Iris Murdoch: La filósofa que escribía novelas como trampas para ratones intelectuales
Hace exactamente 27 años, el 8 de febrero de 1999, Iris Murdoch dejó de respirar en Oxford, pero sus libros siguen respirando por nosotros. Y no me refiero a esa respiración tranquila de los clásicos que descansan en estanterías polvorientas. Hablo de una respiración agitada, incómoda, como la de alguien que acaba de descubrir que su mejor amigo se acuesta con su esposa y, además, le parece filosóficamente justificable.
Si nunca has leído a Murdoch, déjame advertirte: no vas a salir ileso. Esta mujer, que parecía una profesora de Oxford perfectamente respetable con sus cardigans y su pelo revuelto, escribía novelas que funcionan como espejos deformantes en una feria del terror moral. Te miras y piensas: «Ese monstruo no puedo ser yo». Spoiler: sí puedes.
Tomemos «El mar, el mar» (The Sea, the Sea), que le valió el Booker Prize en 1978. El protagonista, Charles Arrowby, es un director de teatro retirado que decide escribir sus memorias junto al mar. Suena idílico, ¿verdad? Pues resulta que Charles es un narcisista de manual que secuestra a su amor de juventud —ahora una señora mayor y perfectamente feliz— porque él ha decidido que ella necesita ser rescatada. Es como si Don Quijote hubiera tenido un hijo con Humbert Humbert y ese hijo hubiera estudiado en Cambridge. Murdoch no te pide que juzgues a Charles; te obliga a reconocer que tú también has construido narrativas absurdas sobre personas que apenas conoces.
«Under the Net» (Bajo la red), su primera novela publicada en 1954, es otra cosa completamente distinta. Jake Donaghue es un escritor fracasado que vive de traducciones y del sofá de sus amigos. La novela es una persecución absurda por el Londres de posguerra, con robos de perros, conversaciones filosóficas en pubs y una estrella de cine que podría o no estar enamorada del protagonista. Parece una comedia ligera hasta que te das cuenta de que Murdoch está hablando sobre el lenguaje, sobre cómo las palabras nos atrapan en redes de significado que nunca elegimos. Jake pasa toda la novela persiguiendo fantasmas porque no sabe escuchar lo que la gente realmente le dice. ¿Te suena familiar? A mí me suena a cada conversación de WhatsApp que he tenido en los últimos cinco años.
Y luego está «The Black Prince» (El príncipe negro), que es probablemente la novela más retorcida de Murdoch, y eso ya es decir mucho. Bradley Pearson, un escritor de cincuenta y ocho años, se enamora perdidamente de Julian, la hija de veinte años de su rival literario. Antes de que salgas corriendo: Murdoch no romantiza nada. Lo que hace es diseccionar el enamoramiento con la precisión de un cirujano y el sadismo de un niño con una lupa y una hormiga. Bradley cree que su amor es puro, trascendente, shakespeariano. El lector ve a un hombre patético construyendo castillos de arena mientras la marea sube. La novela termina con cuatro epílogos contradictorios de diferentes personajes, porque Murdoch sabía que la verdad es un lujo que los humanos no podemos permitirnos.
Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿por qué deberíamos leer a Iris Murdoch en 2026? Vivimos en la era de TikTok, de la gratificación instantánea, de novelas que se pueden resumir en un hilo de Twitter. Murdoch escribía libros de quinientas páginas donde los personajes discuten sobre Platón mientras se acuestan con las parejas de sus amigos. No es exactamente material para un reel.
Y sin embargo, creo que la necesitamos más que nunca. Murdoch era filósofa antes que novelista —estudió con Wittgenstein, nada menos— y toda su obra gira alrededor de una idea central: el mayor pecado humano es la fantasía. No la imaginación creativa, sino esa tendencia que tenemos de inventarnos versiones de la realidad que nos favorecen. Nos contamos cuentos donde somos los héroes, donde nuestras intenciones son puras, donde los demás existen solo como personajes secundarios en nuestra película personal.
En una época donde cada uno vive en su burbuja algorítmica, donde las redes sociales nos permiten curarnos identidades perfectas, donde podemos bloquear cualquier voz que nos contradiga, Murdoch es el antídoto que nadie pidió pero todos necesitamos. Sus novelas son ejercicios de humillación controlada. Te obligan a ver que tus motivaciones son turbias, que tu percepción está sesgada, que probablemente estás equivocado sobre casi todo.
Hay algo más que hace a Murdoch terriblemente contemporánea: su tratamiento de las relaciones. Sus novelas están llenas de triángulos amorosos, cuadriláteros, polígonos de geometría imposible. La gente se enamora de quien no debe, desea lo que no tiene, destruye lo que ama. Y Murdoch nunca moraliza. No hay finales felices ni castigos ejemplares. Simplemente muestra el desastre y te deja sacar tus propias conclusiones. En tiempos de poliamor, de Tinder, de relaciones líquidas, sus novelas se sienten proféticas.
También está el pequeño detalle de que Murdoch murió de Alzheimer, y que su declive fue documentado por su esposo John Bayley en unas memorias desgarradoras que luego se convirtieron en película. Hay algo brutalmente irónico en que una mujer que dedicó su vida a explorar la mente humana perdiera la suya de esa manera. Pero también hay algo heroico: sus libros permanecen intactos, inmunes al deterioro, esperando a nuevos lectores que se atrevan a mirarse en sus páginas.
Si tuviera que recomendar por dónde empezar, diría que «Under the Net» es la entrada más amable al universo Murdoch. Es divertida, rápida, accesible. Si sobrevives, pasa a «El mar, el mar». Si después de eso sigues en pie, «The Black Prince» te rematará de la mejor manera posible.
Iris Murdoch lleva 27 años muerta, pero sus novelas siguen haciendo lo que siempre hicieron: recordarnos que somos mucho más complicados, más egoístas y más ciegos de lo que queremos admitir. Y que precisamente por eso, la literatura importa. Porque a veces necesitamos que una señora británica con cardigan nos agarre de las solapas y nos diga: «Mira. Mira de verdad». Y si eso no es un legado, no sé qué lo es.
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