaba antes de convertirse en leyenda— nació en 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad siderúrgica donde la clase obrera negra y la blanca compartían la misma miseria económica pero no los mismos derechos. Su padre, George Wofford, era soldador en los astilleros y desconfiaba tanto de los blancos que una vez arrojó a un casero blanco escaleras abajo por atreverse a subir al piso donde vivían. Su madre, Ramah, cantaba en el coro de la iglesia y le contaba historias de fantasmas del sur profundo. Entre la rabia del padre y la poesía de la madre, Toni absorbió el combustible que alimentaría toda su obra.

Aquí viene un dato que a mucha gente le sorprende: Morrison no publicó su primera novela hasta los 39 años. Treinta y nueve. En una época donde los prodigios literarios de veintipocos acaparan portadas, ella estaba criando dos hijos sola, trabajando como editora en Random House y, de paso, revolucionando la industria editorial al publicar a autores afroamericanos que nadie más quería tocar. Angela Davis, Muhammad Ali, Toni Cade Bambara... Morrison les abrió la puerta antes de cruzarla ella misma como escritora. Así que cuando alguien te diga que es «demasiado tarde» para empezar algo, recuérdale que Toni Morrison a los 39 escribió «The Bluest Eye» y a los 56 escribió «Beloved».

«The Bluest Eye» (1970) fue una bofetada elegante. La historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche por tener los ojos azules, porque en la América de los años cuarenta la belleza tenía un solo color y no era el suyo. Morrison tomó algo que millones de personas sentían —esa internalización del racismo, ese odio hacia el propio cuerpo— y lo convirtió en literatura con mayúsculas. El libro se vendió modestamente al principio. La crítica no supo qué hacer con él. Demasiado negro, demasiado femenino, demasiado honesto. Perfecto.

Pero fue «Song of Solomon» (1977) la que la catapultó. Una novela que es al mismo tiempo una saga familiar, un thriller, una búsqueda de identidad y un cuento de hadas oscuro. El protagonista, Milkman Dead —sí, se llama así, y Morrison no pedía disculpas por sus nombres—, emprende un viaje al sur para buscar un tesoro y termina encontrando algo mucho más valioso: su historia. La novela ganó el National Book Critics Circle Award y Oprah Winfrey la seleccionó para su club de lectura años después, lo que equivalía en ventas a que el Papa bendijera tu libro.

Y luego llegó «Beloved» en 1987. Dios mío, «Beloved». Si alguna vez alguien te pregunta qué es una obra maestra, dale este libro y aléjate en silencio. Basada en la historia real de Margaret Garner, una mujer esclavizada que mató a su propia hija antes de permitir que fuera devuelta a la esclavitud, Morrison creó algo que trasciende la novela histórica. Es una historia de fantasmas donde el fantasma más aterrador no es el espectro que habita la casa, sino la propia institución de la esclavitud, ese trauma colectivo que América prefería mantener en el sótano. El libro no ganó el National Book Award —un escándalo que provocó una carta pública firmada por 48 escritores e intelectuales negros— pero sí ganó el Pulitzer en 1988. A veces la justicia literaria llega, aunque sea a empujones.

En 1993, el Nobel de Literatura. Morrison se convirtió en la primera mujer afroamericana en recibirlo, y su discurso de aceptación sigue siendo uno de los más citados en la historia del premio. «Morimos. Ese puede ser el sentido de la vida. Pero hacemos lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas.» Si eso no te pone la piel de gallina, revisa tu pulso.

Lo que hacía única a Morrison no era solo lo que contaba, sino cómo lo contaba. Su prosa era musical, sincopada, llena de ritmos que evocaban el jazz y el blues. Podía escribir una frase de una belleza devastadora y en la siguiente clavarte un cuchillo emocional. No explicaba el racismo: lo hacía sentir. No describía el dolor: te lo inyectaba. Y lo hacía sin pedir permiso, sin suavizar las aristas, sin ofrecer la redención fácil que el lector blanco esperaba. Cuando le preguntaban por qué no escribía sobre personajes blancos, respondía con una pregunta que debería enmarcarse: «¿Alguna vez le han preguntado a Tolstói por qué no escribía sobre gente negra?»

Morrison también fue profesora en Princeton, una presencia imponente que aterrorizaba y fascinaba a sus alumnos a partes iguales. Cuentan que en sus seminarios no toleraba la mediocridad, que podía destruir un argumento flojo con una sola ceja levantada y que exigía de sus estudiantes el mismo rigor implacable que se exigía a sí misma. Barack Obama le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad en 2012, y al colocarle la medalla se le notaba genuinamente nervioso. El hombre más poderoso del mundo intimidado por una novelista. Así debería ser siempre.

Murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años, dejando once novelas, varios libros infantiles, ensayos, obras de teatro y un legado que redefine lo que significa ser escritor en América. Pero su verdadera herencia no está en los premios ni en las cifras de ventas. Está en todas las escritoras negras que vinieron después y encontraron un camino ya abierto. Está en los programas universitarios que ahora incluyen literatura afroamericana como canon, no como nota al pie. Está en cada lector que abrió «Beloved» esperando una novela y cerró el libro transformado.

Noventa y cinco años después de su nacimiento, Toni Morrison sigue siendo incómoda. Sus libros siguen siendo prohibidos en bibliotecas escolares de varios estados norteamericanos, lo cual es, si lo piensas bien, el mayor cumplido que un escritor puede recibir. Significa que sus palabras siguen teniendo el poder de perturbar, de sacudir, de obligar a la gente a mirar lo que preferiría ignorar.

Y eso, al final, es lo que separa a los buenos escritores de los grandes: los buenos te hacen pasar un buen rato; los grandes te cambian. Morrison te cambiaba, te destrozaba y te reconstruía con cada página. Y lo hacía con una sonrisa serena y una prosa que cantaba como un gospel en una iglesia vacía. Feliz cumpleaños, Toni. El mundo sigue necesitando tus espejos.

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