Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy es más moderno que tu escritor favorito
Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy es más moderno que tu escritor favorito
Hace exactamente 74 años, el 19 de febrero de 1952, moría en una granja noruega un anciano de 92 años al que su propio país había decidido olvidar. No era un don nadie. Era Knut Hamsun, premio Nobel de Literatura en 1920, el hombre que había dinamitado las reglas de la narrativa europea antes de que a Kafka le saliera el primer bigote. Pero también era el tipo que le había regalado su medalla Nobel a Joseph Goebbels y había escrito una necrológica elogiosa de Adolf Hitler. Noruega tenía un problema gordo: ¿cómo honras a un genio literario que resulta ser un desastre moral? Spoiler: 74 años después, seguimos sin saberlo.
Pero vayamos al principio, que es donde las cosas se ponen interesantes. En 1890, un noruego hambriento y medio loco publica una novela llamada, precisamente, «Hambre». Y aquí es donde hay que detenerse un momento para apreciar la jugada. Imagínate: finales del siglo XIX, la novela europea es un artefacto pesado, lleno de descripciones de salones, árboles genealógicos y señoras que se desmayan con elegancia. Y entonces llega Hamsun y escribe un libro que es básicamente un tipo caminando por las calles de Cristianía —hoy Oslo— muriéndose de hambre, hablando consigo mismo, mintiendo a desconocidos, riendo sin motivo, y pensando cosas que no tienen ningún sentido lógico. Sin trama. Sin moraleja. Sin final feliz. Solo una conciencia desnuda tropezando consigo misma.
¿Te suena? Debería. Porque lo que Hamsun hizo en «Hambre» es exactamente lo que luego harían Joyce, Woolf, Céline y medio siglo XX. El flujo de conciencia, ese recurso que los manuales de literatura atribuyen al modernismo anglosajón, ya estaba ahí, en un noruego flaco que escribía en una buhardilla. Isaac Bashevis Singer lo dijo sin rodeos: «Toda la literatura moderna del siglo XX parte de Hamsun». No de Tolstói, no de Flaubert. De Hamsun. Y Singer tenía un Nobel propio, así que no lo decía por hacer amigos.
Luego vino «Pan», en 1894, y la cosa se puso todavía más rara. El teniente Glahn vive solo en una cabaña en el norte de Noruega, se enamora de una mujer caprichosa, hace cosas inexplicables —como regalarle un zapato a alguien o dispararle a su propio perro—, y el lector no sabe si está ante un romántico terminal o un psicópata con buena prosa. La naturaleza en «Pan» no es un decorado bonito: es un personaje con dientes, una fuerza que te arrastra y te devuelve hecho pedazos. Si alguna vez has leído a Cormac McCarthy y has pensado «qué salvaje», pues Hamsun ya estaba ahí sesenta años antes, solo que en noruego y con más mosquitos.
Y después llegó «La bendición de la tierra» en 1917, la novela que le dio el Nobel. Aquí Hamsun hace algo que parece contradictorio con todo lo anterior: escribe la historia de Isak, un campesino que llega a un páramo, planta patatas, construye una granja, tiene hijos, y básicamente vive en armonía con la tierra. Sin ironía. Sin cinismo. Es casi bíblico. Los críticos de la época aplaudieron de pie. El comité Nobel dijo que era «por su obra monumental». Pero lo que nadie quiso ver —o prefirió ignorar— es que debajo de esa celebración de la vida rural latía una desconfianza feroz hacia la modernidad, la ciudad, el progreso, la democracia liberal. Y esa desconfianza, amigos, es la que años después lo llevó directamente a los brazos del nazismo.
Aquí es donde la historia de Hamsun se convierte en una tragedia griega. No fue un colaboracionista cobarde ni un oportunista. Fue un creyente. Hamsun admiraba la idea de una Europa unida bajo el mando germánico, despreciaba a los británicos, y cuando los nazis ocuparon Noruega en 1940, él los recibió como liberadores. Tenía 80 años y toda la lucidez del mundo —o eso creía él—. Conoció a Hitler en persona en 1943 y, según las crónicas, el Führer terminó la reunión furioso porque el viejo escritor no paraba de pedirle que cambiara de gobernador en Noruega. Hamsun era tan terco que ni Hitler lo aguantaba. Hay algo casi cómico en eso, si no fuera tan trágico.
Cuando acabó la guerra, Noruega le hizo un juicio. No lo metieron en la cárcel —tenía 86 años y un tribunal psiquiátrico lo declaró con «facultades mentales permanentemente debilitadas»—, pero le impusieron una multa brutal que lo dejó arruinado. Hamsun respondió escribiendo «Por los senderos donde crece la hierba», un libro sobre su internamiento psiquiátrico que es, irónicamente, una de las mejores cosas que escribió. Con más de 90 años, medio sordo, despreciado por su país, el hombre seguía escribiendo como un demonio. Hay que reconocerle al menos eso: la pluma no se le apagó nunca.
Ahora viene la pregunta incómoda, la que sigue flotando en el aire 74 años después de su muerte. ¿Se puede separar al artista de la persona? Es la misma pregunta que nos hacemos con Wagner, con Céline, con Heidegger, con medio panteón cultural europeo. Y la respuesta fácil es: «claro, hay que separar». Pero la respuesta honesta es más complicada. Porque las mismas ideas que hicieron de Hamsun un genio —el rechazo a la modernidad, la exaltación de lo primitivo, la desconfianza hacia el racionalismo— son las que lo convirtieron en fascista. No son compartimentos estancos. Son la misma energía canalizada en direcciones opuestas.
Lo verdaderamente perturbador es lo actual que resulta Hamsun hoy. Vivimos en una época de nostalgia por lo rural, de desconfianza hacia las instituciones, de idealización de la vida «auténtica» frente a la artificialidad urbana. Medio Instagram está lleno de gente soñando con cabañas en el bosque. Pues bien: «La bendición de la tierra» es el manifiesto literario de ese impulso. Y «Hambre» es el retrato más descarnado de lo que significa ser joven, pobre y estar solo en una ciudad que te ignora. Si eso no describe a media generación actual, no sé qué lo hace.
Charles Bukowski, que no era precisamente un sentimental, dijo que leer a Hamsun le cambió la vida. Hemingway lo consideraba superior a cualquier escritor vivo de su época. Thomas Mann lo veneraba. Paul Auster escribió el prólogo de la edición americana de «Hambre» y confesó que sin ese libro no habría escrito la Trilogía de Nueva York. La lista de escritores que le deben algo a Hamsun es tan larga que resulta casi injusto lo poco que se le lee fuera de Escandinavia.
Y quizá ahí está la lección final, si es que tiene que haber una. Knut Hamsun nos recuerda que el talento y la decencia no vienen en el mismo paquete. Que puedes revolucionar la literatura y al mismo tiempo ser un desastre como ser humano. Que las mismas obsesiones que producen obras maestras pueden producir monstruos. No es una lección cómoda. Pero las mejores lecciones nunca lo son. Así que la próxima vez que alguien te diga que la literatura es inofensiva, que es solo entretenimiento, recuérdale que un viejo noruego escribió las novelas más bellas de su siglo y luego le dio un apretón de manos a Hitler. La literatura es dinamita. Y Hamsun lo sabía mejor que nadie.
Cargando comentarios...