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Artículo 14 feb, 05:16

Ghostwriting: tu autor favorito quizá nunca escribió su libro

Ghostwriting: tu autor favorito quizá nunca escribió su libro

Alejandro Dumas tenía una fábrica de novelas. Literalmente. Empleaba a decenas de escritores fantasma que producían páginas mientras él firmaba contratos y asistía a cenas elegantes. Auguste Maquet, su colaborador más prolífico, escribió borradores enteros de Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo. ¿Te escandaliza? Pues siéntate, porque la historia del ghostwriting es mucho más salvaje de lo que imaginas, y ese libro de autoayuda que tienes en la mesita de noche casi seguro lo escribió alguien que jamás conocerás.

El ghostwriting —o escritura fantasma— es el oficio de escribir textos que otra persona firmará como propios. Discursos presidenciales, memorias de celebridades, novelas de bestseller, artículos académicos. Es una industria multimillonaria que opera en las sombras, y aquí viene la pregunta incómoda: ¿es una venta del alma o simplemente un trabajo honesto?

Empecemos por los números, que siempre despejan la neblina romántica. Según estimaciones de la industria editorial estadounidense, entre el 50% y el 70% de los libros de no ficción publicados por figuras públicas fueron escritos por ghostwriters. Esa autobiografía de tu deportista favorito, las memorias del político que admiras, el manual de liderazgo del CEO millonario: escritos por profesionales anónimos que cobraron entre 15.000 y 250.000 dólares por el trabajo. Y ni una sola mención en la portada.

Los puristas literarios ponen el grito en el cielo. «¡Es fraude!», dicen. «¡Es engaño al lector!». Y tienen un punto. Cuando compras un libro de, digamos, una estrella de reality show, esperas que al menos la voz sea auténtica. Pero seamos honestos: ¿realmente creías que esa persona se sentó frente a un ordenador durante meses a teclear 80.000 palabras? La ingenuidad también tiene límites.

Ahora miremos el otro lado de la moneda. H.P. Lovecraft hizo ghostwriting. Pagaba las cuentas escribiendo relatos y artículos para otros mientras sus propias obras apenas le daban para comer. Mark Twain empleó ghostwriters para algunos de sus discursos. Y el caso más fascinante: Mozart escribía piezas por encargo que otros nobles presentaban como composiciones propias. Si al mismísimo Mozart no le parecía indigno, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?

El problema ético real no está donde la mayoría cree. No es que alguien escriba por otro; eso es tan viejo como la escritura misma. Los faraones no redactaban sus propios jeroglíficos, ¿verdad? El problema aparece cuando el ghostwriting cruza ciertas líneas. Cuando un estudiante paga por una tesis doctoral, cuando un político firma un libro para parecer intelectual y ganar votos, cuando una celebridad publica una novela y gana premios literarios por un texto que jamás escribió. Ahí la cosa se pone turbia.

Pero para el ghostwriter profesional, la realidad cotidiana es mucho menos dramática. Es un carpintero de palabras. Alguien tiene una historia, una idea, un mensaje, pero carece del oficio para convertirlo en texto legible. El ghostwriter entra, hace su trabajo, cobra y se va. Sin drama, sin crisis existencial. Como un arquitecto que diseña una casa pero no la habita.

Conozco ghostwriters que han escrito bestsellers que vendieron millones de copias. Viven cómodamente, trabajan desde casa, eligen sus proyectos. No tienen fama, pero tampoco tienen que lidiar con entrevistas, críticas públicas ni la presión de mantener una marca personal. Mientras el autor «oficial» sufre el síndrome del impostor en cada presentación de libro, el ghostwriter ya está trabajando en el siguiente encargo con la tranquilidad de quien sabe que su cuenta bancaria está a salvo.

La industria editorial lo sabe y lo acepta. Los editores lo saben. Los agentes literarios lo saben. Es el secreto a voces más grande del mundo de los libros. Y funciona porque satisface una demanda real: hay personas con historias extraordinarias que no saben escribir, y hay escritores extraordinarios que no tienen historias que vender. El ghostwriting los une en un matrimonio de conveniencia que, la mayoría de las veces, beneficia a todos. Incluido el lector, que obtiene un libro bien escrito.

¿Dónde queda el alma del escritor en todo esto? Aquí es donde los románticos se ponen nerviosos. La idea del artista torturado que sangra sobre el papel es hermosa, pero es un mito del siglo XIX que ya huele a naftalina. Shakespeare escribía por dinero. Dickens publicaba por entregas porque le pagaban por palabra. Dostoievski escribió El jugador en 26 días porque debía una fortuna a sus acreedores. La literatura siempre ha sido, en gran medida, un oficio. Y el ghostwriting es simplemente la versión más honesta de esa verdad incómoda: alguien escribe, alguien paga.

Claro que hay ghostwriters amargados, esos que sienten que vendieron su talento al mejor postor. Pero también hay cirujanos que prefieren la investigación, abogados que odian los tribunales y cocineros que detestan los restaurantes. La frustración profesional no es exclusiva de los escritores fantasma; es parte de la condición humana.

Lo verdaderamente hipócrita es la doble moral de la industria cultural. Nadie se escandaliza cuando un presidente lee un discurso escrito por su equipo. Nadie protesta cuando un cantante interpreta canciones que no compuso. Nadie se indigna cuando un director de cine no escribió el guión de su película. Pero cuando un libro lleva el nombre de alguien que no lo escribió, de repente es un escándalo moral. La inconsistencia es, como mínimo, curiosa.

Entonces, ¿venta del alma o trabajo honesto? Ni lo uno ni lo otro en estado puro. Es un oficio con zonas grises, como casi todo en la vida. Es perfectamente respetable cuando se ejerce con profesionalismo y acuerdos claros. Se vuelve cuestionable cuando se usa para engañar en contextos donde la autoría importa: academia, premios literarios, credenciales intelectuales.

Si estás pensando en dedicarte al ghostwriting, aquí va mi consejo: hazlo sin vergüenza, cobra bien y pon límites claros. Y si eres lector y te acaban de romper la ilusión sobre tu autor favorito, recuerda esto: lo que importa no es quién sostuvo la pluma, sino si las palabras te hicieron sentir algo. Al final, el verdadero fantasma no es el escritor que se oculta tras otro nombre. El verdadero fantasma es esa idea absurda de que el arte solo vale si viene envuelto en sufrimiento y autoría certificada.

Artículo 13 feb, 20:03

La fórmula del bestseller existe — y no te va a servir de nada

La fórmula del bestseller existe — y no te va a servir de nada

En 2016, dos investigadores de Stanford aseguraron haber descubierto el algoritmo del éxito editorial. Analizaron miles de novelas y concluyeron que podían predecir un bestseller con un 80% de acierto. Maravilloso. Solo había un problema: nadie que aplicó su fórmula vendió ni un mísero ejemplar extra. Bienvenidos al negocio más impredecible del planeta, donde cada año alguien jura haber encontrado la receta mágica y cada año el mercado le escupe en la cara.

La obsesión por descifrar el código del bestseller es tan vieja como la industria editorial misma. En los años noventa, el agente literario Albert Zuckerman publicó «Writing the Blockbuster Novel», un manual que prometía revelar los secretos de los superventas. Analizaba a Puzo, a Forsyth, a Sheldon. Extraía patrones. Recetaba ingredientes como quien dicta una fórmula de cocina: un protagonista carismático, un conflicto épico, giros cada cincuenta páginas, un ritmo implacable. ¿El resultado? Miles de escritores aplicaron la receta al pie de la letra y produjeron novelas absolutamente olvidables. Mientras tanto, una madre soltera en una cafetería de Edimburgo escribía sobre un niño mago sin seguir ningún manual.

Porque ahí está el chiste cruel de la literatura: las fórmulas se extraen de los éxitos, no los producen. Es como estudiar a cien ganadores de lotería y concluir que el secreto está en comprar el boleto un martes. Joanne Rowling no siguió ningún patrón de bestseller cuando creó a Harry Potter. Stephen King tiraba sus primeros manuscritos a la basura. Stieg Larsson murió antes de saber que «Los hombres que no amaban a las mujeres» iba a vender ochenta millones de copias. El éxito editorial es, en gran medida, un accidente que solo parece inevitable cuando se mira hacia atrás.

Pero la industria no puede aceptar eso, porque el azar no se vende en seminarios. Así que cada década aparece una nueva versión del mismo cuento. En 2005 fue el «modelo de Malcolm Gladwell»: un concepto pegajoso, anécdotas memorables, escritura accesible. Funcionó para Gladwell. No funcionó para los diez mil imitadores que inundaron las librerías con libros de no ficción narrativa que nadie quiso leer. En 2013, el libro «The Bestseller Code» de Jodie Archer y Matthew Jockers llevó la cosa al extremo algorítmico: un programa informático que analizaba patrones sintácticos, temáticos y emocionales. Según su modelo, la clave estaba en temas como la intimidad humana y las relaciones cotidianas, con un ritmo emocional que alternaba entre tensiones y distensiones. Suena razonable. También describe aproximadamente el ochenta por ciento de las novelas que se publican cada año. Y la mayoría no vende ni tres mil copias.

Lo que los fabricantes de fórmulas no entienden — o no quieren admitir — es que un bestseller no es solo un texto. Es un texto que aterriza en el momento cultural exacto, con el empaquetado correcto, la distribución adecuada y una dosis descomunal de suerte. «El código Da Vinci» no vendió ciento cincuenta millones de copias porque Dan Brown dominara la prosa literaria. Vendió porque tocó una tecla conspirativa en un mundo post-11S sediento de desconfianza hacia las instituciones. «Cincuenta sombras de Grey» no triunfó por su calidad narrativa — triunfó porque el Kindle permitió a millones de personas leer erótica sin que nadie viera la portada. El contexto lo es todo, y el contexto no se puede meter en una fórmula.

Hay otro problema fundamental que los gurús del bestseller ignoran sistemáticamente: la paradoja de la imitación. Cuando identificas lo que funciona y lo replicas, ya llegas tarde. El mercado editorial se mueve por oleadas de novedad. Los vampiros románticos de Stephenie Meyer generaron mil clones, pero el siguiente fenómeno fue «Los Juegos del Hambre», que no se parecía en nada a Crepúsculo. La distopía juvenil engendró otra legión de imitadores, pero el siguiente bombazo fue «Bajo la misma estrella» de John Green, un drama realista sin un solo elemento fantástico. Quien sigue la fórmula del éxito anterior siempre está corriendo detrás de un tren que ya partió.

Y luego está el factor más incómodo de todos: la voz. Eso que hace que leas una página de García Márquez y sepas que es García Márquez, o que reconozcas a Cortázar en tres líneas. La voz no se formula. No se algoritmiza. No sale de ningún manual. Es lo que queda cuando un escritor ha leído tanto y escrito tanto que su forma de contar se vuelve irreductiblemente suya. Elena Ferrante no escribió «La amiga estupenda» siguiendo un patrón de mercado. Escribió desde un lugar tan personal y tan honesto que millones de lectoras se reconocieron en sus páginas. Eso no se puede enseñar en un curso de fin de semana.

Ahora bien, no seamos ingenuos al otro extremo. Existe un oficio. Hay técnicas narrativas que funcionan mejor que otras. La estructura en tres actos no es una conspiración de Hollywood; es una forma probada de organizar el conflicto dramático. El manejo de la tensión, la construcción de personajes con deseo y obstáculo, el diálogo que suena a conversación real — todo eso se aprende. Pero confundir el oficio con la fórmula del éxito es como confundir saber cocinar con tener un restaurante con estrella Michelin. Lo primero es necesario. Lo segundo requiere algo más que nadie sabe exactamente qué es.

Lo que verdaderamente fastidia a los vendedores de fórmulas es que los bestsellers más extraordinarios de la historia fueron, casi sin excepción, libros que rompieron las reglas de su época. «Cien años de soledad» no encajaba en ningún molde cuando apareció en 1967. «En el camino» de Kerouac fue rechazado durante años porque nadie sabía qué hacer con esa prosa desatada. «Ulises» de Joyce era directamente ilegible según los estándares de su tiempo. Resultó que no estaban rotos los libros: estaban rotos los estándares.

Entonces, ¿no hay ningún consejo útil? Sí lo hay, pero es tan aburrido que nadie quiere comprarlo: lee mucho, escribe mucho, reescribe más, sé honesto con tu material y acepta que el resultado no está en tus manos. No es sexy. No cabe en un seminario de tres horas. Pero es la verdad que conocen todos los escritores que alguna vez vendieron millones: no tenían la fórmula. Tenían una historia que les quemaba por dentro y la terquedad de contarla hasta que alguien escuchó. El bestseller no se fabrica. Se encuentra, casi siempre por accidente, casi siempre demasiado tarde para que la fórmula sirva de algo.

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