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Artículo 9 feb, 10:03

J.M. Coetzee: el Nobel que escribió las novelas más incómodas del siglo y nadie supo cómo reaccionar

Hay escritores que te abrazan y escritores que te dan una bofetada. J.M. Coetzee, nacido un 9 de febrero de 1940 en Ciudad del Cabo, lleva 86 años en este mundo y más de cinco décadas dedicándose a lo segundo. No escribe para consolarte. No escribe para entretenerte un domingo por la tarde. Escribe para dejarte ese tipo de malestar que no se quita ni con dos cervezas.

Si alguna vez has leído Desgracia y has intentado explicarle a alguien de qué va sin que te miren raro, ya sabes de lo que hablo. Coetzee es ese tipo de autor que gana el Nobel —dos veces el Booker, de hecho— y que, en lugar de dar un discurso grandilocuente, envía un texto leído por otro porque él simplemente no quiere estar ahí. Así de incómodo. Así de brillante.

Pero vayamos por partes. John Maxwell Coetzee creció en una Sudáfrica donde ser blanco de origen afrikáner y hablar inglés en casa ya era una declaración política. Su familia vivía en una especie de limbo cultural: demasiado ingleses para los afrikáneres, demasiado afrikáneres para los ingleses. Si piensas que eso suena a la receta perfecta para criar a un escritor obsesionado con la identidad, la culpa y la marginalidad, acertaste de lleno.

Estudió matemáticas e inglés en la Universidad de Ciudad del Cabo —sí, matemáticas, porque aparentemente destrozar el alma del lector requiere cierta precisión analítica— y luego se fue a Inglaterra a trabajar como programador informático en IBM. Imagínate: el futuro Nobel de Literatura picando código en los años sesenta. Hay algo deliciosamente absurdo en eso. Pero Londres le aburría, así que hizo un doctorado en lingüística en la Universidad de Texas, analizando la prosa de Samuel Beckett. Y ahí está la clave de todo: Beckett. Esa sequedad, ese minimalismo que te deja con los huesos pelados. Coetzee tomó esa lección y la llevó a territorios donde Beckett nunca se atrevió a pisar.

Esperando a los bárbaros (1980) fue la novela que lo puso en el mapa internacional. Un magistrado en un puesto fronterizo de un imperio sin nombre que empieza a cuestionar la tortura que su propio gobierno ejerce sobre los bárbaros. ¿Te suena? Debería. Coetzee escribió una alegoría sobre el apartheid sin nombrar Sudáfrica ni una sola vez, y precisamente por eso resultó más devastadora que cualquier denuncia directa. Es como si te contara un chiste y solo tres días después te dieras cuenta de que el chiste eras tú.

Vida y época de Michael K (1983) le dio su primer Booker. Un hombre simple, con labio leporino, intenta llevar a su madre enferma de vuelta a su pueblo natal en medio de una guerra civil. Suena sencillo. No lo es. Michael K es una de las figuras más extrañas y conmovedoras de la literatura del siglo XX: un tipo que no quiere nada del mundo, que solo quiere cultivar calabazas en paz, y el mundo insiste en no dejarlo en paz. Coetzee consigue que el acto de plantar una semilla en la tierra se convierta en un gesto de resistencia política radical. Eso, amigos, es talento puro.

Y luego llegó Desgracia (1999), la novela que le dio el segundo Booker y que básicamente nadie sabe cómo clasificar emocionalmente. David Lurie, un profesor universitario de Ciudad del Cabo, tiene una relación con una alumna, pierde su trabajo, se refugia en la granja de su hija en el campo, y entonces ocurre algo terrible. No voy a hacer spoilers, pero digamos que Coetzee toma todas tus expectativas narrativas sobre justicia, redención y resolución, y las tira por la ventana. El Congreso Nacional Africano la criticó por su representación de la violencia en la nueva Sudáfrica. Los conservadores blancos la odiaron por otras razones. Cuando todo el espectro político te detesta, probablemente estés haciendo algo bien.

Lo que hace único a Coetzee no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Su prosa es un bisturí. No hay una sola palabra de más. Cada frase está calibrada con la precisión de un relojero suizo —o de un exprogramador de IBM, claro—. No encontrarás metáforas floridas ni párrafos de descripción paisajística. Lo que encontrarás es una claridad tan brutal que a veces desearías que fuera un poco más ambiguo, un poco más amable. Pero la amabilidad no es lo suyo.

En 2003, el Comité Nobel le otorgó el premio con una cita que decía algo así como que sus novelas muestran la participación sorprendente del forastero. Es una forma elegante de decir que Coetzee lleva toda su carrera escribiendo sobre personas que no encajan, que son expulsadas, que observan desde los márgenes. Y lo hace porque él mismo ha sido siempre eso: un forastero. Nació en Sudáfrica, trabajó en Inglaterra y Estados Unidos, y terminó emigrando a Australia en 2002, donde obtuvo la ciudadanía. Un nómada intelectual que nunca se sintió del todo en casa en ningún sitio.

Su faceta autobiográfica es igual de desconcertante. Escribió tres libros sobre su propia vida —Infancia, Juventud y Verano— pero en tercera persona. En el último, el protagonista llamado John Coetzee ya está muerto y son otros personajes los que hablan de él. Es decir: escribió su propia autobiografía como si fuera la biografía de un desconocido que además ya no existe. Si eso no es la jugada literaria más audaz que has escuchado, no sé qué decirte.

A sus 86 años, Coetzee sigue publicando. Sus novelas recientes —La muerte de Jesús, la última de una trilogía— muestran a un escritor que no se ha suavizado ni un milímetro. Sigue siendo igual de exigente, igual de incómodo, igual de alérgico a dar respuestas fáciles. En una era de literatura diseñada para el algoritmo, donde los libros se escriben pensando en si serán adaptados a serie de Netflix, Coetzee sigue escribiendo como si internet no existiera. Y eso, paradójicamente, lo hace más relevante que nunca.

Hay una anécdota que lo define mejor que cualquier análisis. Cuando ganó el Nobel, un periodista le preguntó cómo se sentía. Coetzee respondió algo así como que no era algo que le hiciera especialmente feliz. Cualquier otro escritor habría llorado de alegría, habría llamado a su madre, habría dado una rueda de prensa interminable. Él dijo que no estaba especialmente contento. Y sabes qué, le creo. Porque la felicidad fácil nunca ha sido el territorio de J.M. Coetzee. Su territorio es ese lugar incómodo donde la verdad duele, donde las preguntas no tienen respuesta, y donde la literatura cumple su función más antigua y más necesaria: obligarnos a mirar lo que preferimos no ver.

Felices 86, John Maxwell. Seguimos sin saber cómo reaccionar ante tus libros. Y sospecho que eso es exactamente lo que quieres.

Artículo 5 feb, 07:03

J.M. Coetzee: El Nobel que escribe como si te odiara (y por eso lo amamos)

Hoy John Maxwell Coetzee cumple 86 años, y probablemente le importe un comino. Este sudafricano-australiano con cara de profesor de matemáticas aburrido es, posiblemente, el escritor vivo más incómodo de leer. No porque escriba mal —todo lo contrario—, sino porque cada página suya es como mirarte en un espejo que solo refleja tus peores ángulos. Dos premios Nobel, cero discursos emotivos, y una capacidad asombrosa para hacerte sentir culpable de crímenes que ni sabías que existían.

Nacido en Ciudad del Cabo en 1940, Coetzee creció en una Sudáfrica que practicaba el apartheid como deporte nacional. Su familia era afrikáner, esa comunidad de descendientes holandeses que básicamente inventó la segregación racial institucionalizada. Imagínate crecer siendo parte del problema y dedicar tu vida a escribir sobre lo podrido que está todo el sistema. Eso requiere o mucha valentía o mucha terapia. Probablemente ambas.

Su carrera literaria empezó tarde, como buen académico. Estudió matemáticas e inglés, se doctoró en lingüística analizando la obra de Samuel Beckett —porque aparentemente quería ser aún más deprimente—, y trabajó como programador de computadoras en Londres. Sí, el futuro Nobel de Literatura escribió código antes que novelas. Quizás por eso su prosa tiene esa precisión quirúrgica que te deja sin aliento.

"Esperando a los bárbaros" (1980) lo puso en el mapa. Una alegoría sobre el colonialismo tan afilada que todavía corta. Un magistrado en un puesto fronterizo del Imperio —cualquier imperio, todos los imperios— se obsesiona con una mujer nativa que ha sido torturada. No es una historia de amor. Es una disección de cómo el poder corrompe incluso a los que creen ser buenos. La pregunta que deja flotando es demoledora: ¿quiénes son realmente los bárbaros?

"Vida y época de Michael K" (1983) le dio su primer Booker Prize. Un hombre simple con labio leporino atraviesa una Sudáfrica en guerra civil, solo queriendo cultivar calabazas en la tierra de su madre muerta. Es Kafka sudafricano, pero más triste. Michael K no quiere nada del mundo, y el mundo insiste en no dejarlo en paz. Coetzee demuestra que puedes escribir una novela entera sobre alguien que básicamente no hace nada y aun así destrozar el corazón del lector.

Pero hablemos de "Desgracia" (1999), la obra maestra que le valió su segundo Booker —convirtiéndolo en el único autor en ganar dos veces— y preparó el terreno para el Nobel de 2003. David Lurie, un profesor de literatura de 52 años, tiene una aventura con una estudiante. Pierde su trabajo, su reputación, todo. Se va a vivir con su hija Lucy al campo, donde ambos son víctimas de un ataque brutal. Y aquí viene lo incómodo: Coetzee no te da catarsis. No hay justicia. Lucy decide quedarse, aceptar, seguir adelante de maneras que enfurecieron a lectores de todo el mundo. "¿Cómo puede permitir eso?", gritaban. Exactamente. Ese es el punto.

Coetzee tiene esta habilidad perversa de negarte lo que quieres como lector. Quieres venganza, te da resignación. Quieres esperanza, te da realismo brutal. Quieres un héroe, te da humanos rotos que hacen lo que pueden. Sus personajes no son admirables; son reconocibles. Y eso duele más.

En 2002 hizo algo que sorprendió a todos: se mudó a Australia y obtuvo la ciudadanía. Sudáfrica post-apartheid no era suficientemente diferente, aparentemente. O quizás simplemente estaba harto. En Adelaida vive como un fantasma literario, dando pocas entrevistas, evitando ceremonias. Cuando ganó el Nobel, envió un discurso grabado en lugar de ir a Estocolmo. El tipo simplemente no juega el juego.

Su trilogía autobiográfica ficticia —"Infancia", "Juventud", "Verano"— es otro ejercicio de incomodidad. Se retrata a sí mismo en tercera persona, como un tipo frío, egoísta, socialmente torpe. En "Verano", imagina que ya está muerto y que un biógrafo entrevista a personas que lo conocieron. Todas dicen cosas terribles sobre él. Es autoficción llevada al masoquismo más refinado.

Lo que distingue a Coetzee de otros escritores "serios" es que nunca predica. No te dice qué pensar. Te pone en situaciones imposibles y te deja ahí, retorciéndote. Sus novelas son preguntas sin respuesta, heridas que no cicatrizan. No escribe para hacerte sentir bien sobre ti mismo o sobre la humanidad. Escribe para que te cuestiones todo.

A los 86 años, sigue publicando. "El polaco" (2023) explora el deseo tardío, la vejez, la música de Chopin. Sigue siendo incómodo, sigue sin darte lo que quieres. Algunos críticos dicen que ha perdido fuerza. Otros argumentan que simplemente ha refinado su crueldad hasta convertirla en susurro.

Leer a Coetzee es como hacer ejercicio: sabes que te hace bien, pero duele mientras lo haces. No es literatura de entretenimiento. Es literatura de confrontación. Cada novela suya es un espejo que prefieres evitar pero al que vuelves porque, en el fondo, sabes que la verdad incómoda es mejor que la mentira reconfortante.

Feliz cumpleaños, John Maxwell. Gracias por hacernos sentir miserables de la manera más hermosa posible. Que cumplas muchos más años arruinando nuestras tardes de lectura con tu prosa impecable y tu visión despiadada de lo que significa ser humano. El mundo literario te necesita precisamente porque no quieres que te necesitemos.

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