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Artículo 14 feb, 10:14

Umberto Eco lo advirtió todo: conspiraciones, fake news y fanáticos — y nadie le hizo caso

Hace diez años moría Umberto Eco y el mundo lo despidió como se despide a un abuelo sabio: con cariño, con respeto y con la secreta certeza de que no habíamos entendido ni la mitad de lo que nos dijo. Hoy, en 2026, mientras algoritmos nos recomiendan qué pensar y los conspiranoicos tienen podcast propio, las novelas de Eco no parecen ficción: parecen profecías escritas con ironía medieval y tinta envenenada.

Pero empecemos por el principio, que con Eco nunca es donde uno cree. En 1980, un semiólogo italiano — es decir, un tipo que estudiaba los signos y los símbolos, algo que suena a desempleo garantizado — publicó una novela policiaca ambientada en una abadía del siglo XIV. Se llamaba El nombre de la rosa. Sus editores temblaban. ¿Quién iba a comprar un thriller con debates teológicos sobre la risa de Aristóteles? Respuesta: cincuenta millones de personas. Cincuenta millones. Para ponerlo en perspectiva, eso es más que la población de España entera decidiendo que sí, que un monje ciego envenenando libros era el entretenimiento que necesitaban.

Lo genial de El nombre de la rosa no era solo su trama — que funciona como relojería suiza empapada en incienso — sino lo que escondía debajo. Eco escribió una novela sobre el miedo al conocimiento. Sobre instituciones que prefieren quemar libros antes que permitir que la gente piense por sí misma. Jorge de Burgos, el monje villano, no mataba por maldad: mataba porque estaba convencido de que la risa destruiría la fe. Que la gente que se ríe deja de obedecer. Díganme que eso no les suena a cualquier debate actual sobre censura en redes sociales y les diré que no están prestando atención.

Pero si El nombre de la rosa fue un disparo certero, El péndulo de Foucault, publicado en 1988, fue una bomba de fragmentación intelectual. Tres editores aburridos deciden inventarse una conspiración mundial como broma. Mezclan templarios, masones, cábala, sociedades secretas y un plan maestro que conecta todo con todo. El problema es que la gente empieza a creérselo. Y cuando la gente cree en una conspiración, la conspiración se vuelve real — no porque sea verdad, sino porque los creyentes actúan como si lo fuera.

Relean ese párrafo. Ahora piensen en QAnon. En las teorías sobre el Gran Reseteo. En los grupos de Telegram donde alguien conecta las vacunas con las antenas 5G con los Illuminati con el precio del aguacate. Eco escribió eso en 1988. Treinta y ocho años antes de que viviéramos exactamente lo que él describió. No era un profeta; era un tipo que entendía cómo funciona la mente humana cuando se le da rienda suelta para buscar patrones donde no los hay.

Y aquí viene lo verdaderamente incómodo: Eco no solo se burlaba de los conspiranoicos. Se burlaba de los intelectuales que los alimentan. En El péndulo de Foucault, los protagonistas son cultos, irónicos, sofisticados. Juegan con el conocimiento como quien juega con fuego en un almacén de gasolina. Y cuando todo explota, no pueden decir que no sabían. Eco nos advirtió que la erudición sin responsabilidad es tan peligrosa como la ignorancia. Quizás más, porque viene con bibliografía.

Hay una frase de Eco que circula por internet — irónicamente, dado lo que opinaba sobre internet — que dice: «Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad.» La dijo en 2015, un año antes de morir, y cada día que pasa suena menos como provocación y más como diagnóstico clínico. Lo fascinante es que Eco no despreciaba a la gente común. Despreciaba la ilusión de que tener acceso a la información equivale a tener conocimiento. Google no te hace sabio. Wikipedia no te hace erudito. Y tener opinión no te hace pensador.

Lo que más me fascina de Eco, diez años después, es que logró algo que casi ningún intelectual del siglo XX consiguió: ser simultáneamente popular y profundo. Sus novelas vendían millones y al mismo tiempo podías escribir una tesis doctoral sobre cada capítulo. No rebajó el listón; obligó al lector a saltar más alto. Y el lector saltó. Eso dice algo hermoso sobre la humanidad: que cuando alguien nos trata como adultos inteligentes, respondemos como adultos inteligentes. La condescendencia literaria — esos bestsellers escritos con vocabulario de ochocientas palabras — es una elección, no una necesidad.

Eco fue también un teórico brillante, aunque eso se menciona menos porque la teoría no vende periódicos. Su concepto de la «obra abierta», formulado en 1962, anticipó toda la cultura participativa que hoy damos por sentada. La idea de que una obra de arte no se completa hasta que el lector, el espectador o el usuario la interpreta. Suena obvio ahora, en la era de los memes y el fan fiction, pero en 1962 era dinamita académica. Eco estaba diciendo que el autor no es Dios. Que el significado se negocia, se construye, se pelea. Cada vez que alguien reinterpreta una película en TikTok, está haciendo semiótica sin saberlo. Eco se reiría.

Y hablando de risa: ese es quizás el legado más subestimado de Eco. El hombre era genuinamente gracioso. No con el humor fácil del sarcasmo, sino con esa ironía de capas múltiples donde cada relectura revela otro chiste escondido. En sus columnas periodísticas — recogidas en libros como Cómo viajar con un salmón — demostraba que la inteligencia y el humor no solo son compatibles, sino inseparables. La risa como herramienta de conocimiento. Exactamente lo que Jorge de Burgos, su propio villano, temía.

Hay algo poéticamente circular en eso: Eco pasó su vida defendiendo que la risa y el saber van de la mano, y creó un villano literario inmortal que encarna lo contrario. En cierto modo, cada vez que alguien intenta prohibir un libro, cancelar una idea o silenciar un chiste, Jorge de Burgos resucita un poco. Y cada vez que alguien lee, pregunta, duda y se ríe, Eco gana la partida.

Diez años sin Umberto Eco. Diez años en los que el mundo se ha convertido exactamente en lo que él describió: un laberinto de signos, conspiraciones imaginarias y bibliotecas infinitas al alcance de un dedo — que usamos principalmente para ver videos de gatos. Pero también diez años en los que sus libros siguen vendiéndose, siguen leyéndose, siguen incomodando. Y eso, en un mundo donde la mayoría de los bestsellers tienen la vida útil de un yogur, es el mayor homenaje posible.

Si no han leído a Eco, empiecen por El nombre de la rosa. Si ya lo leyeron, reléanlo. Les prometo que van a encontrar cosas que no vieron la primera vez. Esa es la marca de un genio: no el que te deslumbra una vez, sino el que te espera pacientemente a que estés listo para entender lo que siempre estuvo ahí.

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