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Artículo 14 feb, 05:04

Las mentiras que los escritores cuentan sobre cómo escriben (y por qué todos les creemos)

Las mentiras que los escritores cuentan sobre cómo escriben (y por qué todos les creemos)

Hemingway juraba que escribía de pie y en ayunas. Murakami presume de correr diez kilómetros antes de sentarse a teclear. Stephen King asegura que escribe exactamente dos mil palabras al día, ni una más ni una menos. Suena inspirador, ¿verdad? Pues la mitad es mentira, la otra mitad es exageración, y el resto es puro marketing personal. Los escritores son, ante todo, narradores profesionales. Y la primera historia que aprenden a contar con maestría es la de su propio proceso creativo.

Empecemos por la mentira más extendida: «Escribo todos los días sin excepción». Esta frase la han pronunciado tantos autores que parece un mandamiento bíblico de la literatura. Pero cuando revisas biografías, diarios y correspondencia privada, el panorama cambia radicalmente. Dostoievski, por ejemplo, era un adicto al juego que pasaba semanas enteras sin escribir una línea, perdiendo fortunas en las ruletas de Baden-Baden. Después, acosado por las deudas, dictaba novelas enteras en cuestión de semanas. «El jugador» la escribió en veintiséis días. ¿Disciplina diaria? No. Pánico financiero puro y duro.

Otra favorita: «No reescribo, simplemente fluye». Jack Kerouac vendió esta idea mejor que nadie con su famoso rollo de papel de treinta metros en el que supuestamente escribió «En el camino» de un tirón, en tres semanas, alimentado por café y benzedrina. La realidad es que Kerouac trabajó en esa novela durante años, con múltiples borradores previos, y el propio rollo fue una reescritura de material que ya tenía muy trabajado. El mito del genio espontáneo vende libros. La verdad del oficio tedioso y repetitivo, no tanto.

Y luego está la gran mentira sobre el alcohol. «Escribo mejor con una copa de vino». Faulkner, Fitzgerald, Bukowski, Dorothy Parker... la lista de escritores que romantizaron su relación con el alcohol es interminable. Pero aquí va un dato incómodo: Faulkner escribió sus mejores obras durante períodos de relativa sobriedad. «El sonido y la furia» no fue producto de una borrachera épica, sino de un trabajo metódico y obsesivo. Raymond Carver, otro supuesto héroe del alcoholismo literario, produjo su mejor obra después de dejar de beber, cuando trabajaba con su editor Gordon Lish. El alcohol no alimenta la creatividad; la destruye. Pero decir «escribo mejor sobrio y aburrido» no queda bien en las entrevistas.

Hablemos del ritual matutino, esa otra mentira sagrada. Toni Morrison decía que escribía al amanecer, antes de que sus hijos despertaran. Victor Hugo supuestamente se levantaba al alba para trabajar. Pero hay escritores enormes que funcionaban exactamente al revés y nunca lo admitían en público con el mismo orgullo. Kafka escribía de noche, después de su trabajo en una compañía de seguros, torturado por el insomnio. Marcel Proust escribía en la cama, de madrugada, en una habitación forrada de corcho para aislarse del ruido. Flannery O'Connor escribía solo dos horas al día porque su lupus no le permitía más. El proceso real es caótico, irregular y profundamente personal. Pero la narrativa del escritor disciplinado que se levanta con el sol suena mucho mejor en los talleres literarios.

La mentira sobre la inspiración es quizás la más dañina de todas. «Esperé a que llegara la musa». Tchaikovsky lo desmontó mejor que nadie cuando dijo: «La inspiración es una invitada que no visita a los perezosos». Pero incluso los que predican la disciplina mienten sobre cómo realmente funciona. La verdad es que la mayoría de los escritores pasan el ochenta por ciento de su tiempo de trabajo procrastinando, mirando por la ventana, reorganizando su escritorio, leyendo artículos irrelevantes en internet y sintiéndose miserables. Las dos mil palabras diarias de Stephen King probablemente van precedidas de cuatro horas de mirar una pantalla en blanco. Pero eso no aparece en «Mientras escribo».

Y no olvidemos la mentira sobre leer. «Leo constantemente, es fundamental para escribir bien». Suena noble. Y sí, muchos escritores leen mucho. Pero otros confiesan en privado que apenas leen a sus contemporáneos. Gabriel García Márquez admitió que dejó de leer novelas durante años mientras escribía «Cien años de soledad», por miedo a que otras voces contaminaran la suya. Cormac McCarthy declaró abiertamente que prefería la compañía de científicos a la de otros escritores y que no leía mucha ficción contemporánea. Pero en público, todo autor tiene siempre una lista de lecturas recomendadas preparada.

Existe también la mentira del sufrimiento como combustible. «Hay que sufrir para escribir bien». Esta es la más tóxica y la más persistente. Genera la idea romántica del artista torturado que necesita el dolor para crear. Virginia Woolf, Sylvia Plath y David Foster Wallace no escribieron grandes obras gracias a su sufrimiento mental, sino a pesar de él. Sus enfermedades les robaron años de productividad y finalmente la vida. Romantizar el sufrimiento es una falta de respeto a su memoria y una trampa peligrosa para escritores jóvenes que creen que necesitan estar rotos para ser auténticos.

Pero la mentira más universal, la que todo escritor ha contado alguna vez, es esta: «No me importan las críticas». Mentira. Les importan todas. Cada una. Hemingway llevaba un registro mental de cada mala reseña. Nabokov escribía cartas furiosas a los críticos. Norman Mailer directamente les daba puñetazos. Truman Capote dejó de publicar novelas en parte porque el rechazo de la alta sociedad neoyorquina tras «Plegarias atendidas» lo destrozó emocionalmente. A todo escritor le duelen las críticas. La diferencia es que algunos lo disimulan mejor que otros.

Entonces, ¿por qué mienten? Porque el proceso real de escribir es anticlimático. Es sentarse durante horas frente a una pantalla, borrar más de lo que se escribe, dudar de cada frase, sentirse un impostor permanente y, de vez en cuando, si hay suerte, producir un párrafo que funciona. Eso no inspira a nadie. Eso no vende biografías ni llena auditorios de festivales literarios. La mentira sobre el proceso es el último acto creativo del escritor: convertir su rutina mediocre en una leyenda que otros quieran imitar.

La próxima vez que un escritor te cuente su rutina perfecta, sus rituales sagrados y su disciplina inquebrantable, recuerda esto: te está contando una historia. Y para eso, precisamente, es para lo que le pagan. La diferencia entre su ficción publicada y su ficción personal es que la segunda nunca lleva ISBN, pero es igual de inventada.

Artículo 13 feb, 05:23

Escribir desnudo, oler manzanas podridas y otros rituales dementes que crearon obras maestras

Escribir desnudo, oler manzanas podridas y otros rituales dementes que crearon obras maestras

Victor Hugo escribía desnudo. Así, sin más. El autor de Los Miserables le ordenaba a su criado que le confiscara toda la ropa para no tener la tentación de salir a la calle. Se quedaba en cueros frente a su escritorio, prisionero voluntario de su propia desnudez, y así parió algunas de las páginas más vestidas de la literatura universal. Si crees que los escritores son personas normales con un hobby bonito, prepárate para descubrir que la frontera entre el genio y la locura es más delgada que una página de papel biblia. Y lo más inquietante de todo: sus manías funcionaban.

Empecemos por el olfato, ese sentido que la literatura suele ignorar. Friedrich Schiller, el dramaturgo alemán que escribió Guillermo Tell, guardaba manzanas podridas en el cajón de su escritorio. No por descuido, sino por convicción. El olor a descomposición era su musa. Goethe, que lo visitó una vez, casi se desmaya al abrir el cajón. Schiller insistía en que ese aroma fétido estimulaba su creatividad. Y el hombre escribió algunas de las obras más importantes del Romanticismo alemán, así que quién somos nosotros para juzgar.

Agatha Christie, la reina del crimen, no tenía escritorio. Jamás tuvo uno. Escribió sesenta y seis novelas policíacas, la mayoría en la bañera, mordisqueando manzanas verdes mientras ideaba asesinatos imposibles. Su nieto contó que la bañera era su oficina y las manzanas su único material de trabajo. Piénsalo: mientras tú luchas por encontrar inspiración sentado ergonómicamente frente a tu portátil con café artesanal, la mujer más publicada después de Shakespeare resolvía enigmas sumergida en agua tibia.

Honoré de Balzac elevó la adicción al café a categoría de arte extremo. Se estima que consumía cincuenta tazas diarias. No es una exageración literaria: cincuenta tazas. Escribía desde la una de la madrugada hasta las ocho de la mañana, alimentado exclusivamente por cafeína y una ambición sobrehumana. Llegó a escribir que el café convertía las ideas en un ejército marchando por el campo de batalla de la página. Murió a los cincuenta y un años, probablemente con el corazón latiendo todavía a doscientos por minuto. La Comedia Humana le costó literalmente la vida, pero son más de noventa novelas. El tipo cumplió.

Hemingway escribía de pie. Todas las mañanas, desde las seis, plantado frente a una estantería alta en su casa de Cuba, con un lápiz y hojas sueltas. Nada de sillas, nada de comodidad. Decía que escribir de pie lo mantenía alerta y que las frases cortas salían mejor cuando los pies dolían. Hay algo brutalmente honesto en esa filosofía: el sufrimiento físico como editor implacable. Cada palabra innecesaria es un segundo más de pie. Así se explica ese estilo telegráfico que cambió la prosa del siglo XX.

Truman Capote se negaba a empezar o terminar una obra en viernes. No podía tener más de tres colillas de cigarrillo en el cenicero, y si el número de la habitación de hotel sumaba trece, cambiaba de cuarto inmediatamente. Escribía acostado, con un café en una mano y un cigarrillo en la otra, y solo usaba lápiz, nunca bolígrafo ni máquina de escribir para los primeros borradores. A Sangre Fría, la obra que inventó el nuevo periodismo, nació en posición horizontal, entre supersticiones y humo.

Maya Angelou alquilaba una habitación de hotel exclusivamente para escribir. No dormía allí, no comía allí. Llegaba a las seis y media de la mañana con una Biblia, un mazo de cartas, una botella de jerez y hojas amarillas. Pedía que retiraran cualquier cuadro de las paredes. Escribía hasta las dos de la tarde y se iba. Cada día, la misma ceremonia. Esa disciplina monástica produjo Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, uno de los libros más poderosos del siglo XX.

Dan Brown, el de El Código Da Vinci, cuelga boca abajo en unas botas de inversión gravitacional cuando se bloquea. Dice que la sangre fluyendo hacia el cerebro le desbloquea las ideas. Puedes reírte todo lo que quieras, pero el hombre ha vendido más de doscientos millones de libros. Quizá deberías probarlo antes de criticar.

Y luego está Nabokov, que escribía exclusivamente en fichas de índice. No en cuadernos, no en hojas sueltas: fichas pequeñas de cartulina que podía reorganizar a voluntad. Lolita, esa novela perfecta y perturbadora, fue compuesta ficha a ficha, como un rompecabezas obsceno. Cada escena en su propia tarjeta, barajadas y reordenadas hasta que la arquitectura narrativa era impecable.

Ahora, la pregunta que importa: ¿por qué funcionan estos rituales aparentemente absurdos? La neurociencia tiene una respuesta elegante. Los rituales crean lo que los psicólogos llaman un "ancla conductual": una señal que le dice al cerebro que es hora de entrar en modo creativo. No importa si el ancla es una manzana podrida, la desnudez total o colgar como un murciélago. Lo que importa es la consistencia. El cerebro asocia el ritual con el estado de flujo, y después de suficientes repeticiones, el ritual se convierte en un interruptor neurológico. Schiller no necesitaba las manzanas por su olor; necesitaba el acto de abrir el cajón y encontrarlas ahí.

Así que la próxima vez que alguien se burle de tus manías a la hora de escribir o crear, recuerda esto: Victor Hugo necesitaba estar desnudo para vestir la literatura francesa con sus mejores galas. La locura no es tener rituales extraños. La locura es creer que puedes crear algo extraordinario haciendo exactamente lo mismo que todo el mundo.

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"Todo lo que haces es sentarte y sangrar." — Ernest Hemingway