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Artículo 13 feb, 04:22

Knut Hamsun: el Nobel que murió como traidor y hoy nos sigue enseñando a escribir

Hace 74 años moría en una granja noruega un anciano de 92 años al que su propio país había declarado traidor. Le habían quitado la dignidad, el dinero y hasta intentaron quitarle la cordura con un internamiento psiquiátrico. Pero no pudieron quitarle lo que de verdad importaba: haber cambiado para siempre la forma en que la literatura mira dentro de la cabeza humana. Ese anciano era Knut Hamsun, y sin él, ni Kafka, ni Hemingway, ni la mitad de lo que hoy consideramos novela moderna existirían tal como los conocemos.

Pero empecemos por lo incómodo, porque Hamsun nos obliga a ello. Simpatizó con los nazis. No fue un coqueteo tibio ni una ingenuidad senil: le envió su medalla del Nobel a Goebbels como regalo, escribió una necrológica elogiosa de Hitler en 1945 —cuando ya se conocían los campos de exterminio— y recibió a Vidkun Quisling, el colaboracionista noruego por antonomasia, como si fuera un héroe. ¿Cómo se digiere eso? La respuesta honesta es: mal. Se digiere mal. Y cualquier artículo sobre Hamsun que no empiece por ahí te está vendiendo humo perfumado.

Ahora bien, aquí viene la pregunta que de verdad importa: ¿puede una obra maestra sobrevivir a la miseria moral de su creador? Porque «Hambre», publicada en 1890, no es simplemente una buena novela. Es el Big Bang de la literatura psicológica moderna. Antes de Hamsun, los personajes de las novelas pensaban con la lógica ordenada de un reloj suizo. Después de «Hambre», los personajes empezaron a pensar como personas reales: de forma caótica, contradictoria, absurda y gloriosamente irracional.

Imagínate la escena. Un joven escritor hambriento deambula por las calles de Cristianía —la actual Oslo— sin un céntimo. ¿Qué hace? ¿Buscar trabajo? ¿Pedir limosna? No. Se inventa una palabra sin sentido —«Kuboaa»— y se pasa páginas enteras obsesionado con ella. Encuentra un hueso en la calle y se lo mete en el bolsillo. Cuando alguien le ofrece ayuda, la rechaza por orgullo. Luego se arrepiente. Luego se enfada por haberse arrepentido. Todo esto en el lapso de un párrafo. Si eso no te suena a cómo funciona tu cabeza un martes cualquiera a las tres de la madrugada, es que nunca has tenido insomnio.

Lo revolucionario de «Hambre» no es que cuente la historia de un tipo que pasa hambre. Es que Hamsun se metió dentro del cráneo de ese tipo y transcribió el caos. Fue el primero en hacerlo con esa brutalidad. Dostoievski había explorado la psicología oscura, sí, pero con cierto orden narrativo, con estructura de thriller filosófico. Hamsun eliminó el filtro. Puso la cámara directamente en el córtex cerebral y le dio a grabar. Cuando Kafka leyó «Hambre», le cambió la vida. Lo dijo él mismo. Y cuando los críticos rastrean los orígenes del monólogo interior que luego perfeccionarían Joyce y Woolf, inevitablemente acaban en esa novelita noruega de 1890.

«Pan» llegó tres años después, en 1894, y aquí Hamsun demostró que no era un autor de un solo truco. Si «Hambre» era la ciudad como infierno mental, «Pan» es la naturaleza como paraíso envenenado. El teniente Glahn vive solo en los bosques del norte de Noruega con su perro Aesop, cazando, contemplando el sol de medianoche, enamorándose de Edvarda con la torpeza magnífica de quien no sabe amar sin destruir. Es una novela de amor que funciona como un cuchillo: preciosa de mirar, pero corta si la tocas. Hamsun escribía sobre la naturaleza como nadie antes y como muy pocos después. No la romantizaba al estilo de los poetas bucólicos; la presentaba como una fuerza que te sana y te enloquece al mismo tiempo.

Y luego está «Los frutos de la tierra», de 1917, la novela que le dio el Nobel en 1920. Aquí Hamsun se volvió épico. Isak Sellanraa, un hombre primitivo y testarudo, llega a un páramo vacío en el norte de Noruega y, piedra a piedra, construye una granja, una familia, un mundo. Es la anti-novela urbana. Mientras Europa se desangraba en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, Hamsun escribió un himno a la tierra, al trabajo manual, a la idea de que la civilización verdadera no está en las ciudades sino en el surco del arado. ¿Suena conservador? Lo es. ¿Suena ingenuo? Tal vez. ¿Suena profundamente atractivo cuando llevas tres horas mirando una pantalla y sientes que tu alma se derrite? Absolutamente.

Ese es el truco sucio de Hamsun: te seduce con lo que más necesitas. En «Hambre» te da permiso para reconocer que tu mente es un circo sin domador. En «Pan» te recuerda que hay un mundo más allá del asfalto que puede salvarte o devorarte. En «Los frutos de la tierra» te dice que hay dignidad en lo simple. Y en cada una de esas novelas, la prosa es tan límpida, tan rítmica, tan absurdamente bella que te olvidas de que estás leyendo. Simplemente estás ahí dentro.

El problema es que esa misma sensibilidad extrema, esa capacidad de conectar con lo visceral y lo primitivo, fue probablemente lo que lo llevó al desastre político. Hamsun odiaba el imperialismo británico con una pasión casi patológica —había vivido como emigrante pobre en Estados Unidos y detestaba el mundo anglosajón—. Odiaba la modernidad urbana, la industrialización, el parlamentarismo liberal. Y cuando apareció un movimiento que prometía volver a la tierra, exaltar lo nórdico y destruir el orden anglosajón, Hamsun mordió el anzuelo con la boca abierta. No es una excusa. Es un diagnóstico.

Cuando Noruega fue liberada en 1945, Hamsun tenía 85 años. Lo sometieron a un juicio que fue más humillación pública que proceso legal. Un psiquiatra lo declaró con «facultades mentales permanentemente debilitadas», un diagnóstico que el propio Hamsun refutó escribiendo «Por los senderos donde crece la hierba», un libro de memorias de una lucidez tan feroz que dejó en ridículo al psiquiatra. Le impusieron una multa que lo dejó en la ruina. Murió en 1952, pobre y despreciado por sus compatriotas. Hoy, Noruega sigue sin saber muy bien qué hacer con él: es su mayor genio literario y su mayor vergüenza moral, todo en el mismo paquete.

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos con Hamsun hoy, 74 años después? Podemos hacer lo fácil: cancelarlo, tacharlo de la lista, fingir que «Hambre» no existe. O podemos hacer lo difícil: leerlo, admirar su genio, horrorizarnos con sus decisiones y aceptar que la literatura no es un concurso de buena conducta. Que un ser humano puede escribir las páginas más luminosas sobre la experiencia de estar vivo y al mismo tiempo abrazar la ideología más oscura del siglo XX. Que esa contradicción no se resuelve, se habita.

Si nunca has leído a Hamsun, empieza por «Hambre». Son apenas 200 páginas. Te va a incomodar, te va a fascinar, y cuando termines vas a mirar la literatura de otra manera. Y si alguien te pregunta cómo puedes leer a un simpatizante nazi, dile lo que dijo Isaac Bashevis Singer —judío, premio Nobel, superviviente de la tragedia—: «Todo lo que escribo tiene algo de Hamsun». Si Singer pudo separar al artista de la bestia, quizás nosotros también podamos intentarlo. O al menos, deberíamos tener el valor de enfrentarnos a la pregunta.

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