Dostoievski: El ruso que te diagnosticó hace 145 años (y sigues sin hacerle caso)
Hace exactamente 145 años, un epiléptico con deudas de juego y una obsesión por el alma humana dejó de respirar en San Petersburgo. Fiódor Dostoievski murió el 9 de febrero de 1881, probablemente sin sospechar que siglo y medio después seguiríamos hurgando en sus novelas como quien busca respuestas en el horóscopo, solo que con resultados bastante más certeros.
Lo curioso es que este señor barbudo, que pasó cuatro años en un campo de trabajos forzados en Siberia y luego se dedicó a escribir sobre asesinos, santos idiotas y familias disfuncionales, entendió mejor tu crisis existencial de las tres de la madrugada que cualquier coach de vida contemporáneo. Dostoievski no te vende soluciones fáciles; te arrastra al sótano de tu propia psique y te obliga a mirar.
Tomemos a Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo. Un estudiante brillante, arruinado, que decide que está por encima de la moral común y puede matar a una vieja usurera porque él es especial, un Napoleón en potencia. ¿Te suena? Abre cualquier red social y encontrarás miles de pequeños Raskólnikovs convencidos de que las reglas no aplican para ellos, que su visión justifica cualquier medio. Dostoievski escribió el manual del narcisismo moral antes de que existiera Instagram.
Pero aquí viene lo genial: el ruso no se queda en la crítica fácil. Raskólnikov no es un villano de caricatura. Es un tipo que sufre, que se contradice, que quiere creer que hizo lo correcto mientras se desmorona por dentro. Dostoievski entendió que los monstruos más peligrosos son aquellos que se sienten incomprendidos, aquellos que construyen catedrales filosóficas para justificar sus peores impulsos. Suena a ciertos líderes políticos que conocemos, ¿verdad?
Y luego está El idiota, esa novela que debería ser lectura obligatoria para cualquiera que haya intentado ser buena persona en un mundo cínico. El príncipe Myshkin es Cristo sin milagros, la bondad pura arrojada a un salón de la alta sociedad rusa. ¿El resultado? Todos lo adoran y simultáneamente lo destruyen. Dostoievski plantea una pregunta incómoda: ¿puede sobrevivir la genuina bondad en una sociedad que premia la astucia y castiga la ingenuidad? La respuesta del libro es devastadora, y 145 años después seguimos sin encontrar una mejor.
Pero si hay una obra que demuestra que Dostoievski era básicamente un profeta disfrazado de novelista, son Los hermanos Karamázov. Tres hermanos, un padre degenerado, y la pregunta que atraviesa todo: si Dios no existe, ¿todo está permitido? Iván Karamázov, el intelectual ateo, construye el argumento más poderoso jamás escrito contra un Dios que permite el sufrimiento de niños inocentes. Y Dostoievski, que era creyente, tuvo las agallas de escribirlo con toda su fuerza persuasiva. No hizo trampa. Dejó que el argumento ateo brillara con luz propia.
Eso es lo que separa a Dostoievski de los moralistas baratos: nunca te dice qué pensar. Te presenta el debate interno de la humanidad con tal honestidad que sales de sus libros más confundido pero también más lúcido. Es como ir a terapia, pero la terapia dura 800 páginas y te deja con más preguntas que respuestas.
Hay algo casi cómico en que un hombre del siglo XIX, que escribía a mano y cobraba por palabra, haya anticipado tantos debates contemporáneos. La radicalización ideológica de Los demonios podría ser un análisis de cualquier foro extremista de internet. El jugador compulsivo de El jugador es el mismo tipo que hoy vacía su cuenta en criptomonedas o apuestas deportivas, persiguiendo esa ilusión de que la próxima vez será diferente. Dostoievski conocía esa adicción de primera mano; perdió fortunas en las ruletas europeas.
Quizás por eso sus personajes se sienten tan reales: porque él mismo era un desastre. Endeudado hasta las cejas, perseguido por la epilepsia, obsesionado con temas que sus contemporáneos consideraban de mal gusto. No escribía desde una torre de marfil sino desde el barro de la experiencia humana. Sus santos tienen dudas y sus pecadores tienen momentos de gracia. La vida real funciona así, aunque las novelas del siglo XXI a menudo lo olviden.
La influencia de Dostoievski en la cultura contemporánea es tan profunda que a veces ni la notamos. Freud lo consideraba el psicólogo más penetrante de la historia. Nietzsche, que no elogiaba a nadie, admitió que el ruso le había enseñado más sobre psicología que cualquier otro autor. Kafka, Camus, Woody Allen, los creadores de series como True Detective o Breaking Bad: todos bebieron de esa fuente de personajes atormentados que filosofan mientras se autodestruyen.
Entonces, ¿por qué leer a Dostoievski hoy, cuando tenemos Netflix y la atención de un pez dorado? Precisamente por eso. Porque vivimos en la era de las respuestas rápidas, los artículos de cinco minutos y las soluciones instantáneas. Dostoievski te obliga a detenerte, a sentarte con la incomodidad, a aceptar que algunas preguntas no tienen respuesta pero vale la pena hacerlas. Sus novelas son largas, densas y a veces agotadoras. También son el mejor gimnasio mental que existe.
145 años después de su muerte, Fiódor Dostoievski sigue siendo ese amigo incómodo que te dice verdades que no quieres escuchar. No te hace sentir bien contigo mismo; te hace sentir humano, con todo lo terrible y maravilloso que eso implica. Si nunca lo has leído, empieza por Crimen y castigo. Si ya lo hiciste, quizás sea momento de volver. Porque cada vez que lo relees, el espejo que sostiene refleja una versión diferente de ti. Y eso, en un mundo de selfies con filtro, vale más que todo el contenido viral del universo.
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