Feed de Contenido

Descubre contenido interesante sobre libros y escritura

Artículo 14 feb, 10:14

Umberto Eco lo advirtió todo: conspiraciones, fake news y fanáticos — y nadie le hizo caso

Hace diez años moría Umberto Eco y el mundo lo despidió como se despide a un abuelo sabio: con cariño, con respeto y con la secreta certeza de que no habíamos entendido ni la mitad de lo que nos dijo. Hoy, en 2026, mientras algoritmos nos recomiendan qué pensar y los conspiranoicos tienen podcast propio, las novelas de Eco no parecen ficción: parecen profecías escritas con ironía medieval y tinta envenenada.

Pero empecemos por el principio, que con Eco nunca es donde uno cree. En 1980, un semiólogo italiano — es decir, un tipo que estudiaba los signos y los símbolos, algo que suena a desempleo garantizado — publicó una novela policiaca ambientada en una abadía del siglo XIV. Se llamaba El nombre de la rosa. Sus editores temblaban. ¿Quién iba a comprar un thriller con debates teológicos sobre la risa de Aristóteles? Respuesta: cincuenta millones de personas. Cincuenta millones. Para ponerlo en perspectiva, eso es más que la población de España entera decidiendo que sí, que un monje ciego envenenando libros era el entretenimiento que necesitaban.

Lo genial de El nombre de la rosa no era solo su trama — que funciona como relojería suiza empapada en incienso — sino lo que escondía debajo. Eco escribió una novela sobre el miedo al conocimiento. Sobre instituciones que prefieren quemar libros antes que permitir que la gente piense por sí misma. Jorge de Burgos, el monje villano, no mataba por maldad: mataba porque estaba convencido de que la risa destruiría la fe. Que la gente que se ríe deja de obedecer. Díganme que eso no les suena a cualquier debate actual sobre censura en redes sociales y les diré que no están prestando atención.

Pero si El nombre de la rosa fue un disparo certero, El péndulo de Foucault, publicado en 1988, fue una bomba de fragmentación intelectual. Tres editores aburridos deciden inventarse una conspiración mundial como broma. Mezclan templarios, masones, cábala, sociedades secretas y un plan maestro que conecta todo con todo. El problema es que la gente empieza a creérselo. Y cuando la gente cree en una conspiración, la conspiración se vuelve real — no porque sea verdad, sino porque los creyentes actúan como si lo fuera.

Relean ese párrafo. Ahora piensen en QAnon. En las teorías sobre el Gran Reseteo. En los grupos de Telegram donde alguien conecta las vacunas con las antenas 5G con los Illuminati con el precio del aguacate. Eco escribió eso en 1988. Treinta y ocho años antes de que viviéramos exactamente lo que él describió. No era un profeta; era un tipo que entendía cómo funciona la mente humana cuando se le da rienda suelta para buscar patrones donde no los hay.

Y aquí viene lo verdaderamente incómodo: Eco no solo se burlaba de los conspiranoicos. Se burlaba de los intelectuales que los alimentan. En El péndulo de Foucault, los protagonistas son cultos, irónicos, sofisticados. Juegan con el conocimiento como quien juega con fuego en un almacén de gasolina. Y cuando todo explota, no pueden decir que no sabían. Eco nos advirtió que la erudición sin responsabilidad es tan peligrosa como la ignorancia. Quizás más, porque viene con bibliografía.

Hay una frase de Eco que circula por internet — irónicamente, dado lo que opinaba sobre internet — que dice: «Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad.» La dijo en 2015, un año antes de morir, y cada día que pasa suena menos como provocación y más como diagnóstico clínico. Lo fascinante es que Eco no despreciaba a la gente común. Despreciaba la ilusión de que tener acceso a la información equivale a tener conocimiento. Google no te hace sabio. Wikipedia no te hace erudito. Y tener opinión no te hace pensador.

Lo que más me fascina de Eco, diez años después, es que logró algo que casi ningún intelectual del siglo XX consiguió: ser simultáneamente popular y profundo. Sus novelas vendían millones y al mismo tiempo podías escribir una tesis doctoral sobre cada capítulo. No rebajó el listón; obligó al lector a saltar más alto. Y el lector saltó. Eso dice algo hermoso sobre la humanidad: que cuando alguien nos trata como adultos inteligentes, respondemos como adultos inteligentes. La condescendencia literaria — esos bestsellers escritos con vocabulario de ochocientas palabras — es una elección, no una necesidad.

Eco fue también un teórico brillante, aunque eso se menciona menos porque la teoría no vende periódicos. Su concepto de la «obra abierta», formulado en 1962, anticipó toda la cultura participativa que hoy damos por sentada. La idea de que una obra de arte no se completa hasta que el lector, el espectador o el usuario la interpreta. Suena obvio ahora, en la era de los memes y el fan fiction, pero en 1962 era dinamita académica. Eco estaba diciendo que el autor no es Dios. Que el significado se negocia, se construye, se pelea. Cada vez que alguien reinterpreta una película en TikTok, está haciendo semiótica sin saberlo. Eco se reiría.

Y hablando de risa: ese es quizás el legado más subestimado de Eco. El hombre era genuinamente gracioso. No con el humor fácil del sarcasmo, sino con esa ironía de capas múltiples donde cada relectura revela otro chiste escondido. En sus columnas periodísticas — recogidas en libros como Cómo viajar con un salmón — demostraba que la inteligencia y el humor no solo son compatibles, sino inseparables. La risa como herramienta de conocimiento. Exactamente lo que Jorge de Burgos, su propio villano, temía.

Hay algo poéticamente circular en eso: Eco pasó su vida defendiendo que la risa y el saber van de la mano, y creó un villano literario inmortal que encarna lo contrario. En cierto modo, cada vez que alguien intenta prohibir un libro, cancelar una idea o silenciar un chiste, Jorge de Burgos resucita un poco. Y cada vez que alguien lee, pregunta, duda y se ríe, Eco gana la partida.

Diez años sin Umberto Eco. Diez años en los que el mundo se ha convertido exactamente en lo que él describió: un laberinto de signos, conspiraciones imaginarias y bibliotecas infinitas al alcance de un dedo — que usamos principalmente para ver videos de gatos. Pero también diez años en los que sus libros siguen vendiéndose, siguen leyéndose, siguen incomodando. Y eso, en un mundo donde la mayoría de los bestsellers tienen la vida útil de un yogur, es el mayor homenaje posible.

Si no han leído a Eco, empiecen por El nombre de la rosa. Si ya lo leyeron, reléanlo. Les prometo que van a encontrar cosas que no vieron la primera vez. Esa es la marca de un genio: no el que te deslumbra una vez, sino el que te espera pacientemente a que estés listo para entender lo que siempre estuvo ahí.

Artículo 13 feb, 15:19

Umberto Eco murió hace diez años y seguimos sin entender sus libros (y eso es lo mejor)

Umberto Eco murió hace diez años y seguimos sin entender sus libros (y eso es lo mejor)

Hace exactamente una década, el 19 de febrero de 2016, se apagó el cerebro más laberíntico de la literatura contemporánea. Umberto Eco se fue dejándonos con la boca abierta, con estanterías repletas de libros que la mitad de la gente compró y nunca terminó, y con la incómoda sospecha de que sabía algo sobre el mundo que nosotros todavía no hemos descifrado.

Si alguien te dice que leyó El nombre de la rosa de un tirón y lo entendió todo a la primera, te está mintiendo. O es un medievalista retirado. O ambas cosas. Esa novela, publicada en 1980, hizo algo que parecía imposible: convirtió una disputa teológica del siglo XIV sobre si Jesús se rio alguna vez en un thriller más adictivo que cualquier novela policial de aeropuerto. Eco metió a Aristóteles, a Sherlock Holmes, a la Inquisición y a un monje ciego envenenador en un monasterio benedictino, y el resultado fue que treinta millones de personas en todo el mundo compraron un libro donde se discute semiótica durante trescientas páginas. Treinta millones. Hay países con menos habitantes.

Pero aquí viene lo verdaderamente perturbador. El nombre de la rosa no fue su golpe maestro más profético. Ese honor le corresponde a El péndulo de Foucault, publicado en 1988, un libro que prácticamente nadie terminó —seamos honestos— pero que describió con precisión quirúrgica el mundo en el que vivimos hoy. La trama es sencilla en su núcleo: tres editores aburridos deciden inventarse una conspiración mundial como broma, mezclando templarios, masones, cábalas y sociedades secretas. El chiste se les escapa de las manos. La gente empieza a creer en la conspiración inventada. Y la ficción se convierte en algo más peligroso que la realidad.

¿Te suena? Debería. Estamos viviendo en el mundo que Eco imaginó. QAnon, las teorías sobre el Gran Reemplazo, los terraplanistas, los antivacunas que citan estudios de YouTube como si fueran publicaciones del Lancet... Eco escribió el manual de instrucciones de la era de la desinformación treinta años antes de que existiera Facebook. En El péndulo de Foucault demostró que la mente humana tiene una necesidad patológica de encontrar patrones donde no los hay, de conectar puntos que no tienen relación alguna, y que una vez que alguien cree en una conspiración, ninguna evidencia en contra es suficiente. Al contrario: la evidencia en contra se convierte en prueba de que la conspiración es aún más profunda.

Y luego está esa frase suya que circula por internet como si la hubiera tuiteado ayer: «Las redes sociales le dieron el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes solo hablaban en el bar después del tercer vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Entonces eran rápidamente silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los necios.» La dijo en 2015, un año antes de morir. Un año antes de Trump. Un año antes de que el Brexit demostrara que tenía razón con una puntualidad escalofriante.

Pero sería injusto reducir a Eco al papel de Casandra intelectual. El hombre era, ante todo, divertidísimo. Tenía esa cualidad rarísima entre los académicos de alto vuelo: no se tomaba demasiado en serio. Escribió un ensayo memorable sobre la filosofía del bar — literalmente, sobre por qué los italianos toman el café de pie y los estadounidenses sentados, y qué dice eso sobre sus respectivas culturas. Recopiló sus columnas humorísticas en libros como Segundo diario mínimo, donde parodiaba desde los programas de televisión hasta la burocracia universitaria con un bisturí que cortaba sin que la víctima se diera cuenta del tajo hasta tres párrafos después.

Su biblioteca personal tenía más de treinta mil volúmenes. Cuando alguien le preguntaba si los había leído todos, respondía: «No, estos son los que todavía tengo que leer. Los que ya leí están en la universidad.» Esa respuesta contiene toda su filosofía en una cáscara de nuez: lo importante no es lo que sabes, sino la conciencia de lo que no sabes. En un mundo donde todo el mundo opina sobre todo con la seguridad de un cirujano, Eco nos recordaba que la verdadera erudición empieza por admitir la propia ignorancia.

Como semiólogo —ese título que suena a enfermedad pero que básicamente significa «el tipo que estudia cómo los signos significan cosas»— transformó la manera en que entendemos la cultura popular. Fue de los primeros intelectuales serios en decir que Superman, James Bond y los programas de televisión merecían ser estudiados con el mismo rigor que Dante o Shakespeare. Su libro Apocalípticos e integrados, de 1964, sigue siendo la mejor defensa jamás escrita de que la cultura de masas no es basura por el simple hecho de ser masiva. Hoy eso parece obvio. En 1964, decirlo en una universidad italiana equivalía a presentarse a una cena formal en pijama.

Su influencia se filtra en lugares inesperados. Dan Brown ha admitido abiertamente que El código Da Vinci no existiría sin El péndulo de Foucault, lo cual es como decir que un vaso de agua no existiría sin el océano, pero al menos fue honesto. La serie The Name of the Rose de 2019, con John Turturro, devolvió a Guillermo de Baskerville a la pantalla, recordándonos que el monje detective de Eco sigue siendo más interesante que el noventa por ciento de los protagonistas que produce Hollywood. Y cada vez que un escritor contemporáneo mezcla erudición con entretenimiento —pensemos en Carlos Ruiz Zafón, en Arturo Pérez-Reverte, en Donna Tartt— está caminando por un sendero que Eco desbrozó con su machete intelectual.

Diez años después de su muerte, la pregunta no es si Eco sigue siendo relevante. La pregunta es si alguna vez lo fue tanto como ahora. Vivimos en su novela. Estamos rodeados de péndulos de Foucault que oscilan entre la verdad y la mentira, y hemos perdido la capacidad de distinguir cuándo el péndulo señala un hecho y cuándo señala una conspiración inventada en un sótano de internet.

Eco nos dejó algo más valioso que novelas brillantes: nos dejó un método. Leer mucho. Dudar de todo. Reírse especialmente de lo que parece más solemne. Y sobre todo, desconfiar de cualquiera que afirme tener todas las respuestas, porque como él mismo escribió en El nombre de la rosa, el diablo no es el que sabe demasiado, sino el que está demasiado seguro de lo que sabe.

Así que esta noche, brindemos por el profesor de Bolonia que nos enseñó a perdernos en bibliotecas laberínticas, a sospechar de las certezas y a encontrar la filosofía en un cómic de Superman. Diez años sin Eco, y su risa —esa risa erudita y peligrosa que Aristóteles prohibió y que un monje ciego intentó envenenar— sigue resonando más fuerte que nunca.

Artículo 13 feb, 06:41

Umberto Eco murió hace diez años y seguimos sin entender sus libros (y eso es lo mejor)

Hace exactamente una década, el 19 de febrero de 2016, Umberto Eco dejó de respirar en su apartamento de Milán rodeado de cincuenta mil libros. Sí, cincuenta mil. El tipo que nos enseñó que la erudición podía ser sexy, que un monje detective del siglo XIV podía atrapar lectores como lo haría cualquier thriller de aeropuerto, y que las teorías conspirativas eran peligrosamente divertidas antes de que internet las convirtiera en pandemia. Y aquí estamos, diez años después, viviendo en un mundo que Eco describió con precisión quirúrgica en sus novelas, sin que la mayoría se haya dado cuenta.

Empecemos por lo obvio: El nombre de la rosa. Publicada en 1980, vendió más de cincuenta millones de copias. Un semiótico italiano escribió una novela sobre monjes benedictinos que discuten sobre la risa de Aristóteles, envuelta en asesinatos dentro de una abadía laberíntica, y el mundo entero la devoró. Eso es como si un profesor de lingüística computacional escribiera hoy un bestseller sobre la disputa entre nominalistas y realistas medievales. Imposible, dirás. Eco lo hizo posible porque entendió algo que la mayoría de los intelectuales jamás comprenderán: la gente no le tiene miedo a lo complejo, le tiene miedo a lo aburrido.

Pero la obra que hoy resulta escalofriante no es El nombre de la rosa. Es El péndulo de Foucault, publicada en 1988. Si no la has leído, te la resumo brutalmente: tres editores aburridos deciden inventar una conspiración mundial conectando a los Templarios, los rosacruces, los masones y medio santoral oculto de la historia europea. Lo hacen como broma intelectual. El problema es que la conspiración empieza a cobrar vida propia porque la gente quiere creer en ella. Los personajes descubren, demasiado tarde, que una mentira repetida con suficiente convicción y estructura narrativa se convierte en algo más peligroso que la verdad.

¿Te suena? Debería. Vivimos sumergidos en el mundo que Eco satirizó hace casi cuarenta años. QAnon, las teorías sobre el Gran Reseteo, los terraplanistas, los antivacunas que citan estudios fraudulentos con la solemnidad de quien recita las Escrituras. Eco no predijo internet, pero predijo algo más profundo: predijo que el exceso de información no nos haría más sabios, sino más vulnerables a las narrativas seductoras. En una entrevista que hoy circula como profecía, dijo que las redes sociales darían "el derecho a hablar a legiones de idiotas" que antes "solo hablaban en el bar después del tercer vaso de vino". Brutal. Impopular. Exacto.

Lo que hacía a Eco diferente de cualquier otro intelectual de su generación era su negativa absoluta a separar la cultura alta de la baja. Era catedrático de semiótica en Bolonia, uno de los pensadores más respetados de Europa, y al mismo tiempo escribía ensayos apasionados sobre Superman, James Bond y los mecanismos narrativos de los programas de televisión. En 1964 publicó Apocalípticos e integrados, un libro que analizaba la cultura de masas con la misma seriedad con que otros analizaban a Dante. Sus colegas lo miraron con horror. El tiempo le dio la razón de forma aplastante.

Eco entendía que los cómics, las telenovelas y las novelas policiacas no eran basura cultural, sino los textos donde realmente se negociaba el imaginario colectivo. Mientras los académicos franceses discutían sobre la muerte del autor en simposios que nadie leía, Eco se sentaba a analizar por qué Casablanca funciona como mito moderno. Y tenía razón: hoy las series de televisión son el gran género narrativo de nuestra época, y la frontera entre alta y baja cultura se ha disuelto exactamente como él anticipó.

Pero hay algo más personal, más incómodo, en el legado de Eco. Sus novelas son difíciles. No piden permiso, no se disculpan por su densidad, no incluyen glosarios amables ni notas al pie condescendientes. La isla del día de antes requiere que sepas algo de filosofía del siglo XVII. Baudolino exige familiaridad con las Cruzadas y las leyendas medievales. El cementerio de Praga te obliga a confrontar los orígenes reales del antisemitismo europeo de una forma que no es nada cómoda. En una época donde los algoritmos nos alimentan contenido cada vez más digerido, cada vez más masticado, cada vez más infantil, releer a Eco es un acto de resistencia intelectual.

Y aquí viene la paradoja deliciosa: Eco era perfectamente consciente de que muchos compraban sus libros sin terminarlos. Se reía de ello. Decía que El nombre de la rosa funcionaba en múltiples niveles: podías leerlo como novela policiaca y disfrutarlo, o podías leerlo como tratado sobre hermenéutica medieval y disfrutarlo más. No exigía que el lector llegara al segundo nivel, pero dejaba la puerta abierta. Eso es generosidad intelectual, no elitismo. El elitista es el que cierra la puerta. Eco construía laberintos con múltiples salidas.

Su última novela, Número cero, publicada apenas un año antes de su muerte, fue recibida con tibieza por la crítica. Decían que era menor, que era panfletaria, que Eco ya no estaba en forma. Trataba sobre un periódico falso creado como herramienta de chantaje político y sobre cómo la desinformación se manufactura desde el poder. Publicada en 2015. Un año antes del Brexit. Un año antes de Trump. Dos años antes de Cambridge Analytica. Menor, decían.

Lo que más me fascina de Eco es que nunca dejó de ser profesor. Incluso en sus novelas más ambiciosas, hay una voluntad pedagógica que no es didactismo barato sino invitación genuina. Cuando en El nombre de la rosa describe la biblioteca laberíntica de la abadía, no solo está construyendo un escenario para su trama: está proponiendo una metáfora sobre el conocimiento como espacio peligroso, como territorio que puede liberar o aprisionar dependiendo de quién controle el acceso. Jorge de Burgos, el monje ciego que custodia los libros y decide cuáles pueden leerse, no es solo un villano medieval: es cada algoritmo, cada moderador, cada sistema que hoy filtra lo que podemos y no podemos saber.

Diez años sin Eco. Su biblioteca personal fue donada parcialmente al Estado italiano. Sus ensayos se siguen reeditando. Sus novelas aparecen en las listas de libros que la gente jura haber leído sin haberlo hecho. Pero su legado más vivo no está en las estanterías: está en cada vez que alguien reconoce una teoría conspirativa por su estructura narrativa antes de caer en ella, en cada vez que alguien se niega a aceptar que lo popular es necesariamente inferior, en cada vez que un lector acepta el desafío de un libro que no le pone las cosas fáciles.

Umberto Eco escribió en Apostillas a El nombre de la rosa que el autor debería morirse después de escribir, para no estorbar el camino del texto. Pues bien, se murió. Y sus textos no solo siguen vivos: cada año que pasa resultan más urgentes, más incómodamente precisos, más necesarios. Si eso no es inmortalidad literaria, no sé qué demonios lo es.

Artículo 13 feb, 03:56

Umberto Eco murió hace 10 años y seguimos sin entender sus libros — y eso es lo mejor que nos dejó

Umberto Eco murió hace 10 años y seguimos sin entender sus libros — y eso es lo mejor que nos dejó

Hace exactamente una década que Umberto Eco se fue de este mundo, y hay algo que me inquieta profundamente: seguimos hablando de él como si fuera un novelista. Es como decir que Leonardo da Vinci era un tipo que pintaba cuadros. Eco fue un monstruo intelectual que disfrazaba tratados filosóficos de thrillers medievales y vendía millones de copias haciéndolo. Mientras hoy los algoritmos deciden qué leemos, qué pensamos y qué compramos, las advertencias de un semiólogo italiano de gafas gruesas resultan más proféticas que nunca.

Pensemos un momento en lo que hizo con El nombre de la rosa. Publicada en 1980, es una novela que arranca con cien páginas describiendo la arquitectura de una abadía benedictina. Cien páginas. Sin acción. Sin sexo. Sin explosiones. Y vendió más de cincuenta millones de ejemplares. En una época donde los editores te dicen que el lector abandona si no hay un gancho en la primera línea, Eco demostró que la gente tiene hambre de complejidad, de que no la traten como idiota. Fray Guillermo de Baskerville no es solo un monje detective: es la encarnación de la idea de que pensar —pensar de verdad, con rigor y con duda— es el acto más subversivo que existe.

Pero aquí viene lo que nadie quiere admitir: la mayoría de quienes dicen amar El nombre de la rosa no la terminaron. Y está bien. Eco lo sabía. De hecho, lo disfrutaba. En sus Apostillas a El nombre de la rosa confesó que las primeras cien páginas eran una prueba de penitencia deliberada. Si no las soportabas, el libro no era para ti. Era un filtro, un examen de admisión. En un mundo donde todo se diseña para ser fácil, instantáneo y digerible, Eco construyó una puerta estrecha y dijo: pasa si te atreves.

Y luego llegó El péndulo de Foucault, en 1988, y la cosa se puso realmente seria. Si El nombre de la rosa era un thriller intelectual, El péndulo era una bomba de relojería cultural. Tres editores aburridos inventan una conspiración absurda mezclando templarios, cabalistas y sociedades secretas, solo para descubrir que la gente empieza a creer en ella. ¿Les suena familiar? Eco escribió el manual de las teorías conspirativas treinta años antes de QAnon, antes de los terraplanistas con canal de YouTube, antes de que tu tío compartiera en el grupo familiar que las vacunas llevan microchips. No fue ciencia ficción. Fue un diagnóstico anticipado de nuestra enfermedad colectiva: la necesidad desesperada de encontrar un patrón secreto detrás del caos.

Lo genial —y lo aterrador— de El péndulo de Foucault es que Eco no se burla de los conspiranoicos desde una torre de marfil. Muestra cómo cualquier persona inteligente puede caer en la trampa. Sus protagonistas son editores cultos, lectores voraces, tipos que se ríen de las teorías conspirativas mientras las fabrican como un juego. Y el juego se los traga. Eco entendió algo que las redes sociales confirman cada día: no hace falta ser tonto para creer en mentiras, basta con querer que el mundo tenga sentido.

Aquí es donde Eco se separa de casi todos sus contemporáneos. No era solo un narrador: era un semiólogo, un filósofo del lenguaje, un tipo que había dedicado décadas a estudiar cómo los signos nos manipulan. Mientras otros escritores se preocupaban por la trama y los personajes, Eco se preguntaba algo mucho más peligroso: ¿cómo funciona la mentira? ¿Qué hace que un texto sea convincente? ¿Por qué creemos lo que creemos? Su Tratado de semiótica general, publicado en 1976, es árido como el Sahara, pero contiene las herramientas para desarmar cualquier discurso —político, publicitario, religioso— pieza por pieza.

Y hablando de herramientas: Eco fue uno de los primeros intelectuales europeos en tomarse internet en serio, pero no como un evangelista tecnológico, sino como un analista frío. Su famosa frase de que las redes sociales dieron voz a legiones de idiotas que antes solo hablaban en el bar le valió toneladas de críticas. Pero seamos honestos: ¿estaba equivocado? Eco no despreciaba a la gente común. Despreciaba la ilusión de que tener un micrófono te convierte en alguien que tiene algo que decir. No es lo mismo. Y esa distinción, en 2026, vale oro.

Lo que más me fascina de su legado es cómo se las arregló para ser simultáneamente un académico respetado y un superventas mundial. Eso hoy es prácticamente imposible. Vivimos en un mundo donde la divulgación se ha convertido en simplificación, donde explicar algo complejo exige reducirlo a un hilo de Twitter o un video de noventa segundos. Eco hacía exactamente lo contrario: tomaba algo aparentemente simple —un asesinato en un monasterio, un péndulo en un museo— y lo convertía en un laberinto de referencias que podías recorrer durante años sin agotar. No bajaba al lector a su nivel; lo subía al suyo.

Su biblioteca personal tenía más de treinta mil libros. Pero lo verdaderamente revelador no era los que había leído, sino los que no. Eco defendía la idea de la «antibiblioteca»: los libros que no has leído son más importantes que los que sí, porque representan todo lo que aún no sabes. En una cultura que premia las respuestas rápidas y las certezas absolutas, Eco celebraba la ignorancia como motor del conocimiento. Cada libro no leído era una pregunta pendiente, una puerta sin abrir, una aventura posible.

Diez años después de su muerte, sus novelas siguen vendiéndose, sus ensayos siguen citándose y sus advertencias siguen ignorándose. Porque esa es la paradoja final de Umberto Eco: nos enseñó a detectar las trampas del lenguaje, a desconfiar de las narrativas demasiado perfectas, a sospechar de quien ofrece explicaciones totales para problemas complejos. Y nosotros, con todo ese conocimiento disponible, seguimos cayendo en cada una de esas trampas, una y otra vez, con la entusiasta determinación de quien tropieza con la misma piedra y culpa a la piedra.

Quizá por eso Eco sigue siendo necesario. No porque nos dé respuestas —nunca lo hizo—, sino porque nos recuerda que la pregunta correcta vale más que mil respuestas equivocadas. Y que un libro que no entiendes del todo es infinitamente más valioso que uno que entiendes antes de abrirlo. Diez años sin Eco, y el mundo sigue necesitando desesperadamente a alguien que nos obligue a pensar despacio en una época que nos exige pensar deprisa. El viejo profesor se fue, pero dejó la puerta del laberinto abierta. Entrar o no, como siempre, es cosa nuestra.

¿Nada que leer? ¡Crea tu propio libro y léelo! Como hago yo.

Crear un libro
1x

"Escribe con la puerta cerrada, reescribe con la puerta abierta." — Stephen King