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Artículo 9 feb, 10:03

J.M. Coetzee: el Nobel que escribió las novelas más incómodas del siglo y nadie supo cómo reaccionar

Hay escritores que te abrazan y escritores que te dan una bofetada. J.M. Coetzee, nacido un 9 de febrero de 1940 en Ciudad del Cabo, lleva 86 años en este mundo y más de cinco décadas dedicándose a lo segundo. No escribe para consolarte. No escribe para entretenerte un domingo por la tarde. Escribe para dejarte ese tipo de malestar que no se quita ni con dos cervezas.

Si alguna vez has leído Desgracia y has intentado explicarle a alguien de qué va sin que te miren raro, ya sabes de lo que hablo. Coetzee es ese tipo de autor que gana el Nobel —dos veces el Booker, de hecho— y que, en lugar de dar un discurso grandilocuente, envía un texto leído por otro porque él simplemente no quiere estar ahí. Así de incómodo. Así de brillante.

Pero vayamos por partes. John Maxwell Coetzee creció en una Sudáfrica donde ser blanco de origen afrikáner y hablar inglés en casa ya era una declaración política. Su familia vivía en una especie de limbo cultural: demasiado ingleses para los afrikáneres, demasiado afrikáneres para los ingleses. Si piensas que eso suena a la receta perfecta para criar a un escritor obsesionado con la identidad, la culpa y la marginalidad, acertaste de lleno.

Estudió matemáticas e inglés en la Universidad de Ciudad del Cabo —sí, matemáticas, porque aparentemente destrozar el alma del lector requiere cierta precisión analítica— y luego se fue a Inglaterra a trabajar como programador informático en IBM. Imagínate: el futuro Nobel de Literatura picando código en los años sesenta. Hay algo deliciosamente absurdo en eso. Pero Londres le aburría, así que hizo un doctorado en lingüística en la Universidad de Texas, analizando la prosa de Samuel Beckett. Y ahí está la clave de todo: Beckett. Esa sequedad, ese minimalismo que te deja con los huesos pelados. Coetzee tomó esa lección y la llevó a territorios donde Beckett nunca se atrevió a pisar.

Esperando a los bárbaros (1980) fue la novela que lo puso en el mapa internacional. Un magistrado en un puesto fronterizo de un imperio sin nombre que empieza a cuestionar la tortura que su propio gobierno ejerce sobre los bárbaros. ¿Te suena? Debería. Coetzee escribió una alegoría sobre el apartheid sin nombrar Sudáfrica ni una sola vez, y precisamente por eso resultó más devastadora que cualquier denuncia directa. Es como si te contara un chiste y solo tres días después te dieras cuenta de que el chiste eras tú.

Vida y época de Michael K (1983) le dio su primer Booker. Un hombre simple, con labio leporino, intenta llevar a su madre enferma de vuelta a su pueblo natal en medio de una guerra civil. Suena sencillo. No lo es. Michael K es una de las figuras más extrañas y conmovedoras de la literatura del siglo XX: un tipo que no quiere nada del mundo, que solo quiere cultivar calabazas en paz, y el mundo insiste en no dejarlo en paz. Coetzee consigue que el acto de plantar una semilla en la tierra se convierta en un gesto de resistencia política radical. Eso, amigos, es talento puro.

Y luego llegó Desgracia (1999), la novela que le dio el segundo Booker y que básicamente nadie sabe cómo clasificar emocionalmente. David Lurie, un profesor universitario de Ciudad del Cabo, tiene una relación con una alumna, pierde su trabajo, se refugia en la granja de su hija en el campo, y entonces ocurre algo terrible. No voy a hacer spoilers, pero digamos que Coetzee toma todas tus expectativas narrativas sobre justicia, redención y resolución, y las tira por la ventana. El Congreso Nacional Africano la criticó por su representación de la violencia en la nueva Sudáfrica. Los conservadores blancos la odiaron por otras razones. Cuando todo el espectro político te detesta, probablemente estés haciendo algo bien.

Lo que hace único a Coetzee no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Su prosa es un bisturí. No hay una sola palabra de más. Cada frase está calibrada con la precisión de un relojero suizo —o de un exprogramador de IBM, claro—. No encontrarás metáforas floridas ni párrafos de descripción paisajística. Lo que encontrarás es una claridad tan brutal que a veces desearías que fuera un poco más ambiguo, un poco más amable. Pero la amabilidad no es lo suyo.

En 2003, el Comité Nobel le otorgó el premio con una cita que decía algo así como que sus novelas muestran la participación sorprendente del forastero. Es una forma elegante de decir que Coetzee lleva toda su carrera escribiendo sobre personas que no encajan, que son expulsadas, que observan desde los márgenes. Y lo hace porque él mismo ha sido siempre eso: un forastero. Nació en Sudáfrica, trabajó en Inglaterra y Estados Unidos, y terminó emigrando a Australia en 2002, donde obtuvo la ciudadanía. Un nómada intelectual que nunca se sintió del todo en casa en ningún sitio.

Su faceta autobiográfica es igual de desconcertante. Escribió tres libros sobre su propia vida —Infancia, Juventud y Verano— pero en tercera persona. En el último, el protagonista llamado John Coetzee ya está muerto y son otros personajes los que hablan de él. Es decir: escribió su propia autobiografía como si fuera la biografía de un desconocido que además ya no existe. Si eso no es la jugada literaria más audaz que has escuchado, no sé qué decirte.

A sus 86 años, Coetzee sigue publicando. Sus novelas recientes —La muerte de Jesús, la última de una trilogía— muestran a un escritor que no se ha suavizado ni un milímetro. Sigue siendo igual de exigente, igual de incómodo, igual de alérgico a dar respuestas fáciles. En una era de literatura diseñada para el algoritmo, donde los libros se escriben pensando en si serán adaptados a serie de Netflix, Coetzee sigue escribiendo como si internet no existiera. Y eso, paradójicamente, lo hace más relevante que nunca.

Hay una anécdota que lo define mejor que cualquier análisis. Cuando ganó el Nobel, un periodista le preguntó cómo se sentía. Coetzee respondió algo así como que no era algo que le hiciera especialmente feliz. Cualquier otro escritor habría llorado de alegría, habría llamado a su madre, habría dado una rueda de prensa interminable. Él dijo que no estaba especialmente contento. Y sabes qué, le creo. Porque la felicidad fácil nunca ha sido el territorio de J.M. Coetzee. Su territorio es ese lugar incómodo donde la verdad duele, donde las preguntas no tienen respuesta, y donde la literatura cumple su función más antigua y más necesaria: obligarnos a mirar lo que preferimos no ver.

Felices 86, John Maxwell. Seguimos sin saber cómo reaccionar ante tus libros. Y sospecho que eso es exactamente lo que quieres.

Artículo 9 feb, 01:17

Coetzee: el Nobel que escribió las novelas más incómodas del siglo y nunca pidió disculpas

Hay escritores que te abrazan con sus palabras, que te arrullan con metáforas bonitas y te dejan con una sonrisa tonta antes de dormir. Y luego está J.M. Coetzee, el sudafricano que lleva 86 años en este planeta y que decidió, con una frialdad casi quirúrgica, que la literatura no está para hacerte sentir bien, sino para arrancarte la piel y obligarte a mirarte los huesos.

Hoy cumple años un hombre que recogió el Nobel de Literatura en 2003 con la misma expresión facial con la que uno recoge el correo un martes cualquiera. Sin sonrisas amplias, sin discursos grandilocuentes, sin besos al aire. Coetzee subió al estrado de Estocolmo y básicamente dijo lo que tenía que decir con la economía verbal de un telegrama. Y eso, precisamente eso, es lo que hace que sea uno de los escritores más fascinantes —y más incómodos— de nuestra era.

Pero retrocedamos. John Maxwell Coetzee nació el 9 de febrero de 1940 en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en pleno apogeo del apartheid. Creció en una familia afrikáner de habla inglesa, lo cual ya era una especie de contradicción andante en aquel país fracturado. Su padre era abogado, su madre maestra. Nada especialmente dramático, dirás. Pero Coetzee tenía algo que lo distinguía desde joven: una capacidad casi patológica para observar sin participar, para estar en el mundo sin pertenecer del todo a él. Estudió matemáticas e inglés en la Universidad de Ciudad del Cabo, luego se fue a Inglaterra a trabajar como programador informático para IBM —sí, el futuro Nobel picaba código en los años sesenta—, y después cruzó el Atlántico para hacer su doctorado en lingüística en la Universidad de Texas. Un currículum que parece diseñado por alguien que no tenía la menor idea de que acabaría escribiendo algunas de las novelas más devastadoras del siglo XX.

Y aquí viene lo bueno. En 1974 publica «Dusklands», su primera novela, y ya desde el arranque queda claro que este tipo no vino a hacer amigos. La novela yuxtapone la guerra de Vietnam con la colonización europea de Sudáfrica, como diciendo: «Miren, la brutalidad no tiene pasaporte, es universal». Pero el verdadero golpe en la mesa llegó en 1980 con «Waiting for the Barbarians», una alegoría kafkiana sobre un imperio sin nombre que tortura a pueblos que llama «bárbaros». No necesitaba nombrar a Sudáfrica. Todo el mundo entendió. Era como señalar al elefante en la habitación usando un espejo en lugar de un dedo.

Después vino «Life & Times of Michael K» en 1983, que le dio su primer Booker Prize. La historia de un hombre sencillo, con labio leporino, que intenta cruzar una Sudáfrica en guerra civil con las cenizas de su madre. Suena deprimente, y lo es, pero también es extraordinariamente bella. Coetzee logra algo que muy pocos escritores consiguen: hacer que la miseria tenga dignidad sin romantizarla. Michael K no es un héroe. No pronuncia discursos inspiradores. Simplemente existe, se niega a ser absorbido por el sistema, y esa resistencia pasiva es más poderosa que cualquier grito de batalla.

Pero si hay una novela que define a Coetzee, que lo encapsula como un insecto en ámbar, esa es «Disgrace» (1999). Un profesor universitario de Ciudad del Cabo, David Lurie, tiene una relación con una estudiante, pierde su trabajo, se refugia en la granja de su hija en el campo, y allí la violencia del nuevo Sudáfrica post-apartheid les explota en la cara. Esta novela le valió su segundo Booker —convirtiéndolo en el único autor en ganarlo dos veces, hazaña que nadie ha repetido— y también le ganó una cantidad impresionante de enemigos. El ANC, el partido gobernante sudafricano, la calificó de racista. Críticos poscoloniales la atacaron por su representación de la violencia. Y Coetzee, fiel a su estilo, no respondió. No dio entrevistas furiosas, no escribió cartas abiertas. Simplemente se mudó a Australia en 2002 y obtuvo la ciudadanía australiana, como quien cambia de mesa en un restaurante ruidoso.

Y aquí hay algo que merece reflexión. Coetzee es probablemente el escritor vivo más importante que se niega sistemáticamente a explicar su propia obra. En un mundo donde los autores tienen podcasts, newsletters y opinan sobre absolutamente todo, Coetzee mantiene un silencio que es casi una declaración artística en sí misma. Las pocas entrevistas que ha concedido son ejercicios de evasión magistral. Le preguntan qué quiso decir con tal escena y él responde algo como: «La novela dice lo que dice». Es exasperante y admirable a partes iguales.

Su influencia en la literatura contemporánea es subterránea pero profunda. No encontrarás legiones de escritores diciendo «quiero escribir como Coetzee», porque escribir como él requiere una disciplina emocional que raya en lo monástico. Sus frases son cortas, precisas, despojadas de todo ornamento. No hay adjetivos innecesarios, no hay metáforas que busquen aplausos. Cada palabra está colocada con la precisión de un relojero suizo que además fuera vegetariano estricto y defensor radical de los derechos animales —porque sí, Coetzee es ambas cosas, y sus novelas «Elizabeth Costello» y «The Lives of Animals» son básicamente tratados filosóficos sobre por qué comerse un bistec es un acto de barbarie—.

Lo que hace único a Coetzee no es solo su prosa, sino su negativa a ofrecer consuelo. En la literatura latinoamericana tenemos el realismo mágico como anestesia poética; en la anglosajona, el happy ending como religión civil. Coetzee no ofrece ni lo uno ni lo otro. Sus novelas terminan en una especie de suspensión moral donde el lector se queda solo con sus propias conclusiones, sin muletas narrativas. Es como si te dejaran en medio de un desierto con un mapa incompleto y te dijeran: «Arréglate».

A sus 86 años, Coetzee sigue escribiendo desde Adelaide, Australia, lejos del ruido literario, lejos de las redes sociales, lejos de la necesidad de agradar. Su última trilogía —«The Childhood of Jesus», «The Schooldays of Jesus» y «The Death of Jesus»— es tan desconcertante que hasta sus fans más devotos se rascaron la cabeza. Parábolas abstractas sobre un niño misterioso en un país sin memoria. Algunos dijeron que era su obra más ambiciosa. Otros, que había perdido el contacto con la realidad. Coetzee, por supuesto, no comentó.

Y quizás eso sea lo más valioso que nos deja este hombre que cumple 86 años hoy: la demostración de que un escritor no necesita ser simpático, accesible ni complaciente para ser esencial. En una época donde la literatura compite con las series de streaming y los reels de Instagram, Coetzee nos recuerda que existe un tipo de escritura que no busca entretener sino perturbar, que no quiere gustarte sino cambiarte. Y si después de leer «Disgrace» o «Waiting for the Barbarians» sigues siendo exactamente la misma persona que antes, bueno, quizás el problema no sea del libro.

Artículo 6 feb, 11:07

Iris Murdoch: La filósofa que escribía novelas como trampas para ratones intelectuales

Hace exactamente 27 años, el 8 de febrero de 1999, Iris Murdoch dejó de respirar en Oxford, pero sus libros siguen respirando por nosotros. Y no me refiero a esa respiración tranquila de los clásicos que descansan en estanterías polvorientas. Hablo de una respiración agitada, incómoda, como la de alguien que acaba de descubrir que su mejor amigo se acuesta con su esposa y, además, le parece filosóficamente justificable.

Si nunca has leído a Murdoch, déjame advertirte: no vas a salir ileso. Esta mujer, que parecía una profesora de Oxford perfectamente respetable con sus cardigans y su pelo revuelto, escribía novelas que funcionan como espejos deformantes en una feria del terror moral. Te miras y piensas: «Ese monstruo no puedo ser yo». Spoiler: sí puedes.

Tomemos «El mar, el mar» (The Sea, the Sea), que le valió el Booker Prize en 1978. El protagonista, Charles Arrowby, es un director de teatro retirado que decide escribir sus memorias junto al mar. Suena idílico, ¿verdad? Pues resulta que Charles es un narcisista de manual que secuestra a su amor de juventud —ahora una señora mayor y perfectamente feliz— porque él ha decidido que ella necesita ser rescatada. Es como si Don Quijote hubiera tenido un hijo con Humbert Humbert y ese hijo hubiera estudiado en Cambridge. Murdoch no te pide que juzgues a Charles; te obliga a reconocer que tú también has construido narrativas absurdas sobre personas que apenas conoces.

«Under the Net» (Bajo la red), su primera novela publicada en 1954, es otra cosa completamente distinta. Jake Donaghue es un escritor fracasado que vive de traducciones y del sofá de sus amigos. La novela es una persecución absurda por el Londres de posguerra, con robos de perros, conversaciones filosóficas en pubs y una estrella de cine que podría o no estar enamorada del protagonista. Parece una comedia ligera hasta que te das cuenta de que Murdoch está hablando sobre el lenguaje, sobre cómo las palabras nos atrapan en redes de significado que nunca elegimos. Jake pasa toda la novela persiguiendo fantasmas porque no sabe escuchar lo que la gente realmente le dice. ¿Te suena familiar? A mí me suena a cada conversación de WhatsApp que he tenido en los últimos cinco años.

Y luego está «The Black Prince» (El príncipe negro), que es probablemente la novela más retorcida de Murdoch, y eso ya es decir mucho. Bradley Pearson, un escritor de cincuenta y ocho años, se enamora perdidamente de Julian, la hija de veinte años de su rival literario. Antes de que salgas corriendo: Murdoch no romantiza nada. Lo que hace es diseccionar el enamoramiento con la precisión de un cirujano y el sadismo de un niño con una lupa y una hormiga. Bradley cree que su amor es puro, trascendente, shakespeariano. El lector ve a un hombre patético construyendo castillos de arena mientras la marea sube. La novela termina con cuatro epílogos contradictorios de diferentes personajes, porque Murdoch sabía que la verdad es un lujo que los humanos no podemos permitirnos.

Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿por qué deberíamos leer a Iris Murdoch en 2026? Vivimos en la era de TikTok, de la gratificación instantánea, de novelas que se pueden resumir en un hilo de Twitter. Murdoch escribía libros de quinientas páginas donde los personajes discuten sobre Platón mientras se acuestan con las parejas de sus amigos. No es exactamente material para un reel.

Y sin embargo, creo que la necesitamos más que nunca. Murdoch era filósofa antes que novelista —estudió con Wittgenstein, nada menos— y toda su obra gira alrededor de una idea central: el mayor pecado humano es la fantasía. No la imaginación creativa, sino esa tendencia que tenemos de inventarnos versiones de la realidad que nos favorecen. Nos contamos cuentos donde somos los héroes, donde nuestras intenciones son puras, donde los demás existen solo como personajes secundarios en nuestra película personal.

En una época donde cada uno vive en su burbuja algorítmica, donde las redes sociales nos permiten curarnos identidades perfectas, donde podemos bloquear cualquier voz que nos contradiga, Murdoch es el antídoto que nadie pidió pero todos necesitamos. Sus novelas son ejercicios de humillación controlada. Te obligan a ver que tus motivaciones son turbias, que tu percepción está sesgada, que probablemente estás equivocado sobre casi todo.

Hay algo más que hace a Murdoch terriblemente contemporánea: su tratamiento de las relaciones. Sus novelas están llenas de triángulos amorosos, cuadriláteros, polígonos de geometría imposible. La gente se enamora de quien no debe, desea lo que no tiene, destruye lo que ama. Y Murdoch nunca moraliza. No hay finales felices ni castigos ejemplares. Simplemente muestra el desastre y te deja sacar tus propias conclusiones. En tiempos de poliamor, de Tinder, de relaciones líquidas, sus novelas se sienten proféticas.

También está el pequeño detalle de que Murdoch murió de Alzheimer, y que su declive fue documentado por su esposo John Bayley en unas memorias desgarradoras que luego se convirtieron en película. Hay algo brutalmente irónico en que una mujer que dedicó su vida a explorar la mente humana perdiera la suya de esa manera. Pero también hay algo heroico: sus libros permanecen intactos, inmunes al deterioro, esperando a nuevos lectores que se atrevan a mirarse en sus páginas.

Si tuviera que recomendar por dónde empezar, diría que «Under the Net» es la entrada más amable al universo Murdoch. Es divertida, rápida, accesible. Si sobrevives, pasa a «El mar, el mar». Si después de eso sigues en pie, «The Black Prince» te rematará de la mejor manera posible.

Iris Murdoch lleva 27 años muerta, pero sus novelas siguen haciendo lo que siempre hicieron: recordarnos que somos mucho más complicados, más egoístas y más ciegos de lo que queremos admitir. Y que precisamente por eso, la literatura importa. Porque a veces necesitamos que una señora británica con cardigan nos agarre de las solapas y nos diga: «Mira. Mira de verdad». Y si eso no es un legado, no sé qué lo es.

Artículo 5 feb, 13:18

J.M. Coetzee: El Nobel que escribe como si te odiara (y por eso lo amamos)

Hoy John Maxwell Coetzee cumple 86 años, y probablemente le importa un bledo. Este sudafricano-australiano, dueño de dos Booker Prize y un Nobel de Literatura, ha construido una carrera entera sobre hacernos sentir incómodos. Mientras otros escritores buscan que los quieras, Coetzee te mira fijamente desde sus páginas y te pregunta: ¿De verdad crees que eres una buena persona?

Nacido en Ciudad del Cabo en 1940, Coetzee creció en un hogar afrikáner donde se hablaba inglés, lo cual ya lo convertía en un bicho raro. Imagínate ser el niño que no encaja ni con los colonizadores ni con los colonizados. Esa sensación de extrañamiento perpetuo terminaría convirtiéndose en el combustible de toda su literatura. Estudió matemáticas e inglés, trabajó como programador en IBM en Londres, y luego se doctoró en lingüística computacional en Texas. Sí, el futuro Nobel empezó escribiendo código. Quizás por eso su prosa tiene esa precisión quirúrgica que te deja sin escapatoria.

Pero hablemos de lo que importa: sus libros. Waiting for the Barbarians (1980) es una obra maestra sobre el imperio y la tortura que parece escrita ayer. Un magistrado colonial en un puesto fronterizo remoto comienza a cuestionar la brutalidad del régimen que representa. La novela no menciona ningún imperio específico, y eso es lo genial: podría ser Roma, podría ser Sudáfrica, podría ser cualquier potencia con demasiado poder y poca autocrítica. Spoiler: todas.

Life & Times of Michael K (1983) le dio su primer Booker y sigue siendo una de las novelas más extrañas y hermosas del siglo XX. Michael K es un jardinero con labio leporino que intenta llevar a su madre moribunda de vuelta a su pueblo natal durante una guerra civil ficticia. No es un héroe. No es especialmente inteligente. Simplemente quiere cultivar calabazas y que lo dejen en paz. En un mundo que exige que tomemos partido, Michael K se niega. Y Coetzee parece preguntarnos: ¿es eso resistencia o rendición?

Pero si hay una novela que define a Coetzee, es Disgrace (1999). David Lurie, un profesor universitario de 52 años en Ciudad del Cabo, tiene una relación con una estudiante. Cuando lo descubren, se niega a disculparse con el fervor requerido por la corrección política y pierde todo. Se refugia con su hija en una granja rural, donde ambos sufren un ataque brutal que lo cambia todo. La novela es un campo minado: racismo, violencia sexual, culpa colonial, la imposibilidad del perdón. Coetzee no te da respuestas fáciles. Te da preguntas que te persiguen durante semanas.

Lo fascinante de Coetzee es su método. Es famoso por no dar entrevistas, por rechazar premios en persona, por ser el escritor más antisocial desde Salinger. Cuando ganó el Nobel en 2003, no fue a Estocolmo. Mandó un discurso grabado. Los suecos, acostumbrados a que los laureados lloren de gratitud, no sabían qué hacer con este tipo que parecía considerar el mayor honor literario del mundo como una molestia administrativa.

Su prosa es otra cosa. Mientras otros escritores adornan, Coetzee pela. Cada oración está despojada de grasa, de sentimentalismo, de cualquier cosa que te permita apartar la mirada. Leerlo es como recibir un diagnóstico médico: preciso, frío, ineludible. No hay consuelo en sus páginas, pero hay algo más valioso: verdad.

En 2002, Coetzee hizo algo que muchos sudafricanos blancos fantaseaban pero pocos ejecutaban: se mudó a Australia. Algunos lo llamaron cobarde, otros lo entendieron perfectamente. Sudáfrica post-apartheid era un país tratando de reinventarse, y Coetzee quizás sintió que su voz crítica ya no era bienvenida. O quizás simplemente quería vivir en un lugar donde nadie esperara nada de él.

Su influencia en la literatura contemporánea es inmensa pero silenciosa. No tiene discípulos obvios porque su estilo es inimitable: cualquier intento de copiarlo resulta en parodia involuntaria. Lo que sí ha dejado es un estándar ético. Después de Coetzee, es más difícil escribir novelas que evadan las preguntas incómodas. Es más difícil usar la ficción como escapismo. El tipo nos arruinó la diversión para siempre, y se lo agradecemos.

A los 86 años, Coetzee sigue escribiendo. Sus novelas recientes, como The Schooldays of Jesus, son más experimentales, más abstractas, quizás menos accesibles. Pero incluso cuando falla, falla de manera interesante. No hay nada peor que un escritor que juega a lo seguro, y Coetzee nunca ha sido acusado de eso.

Así que hoy, en su cumpleaños, levantemos una copa por el hombre que nos enseñó que la literatura no tiene que consolarnos. Que a veces el mejor regalo que un escritor puede darte es hacerte sentir profundamente incómodo con el mundo y contigo mismo. J.M. Coetzee no quiere tu amor. Quiere tu honestidad. Y eso, en un mundo de likes y validación constante, es más revolucionario que nunca.

Feliz cumpleaños, John Maxwell. Probablemente no leerás esto. Y probablemente así está bien.

Artículo 5 feb, 07:03

J.M. Coetzee: El Nobel que escribe como si te odiara (y por eso lo amamos)

Hoy John Maxwell Coetzee cumple 86 años, y probablemente le importe un comino. Este sudafricano-australiano con cara de profesor de matemáticas aburrido es, posiblemente, el escritor vivo más incómodo de leer. No porque escriba mal —todo lo contrario—, sino porque cada página suya es como mirarte en un espejo que solo refleja tus peores ángulos. Dos premios Nobel, cero discursos emotivos, y una capacidad asombrosa para hacerte sentir culpable de crímenes que ni sabías que existían.

Nacido en Ciudad del Cabo en 1940, Coetzee creció en una Sudáfrica que practicaba el apartheid como deporte nacional. Su familia era afrikáner, esa comunidad de descendientes holandeses que básicamente inventó la segregación racial institucionalizada. Imagínate crecer siendo parte del problema y dedicar tu vida a escribir sobre lo podrido que está todo el sistema. Eso requiere o mucha valentía o mucha terapia. Probablemente ambas.

Su carrera literaria empezó tarde, como buen académico. Estudió matemáticas e inglés, se doctoró en lingüística analizando la obra de Samuel Beckett —porque aparentemente quería ser aún más deprimente—, y trabajó como programador de computadoras en Londres. Sí, el futuro Nobel de Literatura escribió código antes que novelas. Quizás por eso su prosa tiene esa precisión quirúrgica que te deja sin aliento.

"Esperando a los bárbaros" (1980) lo puso en el mapa. Una alegoría sobre el colonialismo tan afilada que todavía corta. Un magistrado en un puesto fronterizo del Imperio —cualquier imperio, todos los imperios— se obsesiona con una mujer nativa que ha sido torturada. No es una historia de amor. Es una disección de cómo el poder corrompe incluso a los que creen ser buenos. La pregunta que deja flotando es demoledora: ¿quiénes son realmente los bárbaros?

"Vida y época de Michael K" (1983) le dio su primer Booker Prize. Un hombre simple con labio leporino atraviesa una Sudáfrica en guerra civil, solo queriendo cultivar calabazas en la tierra de su madre muerta. Es Kafka sudafricano, pero más triste. Michael K no quiere nada del mundo, y el mundo insiste en no dejarlo en paz. Coetzee demuestra que puedes escribir una novela entera sobre alguien que básicamente no hace nada y aun así destrozar el corazón del lector.

Pero hablemos de "Desgracia" (1999), la obra maestra que le valió su segundo Booker —convirtiéndolo en el único autor en ganar dos veces— y preparó el terreno para el Nobel de 2003. David Lurie, un profesor de literatura de 52 años, tiene una aventura con una estudiante. Pierde su trabajo, su reputación, todo. Se va a vivir con su hija Lucy al campo, donde ambos son víctimas de un ataque brutal. Y aquí viene lo incómodo: Coetzee no te da catarsis. No hay justicia. Lucy decide quedarse, aceptar, seguir adelante de maneras que enfurecieron a lectores de todo el mundo. "¿Cómo puede permitir eso?", gritaban. Exactamente. Ese es el punto.

Coetzee tiene esta habilidad perversa de negarte lo que quieres como lector. Quieres venganza, te da resignación. Quieres esperanza, te da realismo brutal. Quieres un héroe, te da humanos rotos que hacen lo que pueden. Sus personajes no son admirables; son reconocibles. Y eso duele más.

En 2002 hizo algo que sorprendió a todos: se mudó a Australia y obtuvo la ciudadanía. Sudáfrica post-apartheid no era suficientemente diferente, aparentemente. O quizás simplemente estaba harto. En Adelaida vive como un fantasma literario, dando pocas entrevistas, evitando ceremonias. Cuando ganó el Nobel, envió un discurso grabado en lugar de ir a Estocolmo. El tipo simplemente no juega el juego.

Su trilogía autobiográfica ficticia —"Infancia", "Juventud", "Verano"— es otro ejercicio de incomodidad. Se retrata a sí mismo en tercera persona, como un tipo frío, egoísta, socialmente torpe. En "Verano", imagina que ya está muerto y que un biógrafo entrevista a personas que lo conocieron. Todas dicen cosas terribles sobre él. Es autoficción llevada al masoquismo más refinado.

Lo que distingue a Coetzee de otros escritores "serios" es que nunca predica. No te dice qué pensar. Te pone en situaciones imposibles y te deja ahí, retorciéndote. Sus novelas son preguntas sin respuesta, heridas que no cicatrizan. No escribe para hacerte sentir bien sobre ti mismo o sobre la humanidad. Escribe para que te cuestiones todo.

A los 86 años, sigue publicando. "El polaco" (2023) explora el deseo tardío, la vejez, la música de Chopin. Sigue siendo incómodo, sigue sin darte lo que quieres. Algunos críticos dicen que ha perdido fuerza. Otros argumentan que simplemente ha refinado su crueldad hasta convertirla en susurro.

Leer a Coetzee es como hacer ejercicio: sabes que te hace bien, pero duele mientras lo haces. No es literatura de entretenimiento. Es literatura de confrontación. Cada novela suya es un espejo que prefieres evitar pero al que vuelves porque, en el fondo, sabes que la verdad incómoda es mejor que la mentira reconfortante.

Feliz cumpleaños, John Maxwell. Gracias por hacernos sentir miserables de la manera más hermosa posible. Que cumplas muchos más años arruinando nuestras tardes de lectura con tu prosa impecable y tu visión despiadada de lo que significa ser humano. El mundo literario te necesita precisamente porque no quieres que te necesitemos.

Artículo 5 feb, 01:21

Iris Murdoch: La filósofa que escribía novelas como quien lanza cócteles molotov al corazón

Hace 27 años murió una mujer que fumaba como chimenea, bebía como cosaca y escribía como si el diablo le dictara al oído. Iris Murdoch no era una novelista cualquiera: era una filósofa de Oxford que decidió que la academia era demasiado aburrida y que la mejor manera de explorar la condición humana era inventando personajes tan retorcidos como fascinantes. Hoy, mientras el mundo literario la recuerda con reverencia académica, yo prefiero recordarla como realmente era: una provocadora con pluma de acero.

Pero empecemos por lo escandaloso, que siempre es más divertido. Murdoch mantuvo relaciones simultáneas con hombres y mujeres durante décadas, mientras su marido John Bayley lo sabía perfectamente y escribía crítica literaria como si nada. Cuando le preguntaban sobre el amor, ella respondía con la misma naturalidad con la que explicaba a Platón: el amor es atención, decía, y ella prestaba mucha atención a mucha gente. Esta filosofía vital no era hipocresía victoriana disfrazada; era coherencia brutal con sus propias ideas sobre la libertad y el deseo humano.

¿Y sus novelas? Miren, si no han leído "The Sea, the Sea" están perdiéndose uno de los retratos más despiadados del ego masculino jamás escritos. Charles Arrowby, el protagonista, es un director de teatro retirado que se obsesiona con su amor de juventud hasta límites que harían sonrojar a cualquier acosador contemporáneo. Murdoch ganó el Booker Prize con esta novela en 1978, y los jueces probablemente no se dieron cuenta de que estaban premiando una disección quirúrgica de la vanidad masculina disfrazada de novela sobre el mar y la memoria.

"Under the Net", su primera novela, es otra cosa completamente distinta. Jake Donaghue es un traductor fracasado que deambula por Londres persiguiendo mujeres, perros y revelaciones filosóficas con la misma energía caótica. Publicada en 1954, esta novela es básicamente lo que pasaría si Wittgenstein escribiera comedia romántica mientras está borracho. Los críticos la clasificaron como "novela filosófica", pero seamos honestos: es una buddy movie existencialista con más alcohol que cualquier película de los hermanos Coen.

Y luego está "The Black Prince", que es Murdoch en estado puro: un escritor mediocre se enamora perdidamente de la hija adolescente de su rival literario. Sí, suena terrible. Sí, es incómodo. Y sí, es absolutamente brillante. Murdoch no escribía para que nos sintiéramos cómodos; escribía para que nos miráramos al espejo y viéramos todas las contradicciones que preferimos ignorar. La novela incluye múltiples epílogos donde diferentes personajes contradicen la versión del narrador, porque la verdad, para Murdoch, siempre era un animal escurridizo.

Lo que hace que Murdoch siga siendo relevante hoy no es su prosa elegante ni sus tramas intrincadas. Es su absoluta negativa a simplificar la experiencia humana. En una época donde las redes sociales nos obligan a reducirnos a eslóganes y posiciones binarias, leer a Murdoch es como recibir una bofetada de complejidad. Sus personajes son simultáneamente heroicos y patéticos, generosos y egoístas, brillantes y estúpidos. Como todos nosotros, vamos.

Su filosofía del amor como "atención desinteresada a la realidad" suena cursi hasta que te das cuenta de lo radical que es. En un mundo donde el amor se ha convertido en transacción, donde las aplicaciones de citas nos hacen evaluar personas como si fueran productos de Amazon, Murdoch nos recuerda que amar de verdad significa ver al otro como realmente es, no como queremos que sea. Spoiler: casi nadie en sus novelas lo consigue, y eso es precisamente el punto.

La ironía cruel es que Murdoch pasó sus últimos años con Alzheimer, perdiendo gradualmente esa mente extraordinaria que había cartografiado los laberintos del deseo y la moralidad. John Bayley escribió un memoir sobre esos años que luego se convirtió en película con Kate Winslet y Judi Dench. Hollywood, siempre tan predecible, se enfocó en la tragedia del deterioro más que en la gloria de la creación. Típico.

Pero aquí está la cosa: 27 años después de su muerte, mientras escritores contemporáneos se pelean en Twitter por quién es más auténtico y las listas de bestsellers están dominadas por thrillers formulaicos y romances predecibles, las novelas de Murdoch siguen ahí, esperando como minas terrestres intelectuales. Cada vez que alguien las descubre, explota algo en su cerebro. La certeza moral se desmorona. Las categorías simples de bueno y malo se vuelven borrosas. Y de repente, el lector se encuentra pensando en sus propias contradicciones a las tres de la mañana.

Murdoch escribió 26 novelas, varios tratados filosóficos, obras de teatro y poesía. Era una máquina de producir pensamiento complejo empaquetado en narrativa adictiva. Comparada con ella, la mayoría de los escritores contemporáneos parecen estar jugando a las canicas mientras ella construía catedrales. Puede sonar elitista, pero a veces la verdad es elitista, y Murdoch habría sido la primera en decirlo mientras encendía otro cigarrillo.

Así que hoy, en este aniversario que probablemente pasará desapercibido para la mayoría, levanto mi copa imaginaria por Iris Murdoch. Por la mujer que demostró que se puede ser filósofa rigurosa y novelista popular. Por la escritora que se negó a elegir entre complejidad intelectual y entretenimiento genuino. Por la provocadora que nos enseñó que la moral no es un código de reglas sino una práctica constante de atención. Y sobre todo, por recordarnos que la literatura no está para hacernos sentir bien, sino para hacernos pensar mejor. Que es, al final, lo mismo.

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"Una palabra tras una palabra tras una palabra es poder." — Margaret Atwood