Umberto Eco murió hace 10 años y seguimos sin entender sus libros — y eso es lo mejor que nos dejó
Umberto Eco murió hace 10 años y seguimos sin entender sus libros — y eso es lo mejor que nos dejó
Hace exactamente una década que Umberto Eco se fue de este mundo, y hay algo que me inquieta profundamente: seguimos hablando de él como si fuera un novelista. Es como decir que Leonardo da Vinci era un tipo que pintaba cuadros. Eco fue un monstruo intelectual que disfrazaba tratados filosóficos de thrillers medievales y vendía millones de copias haciéndolo. Mientras hoy los algoritmos deciden qué leemos, qué pensamos y qué compramos, las advertencias de un semiólogo italiano de gafas gruesas resultan más proféticas que nunca.
Pensemos un momento en lo que hizo con El nombre de la rosa. Publicada en 1980, es una novela que arranca con cien páginas describiendo la arquitectura de una abadía benedictina. Cien páginas. Sin acción. Sin sexo. Sin explosiones. Y vendió más de cincuenta millones de ejemplares. En una época donde los editores te dicen que el lector abandona si no hay un gancho en la primera línea, Eco demostró que la gente tiene hambre de complejidad, de que no la traten como idiota. Fray Guillermo de Baskerville no es solo un monje detective: es la encarnación de la idea de que pensar —pensar de verdad, con rigor y con duda— es el acto más subversivo que existe.
Pero aquí viene lo que nadie quiere admitir: la mayoría de quienes dicen amar El nombre de la rosa no la terminaron. Y está bien. Eco lo sabía. De hecho, lo disfrutaba. En sus Apostillas a El nombre de la rosa confesó que las primeras cien páginas eran una prueba de penitencia deliberada. Si no las soportabas, el libro no era para ti. Era un filtro, un examen de admisión. En un mundo donde todo se diseña para ser fácil, instantáneo y digerible, Eco construyó una puerta estrecha y dijo: pasa si te atreves.
Y luego llegó El péndulo de Foucault, en 1988, y la cosa se puso realmente seria. Si El nombre de la rosa era un thriller intelectual, El péndulo era una bomba de relojería cultural. Tres editores aburridos inventan una conspiración absurda mezclando templarios, cabalistas y sociedades secretas, solo para descubrir que la gente empieza a creer en ella. ¿Les suena familiar? Eco escribió el manual de las teorías conspirativas treinta años antes de QAnon, antes de los terraplanistas con canal de YouTube, antes de que tu tío compartiera en el grupo familiar que las vacunas llevan microchips. No fue ciencia ficción. Fue un diagnóstico anticipado de nuestra enfermedad colectiva: la necesidad desesperada de encontrar un patrón secreto detrás del caos.
Lo genial —y lo aterrador— de El péndulo de Foucault es que Eco no se burla de los conspiranoicos desde una torre de marfil. Muestra cómo cualquier persona inteligente puede caer en la trampa. Sus protagonistas son editores cultos, lectores voraces, tipos que se ríen de las teorías conspirativas mientras las fabrican como un juego. Y el juego se los traga. Eco entendió algo que las redes sociales confirman cada día: no hace falta ser tonto para creer en mentiras, basta con querer que el mundo tenga sentido.
Aquí es donde Eco se separa de casi todos sus contemporáneos. No era solo un narrador: era un semiólogo, un filósofo del lenguaje, un tipo que había dedicado décadas a estudiar cómo los signos nos manipulan. Mientras otros escritores se preocupaban por la trama y los personajes, Eco se preguntaba algo mucho más peligroso: ¿cómo funciona la mentira? ¿Qué hace que un texto sea convincente? ¿Por qué creemos lo que creemos? Su Tratado de semiótica general, publicado en 1976, es árido como el Sahara, pero contiene las herramientas para desarmar cualquier discurso —político, publicitario, religioso— pieza por pieza.
Y hablando de herramientas: Eco fue uno de los primeros intelectuales europeos en tomarse internet en serio, pero no como un evangelista tecnológico, sino como un analista frío. Su famosa frase de que las redes sociales dieron voz a legiones de idiotas que antes solo hablaban en el bar le valió toneladas de críticas. Pero seamos honestos: ¿estaba equivocado? Eco no despreciaba a la gente común. Despreciaba la ilusión de que tener un micrófono te convierte en alguien que tiene algo que decir. No es lo mismo. Y esa distinción, en 2026, vale oro.
Lo que más me fascina de su legado es cómo se las arregló para ser simultáneamente un académico respetado y un superventas mundial. Eso hoy es prácticamente imposible. Vivimos en un mundo donde la divulgación se ha convertido en simplificación, donde explicar algo complejo exige reducirlo a un hilo de Twitter o un video de noventa segundos. Eco hacía exactamente lo contrario: tomaba algo aparentemente simple —un asesinato en un monasterio, un péndulo en un museo— y lo convertía en un laberinto de referencias que podías recorrer durante años sin agotar. No bajaba al lector a su nivel; lo subía al suyo.
Su biblioteca personal tenía más de treinta mil libros. Pero lo verdaderamente revelador no era los que había leído, sino los que no. Eco defendía la idea de la «antibiblioteca»: los libros que no has leído son más importantes que los que sí, porque representan todo lo que aún no sabes. En una cultura que premia las respuestas rápidas y las certezas absolutas, Eco celebraba la ignorancia como motor del conocimiento. Cada libro no leído era una pregunta pendiente, una puerta sin abrir, una aventura posible.
Diez años después de su muerte, sus novelas siguen vendiéndose, sus ensayos siguen citándose y sus advertencias siguen ignorándose. Porque esa es la paradoja final de Umberto Eco: nos enseñó a detectar las trampas del lenguaje, a desconfiar de las narrativas demasiado perfectas, a sospechar de quien ofrece explicaciones totales para problemas complejos. Y nosotros, con todo ese conocimiento disponible, seguimos cayendo en cada una de esas trampas, una y otra vez, con la entusiasta determinación de quien tropieza con la misma piedra y culpa a la piedra.
Quizá por eso Eco sigue siendo necesario. No porque nos dé respuestas —nunca lo hizo—, sino porque nos recuerda que la pregunta correcta vale más que mil respuestas equivocadas. Y que un libro que no entiendes del todo es infinitamente más valioso que uno que entiendes antes de abrirlo. Diez años sin Eco, y el mundo sigue necesitando desesperadamente a alguien que nos obligue a pensar despacio en una época que nos exige pensar deprisa. El viejo profesor se fue, pero dejó la puerta del laberinto abierta. Entrar o no, como siempre, es cosa nuestra.
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