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Artículo 8 feb, 01:05

Halldór Laxness: el Nobel que escribía sobre ovejas y humilló a medio siglo XX

Halldór Laxness: el Nobel que escribía sobre ovejas y humilló a medio siglo XX

Hace 28 años moría en Reikiavik un tipo que ganó el Nobel escribiendo sobre campesinos islandeses, ovejas tercas y pescadores que cantaban en lugar de pescar. Y lo más irritante del asunto es que Halldór Laxness tenía razón en todo lo que dijo. Mientras el mundo literario se peleaba por quién era más existencialista o más vanguardista, un islandés con nombre impronunciable demostró que la gran literatura no necesita París, ni Nueva York, ni cafés filosóficos. Solo necesita un pastor terco, una tormenta de nieve y la voluntad feroz de no rendirse jamás.

Pero empecemos por lo escandaloso. Cuando la Academia Sueca le dio el Nobel en 1955, medio mundo preguntó: «¿Quién demonios es este?». No era Hemingway, que llevaba años haciendo campaña desde los bares de La Habana. No era Graham Greene, que al menos tenía la decencia de escribir thrillers con moraleja. Era un islandés que había titulado su obra maestra «Gente independiente» —Independent People— y que trataba, literalmente, sobre un granjero que prefería morirse de hambre antes que aceptar ayuda. La crítica anglosajona tardó décadas en tomárselo en serio. Error monumental.

Porque «Gente independiente» es, sin exagerar, una de las cinco mejores novelas del siglo XX. Y digo esto sabiendo que me van a llover piedras. La historia de Bjartur de Summerhouses es la historia de la terquedad humana elevada a categoría épica. Un hombre que lucha contra el clima, contra la pobreza, contra su propia familia, contra la lógica misma, solo para demostrar que no necesita a nadie. Laxness no lo juzga. Tampoco lo celebra. Lo observa con esa mezcla de ternura y horror que solo los grandes escritores consiguen. Bjartur es ridículo y heroico al mismo tiempo, y si eso no te suena a la condición humana, es que no has vivido lo suficiente.

Lo que hace verdaderamente peligroso a Laxness es su sentido del humor. En un panorama literario donde la seriedad era sinónimo de profundidad, este islandés se atrevió a ser gracioso. «The Fish Can Sing» —El pez puede cantar— es una novela que debería enseñarse en todas las escuelas de escritura del planeta, no por su técnica, sino por su tono. Laxness narra la historia de un huérfano criado en una casa de acogida en Reikiavik con una ironía tan fina que te ríes tres páginas después de haberla leído. Es humor nórdico en estado puro: seco como el bacalao al sol, devastador como una ventisca en febrero. Si Kafka hubiera nacido en Islandia y hubiera tenido mejor digestión, habría escrito algo parecido.

Y luego está «World Light» —Luz del mundo—, que es donde Laxness se pone verdaderamente cruel. La historia de Ólafur Kárason, un poeta huérfano y enfermizo que busca la belleza en un mundo que le da patadas constantemente, es una de las demoliciones más elegantes que se han escrito sobre el mito del artista romántico. Laxness amaba la poesía, pero odiaba la mentira de que el sufrimiento te hace mejor escritor. Ólafur sufre, sí, y escribe, sí, pero su sufrimiento no lo ennoblece: lo destroza. Es una lección que muchos escritores contemporáneos, enamorados de su propia melancolía instagrameable, necesitan urgentemente.

Aquí viene la parte que nadie quiere discutir: Laxness era comunista. O al menos lo fue durante un tiempo considerable. Viajó a la Unión Soviética en los años treinta y escribió cosas favorables sobre el régimen. Esto le costó caro en la Guerra Fría, especialmente en Estados Unidos, donde sus libros fueron prácticamente ignorados durante décadas. La ironía es deliciosa: el país que se autoproclamaba campeón de la libertad individual censuró de facto al autor que mejor escribió sobre la independencia individual. Bjartur de Summerhouses habría apreciado la paradoja, aunque probablemente habría respondido con un gruñido.

Pero reducir a Laxness a su política es como reducir a Dostoievski a su epilepsia. Lo que importa es lo que dejó en la página. Y lo que dejó es una obra que dialoga con nuestro presente de maneras que él jamás imaginó. En una época de hiperconectividad, donde todos vivimos pendientes de la aprobación ajena, Bjartur nos recuerda el valor —y el precio— de la verdadera independencia. En tiempos de influencers literarios y escritores que miden su éxito en seguidores, Ólafur Kárason nos muestra que la búsqueda obsesiva de reconocimiento puede ser una forma elegante de autodestrucción.

Hay algo profundamente actual en la Islandia de Laxness. Esa isla volcánica, aislada, golpeada por el clima, donde la supervivencia nunca está garantizada, funciona como metáfora perfecta de nuestra precariedad contemporánea. No la precariedad económica, que también, sino la existencial. Laxness entendió antes que nadie que la modernidad no iba a traer la felicidad prometida. Sus personajes pasan del campo a la ciudad, de la pobreza rural a la pobreza urbana, y en el camino pierden algo que no saben nombrar. Si eso no describe la experiencia de media humanidad en el siglo XXI, díganme qué lo hace.

Lo más fascinante de su legado es cómo ha ido creciendo con el tiempo. En los últimos veinte años, las traducciones al inglés de sus obras han experimentado un renacimiento notable. «Gente independiente» aparece regularmente en las listas de mejores novelas del siglo XX. Escritores tan diversos como Annie Proulx, Colm Tóibín y Jane Smiley lo han citado como influencia fundamental. Es como si el mundo hubiera necesitado medio siglo para ponerse a la altura de lo que Laxness ya sabía en 1934.

Y aquí está lo que me resulta más provocador de todo: Laxness demostró que se puede escribir gran literatura desde la periferia absoluta. Islandia en los años treinta tenía una población menor que la de un barrio medio de Buenos Aires. Su idioma lo hablaban menos personas de las que hoy siguen a cualquier booktuber mediocre. Y sin embargo, desde esa roca volcánica perdida en el Atlántico Norte, un hombre escribió obras que compiten sin complejo con lo mejor de Faulkner, de Thomas Mann, de cualquier titán que elijan.

Veintiocho años después de su muerte, Halldór Laxness sigue siendo el secreto mejor guardado de la literatura universal. No porque sea difícil de leer —al contrario, su prosa fluye con una naturalidad engañosa—, sino porque requiere algo que escasea en nuestra época: paciencia. Sus novelas no tienen giros de guión cada tres páginas ni cliffhangers diseñados por algoritmo. Tienen algo mejor: verdad. La verdad incómoda de que somos criaturas tercas, ridículas, capaces de una grandeza absurda y de una mezquindad infinita, a veces en la misma frase. Si todavía no han leído «Gente independiente», dejen lo que están haciendo. En serio. Todo lo demás puede esperar. Bjartur lleva noventa años ahí fuera, peleando con sus ovejas bajo la tormenta, y merece que alguien más lo acompañe.

Artículo 6 feb, 11:07

Iris Murdoch: La filósofa que escribía novelas como trampas para ratones intelectuales

Hace exactamente 27 años, el 8 de febrero de 1999, Iris Murdoch dejó de respirar en Oxford, pero sus libros siguen respirando por nosotros. Y no me refiero a esa respiración tranquila de los clásicos que descansan en estanterías polvorientas. Hablo de una respiración agitada, incómoda, como la de alguien que acaba de descubrir que su mejor amigo se acuesta con su esposa y, además, le parece filosóficamente justificable.

Si nunca has leído a Murdoch, déjame advertirte: no vas a salir ileso. Esta mujer, que parecía una profesora de Oxford perfectamente respetable con sus cardigans y su pelo revuelto, escribía novelas que funcionan como espejos deformantes en una feria del terror moral. Te miras y piensas: «Ese monstruo no puedo ser yo». Spoiler: sí puedes.

Tomemos «El mar, el mar» (The Sea, the Sea), que le valió el Booker Prize en 1978. El protagonista, Charles Arrowby, es un director de teatro retirado que decide escribir sus memorias junto al mar. Suena idílico, ¿verdad? Pues resulta que Charles es un narcisista de manual que secuestra a su amor de juventud —ahora una señora mayor y perfectamente feliz— porque él ha decidido que ella necesita ser rescatada. Es como si Don Quijote hubiera tenido un hijo con Humbert Humbert y ese hijo hubiera estudiado en Cambridge. Murdoch no te pide que juzgues a Charles; te obliga a reconocer que tú también has construido narrativas absurdas sobre personas que apenas conoces.

«Under the Net» (Bajo la red), su primera novela publicada en 1954, es otra cosa completamente distinta. Jake Donaghue es un escritor fracasado que vive de traducciones y del sofá de sus amigos. La novela es una persecución absurda por el Londres de posguerra, con robos de perros, conversaciones filosóficas en pubs y una estrella de cine que podría o no estar enamorada del protagonista. Parece una comedia ligera hasta que te das cuenta de que Murdoch está hablando sobre el lenguaje, sobre cómo las palabras nos atrapan en redes de significado que nunca elegimos. Jake pasa toda la novela persiguiendo fantasmas porque no sabe escuchar lo que la gente realmente le dice. ¿Te suena familiar? A mí me suena a cada conversación de WhatsApp que he tenido en los últimos cinco años.

Y luego está «The Black Prince» (El príncipe negro), que es probablemente la novela más retorcida de Murdoch, y eso ya es decir mucho. Bradley Pearson, un escritor de cincuenta y ocho años, se enamora perdidamente de Julian, la hija de veinte años de su rival literario. Antes de que salgas corriendo: Murdoch no romantiza nada. Lo que hace es diseccionar el enamoramiento con la precisión de un cirujano y el sadismo de un niño con una lupa y una hormiga. Bradley cree que su amor es puro, trascendente, shakespeariano. El lector ve a un hombre patético construyendo castillos de arena mientras la marea sube. La novela termina con cuatro epílogos contradictorios de diferentes personajes, porque Murdoch sabía que la verdad es un lujo que los humanos no podemos permitirnos.

Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿por qué deberíamos leer a Iris Murdoch en 2026? Vivimos en la era de TikTok, de la gratificación instantánea, de novelas que se pueden resumir en un hilo de Twitter. Murdoch escribía libros de quinientas páginas donde los personajes discuten sobre Platón mientras se acuestan con las parejas de sus amigos. No es exactamente material para un reel.

Y sin embargo, creo que la necesitamos más que nunca. Murdoch era filósofa antes que novelista —estudió con Wittgenstein, nada menos— y toda su obra gira alrededor de una idea central: el mayor pecado humano es la fantasía. No la imaginación creativa, sino esa tendencia que tenemos de inventarnos versiones de la realidad que nos favorecen. Nos contamos cuentos donde somos los héroes, donde nuestras intenciones son puras, donde los demás existen solo como personajes secundarios en nuestra película personal.

En una época donde cada uno vive en su burbuja algorítmica, donde las redes sociales nos permiten curarnos identidades perfectas, donde podemos bloquear cualquier voz que nos contradiga, Murdoch es el antídoto que nadie pidió pero todos necesitamos. Sus novelas son ejercicios de humillación controlada. Te obligan a ver que tus motivaciones son turbias, que tu percepción está sesgada, que probablemente estás equivocado sobre casi todo.

Hay algo más que hace a Murdoch terriblemente contemporánea: su tratamiento de las relaciones. Sus novelas están llenas de triángulos amorosos, cuadriláteros, polígonos de geometría imposible. La gente se enamora de quien no debe, desea lo que no tiene, destruye lo que ama. Y Murdoch nunca moraliza. No hay finales felices ni castigos ejemplares. Simplemente muestra el desastre y te deja sacar tus propias conclusiones. En tiempos de poliamor, de Tinder, de relaciones líquidas, sus novelas se sienten proféticas.

También está el pequeño detalle de que Murdoch murió de Alzheimer, y que su declive fue documentado por su esposo John Bayley en unas memorias desgarradoras que luego se convirtieron en película. Hay algo brutalmente irónico en que una mujer que dedicó su vida a explorar la mente humana perdiera la suya de esa manera. Pero también hay algo heroico: sus libros permanecen intactos, inmunes al deterioro, esperando a nuevos lectores que se atrevan a mirarse en sus páginas.

Si tuviera que recomendar por dónde empezar, diría que «Under the Net» es la entrada más amable al universo Murdoch. Es divertida, rápida, accesible. Si sobrevives, pasa a «El mar, el mar». Si después de eso sigues en pie, «The Black Prince» te rematará de la mejor manera posible.

Iris Murdoch lleva 27 años muerta, pero sus novelas siguen haciendo lo que siempre hicieron: recordarnos que somos mucho más complicados, más egoístas y más ciegos de lo que queremos admitir. Y que precisamente por eso, la literatura importa. Porque a veces necesitamos que una señora británica con cardigan nos agarre de las solapas y nos diga: «Mira. Mira de verdad». Y si eso no es un legado, no sé qué lo es.

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