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Artículo 5 feb, 01:21

Iris Murdoch: La filósofa que escribía novelas como quien lanza cócteles molotov al corazón

Hace 27 años murió una mujer que fumaba como chimenea, bebía como cosaca y escribía como si el diablo le dictara al oído. Iris Murdoch no era una novelista cualquiera: era una filósofa de Oxford que decidió que la academia era demasiado aburrida y que la mejor manera de explorar la condición humana era inventando personajes tan retorcidos como fascinantes. Hoy, mientras el mundo literario la recuerda con reverencia académica, yo prefiero recordarla como realmente era: una provocadora con pluma de acero.

Pero empecemos por lo escandaloso, que siempre es más divertido. Murdoch mantuvo relaciones simultáneas con hombres y mujeres durante décadas, mientras su marido John Bayley lo sabía perfectamente y escribía crítica literaria como si nada. Cuando le preguntaban sobre el amor, ella respondía con la misma naturalidad con la que explicaba a Platón: el amor es atención, decía, y ella prestaba mucha atención a mucha gente. Esta filosofía vital no era hipocresía victoriana disfrazada; era coherencia brutal con sus propias ideas sobre la libertad y el deseo humano.

¿Y sus novelas? Miren, si no han leído "The Sea, the Sea" están perdiéndose uno de los retratos más despiadados del ego masculino jamás escritos. Charles Arrowby, el protagonista, es un director de teatro retirado que se obsesiona con su amor de juventud hasta límites que harían sonrojar a cualquier acosador contemporáneo. Murdoch ganó el Booker Prize con esta novela en 1978, y los jueces probablemente no se dieron cuenta de que estaban premiando una disección quirúrgica de la vanidad masculina disfrazada de novela sobre el mar y la memoria.

"Under the Net", su primera novela, es otra cosa completamente distinta. Jake Donaghue es un traductor fracasado que deambula por Londres persiguiendo mujeres, perros y revelaciones filosóficas con la misma energía caótica. Publicada en 1954, esta novela es básicamente lo que pasaría si Wittgenstein escribiera comedia romántica mientras está borracho. Los críticos la clasificaron como "novela filosófica", pero seamos honestos: es una buddy movie existencialista con más alcohol que cualquier película de los hermanos Coen.

Y luego está "The Black Prince", que es Murdoch en estado puro: un escritor mediocre se enamora perdidamente de la hija adolescente de su rival literario. Sí, suena terrible. Sí, es incómodo. Y sí, es absolutamente brillante. Murdoch no escribía para que nos sintiéramos cómodos; escribía para que nos miráramos al espejo y viéramos todas las contradicciones que preferimos ignorar. La novela incluye múltiples epílogos donde diferentes personajes contradicen la versión del narrador, porque la verdad, para Murdoch, siempre era un animal escurridizo.

Lo que hace que Murdoch siga siendo relevante hoy no es su prosa elegante ni sus tramas intrincadas. Es su absoluta negativa a simplificar la experiencia humana. En una época donde las redes sociales nos obligan a reducirnos a eslóganes y posiciones binarias, leer a Murdoch es como recibir una bofetada de complejidad. Sus personajes son simultáneamente heroicos y patéticos, generosos y egoístas, brillantes y estúpidos. Como todos nosotros, vamos.

Su filosofía del amor como "atención desinteresada a la realidad" suena cursi hasta que te das cuenta de lo radical que es. En un mundo donde el amor se ha convertido en transacción, donde las aplicaciones de citas nos hacen evaluar personas como si fueran productos de Amazon, Murdoch nos recuerda que amar de verdad significa ver al otro como realmente es, no como queremos que sea. Spoiler: casi nadie en sus novelas lo consigue, y eso es precisamente el punto.

La ironía cruel es que Murdoch pasó sus últimos años con Alzheimer, perdiendo gradualmente esa mente extraordinaria que había cartografiado los laberintos del deseo y la moralidad. John Bayley escribió un memoir sobre esos años que luego se convirtió en película con Kate Winslet y Judi Dench. Hollywood, siempre tan predecible, se enfocó en la tragedia del deterioro más que en la gloria de la creación. Típico.

Pero aquí está la cosa: 27 años después de su muerte, mientras escritores contemporáneos se pelean en Twitter por quién es más auténtico y las listas de bestsellers están dominadas por thrillers formulaicos y romances predecibles, las novelas de Murdoch siguen ahí, esperando como minas terrestres intelectuales. Cada vez que alguien las descubre, explota algo en su cerebro. La certeza moral se desmorona. Las categorías simples de bueno y malo se vuelven borrosas. Y de repente, el lector se encuentra pensando en sus propias contradicciones a las tres de la mañana.

Murdoch escribió 26 novelas, varios tratados filosóficos, obras de teatro y poesía. Era una máquina de producir pensamiento complejo empaquetado en narrativa adictiva. Comparada con ella, la mayoría de los escritores contemporáneos parecen estar jugando a las canicas mientras ella construía catedrales. Puede sonar elitista, pero a veces la verdad es elitista, y Murdoch habría sido la primera en decirlo mientras encendía otro cigarrillo.

Así que hoy, en este aniversario que probablemente pasará desapercibido para la mayoría, levanto mi copa imaginaria por Iris Murdoch. Por la mujer que demostró que se puede ser filósofa rigurosa y novelista popular. Por la escritora que se negó a elegir entre complejidad intelectual y entretenimiento genuino. Por la provocadora que nos enseñó que la moral no es un código de reglas sino una práctica constante de atención. Y sobre todo, por recordarnos que la literatura no está para hacernos sentir bien, sino para hacernos pensar mejor. Que es, al final, lo mismo.

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