J.M. Coetzee: El Nobel que escribe como si te odiara (y por eso lo amamos)
Hoy John Maxwell Coetzee cumple 86 años, y probablemente le importa un bledo. Este sudafricano-australiano, dueño de dos Booker Prize y un Nobel de Literatura, ha construido una carrera entera sobre hacernos sentir incómodos. Mientras otros escritores buscan que los quieras, Coetzee te mira fijamente desde sus páginas y te pregunta: ¿De verdad crees que eres una buena persona?
Nacido en Ciudad del Cabo en 1940, Coetzee creció en un hogar afrikáner donde se hablaba inglés, lo cual ya lo convertía en un bicho raro. Imagínate ser el niño que no encaja ni con los colonizadores ni con los colonizados. Esa sensación de extrañamiento perpetuo terminaría convirtiéndose en el combustible de toda su literatura. Estudió matemáticas e inglés, trabajó como programador en IBM en Londres, y luego se doctoró en lingüística computacional en Texas. Sí, el futuro Nobel empezó escribiendo código. Quizás por eso su prosa tiene esa precisión quirúrgica que te deja sin escapatoria.
Pero hablemos de lo que importa: sus libros. Waiting for the Barbarians (1980) es una obra maestra sobre el imperio y la tortura que parece escrita ayer. Un magistrado colonial en un puesto fronterizo remoto comienza a cuestionar la brutalidad del régimen que representa. La novela no menciona ningún imperio específico, y eso es lo genial: podría ser Roma, podría ser Sudáfrica, podría ser cualquier potencia con demasiado poder y poca autocrítica. Spoiler: todas.
Life & Times of Michael K (1983) le dio su primer Booker y sigue siendo una de las novelas más extrañas y hermosas del siglo XX. Michael K es un jardinero con labio leporino que intenta llevar a su madre moribunda de vuelta a su pueblo natal durante una guerra civil ficticia. No es un héroe. No es especialmente inteligente. Simplemente quiere cultivar calabazas y que lo dejen en paz. En un mundo que exige que tomemos partido, Michael K se niega. Y Coetzee parece preguntarnos: ¿es eso resistencia o rendición?
Pero si hay una novela que define a Coetzee, es Disgrace (1999). David Lurie, un profesor universitario de 52 años en Ciudad del Cabo, tiene una relación con una estudiante. Cuando lo descubren, se niega a disculparse con el fervor requerido por la corrección política y pierde todo. Se refugia con su hija en una granja rural, donde ambos sufren un ataque brutal que lo cambia todo. La novela es un campo minado: racismo, violencia sexual, culpa colonial, la imposibilidad del perdón. Coetzee no te da respuestas fáciles. Te da preguntas que te persiguen durante semanas.
Lo fascinante de Coetzee es su método. Es famoso por no dar entrevistas, por rechazar premios en persona, por ser el escritor más antisocial desde Salinger. Cuando ganó el Nobel en 2003, no fue a Estocolmo. Mandó un discurso grabado. Los suecos, acostumbrados a que los laureados lloren de gratitud, no sabían qué hacer con este tipo que parecía considerar el mayor honor literario del mundo como una molestia administrativa.
Su prosa es otra cosa. Mientras otros escritores adornan, Coetzee pela. Cada oración está despojada de grasa, de sentimentalismo, de cualquier cosa que te permita apartar la mirada. Leerlo es como recibir un diagnóstico médico: preciso, frío, ineludible. No hay consuelo en sus páginas, pero hay algo más valioso: verdad.
En 2002, Coetzee hizo algo que muchos sudafricanos blancos fantaseaban pero pocos ejecutaban: se mudó a Australia. Algunos lo llamaron cobarde, otros lo entendieron perfectamente. Sudáfrica post-apartheid era un país tratando de reinventarse, y Coetzee quizás sintió que su voz crítica ya no era bienvenida. O quizás simplemente quería vivir en un lugar donde nadie esperara nada de él.
Su influencia en la literatura contemporánea es inmensa pero silenciosa. No tiene discípulos obvios porque su estilo es inimitable: cualquier intento de copiarlo resulta en parodia involuntaria. Lo que sí ha dejado es un estándar ético. Después de Coetzee, es más difícil escribir novelas que evadan las preguntas incómodas. Es más difícil usar la ficción como escapismo. El tipo nos arruinó la diversión para siempre, y se lo agradecemos.
A los 86 años, Coetzee sigue escribiendo. Sus novelas recientes, como The Schooldays of Jesus, son más experimentales, más abstractas, quizás menos accesibles. Pero incluso cuando falla, falla de manera interesante. No hay nada peor que un escritor que juega a lo seguro, y Coetzee nunca ha sido acusado de eso.
Así que hoy, en su cumpleaños, levantemos una copa por el hombre que nos enseñó que la literatura no tiene que consolarnos. Que a veces el mejor regalo que un escritor puede darte es hacerte sentir profundamente incómodo con el mundo y contigo mismo. J.M. Coetzee no quiere tu amor. Quiere tu honestidad. Y eso, en un mundo de likes y validación constante, es más revolucionario que nunca.
Feliz cumpleaños, John Maxwell. Probablemente no leerás esto. Y probablemente así está bien.
Pega este código en el HTML de tu sitio web para incrustar este contenido.