Dostoievski lleva 145 años muerto y sigue entendiéndote mejor que tu terapeuta
Hace exactamente 145 años, el 9 de febrero de 1881, Fiódor Dostoievski exhaló su último suspiro en San Petersburgo. El hombre que había sobrevivido a un simulacro de fusilamiento, a los trabajos forzados en Siberia y a una adicción al juego que habría hecho palidecer a cualquier ludópata moderno, finalmente se rindió ante un enfisema pulmonar. La ironía es deliciosa: después de desafiar a la muerte tantas veces, fue su propio cuerpo el que lo traicionó.
Pero aquí está lo verdaderamente perturbador: este señor barbudo del siglo XIX sigue siendo más relevante para entender tu crisis existencial de las tres de la madrugada que cualquier influencer de bienestar emocional. Y no, no exagero.
Pensemos en Raskólnikov, el protagonista de «Crimen y castigo». Un estudiante universitario endeudado, convencido de que es especial, de que las reglas no aplican para él, que comete un crimen atroz y luego se pasa el resto de la novela autodestruyéndose por la culpa. ¿Te suena? Cambia el hacha por un teclado y tienes a medio internet justificando sus peores decisiones con teorías elaboradas sobre por qué ellos son la excepción. Dostoievski entendió el narcisismo moral antes de que existiera Instagram.
Y luego está el príncipe Mishkin de «El idiota», probablemente el personaje más trágico de toda la literatura universal. Un hombre genuinamente bueno, sin cinismo, sin dobles intenciones, que intenta navegar una sociedad podrida. ¿El resultado? Todos lo destruyen. No por maldad consciente, sino porque la bondad pura es insoportable para quienes han normalizado la corrupción emocional. Es como ver a alguien sincero en una reunión de trabajo donde todos fingen: incómodo para todos, devastador para él.
«Los hermanos Karamázov» es otra cosa. Es el testamento filosófico de un hombre que pasó décadas peleándose con Dios, con la razón y consigo mismo. La famosa frase «Si Dios no existe, todo está permitido» se ha convertido en el eslogan favorito de quienes nunca leyeron el libro completo. Porque Dostoievski no ofrece respuestas fáciles. Iván Karamázov, el intelectual ateo, construye argumentos devastadores contra la existencia de un Dios benevolente. Su «Gran Inquisidor» es quizás el texto más brutal jamás escrito sobre la religión organizada. Pero al final, Iván se vuelve loco. ¿Es un castigo divino? ¿Una consecuencia psicológica de negar el sentido? Dostoievski te deja solo con la pregunta, ese bastardo genial.
Lo que hace a Dostoievski incómodo para los lectores modernos es que se niega a darte permiso para ser mediocre. En una época donde celebramos la «autenticidad» como excusa para no mejorar, sus personajes están constantemente siendo confrontados con sus propias mentiras. Nadie en sus novelas puede esconderse detrás de un trauma de infancia o una circunstancia difícil. Sí, entiende el sufrimiento humano como pocos. Pero también exige responsabilidad. Es el amigo que te dice la verdad cuando estás siendo un idiota, no el que te valida para que sigas siéndolo.
Hay algo casi profético en cómo anticipó las patologías del siglo XXI. El hombre del subsuelo, ese narrador resentido y autoconsciente de «Memorias del subsuelo», es básicamente el primer incel de la literatura. Un tipo que odia a la sociedad porque la sociedad no lo reconoce como el genio que cree ser, que sabotea sus propias relaciones y luego culpa al mundo. Publicado en 1864. Ciento sesenta años después, Reddit está lleno de sus descendientes espirituales.
Pero reducir a Dostoievski a un profeta del pesimismo sería injusto. Sus novelas están llenas de momentos de gracia inesperada, de redención posible aunque nunca garantizada. Sonia en «Crimen y castigo», Aliosha en «Los Karamázov»: personajes que eligen la compasión no porque sea fácil o les convenga, sino porque han decidido que el cinismo es una forma de cobardía. En un mundo que premia el sarcasmo como señal de inteligencia, Dostoievski sugiere que la verdadera sofisticación está en mantener la capacidad de creer en algo.
¿Por qué seguimos leyéndolo? Porque Netflix aún no ha descubierto cómo adaptar la angustia existencial en formato de ocho episodios con final satisfactorio. Porque las redes sociales nos dan dopamina pero no sentido. Porque a las tres de la madrugada, cuando el algoritmo ya no tiene nada nuevo que mostrarte y te quedas solo con tus pensamientos, descubres que las preguntas que te atormentan son las mismas que atormentaban a un ruso tuberculoso hace siglo y medio.
Dostoievski no te hace sentir mejor. Te hace sentir comprendido, que es radicalmente diferente y mucho más valioso. Leerlo es como tener una conversación con alguien que ha visto lo peor del alma humana y aún así se niega a mirar hacia otro lado. Es incómodo. Es agotador. Y es absolutamente necesario.
Así que hoy, 145 años después de su muerte, levanta una copa por Fiódor Mijáilovich. Por el hombre que convirtió sus demonios en literatura y nos regaló un espejo donde todavía podemos reconocernos, aunque no siempre nos guste lo que vemos. En un mundo obsesionado con el bienestar superficial, él nos recuerda que la salud del alma requiere enfrentar verdades que preferimos ignorar. Y eso, querido lector, no tiene fecha de caducidad.
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