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Artículo 13 feb, 15:19

Umberto Eco murió hace diez años y seguimos sin entender sus libros (y eso es lo mejor)

Umberto Eco murió hace diez años y seguimos sin entender sus libros (y eso es lo mejor)

Hace exactamente una década, el 19 de febrero de 2016, se apagó el cerebro más laberíntico de la literatura contemporánea. Umberto Eco se fue dejándonos con la boca abierta, con estanterías repletas de libros que la mitad de la gente compró y nunca terminó, y con la incómoda sospecha de que sabía algo sobre el mundo que nosotros todavía no hemos descifrado.

Si alguien te dice que leyó El nombre de la rosa de un tirón y lo entendió todo a la primera, te está mintiendo. O es un medievalista retirado. O ambas cosas. Esa novela, publicada en 1980, hizo algo que parecía imposible: convirtió una disputa teológica del siglo XIV sobre si Jesús se rio alguna vez en un thriller más adictivo que cualquier novela policial de aeropuerto. Eco metió a Aristóteles, a Sherlock Holmes, a la Inquisición y a un monje ciego envenenador en un monasterio benedictino, y el resultado fue que treinta millones de personas en todo el mundo compraron un libro donde se discute semiótica durante trescientas páginas. Treinta millones. Hay países con menos habitantes.

Pero aquí viene lo verdaderamente perturbador. El nombre de la rosa no fue su golpe maestro más profético. Ese honor le corresponde a El péndulo de Foucault, publicado en 1988, un libro que prácticamente nadie terminó —seamos honestos— pero que describió con precisión quirúrgica el mundo en el que vivimos hoy. La trama es sencilla en su núcleo: tres editores aburridos deciden inventarse una conspiración mundial como broma, mezclando templarios, masones, cábalas y sociedades secretas. El chiste se les escapa de las manos. La gente empieza a creer en la conspiración inventada. Y la ficción se convierte en algo más peligroso que la realidad.

¿Te suena? Debería. Estamos viviendo en el mundo que Eco imaginó. QAnon, las teorías sobre el Gran Reemplazo, los terraplanistas, los antivacunas que citan estudios de YouTube como si fueran publicaciones del Lancet... Eco escribió el manual de instrucciones de la era de la desinformación treinta años antes de que existiera Facebook. En El péndulo de Foucault demostró que la mente humana tiene una necesidad patológica de encontrar patrones donde no los hay, de conectar puntos que no tienen relación alguna, y que una vez que alguien cree en una conspiración, ninguna evidencia en contra es suficiente. Al contrario: la evidencia en contra se convierte en prueba de que la conspiración es aún más profunda.

Y luego está esa frase suya que circula por internet como si la hubiera tuiteado ayer: «Las redes sociales le dieron el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes solo hablaban en el bar después del tercer vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Entonces eran rápidamente silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los necios.» La dijo en 2015, un año antes de morir. Un año antes de Trump. Un año antes de que el Brexit demostrara que tenía razón con una puntualidad escalofriante.

Pero sería injusto reducir a Eco al papel de Casandra intelectual. El hombre era, ante todo, divertidísimo. Tenía esa cualidad rarísima entre los académicos de alto vuelo: no se tomaba demasiado en serio. Escribió un ensayo memorable sobre la filosofía del bar — literalmente, sobre por qué los italianos toman el café de pie y los estadounidenses sentados, y qué dice eso sobre sus respectivas culturas. Recopiló sus columnas humorísticas en libros como Segundo diario mínimo, donde parodiaba desde los programas de televisión hasta la burocracia universitaria con un bisturí que cortaba sin que la víctima se diera cuenta del tajo hasta tres párrafos después.

Su biblioteca personal tenía más de treinta mil volúmenes. Cuando alguien le preguntaba si los había leído todos, respondía: «No, estos son los que todavía tengo que leer. Los que ya leí están en la universidad.» Esa respuesta contiene toda su filosofía en una cáscara de nuez: lo importante no es lo que sabes, sino la conciencia de lo que no sabes. En un mundo donde todo el mundo opina sobre todo con la seguridad de un cirujano, Eco nos recordaba que la verdadera erudición empieza por admitir la propia ignorancia.

Como semiólogo —ese título que suena a enfermedad pero que básicamente significa «el tipo que estudia cómo los signos significan cosas»— transformó la manera en que entendemos la cultura popular. Fue de los primeros intelectuales serios en decir que Superman, James Bond y los programas de televisión merecían ser estudiados con el mismo rigor que Dante o Shakespeare. Su libro Apocalípticos e integrados, de 1964, sigue siendo la mejor defensa jamás escrita de que la cultura de masas no es basura por el simple hecho de ser masiva. Hoy eso parece obvio. En 1964, decirlo en una universidad italiana equivalía a presentarse a una cena formal en pijama.

Su influencia se filtra en lugares inesperados. Dan Brown ha admitido abiertamente que El código Da Vinci no existiría sin El péndulo de Foucault, lo cual es como decir que un vaso de agua no existiría sin el océano, pero al menos fue honesto. La serie The Name of the Rose de 2019, con John Turturro, devolvió a Guillermo de Baskerville a la pantalla, recordándonos que el monje detective de Eco sigue siendo más interesante que el noventa por ciento de los protagonistas que produce Hollywood. Y cada vez que un escritor contemporáneo mezcla erudición con entretenimiento —pensemos en Carlos Ruiz Zafón, en Arturo Pérez-Reverte, en Donna Tartt— está caminando por un sendero que Eco desbrozó con su machete intelectual.

Diez años después de su muerte, la pregunta no es si Eco sigue siendo relevante. La pregunta es si alguna vez lo fue tanto como ahora. Vivimos en su novela. Estamos rodeados de péndulos de Foucault que oscilan entre la verdad y la mentira, y hemos perdido la capacidad de distinguir cuándo el péndulo señala un hecho y cuándo señala una conspiración inventada en un sótano de internet.

Eco nos dejó algo más valioso que novelas brillantes: nos dejó un método. Leer mucho. Dudar de todo. Reírse especialmente de lo que parece más solemne. Y sobre todo, desconfiar de cualquiera que afirme tener todas las respuestas, porque como él mismo escribió en El nombre de la rosa, el diablo no es el que sabe demasiado, sino el que está demasiado seguro de lo que sabe.

Así que esta noche, brindemos por el profesor de Bolonia que nos enseñó a perdernos en bibliotecas laberínticas, a sospechar de las certezas y a encontrar la filosofía en un cómic de Superman. Diez años sin Eco, y su risa —esa risa erudita y peligrosa que Aristóteles prohibió y que un monje ciego intentó envenenar— sigue resonando más fuerte que nunca.

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