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Artículo 14 feb, 14:17

Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy es más moderno que tu escritor favorito

Hace 74 años moría en su granja noruega un anciano de 92 años al que medio país despreciaba. Le habían quitado su fortuna, lo habían encerrado en un psiquiátrico y lo habían declarado mentalmente disminuido. Ese anciano era Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura, el hombre que revolucionó la novela moderna antes de que Kafka escribiera su primera cucaracha. Y sin embargo, su nombre sigue siendo un campo minado. Porque Hamsun cometió el pecado imperdonable: admiró a Hitler. La pregunta, setenta y cuatro años después, no es si podemos perdonarlo. La pregunta es si podemos permitirnos ignorarlo.

Pongamos las cosas en perspectiva. En 1890, cuando Dostoyevski ya era un clásico y Tolstói predicaba el vegetarianismo desde su finca, un noruego flaco y hambriento publicó una novela llamada «Hambre». No tenía trama en el sentido convencional. No había héroes ni villanos. Solo un tipo caminando por las calles de Cristianía —hoy Oslo— con el estómago vacío y la cabeza llena de pensamientos erráticos, contradictorios, a veces delirantes. El protagonista no hacía nada grandioso: mentía, se humillaba, rechazaba ayuda por orgullo y luego mendigaba por desesperación. Era, en pocas palabras, un ser humano real. Y eso, en 1890, era dinamita literaria.

Lo que Hamsun hizo con «Hambre» fue algo que hoy damos por sentado pero que entonces era una herejía: meterse dentro de la cabeza de un personaje y mostrar el caos. No el monólogo interior ordenadito de un filósofo, sino el verdadero desorden mental de alguien que no ha comido en tres días. James Joyce publicó «Ulises» treinta y dos años después. Virginia Woolf escribió «La señora Dalloway» treinta y cinco años después. El flujo de conciencia, esa técnica que los manuales de literatura atribuyen al modernismo anglosajón, ya estaba ahí, en un libro noruego que casi nadie fuera de Escandinavia había leído. Hamsun llegó primero. Punto.

Pero Hamsun no era un truco de un solo golpe. En 1894 publicó «Pan», una novela que parece una historia de amor ambientada en los bosques del norte de Noruega y que en realidad es un estudio demoledor sobre la obsesión, el autoengaño y la incapacidad masculina de entender a las mujeres. El teniente Glahn, su protagonista, es un hombre que se cree libre porque vive en la naturaleza, pero que es esclavo absoluto de sus impulsos. Hamsun lo escribió con una prosa tan sensorial que puedes oler los abedules y sentir el frío en los huesos. Si alguna vez has leído a un autor contemporáneo que describe la naturaleza como si fuera un personaje más, le debe algo a Hamsun, lo sepa o no.

Y luego llegó «Los frutos de la tierra», la novela que le dio el Nobel en 1920. Aquí Hamsun dio un giro que desconcertó a muchos: después de revolucionar la novela psicológica urbana, escribió un himno a la vida campesina. Isak, el protagonista, es un hombre primitivo que coloniza un terreno baldío en el norte de Noruega y lo convierte en una granja próspera a base de trabajo bruto. No hay ironía, no hay cinismo. Es una celebración casi religiosa del contacto con la tierra. Algunos la leyeron como una obra maestra sobre la dignidad del trabajo manual. Otros, con el tiempo, la leyeron como el primer síntoma de la ideología que terminaría destruyendo a Hamsun: el culto a lo rural, la desconfianza hacia la modernidad, la idea de que la civilización corrompe.

Y aquí es donde la historia se pone incómoda. Porque sí, Hamsun apoyó al régimen nazi. No de forma tibia o ambigua: envió su medalla del Nobel a Goebbels como regalo, escribió un obituario elogioso de Hitler en 1945 —cuando los campos de exterminio ya eran conocidos— y se reunió personalmente con el Führer en 1943. Tenía más de ochenta años, estaba casi sordo, y según algunos testimonios no entendió del todo lo que estaba pasando. Pero esa excusa no se sostiene. Hamsun era un hombre brillante. Su simpatía por el nazismo no fue un error senil: fue la consecuencia lógica de décadas de desprecio hacia la democracia liberal, hacia el parlamentarismo, hacia lo que él llamaba «la cultura anglosajona». Lo llevaba escribiendo desde joven.

Entonces, ¿qué hacemos con Hamsun? Esta es la pregunta que la cultura contemporánea se hace cada vez con más frecuencia, no solo sobre él, sino sobre decenas de artistas cuyas biografías resultan indigeribles. Y la respuesta cómoda —separar la obra del autor— es más fácil de decir que de practicar. Porque cuando lees «Los frutos de la tierra» sabiendo lo que sabes, el culto a la tierra adquiere un tono diferente. Las frases sobre la pureza de la vida rural suenan distintas. No es que la novela se convierta en propaganda nazi —no lo es—, pero la sombra está ahí, y fingir que no la ves es deshonesto.

Lo que propongo es algo más interesante que el perdón o la condena: la incomodidad. Leer a Hamsun debería ser incómodo. Y esa incomodidad es precisamente lo que lo hace relevante hoy. Vivimos en una época en la que queremos que nuestros referentes culturales sean moralmente impecables, en la que un tuit desafortunado puede cancelar una carrera. Hamsun nos obliga a enfrentar una verdad que preferimos esquivar: que el talento y la decencia no siempre van de la mano. Que alguien puede escribir las páginas más hermosas sobre el hambre humano y al mismo tiempo admirar a un monstruo.

Pero hay algo más. La influencia técnica de Hamsun es tan profunda que borrarla sería como intentar sacar la levadura del pan ya horneado. Sin «Hambre» no hay «Náusea» de Sartre. Sin «Pan» no hay «El amante de Lady Chatterley» de Lawrence —que, por cierto, era un admirador declarado de Hamsun—. Sin «Misterios» no hay literatura del absurdo. Isaac Bashevis Singer, él mismo víctima de la barbarie nazi, dijo que Hamsun era «el padre de la literatura moderna». Thomas Mann lo consideraba un genio. Incluso Hemingway, que no era generoso con los elogios, reconoció su deuda.

Hoy, 14 de febrero de 2026, mientras el mundo celebra San Valentín con corazones de chocolate y ramos de rosas, se cumplen 74 años de la muerte de un hombre que escribió las historias de amor más perturbadoras de la literatura nórdica. Un hombre que entendía el hambre —física y metafísica— mejor que nadie. Un hombre que eligió el lado equivocado de la historia con los ojos abiertos. Knut Hamsun no merece ni nuestra admiración ciega ni nuestro desprecio automático. Merece que lo leamos con los ojos muy abiertos, con el estómago revuelto si hace falta, y que aceptemos que la literatura, como la vida misma, no viene en versiones limpias y cómodas. Si después de leer «Hambre» puedes dormir tranquilo, es que no lo has leído bien.

Artículo 13 feb, 06:16

Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy es más moderno que tu escritor favorito

Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy es más moderno que tu escritor favorito

Hace exactamente 74 años, el 19 de febrero de 1952, moría en una granja noruega un anciano de 92 años al que su propio país había decidido olvidar. No era un don nadie. Era Knut Hamsun, premio Nobel de Literatura en 1920, el hombre que había dinamitado las reglas de la narrativa europea antes de que a Kafka le saliera el primer bigote. Pero también era el tipo que le había regalado su medalla Nobel a Joseph Goebbels y había escrito una necrológica elogiosa de Adolf Hitler. Noruega tenía un problema gordo: ¿cómo honras a un genio literario que resulta ser un desastre moral? Spoiler: 74 años después, seguimos sin saberlo.

Pero vayamos al principio, que es donde las cosas se ponen interesantes. En 1890, un noruego hambriento y medio loco publica una novela llamada, precisamente, «Hambre». Y aquí es donde hay que detenerse un momento para apreciar la jugada. Imagínate: finales del siglo XIX, la novela europea es un artefacto pesado, lleno de descripciones de salones, árboles genealógicos y señoras que se desmayan con elegancia. Y entonces llega Hamsun y escribe un libro que es básicamente un tipo caminando por las calles de Cristianía —hoy Oslo— muriéndose de hambre, hablando consigo mismo, mintiendo a desconocidos, riendo sin motivo, y pensando cosas que no tienen ningún sentido lógico. Sin trama. Sin moraleja. Sin final feliz. Solo una conciencia desnuda tropezando consigo misma.

¿Te suena? Debería. Porque lo que Hamsun hizo en «Hambre» es exactamente lo que luego harían Joyce, Woolf, Céline y medio siglo XX. El flujo de conciencia, ese recurso que los manuales de literatura atribuyen al modernismo anglosajón, ya estaba ahí, en un noruego flaco que escribía en una buhardilla. Isaac Bashevis Singer lo dijo sin rodeos: «Toda la literatura moderna del siglo XX parte de Hamsun». No de Tolstói, no de Flaubert. De Hamsun. Y Singer tenía un Nobel propio, así que no lo decía por hacer amigos.

Luego vino «Pan», en 1894, y la cosa se puso todavía más rara. El teniente Glahn vive solo en una cabaña en el norte de Noruega, se enamora de una mujer caprichosa, hace cosas inexplicables —como regalarle un zapato a alguien o dispararle a su propio perro—, y el lector no sabe si está ante un romántico terminal o un psicópata con buena prosa. La naturaleza en «Pan» no es un decorado bonito: es un personaje con dientes, una fuerza que te arrastra y te devuelve hecho pedazos. Si alguna vez has leído a Cormac McCarthy y has pensado «qué salvaje», pues Hamsun ya estaba ahí sesenta años antes, solo que en noruego y con más mosquitos.

Y después llegó «La bendición de la tierra» en 1917, la novela que le dio el Nobel. Aquí Hamsun hace algo que parece contradictorio con todo lo anterior: escribe la historia de Isak, un campesino que llega a un páramo, planta patatas, construye una granja, tiene hijos, y básicamente vive en armonía con la tierra. Sin ironía. Sin cinismo. Es casi bíblico. Los críticos de la época aplaudieron de pie. El comité Nobel dijo que era «por su obra monumental». Pero lo que nadie quiso ver —o prefirió ignorar— es que debajo de esa celebración de la vida rural latía una desconfianza feroz hacia la modernidad, la ciudad, el progreso, la democracia liberal. Y esa desconfianza, amigos, es la que años después lo llevó directamente a los brazos del nazismo.

Aquí es donde la historia de Hamsun se convierte en una tragedia griega. No fue un colaboracionista cobarde ni un oportunista. Fue un creyente. Hamsun admiraba la idea de una Europa unida bajo el mando germánico, despreciaba a los británicos, y cuando los nazis ocuparon Noruega en 1940, él los recibió como liberadores. Tenía 80 años y toda la lucidez del mundo —o eso creía él—. Conoció a Hitler en persona en 1943 y, según las crónicas, el Führer terminó la reunión furioso porque el viejo escritor no paraba de pedirle que cambiara de gobernador en Noruega. Hamsun era tan terco que ni Hitler lo aguantaba. Hay algo casi cómico en eso, si no fuera tan trágico.

Cuando acabó la guerra, Noruega le hizo un juicio. No lo metieron en la cárcel —tenía 86 años y un tribunal psiquiátrico lo declaró con «facultades mentales permanentemente debilitadas»—, pero le impusieron una multa brutal que lo dejó arruinado. Hamsun respondió escribiendo «Por los senderos donde crece la hierba», un libro sobre su internamiento psiquiátrico que es, irónicamente, una de las mejores cosas que escribió. Con más de 90 años, medio sordo, despreciado por su país, el hombre seguía escribiendo como un demonio. Hay que reconocerle al menos eso: la pluma no se le apagó nunca.

Ahora viene la pregunta incómoda, la que sigue flotando en el aire 74 años después de su muerte. ¿Se puede separar al artista de la persona? Es la misma pregunta que nos hacemos con Wagner, con Céline, con Heidegger, con medio panteón cultural europeo. Y la respuesta fácil es: «claro, hay que separar». Pero la respuesta honesta es más complicada. Porque las mismas ideas que hicieron de Hamsun un genio —el rechazo a la modernidad, la exaltación de lo primitivo, la desconfianza hacia el racionalismo— son las que lo convirtieron en fascista. No son compartimentos estancos. Son la misma energía canalizada en direcciones opuestas.

Lo verdaderamente perturbador es lo actual que resulta Hamsun hoy. Vivimos en una época de nostalgia por lo rural, de desconfianza hacia las instituciones, de idealización de la vida «auténtica» frente a la artificialidad urbana. Medio Instagram está lleno de gente soñando con cabañas en el bosque. Pues bien: «La bendición de la tierra» es el manifiesto literario de ese impulso. Y «Hambre» es el retrato más descarnado de lo que significa ser joven, pobre y estar solo en una ciudad que te ignora. Si eso no describe a media generación actual, no sé qué lo hace.

Charles Bukowski, que no era precisamente un sentimental, dijo que leer a Hamsun le cambió la vida. Hemingway lo consideraba superior a cualquier escritor vivo de su época. Thomas Mann lo veneraba. Paul Auster escribió el prólogo de la edición americana de «Hambre» y confesó que sin ese libro no habría escrito la Trilogía de Nueva York. La lista de escritores que le deben algo a Hamsun es tan larga que resulta casi injusto lo poco que se le lee fuera de Escandinavia.

Y quizá ahí está la lección final, si es que tiene que haber una. Knut Hamsun nos recuerda que el talento y la decencia no vienen en el mismo paquete. Que puedes revolucionar la literatura y al mismo tiempo ser un desastre como ser humano. Que las mismas obsesiones que producen obras maestras pueden producir monstruos. No es una lección cómoda. Pero las mejores lecciones nunca lo son. Así que la próxima vez que alguien te diga que la literatura es inofensiva, que es solo entretenimiento, recuérdale que un viejo noruego escribió las novelas más bellas de su siglo y luego le dio un apretón de manos a Hitler. La literatura es dinamita. Y Hamsun lo sabía mejor que nadie.

Artículo 13 feb, 04:22

Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy nos sigue enseñando a escribir

Hace 74 años moría en una granja noruega un anciano de 92 años al que su propio país había declarado traidor. Le habían quitado la dignidad, el dinero y hasta intentaron quitarle la cordura con un internamiento psiquiátrico. Pero no pudieron quitarle lo que de verdad importaba: haber cambiado para siempre la forma en que la literatura mira dentro de la cabeza humana. Ese anciano era Knut Hamsun, y sin él, ni Kafka, ni Hemingway, ni la mitad de lo que hoy consideramos novela moderna existirían tal como los conocemos.

Pero empecemos por lo incómodo, porque Hamsun nos obliga a ello. Simpatizó con los nazis. No fue un coqueteo tibio ni una ingenuidad senil: le envió su medalla del Nobel a Goebbels como regalo, escribió una necrológica elogiosa de Hitler en 1945 —cuando ya se conocían los campos de exterminio— y recibió a Vidkun Quisling, el colaboracionista noruego por antonomasia, como si fuera un héroe. ¿Cómo se digiere eso? La respuesta honesta es: mal. Se digiere mal. Y cualquier artículo sobre Hamsun que no empiece por ahí te está vendiendo humo perfumado.

Ahora bien, aquí viene la pregunta que de verdad importa: ¿puede una obra maestra sobrevivir a la miseria moral de su creador? Porque «Hambre», publicada en 1890, no es simplemente una buena novela. Es el Big Bang de la literatura psicológica moderna. Antes de Hamsun, los personajes de las novelas pensaban con la lógica ordenada de un reloj suizo. Después de «Hambre», los personajes empezaron a pensar como personas reales: de forma caótica, contradictoria, absurda y gloriosamente irracional.

Imagínate la escena. Un joven escritor hambriento deambula por las calles de Cristianía —la actual Oslo— sin un céntimo. ¿Qué hace? ¿Buscar trabajo? ¿Pedir limosna? No. Se inventa una palabra sin sentido —«Kuboaa»— y se pasa páginas enteras obsesionado con ella. Encuentra un hueso en la calle y se lo mete en el bolsillo. Cuando alguien le ofrece ayuda, la rechaza por orgullo. Luego se arrepiente. Luego se enfada por haberse arrepentido. Todo esto en el lapso de un párrafo. Si eso no te suena a cómo funciona tu cabeza un martes cualquiera a las tres de la madrugada, es que nunca has tenido insomnio.

Lo revolucionario de «Hambre» no es que cuente la historia de un tipo que pasa hambre. Es que Hamsun se metió dentro del cráneo de ese tipo y transcribió el caos. Fue el primero en hacerlo con esa brutalidad. Dostoievski había explorado la psicología oscura, sí, pero con cierto orden narrativo, con estructura de thriller filosófico. Hamsun eliminó el filtro. Puso la cámara directamente en el córtex cerebral y le dio a grabar. Cuando Kafka leyó «Hambre», le cambió la vida. Lo dijo él mismo. Y cuando los críticos rastrean los orígenes del monólogo interior que luego perfeccionarían Joyce y Woolf, inevitablemente acaban en esa novelita noruega de 1890.

«Pan» llegó tres años después, en 1894, y aquí Hamsun demostró que no era un autor de un solo truco. Si «Hambre» era la ciudad como infierno mental, «Pan» es la naturaleza como paraíso envenenado. El teniente Glahn vive solo en los bosques del norte de Noruega con su perro Aesop, cazando, contemplando el sol de medianoche, enamorándose de Edvarda con la torpeza magnífica de quien no sabe amar sin destruir. Es una novela de amor que funciona como un cuchillo: preciosa de mirar, pero corta si la tocas. Hamsun escribía sobre la naturaleza como nadie antes y como muy pocos después. No la romantizaba al estilo de los poetas bucólicos; la presentaba como una fuerza que te sana y te enloquece al mismo tiempo.

Y luego está «Los frutos de la tierra», de 1917, la novela que le dio el Nobel en 1920. Aquí Hamsun se volvió épico. Isak Sellanraa, un hombre primitivo y testarudo, llega a un páramo vacío en el norte de Noruega y, piedra a piedra, construye una granja, una familia, un mundo. Es la anti-novela urbana. Mientras Europa se desangraba en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, Hamsun escribió un himno a la tierra, al trabajo manual, a la idea de que la civilización verdadera no está en las ciudades sino en el surco del arado. ¿Suena conservador? Lo es. ¿Suena ingenuo? Tal vez. ¿Suena profundamente atractivo cuando llevas tres horas mirando una pantalla y sientes que tu alma se derrite? Absolutamente.

Ese es el truco sucio de Hamsun: te seduce con lo que más necesitas. En «Hambre» te da permiso para reconocer que tu mente es un circo sin domador. En «Pan» te recuerda que hay un mundo más allá del asfalto que puede salvarte o devorarte. En «Los frutos de la tierra» te dice que hay dignidad en lo simple. Y en cada una de esas novelas, la prosa es tan límpida, tan rítmica, tan absurdamente bella que te olvidas de que estás leyendo. Simplemente estás ahí dentro.

El problema es que esa misma sensibilidad extrema, esa capacidad de conectar con lo visceral y lo primitivo, fue probablemente lo que lo llevó al desastre político. Hamsun odiaba el imperialismo británico con una pasión casi patológica —había vivido como emigrante pobre en Estados Unidos y detestaba el mundo anglosajón—. Odiaba la modernidad urbana, la industrialización, el parlamentarismo liberal. Y cuando apareció un movimiento que prometía volver a la tierra, exaltar lo nórdico y destruir el orden anglosajón, Hamsun mordió el anzuelo con la boca abierta. No es una excusa. Es un diagnóstico.

Cuando Noruega fue liberada en 1945, Hamsun tenía 85 años. Lo sometieron a un juicio que fue más humillación pública que proceso legal. Un psiquiatra lo declaró con «facultades mentales permanentemente debilitadas», un diagnóstico que el propio Hamsun refutó escribiendo «Por los senderos donde crece la hierba», un libro de memorias de una lucidez tan feroz que dejó en ridículo al psiquiatra. Le impusieron una multa que lo dejó en la ruina. Murió en 1952, pobre y despreciado por sus compatriotas. Hoy, Noruega sigue sin saber muy bien qué hacer con él: es su mayor genio literario y su mayor vergüenza moral, todo en el mismo paquete.

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos con Hamsun hoy, 74 años después? Podemos hacer lo fácil: cancelarlo, tacharlo de la lista, fingir que «Hambre» no existe. O podemos hacer lo difícil: leerlo, admirar su genio, horrorizarnos con sus decisiones y aceptar que la literatura no es un concurso de buena conducta. Que un ser humano puede escribir las páginas más luminosas sobre la experiencia de estar vivo y al mismo tiempo abrazar la ideología más oscura del siglo XX. Que esa contradicción no se resuelve, se habita.

Si nunca has leído a Hamsun, empieza por «Hambre». Son apenas 200 páginas. Te va a incomodar, te va a fascinar, y cuando termines vas a mirar la literatura de otra manera. Y si alguien te pregunta cómo puedes leer a un simpatizante nazi, dile lo que dijo Isaac Bashevis Singer —judío, premio Nobel, superviviente de la tragedia—: «Todo lo que escribo tiene algo de Hamsun». Si Singer pudo separar al artista de la bestia, quizás nosotros también podamos intentarlo. O al menos, deberíamos tener el valor de enfrentarnos a la pregunta.

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