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Artículo 13 feb, 07:36

Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy nos sigue enseñando a escribir

Hace exactamente 74 años moría en una granja noruega un anciano de 92 años al que su propio país había declarado traidor. Le habían quitado la fortuna, lo habían internado en un psiquiátrico y lo habían sometido a un juicio que más parecía un exorcismo nacional. Ese anciano era Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura, el hombre que revolucionó la novela moderna y que, de paso, cometió el error más espectacular de la historia literaria: apoyar a Hitler. ¿Se puede admirar la obra de un genio que abrazó lo imperdonable? Esa pregunta sigue sin respuesta cómoda, y quizás por eso vale la pena hacerla hoy.

Pero retrocedamos. Antes de que Hamsun se convirtiera en el villano favorito de Noruega, fue algo mucho más interesante: un escritor hambriento. Literalmente. En 1890 publicó «Hambre» (Sult), una novela que narraba el delirio de un joven escritor vagando por las calles de Cristianía sin un céntimo, mascando astillas de madera para engañar al estómago. Lo perturbador no era la trama —que apenas existía— sino cómo estaba escrita. Hamsun metió al lector dentro de una mente que se desmoronaba, capítulo a capítulo, con una técnica narrativa que nadie había visto antes. Mientras Zola describía la miseria desde fuera, como un periodista con buenas intenciones, Hamsun te hacía sentirla desde dentro, como si el hambre fuera tuya.

Aquí es donde la cosa se pone jugosa para los amantes de la literatura: «Hambre» es, probablemente, la primera novela moderna en el sentido estricto del término. Ese flujo de conciencia errático, esas asociaciones mentales que saltan de la euforia al delirio, esa narración que no te explica nada porque el propio protagonista no entiende lo que le pasa... Suena familiar, ¿verdad? James Joyce publicó «Ulises» treinta y dos años después. Kafka empezó a escribir sus pesadillas dos décadas más tarde. Y ambos, por cierto, habían leído a Hamsun. No es que Hamsun inventara el modernismo literario él solito, pero sí fue el primero en abrir esa puerta y decir: «Oigan, ¿y si dejamos de escribir novelas como si fuéramos notarios y empezamos a escribir como realmente piensa la gente?».

Después vino «Pan» (1894), que es otra cosa completamente distinta y, al mismo tiempo, igual de revolucionaria. Es la historia del teniente Glahn, un hombre que se retira a una cabaña en el norte de Noruega y vive una historia de amor obsesiva con Edvarda, una mujer que lo fascina y lo destruye a partes iguales. Pero lo que realmente protagoniza «Pan» no son los personajes, sino la naturaleza. Hamsun describía los bosques noruegos con una sensualidad que rozaba lo erótico. Los árboles respiraban, el viento tenía intenciones, las noches de verano ártico eran casi personajes con diálogo propio. Si hoy existe algo llamado «nature writing» con pretensiones literarias serias, agradézcanle a este noruego barbudo.

Y luego llegó «Los frutos de la tierra» (Markens Grøde, 1917), la novela que le dio el Nobel en 1920. Es un libro extraño: la historia de Isak, un hombre que llega a un páramo vacío en el norte de Noruega y, con sus propias manos, construye una granja, una familia, una vida. No hay giros dramáticos, no hay villanos de telenovela, no hay revelaciones en el último capítulo. Es, básicamente, un tipo arando tierra durante cuatrocientas páginas. Y sin embargo, funciona. Funciona porque Hamsun tenía la capacidad sobrenatural de convertir lo mundano en épico. Cada surco en la tierra se sentía como una batalla ganada. Cada cosecha era un pequeño milagro narrado con la precisión de quien ha tenido las manos metidas en el barro.

Ahora viene la parte incómoda, la que convierte cualquier conversación sobre Hamsun en un campo minado. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hamsun apoyó abiertamente la ocupación nazi de Noruega. No fue un apoyo tibio ni ambiguo: escribió artículos a favor del régimen, se reunió con Hitler en persona en 1943 y, cuando la guerra terminó, envió su medalla del Nobel a Joseph Goebbels como regalo. Sí, leyeron bien. Su medalla del Nobel. A Goebbels. Esto no fue un desliz senil ni un error de juventud: Hamsun tenía más de ochenta años y sabía perfectamente lo que hacía.

¿Cómo se explica que el hombre que escribió las páginas más lúcidas sobre el hambre y la soledad humana terminara abrazando una ideología de exterminio? Los historiadores llevan décadas debatiendo esto. Algunos señalan su romanticismo agrario radical, su desprecio por la modernidad urbana y su anglofobia visceral —Hamsun odiaba a los británicos con una pasión que rozaba lo patológico—. Otros apuntan a un narcisismo monumental que lo hacía vulnerable a los halagos del poder. La verdad probablemente incluye todo eso y algo más que no alcanzamos a entender, porque los seres humanos somos, al final, contradicciones ambulantes con pretensiones de coherencia.

Después de la guerra, Noruega no supo muy bien qué hacer con él. Lo internaron en un hospital psiquiátrico, donde los médicos concluyeron que tenía «facultades mentales permanentemente debilitadas», un diagnóstico que olía más a conveniencia política que a ciencia. Hamsun respondió escribiendo «Por los senderos donde crece la hierba» (1949), un libro sobre su internamiento que demostraba que su mente funcionaba con una lucidez devastadora. Fue su último acto de rebeldía: probar que no estaba loco usando las mismas herramientas que lo habían hecho grande, las palabras.

Murió el 19 de febrero de 1952 en su granja de Nørholm, a los 92 años. Noruega respiró aliviada. Durante décadas, sus libros acumularon polvo en las estanterías noruegas, como un secreto familiar del que nadie quiere hablar. Pero la literatura tiene una terquedad que supera a la política: «Hambre» siguió siendo genial, «Pan» siguió siendo hermosa, «Los frutos de la tierra» siguió siendo esa novela que te hace querer abandonarlo todo y cultivar patatas en algún páramo nórdico.

Hoy, 74 años después de su muerte, la influencia de Hamsun está en todas partes, aunque muchos no lo sepan. Cada vez que un novelista decide narrar desde el caos interior de un personaje en lugar de explicarlo desde fuera, está usando técnicas que Hamsun perfeccionó. Cada vez que un escritor convierte un paisaje en un estado emocional, está caminando por senderos que Hamsun abrió. Paul Auster, Charles Bukowski, Isaac Bashevis Singer —otro Nobel, por cierto— reconocieron su deuda con el noruego. Incluso Henry Miller, que no era precisamente generoso con los elogios, lo llamó «el Dickens de mi generación».

La pregunta que Hamsun nos obliga a hacernos es tan simple como incómoda: ¿podemos separar al artista de sus actos? No hay respuesta fácil, y desconfío de quien la tenga. Lo que sí sé es que leer «Hambre» en 2026 sigue siendo una experiencia que te sacude por dentro, que «Pan» sigue oliendo a bosque y a deseo, y que «Los frutos de la tierra» sigue siendo el mejor argumento literario a favor de ensuciarse las manos. Hamsun fue un genio y un miserable, un revolucionario de las letras y un cómplice moral de lo imperdonable. Quizás lo más honesto que podemos hacer es leerlo con los ojos abiertos —los dos: el que admira y el que juzga— y aceptar que la grandeza literaria no redime nada, pero tampoco la vileza la destruye.

Artículo 13 feb, 06:16

Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy es más moderno que tu escritor favorito

Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy es más moderno que tu escritor favorito

Hace exactamente 74 años, el 19 de febrero de 1952, moría en una granja noruega un anciano de 92 años al que su propio país había decidido olvidar. No era un don nadie. Era Knut Hamsun, premio Nobel de Literatura en 1920, el hombre que había dinamitado las reglas de la narrativa europea antes de que a Kafka le saliera el primer bigote. Pero también era el tipo que le había regalado su medalla Nobel a Joseph Goebbels y había escrito una necrológica elogiosa de Adolf Hitler. Noruega tenía un problema gordo: ¿cómo honras a un genio literario que resulta ser un desastre moral? Spoiler: 74 años después, seguimos sin saberlo.

Pero vayamos al principio, que es donde las cosas se ponen interesantes. En 1890, un noruego hambriento y medio loco publica una novela llamada, precisamente, «Hambre». Y aquí es donde hay que detenerse un momento para apreciar la jugada. Imagínate: finales del siglo XIX, la novela europea es un artefacto pesado, lleno de descripciones de salones, árboles genealógicos y señoras que se desmayan con elegancia. Y entonces llega Hamsun y escribe un libro que es básicamente un tipo caminando por las calles de Cristianía —hoy Oslo— muriéndose de hambre, hablando consigo mismo, mintiendo a desconocidos, riendo sin motivo, y pensando cosas que no tienen ningún sentido lógico. Sin trama. Sin moraleja. Sin final feliz. Solo una conciencia desnuda tropezando consigo misma.

¿Te suena? Debería. Porque lo que Hamsun hizo en «Hambre» es exactamente lo que luego harían Joyce, Woolf, Céline y medio siglo XX. El flujo de conciencia, ese recurso que los manuales de literatura atribuyen al modernismo anglosajón, ya estaba ahí, en un noruego flaco que escribía en una buhardilla. Isaac Bashevis Singer lo dijo sin rodeos: «Toda la literatura moderna del siglo XX parte de Hamsun». No de Tolstói, no de Flaubert. De Hamsun. Y Singer tenía un Nobel propio, así que no lo decía por hacer amigos.

Luego vino «Pan», en 1894, y la cosa se puso todavía más rara. El teniente Glahn vive solo en una cabaña en el norte de Noruega, se enamora de una mujer caprichosa, hace cosas inexplicables —como regalarle un zapato a alguien o dispararle a su propio perro—, y el lector no sabe si está ante un romántico terminal o un psicópata con buena prosa. La naturaleza en «Pan» no es un decorado bonito: es un personaje con dientes, una fuerza que te arrastra y te devuelve hecho pedazos. Si alguna vez has leído a Cormac McCarthy y has pensado «qué salvaje», pues Hamsun ya estaba ahí sesenta años antes, solo que en noruego y con más mosquitos.

Y después llegó «La bendición de la tierra» en 1917, la novela que le dio el Nobel. Aquí Hamsun hace algo que parece contradictorio con todo lo anterior: escribe la historia de Isak, un campesino que llega a un páramo, planta patatas, construye una granja, tiene hijos, y básicamente vive en armonía con la tierra. Sin ironía. Sin cinismo. Es casi bíblico. Los críticos de la época aplaudieron de pie. El comité Nobel dijo que era «por su obra monumental». Pero lo que nadie quiso ver —o prefirió ignorar— es que debajo de esa celebración de la vida rural latía una desconfianza feroz hacia la modernidad, la ciudad, el progreso, la democracia liberal. Y esa desconfianza, amigos, es la que años después lo llevó directamente a los brazos del nazismo.

Aquí es donde la historia de Hamsun se convierte en una tragedia griega. No fue un colaboracionista cobarde ni un oportunista. Fue un creyente. Hamsun admiraba la idea de una Europa unida bajo el mando germánico, despreciaba a los británicos, y cuando los nazis ocuparon Noruega en 1940, él los recibió como liberadores. Tenía 80 años y toda la lucidez del mundo —o eso creía él—. Conoció a Hitler en persona en 1943 y, según las crónicas, el Führer terminó la reunión furioso porque el viejo escritor no paraba de pedirle que cambiara de gobernador en Noruega. Hamsun era tan terco que ni Hitler lo aguantaba. Hay algo casi cómico en eso, si no fuera tan trágico.

Cuando acabó la guerra, Noruega le hizo un juicio. No lo metieron en la cárcel —tenía 86 años y un tribunal psiquiátrico lo declaró con «facultades mentales permanentemente debilitadas»—, pero le impusieron una multa brutal que lo dejó arruinado. Hamsun respondió escribiendo «Por los senderos donde crece la hierba», un libro sobre su internamiento psiquiátrico que es, irónicamente, una de las mejores cosas que escribió. Con más de 90 años, medio sordo, despreciado por su país, el hombre seguía escribiendo como un demonio. Hay que reconocerle al menos eso: la pluma no se le apagó nunca.

Ahora viene la pregunta incómoda, la que sigue flotando en el aire 74 años después de su muerte. ¿Se puede separar al artista de la persona? Es la misma pregunta que nos hacemos con Wagner, con Céline, con Heidegger, con medio panteón cultural europeo. Y la respuesta fácil es: «claro, hay que separar». Pero la respuesta honesta es más complicada. Porque las mismas ideas que hicieron de Hamsun un genio —el rechazo a la modernidad, la exaltación de lo primitivo, la desconfianza hacia el racionalismo— son las que lo convirtieron en fascista. No son compartimentos estancos. Son la misma energía canalizada en direcciones opuestas.

Lo verdaderamente perturbador es lo actual que resulta Hamsun hoy. Vivimos en una época de nostalgia por lo rural, de desconfianza hacia las instituciones, de idealización de la vida «auténtica» frente a la artificialidad urbana. Medio Instagram está lleno de gente soñando con cabañas en el bosque. Pues bien: «La bendición de la tierra» es el manifiesto literario de ese impulso. Y «Hambre» es el retrato más descarnado de lo que significa ser joven, pobre y estar solo en una ciudad que te ignora. Si eso no describe a media generación actual, no sé qué lo hace.

Charles Bukowski, que no era precisamente un sentimental, dijo que leer a Hamsun le cambió la vida. Hemingway lo consideraba superior a cualquier escritor vivo de su época. Thomas Mann lo veneraba. Paul Auster escribió el prólogo de la edición americana de «Hambre» y confesó que sin ese libro no habría escrito la Trilogía de Nueva York. La lista de escritores que le deben algo a Hamsun es tan larga que resulta casi injusto lo poco que se le lee fuera de Escandinavia.

Y quizá ahí está la lección final, si es que tiene que haber una. Knut Hamsun nos recuerda que el talento y la decencia no vienen en el mismo paquete. Que puedes revolucionar la literatura y al mismo tiempo ser un desastre como ser humano. Que las mismas obsesiones que producen obras maestras pueden producir monstruos. No es una lección cómoda. Pero las mejores lecciones nunca lo son. Así que la próxima vez que alguien te diga que la literatura es inofensiva, que es solo entretenimiento, recuérdale que un viejo noruego escribió las novelas más bellas de su siglo y luego le dio un apretón de manos a Hitler. La literatura es dinamita. Y Hamsun lo sabía mejor que nadie.

Artículo 13 feb, 04:22

Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy nos sigue enseñando a escribir

Hace 74 años moría en una granja noruega un anciano de 92 años al que su propio país había declarado traidor. Le habían quitado la dignidad, el dinero y hasta intentaron quitarle la cordura con un internamiento psiquiátrico. Pero no pudieron quitarle lo que de verdad importaba: haber cambiado para siempre la forma en que la literatura mira dentro de la cabeza humana. Ese anciano era Knut Hamsun, y sin él, ni Kafka, ni Hemingway, ni la mitad de lo que hoy consideramos novela moderna existirían tal como los conocemos.

Pero empecemos por lo incómodo, porque Hamsun nos obliga a ello. Simpatizó con los nazis. No fue un coqueteo tibio ni una ingenuidad senil: le envió su medalla del Nobel a Goebbels como regalo, escribió una necrológica elogiosa de Hitler en 1945 —cuando ya se conocían los campos de exterminio— y recibió a Vidkun Quisling, el colaboracionista noruego por antonomasia, como si fuera un héroe. ¿Cómo se digiere eso? La respuesta honesta es: mal. Se digiere mal. Y cualquier artículo sobre Hamsun que no empiece por ahí te está vendiendo humo perfumado.

Ahora bien, aquí viene la pregunta que de verdad importa: ¿puede una obra maestra sobrevivir a la miseria moral de su creador? Porque «Hambre», publicada en 1890, no es simplemente una buena novela. Es el Big Bang de la literatura psicológica moderna. Antes de Hamsun, los personajes de las novelas pensaban con la lógica ordenada de un reloj suizo. Después de «Hambre», los personajes empezaron a pensar como personas reales: de forma caótica, contradictoria, absurda y gloriosamente irracional.

Imagínate la escena. Un joven escritor hambriento deambula por las calles de Cristianía —la actual Oslo— sin un céntimo. ¿Qué hace? ¿Buscar trabajo? ¿Pedir limosna? No. Se inventa una palabra sin sentido —«Kuboaa»— y se pasa páginas enteras obsesionado con ella. Encuentra un hueso en la calle y se lo mete en el bolsillo. Cuando alguien le ofrece ayuda, la rechaza por orgullo. Luego se arrepiente. Luego se enfada por haberse arrepentido. Todo esto en el lapso de un párrafo. Si eso no te suena a cómo funciona tu cabeza un martes cualquiera a las tres de la madrugada, es que nunca has tenido insomnio.

Lo revolucionario de «Hambre» no es que cuente la historia de un tipo que pasa hambre. Es que Hamsun se metió dentro del cráneo de ese tipo y transcribió el caos. Fue el primero en hacerlo con esa brutalidad. Dostoievski había explorado la psicología oscura, sí, pero con cierto orden narrativo, con estructura de thriller filosófico. Hamsun eliminó el filtro. Puso la cámara directamente en el córtex cerebral y le dio a grabar. Cuando Kafka leyó «Hambre», le cambió la vida. Lo dijo él mismo. Y cuando los críticos rastrean los orígenes del monólogo interior que luego perfeccionarían Joyce y Woolf, inevitablemente acaban en esa novelita noruega de 1890.

«Pan» llegó tres años después, en 1894, y aquí Hamsun demostró que no era un autor de un solo truco. Si «Hambre» era la ciudad como infierno mental, «Pan» es la naturaleza como paraíso envenenado. El teniente Glahn vive solo en los bosques del norte de Noruega con su perro Aesop, cazando, contemplando el sol de medianoche, enamorándose de Edvarda con la torpeza magnífica de quien no sabe amar sin destruir. Es una novela de amor que funciona como un cuchillo: preciosa de mirar, pero corta si la tocas. Hamsun escribía sobre la naturaleza como nadie antes y como muy pocos después. No la romantizaba al estilo de los poetas bucólicos; la presentaba como una fuerza que te sana y te enloquece al mismo tiempo.

Y luego está «Los frutos de la tierra», de 1917, la novela que le dio el Nobel en 1920. Aquí Hamsun se volvió épico. Isak Sellanraa, un hombre primitivo y testarudo, llega a un páramo vacío en el norte de Noruega y, piedra a piedra, construye una granja, una familia, un mundo. Es la anti-novela urbana. Mientras Europa se desangraba en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, Hamsun escribió un himno a la tierra, al trabajo manual, a la idea de que la civilización verdadera no está en las ciudades sino en el surco del arado. ¿Suena conservador? Lo es. ¿Suena ingenuo? Tal vez. ¿Suena profundamente atractivo cuando llevas tres horas mirando una pantalla y sientes que tu alma se derrite? Absolutamente.

Ese es el truco sucio de Hamsun: te seduce con lo que más necesitas. En «Hambre» te da permiso para reconocer que tu mente es un circo sin domador. En «Pan» te recuerda que hay un mundo más allá del asfalto que puede salvarte o devorarte. En «Los frutos de la tierra» te dice que hay dignidad en lo simple. Y en cada una de esas novelas, la prosa es tan límpida, tan rítmica, tan absurdamente bella que te olvidas de que estás leyendo. Simplemente estás ahí dentro.

El problema es que esa misma sensibilidad extrema, esa capacidad de conectar con lo visceral y lo primitivo, fue probablemente lo que lo llevó al desastre político. Hamsun odiaba el imperialismo británico con una pasión casi patológica —había vivido como emigrante pobre en Estados Unidos y detestaba el mundo anglosajón—. Odiaba la modernidad urbana, la industrialización, el parlamentarismo liberal. Y cuando apareció un movimiento que prometía volver a la tierra, exaltar lo nórdico y destruir el orden anglosajón, Hamsun mordió el anzuelo con la boca abierta. No es una excusa. Es un diagnóstico.

Cuando Noruega fue liberada en 1945, Hamsun tenía 85 años. Lo sometieron a un juicio que fue más humillación pública que proceso legal. Un psiquiatra lo declaró con «facultades mentales permanentemente debilitadas», un diagnóstico que el propio Hamsun refutó escribiendo «Por los senderos donde crece la hierba», un libro de memorias de una lucidez tan feroz que dejó en ridículo al psiquiatra. Le impusieron una multa que lo dejó en la ruina. Murió en 1952, pobre y despreciado por sus compatriotas. Hoy, Noruega sigue sin saber muy bien qué hacer con él: es su mayor genio literario y su mayor vergüenza moral, todo en el mismo paquete.

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos con Hamsun hoy, 74 años después? Podemos hacer lo fácil: cancelarlo, tacharlo de la lista, fingir que «Hambre» no existe. O podemos hacer lo difícil: leerlo, admirar su genio, horrorizarnos con sus decisiones y aceptar que la literatura no es un concurso de buena conducta. Que un ser humano puede escribir las páginas más luminosas sobre la experiencia de estar vivo y al mismo tiempo abrazar la ideología más oscura del siglo XX. Que esa contradicción no se resuelve, se habita.

Si nunca has leído a Hamsun, empieza por «Hambre». Son apenas 200 páginas. Te va a incomodar, te va a fascinar, y cuando termines vas a mirar la literatura de otra manera. Y si alguien te pregunta cómo puedes leer a un simpatizante nazi, dile lo que dijo Isaac Bashevis Singer —judío, premio Nobel, superviviente de la tragedia—: «Todo lo que escribo tiene algo de Hamsun». Si Singer pudo separar al artista de la bestia, quizás nosotros también podamos intentarlo. O al menos, deberíamos tener el valor de enfrentarnos a la pregunta.

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