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Artículo 4 feb, 23:02

¿Escribir por dinero te convierte en prostituta de las letras? La verdad incómoda sobre el profesionalismo literario

¿Escribir por dinero te convierte en prostituta de las letras? La verdad incómoda sobre el profesionalismo literario

Dostoyevski era un ludópata que escribía contra reloj para pagar sus deudas de juego. Shakespeare era un empresario teatral obsesionado con las ganancias. Y Balzac firmaba contratos por adelantado como si fueran pagarés de un prestamista. Si estos genios escribían por dinero, ¿por qué demonios seguimos romantizando la pobreza del escritor como si fuera una virtud?

Hay un mito persistente y francamente irritante en el mundo literario: el escritor verdadero debe sufrir, pasar hambre y rechazar el vil metal como si fuera la peste. Según esta lógica delirante, cobrar por tu trabajo te convierte automáticamente en un vendido, un mercenario de las palabras. Pero déjame contarte algo: ese cuento se lo inventaron los que nunca tuvieron que pagar un alquiler con metáforas.

Miremos los hechos fríos. Fiódor Dostoyevski escribió 'El jugador' en apenas 26 días porque debía dinero a medio San Petersburgo y su editor le había puesto una cláusula draconiana: si no entregaba a tiempo, perdería los derechos de todas sus obras futuras durante nueve años. ¿El resultado de esa presión monetaria? Una obra maestra de la literatura universal. Charles Dickens, ese señor que todos consideran un pilar de la literatura inglesa, publicaba sus novelas por entregas en revistas porque así ganaba más. Cobraba por palabra y, curiosamente, sus novelas son extensas. Coincidencia, ¿verdad?

Pero aquí viene lo bueno: nadie acusa a un médico de ser un vendido por cobrar consultas. Nadie mira con desprecio a un arquitecto porque factura sus diseños. Sin embargo, al escritor se le exige que viva del aire, de la inspiración divina y, supongo, de los aplausos del público. Esta hipocresía tiene raíces históricas: durante siglos, escribir era privilegio de aristócratas y clérigos que no necesitaban ganarse la vida. El resto, los que sí necesitaban comer, eran considerados meros artesanos.

La realidad es que el profesionalismo y el arte no son enemigos. Son compañeros de cama incómodos, pero compañeros al fin. Agatha Christie escribió 66 novelas policíacas y vendió más de dos mil millones de copias. Era, sin duda alguna, una máquina de hacer dinero. También era una artista meticulosa que revolucionó el género detectivesco. Stephen King, ese tipo que algunos intelectuales miran por encima del hombro, ha producido más de sesenta novelas mientras acumula una fortuna considerable. Y sin embargo, obras como 'Misery' o 'El resplandor' son estudios profundos sobre la naturaleza humana, el aislamiento y la locura.

Ahora bien, seamos honestos: escribir exclusivamente por dinero, sin ningún respeto por el oficio, produce basura. Eso es innegable. Los ghostwriters que fabrican autobiografías de famosos en tres semanas no están haciendo literatura, están haciendo productos. Pero hay una diferencia abismal entre escribir solo por dinero y escribir también por dinero. El matiz es crucial y demasiados críticos lo ignoran deliberadamente.

El verdadero problema no es el dinero, sino la mediocridad disfrazada de pureza artística. Conozco escritores que llevan veinte años trabajando en su novela porque no quieren contaminarse con las exigencias del mercado. ¿El resultado? Una novela que nadie leerá jamás, ni siquiera ellos mismos, porque nunca la terminarán. Mientras tanto, autores como García Márquez combinaban el periodismo alimenticio con la creación de obras maestras. Hemingway trabajó como corresponsal de guerra. Vargas Llosa escribía críticas literarias para pagar las cuentas mientras gestaba 'La ciudad y los perros'.

La presión económica, aunque nadie quiera admitirlo, puede ser un motor creativo formidable. Cuando tienes que entregar un manuscrito porque necesitas el adelanto, no hay espacio para la procrastinación romántica. Las fechas límite, esas tiranas odiadas por los artistas, obligan a tomar decisiones, a cerrar capítulos, a terminar historias. Balzac escribía dieciséis horas diarias, consumiendo cantidades industriales de café, porque sus acreedores llamaban a la puerta. Y de ese frenesí financiero nació 'La comedia humana'.

Pero hay algo más profundo aquí. Cuando escribes profesionalmente, cuando dependes de tu pluma para vivir, desarrollas músculos que el aficionado nunca ejercita. Aprendes a escribir aunque no tengas ganas. Descubres que la inspiración es un lujo y la disciplina es una necesidad. Te vuelves artesano antes de poder llamarte artista. Y esa artesanía, ese dominio técnico forjado en la necesidad, es precisamente lo que separa a los grandes de los mediocres.

La pregunta no debería ser si escribir por dinero es venderse. La pregunta correcta es: ¿qué estás dispuesto a sacrificar por ese dinero? Si vendes tu voz, tu visión, tu honestidad intelectual, entonces sí, eres un mercenario de las letras. Pero si cobras por tu trabajo mientras mantienes tu integridad artística, simplemente eres un profesional. Como Dostoyevski. Como Dickens. Como prácticamente todos los escritores que admiramos.

Al final del día, el romanticismo del escritor hambriento solo beneficia a los editores y a los que pueden permitirse no trabajar. Para el resto de los mortales, cobrar por escribir no es prostitución: es supervivencia con dignidad. Y si alguien te dice lo contrario, pregúntale quién paga su alquiler. Probablemente no sean sus poemas inéditos.

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"Escribir es pensar. Escribir bien es pensar claramente." — Isaac Asimov