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Artículo 9 feb, 13:12

Coetzee: el Nobel que escribió las novelas más incómodas del siglo y nunca pidió disculpas

Hay escritores que te acarician el alma. Y luego está J.M. Coetzee, que te la arranca de cuajo, la pone bajo un microscopio y te obliga a mirar. Hoy se cumplen 86 años del nacimiento del sudafricano más silencioso y devastador de la literatura contemporánea, un hombre que recogió el Nobel con la misma emoción con la que uno recoge el correo. Su obra no es para todos. Ni pretende serlo. Y ahí radica exactamente su grandeza.

Mientras otros autores construyen mundos donde el lector se refugia, Coetzee construye celdas donde el lector se enfrenta a sí mismo. Sus novelas no tienen banda sonora épica ni finales reconfortantes. Tienen verdad. Cruda, áspera, sin anestesia. Si alguna vez has terminado un libro de Coetzee sintiéndote cómodo, probablemente no lo entendiste.

John Maxwell Coetzee nació el 9 de febrero de 1940 en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en una familia afrikáner de habla inglesa. Esa dualidad —pertenecer y no pertenecer, ser parte del sistema y sentirse ajeno a él— marcó toda su vida y toda su literatura. Estudió matemáticas e inglés en la Universidad de Ciudad del Cabo, luego se fue a Inglaterra a trabajar como programador informático en IBM. Sí, has leído bien: el futuro Nobel de Literatura escribía código antes de escribir novelas. Hay algo deliciosamente irónico en que uno de los prosistas más precisos del siglo XX haya empezado su carrera hablándole a máquinas.

Pero las máquinas no bastaban. Se doctoró en lingüística en la Universidad de Texas con una tesis sobre Samuel Beckett, y ahí tienes la clave de todo. Beckett. El maestro del despojamiento, de decir lo máximo con lo mínimo, de convertir el silencio en personaje. Coetzee tomó esa lección y la llevó a territorios que Beckett nunca exploró: el apartheid, la violencia colonial, la vergüenza de ser blanco en un país construido sobre la explotación de los negros.

«Waiting for the Barbarians» (1980) fue el primer mazazo. Una novela que no nombra ningún país, ninguna época concreta, y sin embargo cualquiera que haya vivido bajo un régimen autoritario reconoce cada página. Un magistrado en una ciudad fronteriza del Imperio —así, con mayúscula, sin más especificaciones— empieza a cuestionar el trato que se da a los «bárbaros». La alegoría es transparente y por eso mismo demoledora. Coetzee no necesita gritarte que el apartheid es monstruoso. Te lo muestra con la calma de un cirujano que abre un cuerpo y te invita a observar.

Luego vino «Life & Times of Michael K» (1983), que le dio su primer Booker Prize. Michael K es un hombre simple, casi invisible, con labio leporino, que intenta llevar a su madre enferma de vuelta a su granja natal en medio de una guerra civil. No es un héroe. No tiene discursos grandilocuentes. Apenas habla. Y sin embargo, su resistencia pasiva —su negativa absoluta a ser clasificado, utilizado o institucionalizado— es uno de los actos de rebeldía más poderosos que la literatura ha producido. Coetzee logra algo que parece imposible: hacer que un personaje que casi no hace nada se convierta en el centro gravitatorio de todo.

Pero si hay una novela que define a Coetzee, es «Disgrace» (1999). Segundo Booker Prize —único autor en ganarlo dos veces hasta entonces— y probablemente la novela más incómoda que puedas leer sobre la Sudáfrica post-apartheid. David Lurie, profesor universitario de 52 años, tiene una relación con una alumna de 20. Lo descubren. Lo juzgan. Se niega a arrepentirse. Se refugia con su hija en el campo. Y entonces ocurre algo terrible que invierte todas las dinámicas de poder racial del país. Coetzee no toma partido. No te dice quién es el bueno y quién es el malo. Te deja ahí, con la boca abierta, pensando que la justicia y la venganza a veces comparten el mismo rostro.

Lo que hace único a Coetzee no es solo lo que escribe, sino lo que se niega a escribir. No hay sentimentalismo. No hay redención fácil. No hay ese momento reconfortante donde el protagonista aprende su lección y el lector cierra el libro con una sonrisa. La prosa de Coetzee es como un bisturí esterilizado: precisa, fría, letal. Cada frase está medida al milímetro. Cada palabra ha sobrevivido a un proceso de selección brutal. Si Hemingway fue famoso por su iceberg —lo que no se dice pesa más que lo que se dice—, Coetzee es el glaciar entero sumergido bajo el agua.

Y luego está el personaje Coetzee, que es casi tan fascinante como sus novelas. Un hombre que evita las entrevistas como quien evita una enfermedad contagiosa. Que cuando ganó el Nobel en 2003, dio un discurso que era básicamente un cuento sobre Robinson Crusoe. Que se mudó a Australia en 2002 y obtuvo la ciudadanía, dejando Sudáfrica atrás como quien cierra un libro que ya ha terminado de leer. Vegetariano militante, defensor radical de los derechos animales, capaz de escribir una novela entera —«The Lives of Animals»— donde una escritora ficticia compara las granjas industriales con el Holocausto. No para provocar. Para pensar.

Su influencia en la literatura contemporánea es subterránea pero profunda. No tiene imitadores obvios porque imitar a Coetzee sería como imitar el silencio: se nota inmediatamente la falsificación. Pero su demostración de que se puede escribir sobre política sin panfletos, sobre violencia sin morbo, sobre la condición humana sin cursilerías, ha abierto un camino que escritores como Hisham Matar, Chimamanda Ngozi Adichie y Mohsin Hamid han transitado a su manera.

A sus 86 años, Coetzee sigue escribiendo desde Adelaida, Australia, con la misma disciplina monástica de siempre. Su trilogía autobiográfica ficticia —«Boyhood», «Youth», «Summertime»— es quizás su broma más sofisticada: escribir sobre uno mismo en tercera persona, como si se observara desde fuera, como si el propio Coetzee fuera otro personaje más al que diseccionar sin piedad.

Si nunca has leído a Coetzee, empieza por «Disgrace». Te va a doler. Te va a incomodar. Vas a querer cerrar el libro en más de una ocasión. Y cuando lo termines, vas a entender por qué este sudafricano callado, este exingeniero informático, este hombre que parece haber nacido en el siglo equivocado, es uno de los escritores más importantes que ha dado el siglo XX. No porque nos haga sentir bien, sino porque nos obliga a sentir de verdad. Y eso, en una época de dopamina instantánea y lecturas de autoayuda, es un acto de resistencia casi tan poderoso como el de Michael K caminando en silencio a través de un país en llamas.

Artículo 9 feb, 10:03

J.M. Coetzee: el Nobel que escribió las novelas más incómodas del siglo y nadie supo cómo reaccionar

Hay escritores que te abrazan y escritores que te dan una bofetada. J.M. Coetzee, nacido un 9 de febrero de 1940 en Ciudad del Cabo, lleva 86 años en este mundo y más de cinco décadas dedicándose a lo segundo. No escribe para consolarte. No escribe para entretenerte un domingo por la tarde. Escribe para dejarte ese tipo de malestar que no se quita ni con dos cervezas.

Si alguna vez has leído Desgracia y has intentado explicarle a alguien de qué va sin que te miren raro, ya sabes de lo que hablo. Coetzee es ese tipo de autor que gana el Nobel —dos veces el Booker, de hecho— y que, en lugar de dar un discurso grandilocuente, envía un texto leído por otro porque él simplemente no quiere estar ahí. Así de incómodo. Así de brillante.

Pero vayamos por partes. John Maxwell Coetzee creció en una Sudáfrica donde ser blanco de origen afrikáner y hablar inglés en casa ya era una declaración política. Su familia vivía en una especie de limbo cultural: demasiado ingleses para los afrikáneres, demasiado afrikáneres para los ingleses. Si piensas que eso suena a la receta perfecta para criar a un escritor obsesionado con la identidad, la culpa y la marginalidad, acertaste de lleno.

Estudió matemáticas e inglés en la Universidad de Ciudad del Cabo —sí, matemáticas, porque aparentemente destrozar el alma del lector requiere cierta precisión analítica— y luego se fue a Inglaterra a trabajar como programador informático en IBM. Imagínate: el futuro Nobel de Literatura picando código en los años sesenta. Hay algo deliciosamente absurdo en eso. Pero Londres le aburría, así que hizo un doctorado en lingüística en la Universidad de Texas, analizando la prosa de Samuel Beckett. Y ahí está la clave de todo: Beckett. Esa sequedad, ese minimalismo que te deja con los huesos pelados. Coetzee tomó esa lección y la llevó a territorios donde Beckett nunca se atrevió a pisar.

Esperando a los bárbaros (1980) fue la novela que lo puso en el mapa internacional. Un magistrado en un puesto fronterizo de un imperio sin nombre que empieza a cuestionar la tortura que su propio gobierno ejerce sobre los bárbaros. ¿Te suena? Debería. Coetzee escribió una alegoría sobre el apartheid sin nombrar Sudáfrica ni una sola vez, y precisamente por eso resultó más devastadora que cualquier denuncia directa. Es como si te contara un chiste y solo tres días después te dieras cuenta de que el chiste eras tú.

Vida y época de Michael K (1983) le dio su primer Booker. Un hombre simple, con labio leporino, intenta llevar a su madre enferma de vuelta a su pueblo natal en medio de una guerra civil. Suena sencillo. No lo es. Michael K es una de las figuras más extrañas y conmovedoras de la literatura del siglo XX: un tipo que no quiere nada del mundo, que solo quiere cultivar calabazas en paz, y el mundo insiste en no dejarlo en paz. Coetzee consigue que el acto de plantar una semilla en la tierra se convierta en un gesto de resistencia política radical. Eso, amigos, es talento puro.

Y luego llegó Desgracia (1999), la novela que le dio el segundo Booker y que básicamente nadie sabe cómo clasificar emocionalmente. David Lurie, un profesor universitario de Ciudad del Cabo, tiene una relación con una alumna, pierde su trabajo, se refugia en la granja de su hija en el campo, y entonces ocurre algo terrible. No voy a hacer spoilers, pero digamos que Coetzee toma todas tus expectativas narrativas sobre justicia, redención y resolución, y las tira por la ventana. El Congreso Nacional Africano la criticó por su representación de la violencia en la nueva Sudáfrica. Los conservadores blancos la odiaron por otras razones. Cuando todo el espectro político te detesta, probablemente estés haciendo algo bien.

Lo que hace único a Coetzee no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Su prosa es un bisturí. No hay una sola palabra de más. Cada frase está calibrada con la precisión de un relojero suizo —o de un exprogramador de IBM, claro—. No encontrarás metáforas floridas ni párrafos de descripción paisajística. Lo que encontrarás es una claridad tan brutal que a veces desearías que fuera un poco más ambiguo, un poco más amable. Pero la amabilidad no es lo suyo.

En 2003, el Comité Nobel le otorgó el premio con una cita que decía algo así como que sus novelas muestran la participación sorprendente del forastero. Es una forma elegante de decir que Coetzee lleva toda su carrera escribiendo sobre personas que no encajan, que son expulsadas, que observan desde los márgenes. Y lo hace porque él mismo ha sido siempre eso: un forastero. Nació en Sudáfrica, trabajó en Inglaterra y Estados Unidos, y terminó emigrando a Australia en 2002, donde obtuvo la ciudadanía. Un nómada intelectual que nunca se sintió del todo en casa en ningún sitio.

Su faceta autobiográfica es igual de desconcertante. Escribió tres libros sobre su propia vida —Infancia, Juventud y Verano— pero en tercera persona. En el último, el protagonista llamado John Coetzee ya está muerto y son otros personajes los que hablan de él. Es decir: escribió su propia autobiografía como si fuera la biografía de un desconocido que además ya no existe. Si eso no es la jugada literaria más audaz que has escuchado, no sé qué decirte.

A sus 86 años, Coetzee sigue publicando. Sus novelas recientes —La muerte de Jesús, la última de una trilogía— muestran a un escritor que no se ha suavizado ni un milímetro. Sigue siendo igual de exigente, igual de incómodo, igual de alérgico a dar respuestas fáciles. En una era de literatura diseñada para el algoritmo, donde los libros se escriben pensando en si serán adaptados a serie de Netflix, Coetzee sigue escribiendo como si internet no existiera. Y eso, paradójicamente, lo hace más relevante que nunca.

Hay una anécdota que lo define mejor que cualquier análisis. Cuando ganó el Nobel, un periodista le preguntó cómo se sentía. Coetzee respondió algo así como que no era algo que le hiciera especialmente feliz. Cualquier otro escritor habría llorado de alegría, habría llamado a su madre, habría dado una rueda de prensa interminable. Él dijo que no estaba especialmente contento. Y sabes qué, le creo. Porque la felicidad fácil nunca ha sido el territorio de J.M. Coetzee. Su territorio es ese lugar incómodo donde la verdad duele, donde las preguntas no tienen respuesta, y donde la literatura cumple su función más antigua y más necesaria: obligarnos a mirar lo que preferimos no ver.

Felices 86, John Maxwell. Seguimos sin saber cómo reaccionar ante tus libros. Y sospecho que eso es exactamente lo que quieres.

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