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Artículo 13 feb, 06:41

Umberto Eco murió hace diez años y seguimos sin entender sus libros (y eso es lo mejor)

Hace exactamente una década, el 19 de febrero de 2016, Umberto Eco dejó de respirar en su apartamento de Milán rodeado de cincuenta mil libros. Sí, cincuenta mil. El tipo que nos enseñó que la erudición podía ser sexy, que un monje detective del siglo XIV podía atrapar lectores como lo haría cualquier thriller de aeropuerto, y que las teorías conspirativas eran peligrosamente divertidas antes de que internet las convirtiera en pandemia. Y aquí estamos, diez años después, viviendo en un mundo que Eco describió con precisión quirúrgica en sus novelas, sin que la mayoría se haya dado cuenta.

Empecemos por lo obvio: El nombre de la rosa. Publicada en 1980, vendió más de cincuenta millones de copias. Un semiótico italiano escribió una novela sobre monjes benedictinos que discuten sobre la risa de Aristóteles, envuelta en asesinatos dentro de una abadía laberíntica, y el mundo entero la devoró. Eso es como si un profesor de lingüística computacional escribiera hoy un bestseller sobre la disputa entre nominalistas y realistas medievales. Imposible, dirás. Eco lo hizo posible porque entendió algo que la mayoría de los intelectuales jamás comprenderán: la gente no le tiene miedo a lo complejo, le tiene miedo a lo aburrido.

Pero la obra que hoy resulta escalofriante no es El nombre de la rosa. Es El péndulo de Foucault, publicada en 1988. Si no la has leído, te la resumo brutalmente: tres editores aburridos deciden inventar una conspiración mundial conectando a los Templarios, los rosacruces, los masones y medio santoral oculto de la historia europea. Lo hacen como broma intelectual. El problema es que la conspiración empieza a cobrar vida propia porque la gente quiere creer en ella. Los personajes descubren, demasiado tarde, que una mentira repetida con suficiente convicción y estructura narrativa se convierte en algo más peligroso que la verdad.

¿Te suena? Debería. Vivimos sumergidos en el mundo que Eco satirizó hace casi cuarenta años. QAnon, las teorías sobre el Gran Reseteo, los terraplanistas, los antivacunas que citan estudios fraudulentos con la solemnidad de quien recita las Escrituras. Eco no predijo internet, pero predijo algo más profundo: predijo que el exceso de información no nos haría más sabios, sino más vulnerables a las narrativas seductoras. En una entrevista que hoy circula como profecía, dijo que las redes sociales darían "el derecho a hablar a legiones de idiotas" que antes "solo hablaban en el bar después del tercer vaso de vino". Brutal. Impopular. Exacto.

Lo que hacía a Eco diferente de cualquier otro intelectual de su generación era su negativa absoluta a separar la cultura alta de la baja. Era catedrático de semiótica en Bolonia, uno de los pensadores más respetados de Europa, y al mismo tiempo escribía ensayos apasionados sobre Superman, James Bond y los mecanismos narrativos de los programas de televisión. En 1964 publicó Apocalípticos e integrados, un libro que analizaba la cultura de masas con la misma seriedad con que otros analizaban a Dante. Sus colegas lo miraron con horror. El tiempo le dio la razón de forma aplastante.

Eco entendía que los cómics, las telenovelas y las novelas policiacas no eran basura cultural, sino los textos donde realmente se negociaba el imaginario colectivo. Mientras los académicos franceses discutían sobre la muerte del autor en simposios que nadie leía, Eco se sentaba a analizar por qué Casablanca funciona como mito moderno. Y tenía razón: hoy las series de televisión son el gran género narrativo de nuestra época, y la frontera entre alta y baja cultura se ha disuelto exactamente como él anticipó.

Pero hay algo más personal, más incómodo, en el legado de Eco. Sus novelas son difíciles. No piden permiso, no se disculpan por su densidad, no incluyen glosarios amables ni notas al pie condescendientes. La isla del día de antes requiere que sepas algo de filosofía del siglo XVII. Baudolino exige familiaridad con las Cruzadas y las leyendas medievales. El cementerio de Praga te obliga a confrontar los orígenes reales del antisemitismo europeo de una forma que no es nada cómoda. En una época donde los algoritmos nos alimentan contenido cada vez más digerido, cada vez más masticado, cada vez más infantil, releer a Eco es un acto de resistencia intelectual.

Y aquí viene la paradoja deliciosa: Eco era perfectamente consciente de que muchos compraban sus libros sin terminarlos. Se reía de ello. Decía que El nombre de la rosa funcionaba en múltiples niveles: podías leerlo como novela policiaca y disfrutarlo, o podías leerlo como tratado sobre hermenéutica medieval y disfrutarlo más. No exigía que el lector llegara al segundo nivel, pero dejaba la puerta abierta. Eso es generosidad intelectual, no elitismo. El elitista es el que cierra la puerta. Eco construía laberintos con múltiples salidas.

Su última novela, Número cero, publicada apenas un año antes de su muerte, fue recibida con tibieza por la crítica. Decían que era menor, que era panfletaria, que Eco ya no estaba en forma. Trataba sobre un periódico falso creado como herramienta de chantaje político y sobre cómo la desinformación se manufactura desde el poder. Publicada en 2015. Un año antes del Brexit. Un año antes de Trump. Dos años antes de Cambridge Analytica. Menor, decían.

Lo que más me fascina de Eco es que nunca dejó de ser profesor. Incluso en sus novelas más ambiciosas, hay una voluntad pedagógica que no es didactismo barato sino invitación genuina. Cuando en El nombre de la rosa describe la biblioteca laberíntica de la abadía, no solo está construyendo un escenario para su trama: está proponiendo una metáfora sobre el conocimiento como espacio peligroso, como territorio que puede liberar o aprisionar dependiendo de quién controle el acceso. Jorge de Burgos, el monje ciego que custodia los libros y decide cuáles pueden leerse, no es solo un villano medieval: es cada algoritmo, cada moderador, cada sistema que hoy filtra lo que podemos y no podemos saber.

Diez años sin Eco. Su biblioteca personal fue donada parcialmente al Estado italiano. Sus ensayos se siguen reeditando. Sus novelas aparecen en las listas de libros que la gente jura haber leído sin haberlo hecho. Pero su legado más vivo no está en las estanterías: está en cada vez que alguien reconoce una teoría conspirativa por su estructura narrativa antes de caer en ella, en cada vez que alguien se niega a aceptar que lo popular es necesariamente inferior, en cada vez que un lector acepta el desafío de un libro que no le pone las cosas fáciles.

Umberto Eco escribió en Apostillas a El nombre de la rosa que el autor debería morirse después de escribir, para no estorbar el camino del texto. Pues bien, se murió. Y sus textos no solo siguen vivos: cada año que pasa resultan más urgentes, más incómodamente precisos, más necesarios. Si eso no es inmortalidad literaria, no sé qué demonios lo es.

Artículo 13 feb, 03:56

Umberto Eco murió hace 10 años y seguimos sin entender sus libros — y eso es lo mejor que nos dejó

Umberto Eco murió hace 10 años y seguimos sin entender sus libros — y eso es lo mejor que nos dejó

Hace exactamente una década que Umberto Eco se fue de este mundo, y hay algo que me inquieta profundamente: seguimos hablando de él como si fuera un novelista. Es como decir que Leonardo da Vinci era un tipo que pintaba cuadros. Eco fue un monstruo intelectual que disfrazaba tratados filosóficos de thrillers medievales y vendía millones de copias haciéndolo. Mientras hoy los algoritmos deciden qué leemos, qué pensamos y qué compramos, las advertencias de un semiólogo italiano de gafas gruesas resultan más proféticas que nunca.

Pensemos un momento en lo que hizo con El nombre de la rosa. Publicada en 1980, es una novela que arranca con cien páginas describiendo la arquitectura de una abadía benedictina. Cien páginas. Sin acción. Sin sexo. Sin explosiones. Y vendió más de cincuenta millones de ejemplares. En una época donde los editores te dicen que el lector abandona si no hay un gancho en la primera línea, Eco demostró que la gente tiene hambre de complejidad, de que no la traten como idiota. Fray Guillermo de Baskerville no es solo un monje detective: es la encarnación de la idea de que pensar —pensar de verdad, con rigor y con duda— es el acto más subversivo que existe.

Pero aquí viene lo que nadie quiere admitir: la mayoría de quienes dicen amar El nombre de la rosa no la terminaron. Y está bien. Eco lo sabía. De hecho, lo disfrutaba. En sus Apostillas a El nombre de la rosa confesó que las primeras cien páginas eran una prueba de penitencia deliberada. Si no las soportabas, el libro no era para ti. Era un filtro, un examen de admisión. En un mundo donde todo se diseña para ser fácil, instantáneo y digerible, Eco construyó una puerta estrecha y dijo: pasa si te atreves.

Y luego llegó El péndulo de Foucault, en 1988, y la cosa se puso realmente seria. Si El nombre de la rosa era un thriller intelectual, El péndulo era una bomba de relojería cultural. Tres editores aburridos inventan una conspiración absurda mezclando templarios, cabalistas y sociedades secretas, solo para descubrir que la gente empieza a creer en ella. ¿Les suena familiar? Eco escribió el manual de las teorías conspirativas treinta años antes de QAnon, antes de los terraplanistas con canal de YouTube, antes de que tu tío compartiera en el grupo familiar que las vacunas llevan microchips. No fue ciencia ficción. Fue un diagnóstico anticipado de nuestra enfermedad colectiva: la necesidad desesperada de encontrar un patrón secreto detrás del caos.

Lo genial —y lo aterrador— de El péndulo de Foucault es que Eco no se burla de los conspiranoicos desde una torre de marfil. Muestra cómo cualquier persona inteligente puede caer en la trampa. Sus protagonistas son editores cultos, lectores voraces, tipos que se ríen de las teorías conspirativas mientras las fabrican como un juego. Y el juego se los traga. Eco entendió algo que las redes sociales confirman cada día: no hace falta ser tonto para creer en mentiras, basta con querer que el mundo tenga sentido.

Aquí es donde Eco se separa de casi todos sus contemporáneos. No era solo un narrador: era un semiólogo, un filósofo del lenguaje, un tipo que había dedicado décadas a estudiar cómo los signos nos manipulan. Mientras otros escritores se preocupaban por la trama y los personajes, Eco se preguntaba algo mucho más peligroso: ¿cómo funciona la mentira? ¿Qué hace que un texto sea convincente? ¿Por qué creemos lo que creemos? Su Tratado de semiótica general, publicado en 1976, es árido como el Sahara, pero contiene las herramientas para desarmar cualquier discurso —político, publicitario, religioso— pieza por pieza.

Y hablando de herramientas: Eco fue uno de los primeros intelectuales europeos en tomarse internet en serio, pero no como un evangelista tecnológico, sino como un analista frío. Su famosa frase de que las redes sociales dieron voz a legiones de idiotas que antes solo hablaban en el bar le valió toneladas de críticas. Pero seamos honestos: ¿estaba equivocado? Eco no despreciaba a la gente común. Despreciaba la ilusión de que tener un micrófono te convierte en alguien que tiene algo que decir. No es lo mismo. Y esa distinción, en 2026, vale oro.

Lo que más me fascina de su legado es cómo se las arregló para ser simultáneamente un académico respetado y un superventas mundial. Eso hoy es prácticamente imposible. Vivimos en un mundo donde la divulgación se ha convertido en simplificación, donde explicar algo complejo exige reducirlo a un hilo de Twitter o un video de noventa segundos. Eco hacía exactamente lo contrario: tomaba algo aparentemente simple —un asesinato en un monasterio, un péndulo en un museo— y lo convertía en un laberinto de referencias que podías recorrer durante años sin agotar. No bajaba al lector a su nivel; lo subía al suyo.

Su biblioteca personal tenía más de treinta mil libros. Pero lo verdaderamente revelador no era los que había leído, sino los que no. Eco defendía la idea de la «antibiblioteca»: los libros que no has leído son más importantes que los que sí, porque representan todo lo que aún no sabes. En una cultura que premia las respuestas rápidas y las certezas absolutas, Eco celebraba la ignorancia como motor del conocimiento. Cada libro no leído era una pregunta pendiente, una puerta sin abrir, una aventura posible.

Diez años después de su muerte, sus novelas siguen vendiéndose, sus ensayos siguen citándose y sus advertencias siguen ignorándose. Porque esa es la paradoja final de Umberto Eco: nos enseñó a detectar las trampas del lenguaje, a desconfiar de las narrativas demasiado perfectas, a sospechar de quien ofrece explicaciones totales para problemas complejos. Y nosotros, con todo ese conocimiento disponible, seguimos cayendo en cada una de esas trampas, una y otra vez, con la entusiasta determinación de quien tropieza con la misma piedra y culpa a la piedra.

Quizá por eso Eco sigue siendo necesario. No porque nos dé respuestas —nunca lo hizo—, sino porque nos recuerda que la pregunta correcta vale más que mil respuestas equivocadas. Y que un libro que no entiendes del todo es infinitamente más valioso que uno que entiendes antes de abrirlo. Diez años sin Eco, y el mundo sigue necesitando desesperadamente a alguien que nos obligue a pensar despacio en una época que nos exige pensar deprisa. El viejo profesor se fue, pero dejó la puerta del laberinto abierta. Entrar o no, como siempre, es cosa nuestra.

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