Ghostwriting: tu autor favorito quizá nunca escribió su libro
Ghostwriting: tu autor favorito quizá nunca escribió su libro
Alejandro Dumas tenía una fábrica de novelas. Literalmente. Empleaba a decenas de escritores fantasma que producían páginas mientras él firmaba contratos y asistía a cenas elegantes. Auguste Maquet, su colaborador más prolífico, escribió borradores enteros de Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo. ¿Te escandaliza? Pues siéntate, porque la historia del ghostwriting es mucho más salvaje de lo que imaginas, y ese libro de autoayuda que tienes en la mesita de noche casi seguro lo escribió alguien que jamás conocerás.
El ghostwriting —o escritura fantasma— es el oficio de escribir textos que otra persona firmará como propios. Discursos presidenciales, memorias de celebridades, novelas de bestseller, artículos académicos. Es una industria multimillonaria que opera en las sombras, y aquí viene la pregunta incómoda: ¿es una venta del alma o simplemente un trabajo honesto?
Empecemos por los números, que siempre despejan la neblina romántica. Según estimaciones de la industria editorial estadounidense, entre el 50% y el 70% de los libros de no ficción publicados por figuras públicas fueron escritos por ghostwriters. Esa autobiografía de tu deportista favorito, las memorias del político que admiras, el manual de liderazgo del CEO millonario: escritos por profesionales anónimos que cobraron entre 15.000 y 250.000 dólares por el trabajo. Y ni una sola mención en la portada.
Los puristas literarios ponen el grito en el cielo. «¡Es fraude!», dicen. «¡Es engaño al lector!». Y tienen un punto. Cuando compras un libro de, digamos, una estrella de reality show, esperas que al menos la voz sea auténtica. Pero seamos honestos: ¿realmente creías que esa persona se sentó frente a un ordenador durante meses a teclear 80.000 palabras? La ingenuidad también tiene límites.
Ahora miremos el otro lado de la moneda. H.P. Lovecraft hizo ghostwriting. Pagaba las cuentas escribiendo relatos y artículos para otros mientras sus propias obras apenas le daban para comer. Mark Twain empleó ghostwriters para algunos de sus discursos. Y el caso más fascinante: Mozart escribía piezas por encargo que otros nobles presentaban como composiciones propias. Si al mismísimo Mozart no le parecía indigno, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?
El problema ético real no está donde la mayoría cree. No es que alguien escriba por otro; eso es tan viejo como la escritura misma. Los faraones no redactaban sus propios jeroglíficos, ¿verdad? El problema aparece cuando el ghostwriting cruza ciertas líneas. Cuando un estudiante paga por una tesis doctoral, cuando un político firma un libro para parecer intelectual y ganar votos, cuando una celebridad publica una novela y gana premios literarios por un texto que jamás escribió. Ahí la cosa se pone turbia.
Pero para el ghostwriter profesional, la realidad cotidiana es mucho menos dramática. Es un carpintero de palabras. Alguien tiene una historia, una idea, un mensaje, pero carece del oficio para convertirlo en texto legible. El ghostwriter entra, hace su trabajo, cobra y se va. Sin drama, sin crisis existencial. Como un arquitecto que diseña una casa pero no la habita.
Conozco ghostwriters que han escrito bestsellers que vendieron millones de copias. Viven cómodamente, trabajan desde casa, eligen sus proyectos. No tienen fama, pero tampoco tienen que lidiar con entrevistas, críticas públicas ni la presión de mantener una marca personal. Mientras el autor «oficial» sufre el síndrome del impostor en cada presentación de libro, el ghostwriter ya está trabajando en el siguiente encargo con la tranquilidad de quien sabe que su cuenta bancaria está a salvo.
La industria editorial lo sabe y lo acepta. Los editores lo saben. Los agentes literarios lo saben. Es el secreto a voces más grande del mundo de los libros. Y funciona porque satisface una demanda real: hay personas con historias extraordinarias que no saben escribir, y hay escritores extraordinarios que no tienen historias que vender. El ghostwriting los une en un matrimonio de conveniencia que, la mayoría de las veces, beneficia a todos. Incluido el lector, que obtiene un libro bien escrito.
¿Dónde queda el alma del escritor en todo esto? Aquí es donde los románticos se ponen nerviosos. La idea del artista torturado que sangra sobre el papel es hermosa, pero es un mito del siglo XIX que ya huele a naftalina. Shakespeare escribía por dinero. Dickens publicaba por entregas porque le pagaban por palabra. Dostoievski escribió El jugador en 26 días porque debía una fortuna a sus acreedores. La literatura siempre ha sido, en gran medida, un oficio. Y el ghostwriting es simplemente la versión más honesta de esa verdad incómoda: alguien escribe, alguien paga.
Claro que hay ghostwriters amargados, esos que sienten que vendieron su talento al mejor postor. Pero también hay cirujanos que prefieren la investigación, abogados que odian los tribunales y cocineros que detestan los restaurantes. La frustración profesional no es exclusiva de los escritores fantasma; es parte de la condición humana.
Lo verdaderamente hipócrita es la doble moral de la industria cultural. Nadie se escandaliza cuando un presidente lee un discurso escrito por su equipo. Nadie protesta cuando un cantante interpreta canciones que no compuso. Nadie se indigna cuando un director de cine no escribió el guión de su película. Pero cuando un libro lleva el nombre de alguien que no lo escribió, de repente es un escándalo moral. La inconsistencia es, como mínimo, curiosa.
Entonces, ¿venta del alma o trabajo honesto? Ni lo uno ni lo otro en estado puro. Es un oficio con zonas grises, como casi todo en la vida. Es perfectamente respetable cuando se ejerce con profesionalismo y acuerdos claros. Se vuelve cuestionable cuando se usa para engañar en contextos donde la autoría importa: academia, premios literarios, credenciales intelectuales.
Si estás pensando en dedicarte al ghostwriting, aquí va mi consejo: hazlo sin vergüenza, cobra bien y pon límites claros. Y si eres lector y te acaban de romper la ilusión sobre tu autor favorito, recuerda esto: lo que importa no es quién sostuvo la pluma, sino si las palabras te hicieron sentir algo. Al final, el verdadero fantasma no es el escritor que se oculta tras otro nombre. El verdadero fantasma es esa idea absurda de que el arte solo vale si viene envuelto en sufrimiento y autoría certificada.
Pega este código en el HTML de tu sitio web para incrustar este contenido.