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Artículo 6 feb, 13:09

Arthur Miller: El dramaturgo que nos sigue abofeteando desde la tumba (y nos lo merecemos)

Hace 21 años que Arthur Miller dejó de respirar, pero sus obras siguen respirando por nosotros, incómodamente cerca de nuestras nucas. Si crees que "Muerte de un viajante" es solo una obra sobre un vendedor deprimido de los años cuarenta, déjame decirte que probablemente tienes a un Willy Loman en tu espejo del baño cada mañana. Miller no escribía teatro; escribía autopsias de sociedades que aún no habían muerto.

El tipo nació en 1915 en Harlem, hijo de inmigrantes judíos polacos, y murió el 10 de febrero de 2005 en Roxbury, Connecticut. Entre esas dos fechas, se dedicó sistemáticamente a hacernos sentir incómodos con nosotros mismos. Y qué bien lo hizo, el muy cabrón.

Empecemos por "Todos mis hijos" (1947), su primer éxito comercial. La premisa es sencilla pero devastadora: un fabricante de piezas de avión vende material defectuoso durante la Segunda Guerra Mundial, causando la muerte de varios pilotos. Cuando su propio hijo descubre la verdad, el padre intenta justificarse con el argumento más capitalista de todos: "Lo hice por la familia". ¿Te suena? Es el mismo argumento que usan los ejecutivos farmacéuticos, los banqueros de hipotecas basura y básicamente cualquiera que anteponga el beneficio privado al bien común. Miller escribió esto hace 78 años y sigue siendo el guion de las noticias de las ocho.

"Muerte de un viajante" llegó dos años después, en 1949, y ganó el Pulitzer. Willy Loman es el empleado perfecto del sistema: cree fervientemente en el sueño americano, trabaja toda su vida vendiendo no sabemos muy bien qué, y al final descubre que el sistema nunca creyó en él. Lo desechan como a un limón exprimido. Hoy, con la economía gig, los contratos temporales y la uberización del trabajo, Willy Loman no es un personaje anticuado; es profético. Es tu padre, tu tío, quizás tú mismo preguntándote si has sido lo suficientemente productivo para merecer existir.

Pero si quieres la obra que mejor retrata nuestra era de cancelaciones, linchamientos digitales y cacerías de brujas ideológicas, no busques más allá de "El crisol" (1953). Miller escribió esta pieza sobre los juicios de Salem de 1692 como una alegoría del macartismo, esa época gloriosa en que bastaba con señalar a alguien de comunista para destruir su carrera y su vida. El senador McCarthy y su comité pedían nombres, siempre nombres. ¿Quién más es comunista? ¿Quién más piensa diferente? ¿Quién más merece ser purgado?

Miller, por cierto, fue citado ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1956. Se negó a dar nombres de colegas supuestamente comunistas y fue condenado por desacato al Congreso. La condena fue revocada después, pero el gesto quedó: aquí hay un tipo que practicaba lo que predicaba. No como esos dramaturgos de salón que escriben sobre la integridad moral mientras negocian sus principios en la barra libre.

Lo fascinante de "El crisol" es cómo se reinventa con cada generación. En los cincuenta era sobre el macartismo. En los ochenta se leía como crítica a los fundamentalismos religiosos. Hoy, en la era de Twitter y las cancelaciones instantáneas, es un manual de supervivencia. Las turbas digitales funcionan exactamente como las de Salem: una acusación, ninguna defensa posible, juicio sumario. Cambia "bruja" por cualquier etiqueta contemporánea y tienes el mismo mecanismo de histeria colectiva que Miller diseccionó hace siete décadas.

Y aquí viene lo incómodo: Miller no nos permite sentirnos superiores. Sus villanos no son monstruos; son gente normal haciendo cálculos normales. Joe Keller en "Todos mis hijos" quiere proteger a su familia. Los acusadores de Salem creen genuinamente que están salvando almas. Willy Loman solo quiere ser querido. El mal, en el universo de Miller, no viene de la maldad sino de la cobardía ordinaria, de las pequeñas traiciones cotidianas que cometemos para encajar, para progresar, para sobrevivir.

El tipo también tuvo una vida personal que parecía escrita por él mismo. Se casó tres veces, incluyendo un matrimonio de cinco años con Marilyn Monroe que terminó como terminan esas cosas: mal. Pero incluso en su vida amorosa había material dramático de primera. Escribió "Después de la caída" en 1964, una obra semiautobiográfica que incluía un personaje claramente basado en Monroe, muerta dos años antes. Los críticos lo acusaron de explotar la tragedia. Miller se defendió diciendo que un escritor escribe sobre lo que conoce. Tenía razón, aunque eso no lo hacía menos despiadado.

Lo que más me fascina de Miller es su negativa absoluta a darnos finales felices fáciles. Sus obras terminan en suicidios, deshonras, familias destrozadas. Pero no es pesimismo gratuito; es realismo moral. Nos está diciendo: mira, estas son las consecuencias de nuestras decisiones colectivas. Podemos elegir diferente, pero primero tenemos que ver claramente lo que estamos eligiendo.

Veintiún años después de su muerte, seguimos necesitando ese espejo brutal. En una época donde preferimos las ficciones reconfortantes, donde los algoritmos nos alimentan solo lo que queremos oír, donde la verdad incómoda se etiqueta como "contenido negativo", Miller es más necesario que nunca. Sus obras son vacunas contra la autocomplacencia.

Así que la próxima vez que alguien te diga que el teatro clásico es irrelevante, que Miller es cosa del pasado, invítalo a leer "El crisol" mientras scrollea las tendencias de Twitter. O ponle "Muerte de un viajante" después de una reunión de evaluación de desempeño. O léele "Todos mis hijos" tras el último escándalo corporativo.

Arthur Miller lleva 21 años muerto, pero sus fantasmas siguen cenando con nosotros cada noche. Y seguirán haciéndolo mientras sigamos construyendo los mismos infiernos que él describió con tanta precisión. El viejo dramaturgo sabía algo que preferimos olvidar: las tragedias no son accidentes. Son decisiones. Y las seguimos tomando.

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