Escribir desnudo, oler manzanas podridas y otros rituales dementes que crearon obras maestras
Escribir desnudo, oler manzanas podridas y otros rituales dementes que crearon obras maestras
Victor Hugo escribía desnudo. Así, sin más. El autor de Los Miserables le ordenaba a su criado que le confiscara toda la ropa para no tener la tentación de salir a la calle. Se quedaba en cueros frente a su escritorio, prisionero voluntario de su propia desnudez, y así parió algunas de las páginas más vestidas de la literatura universal. Si crees que los escritores son personas normales con un hobby bonito, prepárate para descubrir que la frontera entre el genio y la locura es más delgada que una página de papel biblia. Y lo más inquietante de todo: sus manías funcionaban.
Empecemos por el olfato, ese sentido que la literatura suele ignorar. Friedrich Schiller, el dramaturgo alemán que escribió Guillermo Tell, guardaba manzanas podridas en el cajón de su escritorio. No por descuido, sino por convicción. El olor a descomposición era su musa. Goethe, que lo visitó una vez, casi se desmaya al abrir el cajón. Schiller insistía en que ese aroma fétido estimulaba su creatividad. Y el hombre escribió algunas de las obras más importantes del Romanticismo alemán, así que quién somos nosotros para juzgar.
Agatha Christie, la reina del crimen, no tenía escritorio. Jamás tuvo uno. Escribió sesenta y seis novelas policíacas, la mayoría en la bañera, mordisqueando manzanas verdes mientras ideaba asesinatos imposibles. Su nieto contó que la bañera era su oficina y las manzanas su único material de trabajo. Piénsalo: mientras tú luchas por encontrar inspiración sentado ergonómicamente frente a tu portátil con café artesanal, la mujer más publicada después de Shakespeare resolvía enigmas sumergida en agua tibia.
Honoré de Balzac elevó la adicción al café a categoría de arte extremo. Se estima que consumía cincuenta tazas diarias. No es una exageración literaria: cincuenta tazas. Escribía desde la una de la madrugada hasta las ocho de la mañana, alimentado exclusivamente por cafeína y una ambición sobrehumana. Llegó a escribir que el café convertía las ideas en un ejército marchando por el campo de batalla de la página. Murió a los cincuenta y un años, probablemente con el corazón latiendo todavía a doscientos por minuto. La Comedia Humana le costó literalmente la vida, pero son más de noventa novelas. El tipo cumplió.
Hemingway escribía de pie. Todas las mañanas, desde las seis, plantado frente a una estantería alta en su casa de Cuba, con un lápiz y hojas sueltas. Nada de sillas, nada de comodidad. Decía que escribir de pie lo mantenía alerta y que las frases cortas salían mejor cuando los pies dolían. Hay algo brutalmente honesto en esa filosofía: el sufrimiento físico como editor implacable. Cada palabra innecesaria es un segundo más de pie. Así se explica ese estilo telegráfico que cambió la prosa del siglo XX.
Truman Capote se negaba a empezar o terminar una obra en viernes. No podía tener más de tres colillas de cigarrillo en el cenicero, y si el número de la habitación de hotel sumaba trece, cambiaba de cuarto inmediatamente. Escribía acostado, con un café en una mano y un cigarrillo en la otra, y solo usaba lápiz, nunca bolígrafo ni máquina de escribir para los primeros borradores. A Sangre Fría, la obra que inventó el nuevo periodismo, nació en posición horizontal, entre supersticiones y humo.
Maya Angelou alquilaba una habitación de hotel exclusivamente para escribir. No dormía allí, no comía allí. Llegaba a las seis y media de la mañana con una Biblia, un mazo de cartas, una botella de jerez y hojas amarillas. Pedía que retiraran cualquier cuadro de las paredes. Escribía hasta las dos de la tarde y se iba. Cada día, la misma ceremonia. Esa disciplina monástica produjo Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, uno de los libros más poderosos del siglo XX.
Dan Brown, el de El Código Da Vinci, cuelga boca abajo en unas botas de inversión gravitacional cuando se bloquea. Dice que la sangre fluyendo hacia el cerebro le desbloquea las ideas. Puedes reírte todo lo que quieras, pero el hombre ha vendido más de doscientos millones de libros. Quizá deberías probarlo antes de criticar.
Y luego está Nabokov, que escribía exclusivamente en fichas de índice. No en cuadernos, no en hojas sueltas: fichas pequeñas de cartulina que podía reorganizar a voluntad. Lolita, esa novela perfecta y perturbadora, fue compuesta ficha a ficha, como un rompecabezas obsceno. Cada escena en su propia tarjeta, barajadas y reordenadas hasta que la arquitectura narrativa era impecable.
Ahora, la pregunta que importa: ¿por qué funcionan estos rituales aparentemente absurdos? La neurociencia tiene una respuesta elegante. Los rituales crean lo que los psicólogos llaman un "ancla conductual": una señal que le dice al cerebro que es hora de entrar en modo creativo. No importa si el ancla es una manzana podrida, la desnudez total o colgar como un murciélago. Lo que importa es la consistencia. El cerebro asocia el ritual con el estado de flujo, y después de suficientes repeticiones, el ritual se convierte en un interruptor neurológico. Schiller no necesitaba las manzanas por su olor; necesitaba el acto de abrir el cajón y encontrarlas ahí.
Así que la próxima vez que alguien se burle de tus manías a la hora de escribir o crear, recuerda esto: Victor Hugo necesitaba estar desnudo para vestir la literatura francesa con sus mejores galas. La locura no es tener rituales extraños. La locura es creer que puedes crear algo extraordinario haciendo exactamente lo mismo que todo el mundo.
Pega este código en el HTML de tu sitio web para incrustar este contenido.