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Artículo 7 feb, 03:04

Iris Murdoch perdió la memoria, pero sus novelas recuerdan todo lo que nosotros olvidamos

Hoy se cumplen 27 años de la muerte de Iris Murdoch, y la ironía más cruel de la literatura del siglo XX sigue intacta: la filósofa que dedicó su vida a explorar los laberintos de la mente humana terminó perdida en el suyo propio. El Alzheimer se la llevó en 1999, pero antes de eso escribió 26 novelas que funcionan como escáneres cerebrales de una civilización que finge ser civilizada. Si nunca la has leído, estás cometiendo un error que tu vida interior no puede permitirse.

Vamos a ser honestos: Iris Murdoch no es una autora fácil de vender en 2026. No hay dragones, no hay crímenes nórdicos, no hay protagonistas con trastornos de personalidad decorativos. Lo que hay son personas inteligentes haciendo cosas estúpidas por amor, por ego o por una mezcla tóxica de ambos. Y eso, querido lector, debería resultarte tremendamente familiar.

Empecemos por «The Sea, the Sea» (1978), la novela que le dio el Booker Prize y que sigue siendo uno de los retratos más despiadados del narcisismo masculino jamás escritos. Charles Arrowby, director de teatro retirado, se muda a una casa junto al mar para escribir sus memorias y termina obsesionado con su amor de adolescencia. Suena inofensivo, ¿verdad? Pues no. Murdoch convierte esa premisa en un thriller psicológico donde el verdadero monstruo no es el mar embravecido sino la capacidad humana para reescribir la realidad a conveniencia. Publicado hace casi cincuenta años, describe con precisión quirúrgica lo que hoy llamamos «narrativa personal» en redes sociales. Arrowby sería un influencer devastador.

Pero retrocedamos al principio. «Under the Net» (1954), su primera novela, llegó como una bofetada elegante al panorama literario británico. Jake Donaghue es un traductor que vive de gorra, miente con la naturalidad de quien respira y recorre un Londres que parece diseñado por un dramaturgo borracho. La novela es divertidísima —algo que los críticos solemnes nunca le perdonaron a Murdoch— y al mismo tiempo plantea una pregunta filosófica que te persigue: ¿es posible decir la verdad con el lenguaje, o toda palabra es ya una traición a la realidad? Wittgenstein estaría orgulloso. Y probablemente confundido.

Y luego está «The Black Prince» (1973), que para mi dinero es su obra maestra absoluta. Bradley Pearson, un escritor frustrado de 58 años, se enamora de la hija de 20 años de su rival literario. Sí, suena terrible. Y Murdoch lo sabe. Lo genial es que la novela no te pide que apruebes a Bradley; te pide que lo entiendas. Y en ese proceso de comprensión, descubres cosas sobre ti mismo que preferirías no saber. El libro incluye prólogos y epílogos escritos por distintos personajes que contradicen la versión del narrador. Murdoch inventó la posverdad literaria décadas antes de que la política la convirtiera en deporte nacional.

Lo que hace única a Murdoch —y lo que la mantiene escandalosamente vigente— es que fue filósofa antes que novelista. Estudió en Oxford, fue discípula de Wittgenstein en Cambridge, y publicó ensayos filosóficos que todavía se leen en las universidades. Su gran obsesión intelectual era el concepto del «Bien» con mayúscula, heredado de Platón, pero filtrado por una mirada que no tenía ninguna paciencia con la moralidad de salón. Para Murdoch, ser bueno no era seguir reglas; era prestar atención real a otras personas. Dejar de ser el protagonista de tu propia película por cinco malditos minutos.

Esa idea —la atención como forma de amor y de ética— es quizá su regalo más valioso para nuestro tiempo. Vivimos en la era de la distracción industrializada. Nuestros teléfonos nos interrumpen cada once segundos. Nuestras conversaciones son monólogos alternados. Murdoch escribía sobre personajes que fracasan precisamente porque no pueden ver a los demás tal como son, solo como proyecciones de sus deseos. Si eso no te suena al último desastre de tu vida sentimental, enhorabuena: eres la excepción.

Hay otro aspecto de Murdoch que merece rescatarse del olvido: su vida personal era tan novelesca como sus libros. Mantuvo relaciones simultáneas con hombres y mujeres durante décadas. Se casó con John Bayley, un académico que parecía sacado de una de sus propias novelas —despistado, tierno, ligeramente absurdo— y que la cuidó hasta el final. La película «Iris» (2001), con Judi Dench y Kate Winslet, capturó algo de esa historia, pero inevitablemente la simplificó. La Murdoch real era más compleja, más contradictoria y más interesante que cualquier versión cinematográfica.

Sus detractores —que los tiene, y son ruidosos— le acusan de escribir novelas demasiado largas, demasiado pobladas de personajes, demasiado filosóficas. Es una crítica curiosa en una época que celebra series de televisión de setenta horas. Murdoch escribía novelas corales porque entendía algo fundamental: la vida no tiene un solo protagonista. El mundo está lleno de personas que creen ser el centro del universo, y la ficción que solo muestra una conciencia a la vez es cómplice de esa ilusión.

Lo más perturbador de releer a Murdoch hoy es descubrir cuánto se adelantó a conversaciones que creemos nuevas. La crisis de la masculinidad, la confusión entre deseo y amor, la incapacidad de distinguir lo que queremos de lo que necesitamos, el autoengaño como modo de supervivencia. Todo está ahí, diseccionado con una inteligencia que no necesitaba hashtags para ser relevante.

Veintisiete años después de su muerte, Iris Murdoch sigue siendo esa amiga incómoda que te dice lo que no quieres oír en el peor momento posible. Sus novelas no consuelan; diagnostican. No entretienen en el sentido pasivo de la palabra; te obligan a mirarte en un espejo que no tiene filtros de Instagram. Y en un mundo que ha perfeccionado el arte de no mirarse, eso no es un legado literario. Es un acto de resistencia.

Artículo 6 feb, 11:07

Iris Murdoch: La filósofa que escribía novelas como trampas para ratones intelectuales

Hace exactamente 27 años, el 8 de febrero de 1999, Iris Murdoch dejó de respirar en Oxford, pero sus libros siguen respirando por nosotros. Y no me refiero a esa respiración tranquila de los clásicos que descansan en estanterías polvorientas. Hablo de una respiración agitada, incómoda, como la de alguien que acaba de descubrir que su mejor amigo se acuesta con su esposa y, además, le parece filosóficamente justificable.

Si nunca has leído a Murdoch, déjame advertirte: no vas a salir ileso. Esta mujer, que parecía una profesora de Oxford perfectamente respetable con sus cardigans y su pelo revuelto, escribía novelas que funcionan como espejos deformantes en una feria del terror moral. Te miras y piensas: «Ese monstruo no puedo ser yo». Spoiler: sí puedes.

Tomemos «El mar, el mar» (The Sea, the Sea), que le valió el Booker Prize en 1978. El protagonista, Charles Arrowby, es un director de teatro retirado que decide escribir sus memorias junto al mar. Suena idílico, ¿verdad? Pues resulta que Charles es un narcisista de manual que secuestra a su amor de juventud —ahora una señora mayor y perfectamente feliz— porque él ha decidido que ella necesita ser rescatada. Es como si Don Quijote hubiera tenido un hijo con Humbert Humbert y ese hijo hubiera estudiado en Cambridge. Murdoch no te pide que juzgues a Charles; te obliga a reconocer que tú también has construido narrativas absurdas sobre personas que apenas conoces.

«Under the Net» (Bajo la red), su primera novela publicada en 1954, es otra cosa completamente distinta. Jake Donaghue es un escritor fracasado que vive de traducciones y del sofá de sus amigos. La novela es una persecución absurda por el Londres de posguerra, con robos de perros, conversaciones filosóficas en pubs y una estrella de cine que podría o no estar enamorada del protagonista. Parece una comedia ligera hasta que te das cuenta de que Murdoch está hablando sobre el lenguaje, sobre cómo las palabras nos atrapan en redes de significado que nunca elegimos. Jake pasa toda la novela persiguiendo fantasmas porque no sabe escuchar lo que la gente realmente le dice. ¿Te suena familiar? A mí me suena a cada conversación de WhatsApp que he tenido en los últimos cinco años.

Y luego está «The Black Prince» (El príncipe negro), que es probablemente la novela más retorcida de Murdoch, y eso ya es decir mucho. Bradley Pearson, un escritor de cincuenta y ocho años, se enamora perdidamente de Julian, la hija de veinte años de su rival literario. Antes de que salgas corriendo: Murdoch no romantiza nada. Lo que hace es diseccionar el enamoramiento con la precisión de un cirujano y el sadismo de un niño con una lupa y una hormiga. Bradley cree que su amor es puro, trascendente, shakespeariano. El lector ve a un hombre patético construyendo castillos de arena mientras la marea sube. La novela termina con cuatro epílogos contradictorios de diferentes personajes, porque Murdoch sabía que la verdad es un lujo que los humanos no podemos permitirnos.

Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿por qué deberíamos leer a Iris Murdoch en 2026? Vivimos en la era de TikTok, de la gratificación instantánea, de novelas que se pueden resumir en un hilo de Twitter. Murdoch escribía libros de quinientas páginas donde los personajes discuten sobre Platón mientras se acuestan con las parejas de sus amigos. No es exactamente material para un reel.

Y sin embargo, creo que la necesitamos más que nunca. Murdoch era filósofa antes que novelista —estudió con Wittgenstein, nada menos— y toda su obra gira alrededor de una idea central: el mayor pecado humano es la fantasía. No la imaginación creativa, sino esa tendencia que tenemos de inventarnos versiones de la realidad que nos favorecen. Nos contamos cuentos donde somos los héroes, donde nuestras intenciones son puras, donde los demás existen solo como personajes secundarios en nuestra película personal.

En una época donde cada uno vive en su burbuja algorítmica, donde las redes sociales nos permiten curarnos identidades perfectas, donde podemos bloquear cualquier voz que nos contradiga, Murdoch es el antídoto que nadie pidió pero todos necesitamos. Sus novelas son ejercicios de humillación controlada. Te obligan a ver que tus motivaciones son turbias, que tu percepción está sesgada, que probablemente estás equivocado sobre casi todo.

Hay algo más que hace a Murdoch terriblemente contemporánea: su tratamiento de las relaciones. Sus novelas están llenas de triángulos amorosos, cuadriláteros, polígonos de geometría imposible. La gente se enamora de quien no debe, desea lo que no tiene, destruye lo que ama. Y Murdoch nunca moraliza. No hay finales felices ni castigos ejemplares. Simplemente muestra el desastre y te deja sacar tus propias conclusiones. En tiempos de poliamor, de Tinder, de relaciones líquidas, sus novelas se sienten proféticas.

También está el pequeño detalle de que Murdoch murió de Alzheimer, y que su declive fue documentado por su esposo John Bayley en unas memorias desgarradoras que luego se convirtieron en película. Hay algo brutalmente irónico en que una mujer que dedicó su vida a explorar la mente humana perdiera la suya de esa manera. Pero también hay algo heroico: sus libros permanecen intactos, inmunes al deterioro, esperando a nuevos lectores que se atrevan a mirarse en sus páginas.

Si tuviera que recomendar por dónde empezar, diría que «Under the Net» es la entrada más amable al universo Murdoch. Es divertida, rápida, accesible. Si sobrevives, pasa a «El mar, el mar». Si después de eso sigues en pie, «The Black Prince» te rematará de la mejor manera posible.

Iris Murdoch lleva 27 años muerta, pero sus novelas siguen haciendo lo que siempre hicieron: recordarnos que somos mucho más complicados, más egoístas y más ciegos de lo que queremos admitir. Y que precisamente por eso, la literatura importa. Porque a veces necesitamos que una señora británica con cardigan nos agarre de las solapas y nos diga: «Mira. Mira de verdad». Y si eso no es un legado, no sé qué lo es.

Artículo 5 feb, 01:21

Iris Murdoch: La filósofa que escribía novelas como quien lanza cócteles molotov al corazón

Hace 27 años murió una mujer que fumaba como chimenea, bebía como cosaca y escribía como si el diablo le dictara al oído. Iris Murdoch no era una novelista cualquiera: era una filósofa de Oxford que decidió que la academia era demasiado aburrida y que la mejor manera de explorar la condición humana era inventando personajes tan retorcidos como fascinantes. Hoy, mientras el mundo literario la recuerda con reverencia académica, yo prefiero recordarla como realmente era: una provocadora con pluma de acero.

Pero empecemos por lo escandaloso, que siempre es más divertido. Murdoch mantuvo relaciones simultáneas con hombres y mujeres durante décadas, mientras su marido John Bayley lo sabía perfectamente y escribía crítica literaria como si nada. Cuando le preguntaban sobre el amor, ella respondía con la misma naturalidad con la que explicaba a Platón: el amor es atención, decía, y ella prestaba mucha atención a mucha gente. Esta filosofía vital no era hipocresía victoriana disfrazada; era coherencia brutal con sus propias ideas sobre la libertad y el deseo humano.

¿Y sus novelas? Miren, si no han leído "The Sea, the Sea" están perdiéndose uno de los retratos más despiadados del ego masculino jamás escritos. Charles Arrowby, el protagonista, es un director de teatro retirado que se obsesiona con su amor de juventud hasta límites que harían sonrojar a cualquier acosador contemporáneo. Murdoch ganó el Booker Prize con esta novela en 1978, y los jueces probablemente no se dieron cuenta de que estaban premiando una disección quirúrgica de la vanidad masculina disfrazada de novela sobre el mar y la memoria.

"Under the Net", su primera novela, es otra cosa completamente distinta. Jake Donaghue es un traductor fracasado que deambula por Londres persiguiendo mujeres, perros y revelaciones filosóficas con la misma energía caótica. Publicada en 1954, esta novela es básicamente lo que pasaría si Wittgenstein escribiera comedia romántica mientras está borracho. Los críticos la clasificaron como "novela filosófica", pero seamos honestos: es una buddy movie existencialista con más alcohol que cualquier película de los hermanos Coen.

Y luego está "The Black Prince", que es Murdoch en estado puro: un escritor mediocre se enamora perdidamente de la hija adolescente de su rival literario. Sí, suena terrible. Sí, es incómodo. Y sí, es absolutamente brillante. Murdoch no escribía para que nos sintiéramos cómodos; escribía para que nos miráramos al espejo y viéramos todas las contradicciones que preferimos ignorar. La novela incluye múltiples epílogos donde diferentes personajes contradicen la versión del narrador, porque la verdad, para Murdoch, siempre era un animal escurridizo.

Lo que hace que Murdoch siga siendo relevante hoy no es su prosa elegante ni sus tramas intrincadas. Es su absoluta negativa a simplificar la experiencia humana. En una época donde las redes sociales nos obligan a reducirnos a eslóganes y posiciones binarias, leer a Murdoch es como recibir una bofetada de complejidad. Sus personajes son simultáneamente heroicos y patéticos, generosos y egoístas, brillantes y estúpidos. Como todos nosotros, vamos.

Su filosofía del amor como "atención desinteresada a la realidad" suena cursi hasta que te das cuenta de lo radical que es. En un mundo donde el amor se ha convertido en transacción, donde las aplicaciones de citas nos hacen evaluar personas como si fueran productos de Amazon, Murdoch nos recuerda que amar de verdad significa ver al otro como realmente es, no como queremos que sea. Spoiler: casi nadie en sus novelas lo consigue, y eso es precisamente el punto.

La ironía cruel es que Murdoch pasó sus últimos años con Alzheimer, perdiendo gradualmente esa mente extraordinaria que había cartografiado los laberintos del deseo y la moralidad. John Bayley escribió un memoir sobre esos años que luego se convirtió en película con Kate Winslet y Judi Dench. Hollywood, siempre tan predecible, se enfocó en la tragedia del deterioro más que en la gloria de la creación. Típico.

Pero aquí está la cosa: 27 años después de su muerte, mientras escritores contemporáneos se pelean en Twitter por quién es más auténtico y las listas de bestsellers están dominadas por thrillers formulaicos y romances predecibles, las novelas de Murdoch siguen ahí, esperando como minas terrestres intelectuales. Cada vez que alguien las descubre, explota algo en su cerebro. La certeza moral se desmorona. Las categorías simples de bueno y malo se vuelven borrosas. Y de repente, el lector se encuentra pensando en sus propias contradicciones a las tres de la mañana.

Murdoch escribió 26 novelas, varios tratados filosóficos, obras de teatro y poesía. Era una máquina de producir pensamiento complejo empaquetado en narrativa adictiva. Comparada con ella, la mayoría de los escritores contemporáneos parecen estar jugando a las canicas mientras ella construía catedrales. Puede sonar elitista, pero a veces la verdad es elitista, y Murdoch habría sido la primera en decirlo mientras encendía otro cigarrillo.

Así que hoy, en este aniversario que probablemente pasará desapercibido para la mayoría, levanto mi copa imaginaria por Iris Murdoch. Por la mujer que demostró que se puede ser filósofa rigurosa y novelista popular. Por la escritora que se negó a elegir entre complejidad intelectual y entretenimiento genuino. Por la provocadora que nos enseñó que la moral no es un código de reglas sino una práctica constante de atención. Y sobre todo, por recordarnos que la literatura no está para hacernos sentir bien, sino para hacernos pensar mejor. Que es, al final, lo mismo.

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