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Artículo 14 feb, 01:33

Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo… a todos nosotros

Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo… a todos nosotros

Un hombre tosió sangre sobre las tablas, el público aplaudió pensando que era parte del show, y pocas horas después estaba muerto. Esa es la leyenda de Molière, el tipo que convirtió la hipocresía humana en carcajada y que, tres siglos y medio después, sigue siendo más actual que cualquier comediante de Netflix. Hoy se cumplen 353 años de su muerte, y lo más perturbador no es cuánto ha cambiado el mundo desde entonces, sino cuán poco hemos cambiado nosotros.

El 17 de febrero de 1673, Jean-Baptiste Poquelin —porque Molière era un nombre artístico, como si hasta en eso fuera un adelantado a su época— representaba El enfermo imaginario cuando sufrió un ataque de tos brutal. Ironía suprema: un hipocondríaco ficticio interpretado por un hombre que realmente se estaba muriendo de tuberculosis. Si eso no es teatro, díganme qué lo es. Murió esa misma noche en su casa de la Rue de Richelieu. La Iglesia, tan generosa como siempre con los comediantes, casi le niega un entierro cristiano. Tuvo que intervenir el mismísimo Luis XIV para que le dieran sepultura, aunque fuera de noche y sin ceremonia. Porque en el siglo XVII, hacer reír era casi tan sospechoso como pensar.

Pero hablemos de lo que importa: sus obras. Y aquí es donde la cosa se pone incómoda, porque Molière no escribía sobre personajes. Escribía sobre ti, sobre mí, sobre tu jefe, sobre tu vecino, sobre ese político que ves en la tele jurando que todo lo hace por el pueblo.

Tomemos Tartufo, estrenada en 1664 y prohibida inmediatamente. La historia de un falso devoto que se mete en una familia acomodada usando la religión como tarjeta de presentación. Orgón, el padre de familia, está tan cegado por la supuesta santidad de Tartufo que le entrega su casa, su fortuna y casi a su esposa. ¿Les suena? Cambien «religión» por «coaching cuántico», «criptomonedas» o «liderazgo disruptivo», y tienen exactamente el mismo esquema. Tartufo es el influencer del siglo XVII: vende humo, pero un humo tan perfumado que la gente hace fila para comprarlo. La obra estuvo prohibida cinco años porque los devotos verdaderos —o los que se hacían pasar por tales, que era exactamente el punto de Molière— presionaron al rey. Cinco años. Hoy la cancelación dura un tuit.

Luego está El misántropo, que es quizás la obra más traicionera de Molière porque te hace creer que estás del lado del protagonista. Alceste odia la hipocresía social, dice siempre la verdad, se niega a halagar a nadie. Suena admirable, ¿verdad? Suena a ese amigo que dice «yo soy así, sin filtro». Pero Molière no lo convierte en héroe. Lo convierte en un tipo insoportable, rígido, incapaz de amar sin querer reformar al otro. Alceste no es mejor que los hipócritas que critica; simplemente es hipócrita de otra manera: se cree superior. Si Alceste viviera hoy, tendría un podcast sobre «autenticidad radical» y trescientos mil seguidores que lo adoran precisamente por el tipo de vanidad que él dice detestar.

Y no podemos olvidar La escuela de las mujeres, donde Arnolfo, un hombre de mediana edad, cría a una joven desde niña con el único propósito de convertirla en la esposa perfecta: sumisa, ignorante, manejable. El plan le explota en la cara porque Agnès —la supuesta tonta— resulta ser más lista que él. Esta obra de 1662 provocó un escándalo monumental. Los moralistas la llamaron obscena. Hoy la leeríamos como una crítica feroz al patriarcado, y lo es, pero también es algo más sutil: es un retrato de cómo el control siempre fracasa, de cómo intentar moldear a otro ser humano es la forma más segura de perderlo.

Lo que hace a Molière verdaderamente peligroso —y uso la palabra con admiración— es que no toma partido. No hay discursos moralizantes al final de sus obras. No hay un personaje que mire a cámara y diga «la lección es esta». Molière te muestra el ridículo y te deja solo con él. Tú decides si te ríes del personaje o si reconoces que ese personaje eres tú. Y eso, amigos, es infinitamente más incómodo que cualquier sermón.

Pensemos un momento en la comedia actual. La mayoría de los comediantes de hoy eligen un bando: se ríen de la derecha o de la izquierda, de los boomers o de los millennials, de los religiosos o de los ateos. Molière se reía de todos. Se burlaba de los médicos charlatanes en El médico a palos y en El enfermo imaginario con la misma ferocidad con que atacaba a los aristócratas pretenciosos en El burgués gentilhombre o a los intelectuales pedantes en Las mujeres sabias. Su público se reía de los demás sin darse cuenta de que también se estaba riendo de sí mismo. Eso es genialidad cómica en estado puro.

Hay un dato que siempre me fascina: Molière no fue solo dramaturgo. Fue actor, director, empresario teatral. Montó su propia compañía, gestionó presupuestos, lidió con censores, sobornó funcionarios, sobrevivió a fracasos estrepitosos y se reinventó cada vez. En términos modernos, era un emprendedor cultural en un mercado hostil. Y todo esto mientras escribía algunas de las comedias más brillantes de la historia de la literatura universal. Si hoy alguien hiciera la mitad de lo que hizo Molière, le dedicarían un documental de seis episodios y una masterclass en alguna plataforma online.

Pero quizás lo más revelador de su legado es cómo la lengua francesa lo adoptó como sinónimo de su propio idioma. En Francia, el francés se llama «la lengua de Molière», igual que el español es la lengua de Cervantes o el inglés la de Shakespeare. No la lengua de Racine, que era más «serio». No la de Corneille, que era más «noble». La de Molière. La de un comediante al que la Iglesia quería enterrar en una fosa común. Hay algo profundamente poético —y profundamente molieresco— en que un país elija definir su lengua a través de un hombre que la usó para burlarse de ese mismo país.

Trescientos cincuenta y tres años después de que un actor moribundo hiciera reír a un teatro lleno, sus personajes siguen entre nosotros. Tartufo predica en redes sociales. Alceste publica hilos furiosos sobre la decadencia moral. Arnolfo intenta controlar lo que su pareja piensa y siente. Harpagón, el avaro, dirige fondos de inversión. Y todos —absolutamente todos— están convencidos de que son la excepción, de que ellos no son el chiste.

Esa es la herencia de Molière: un espejo que llevamos 353 años intentando esquivar. Y cada vez que creemos haberlo logrado, nos tropezamos con otra de sus comedias y descubrimos que el reflejo sigue ahí, intacto, riéndose de nosotros con esa sonrisa que ninguna época ha conseguido borrar. Porque al final, lo único que envejece más lento que una buena comedia es la estupidez humana. Y Molière lo sabía mejor que nadie.

Artículo 13 feb, 05:13

Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros

Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros

El 17 de febrero de 1673, Jean-Baptiste Poquelin —conocido como Molière— tosió sangre mientras interpretaba a un hipocondríaco imaginario en «El enfermo imaginario». Murió horas después. Si el universo tiene sentido del humor, ese día lo demostró. Pero lo verdaderamente escandaloso no es cómo murió, sino que 353 años después sus personajes siguen viviendo entre nosotros, disfrazados con trajes de Zara y perfiles de LinkedIn.

Porque Molière no escribió comedias: escribió radiografías. Y si hoy le dieras un teléfono móvil, tardaría exactamente tres minutos en tener material para cinco obras nuevas.

Empecemos por «Tartufo», esa obra que el mismísimo Luis XIV prohibió durante cinco años porque los devotos de la corte se sintieron demasiado identificados. Tartufo es un falso devoto, un tipo que se disfraza de santidad para manipular a una familia entera. ¿Te suena? Abre cualquier red social y verás decenas de Tartufos modernos: los gurús del bienestar que predican amor universal mientras cobran 200 euros por un curso de respiración, los políticos que invocan valores familiares mientras sus cuentas bancarias hacen turismo por paraísos fiscales, los influencers de la vida sana que fuman a escondidas detrás de la cámara. Molière los vio venir con tres siglos y medio de antelación. El tipo no era dramaturgo; era profeta.

Pero si Tartufo es el hipócrita, Alceste —el protagonista de «El misántropo»— es su opuesto exacto, y resulta igual de insoportable. Alceste no soporta la falsedad social, la cortesía vacía, los cumplidos que no significan nada. Dice la verdad a la cara, sin filtro, sin anestesia. ¿Heroico? Quizá durante los primeros diez minutos. Después se convierte en ese amigo que arruina todas las cenas porque necesita señalar que el vino es mediocre, que la conversación es superficial y que el anfitrión tiene un cuadro horroroso en el salón. Molière entendió algo que la cultura contemporánea todavía no ha digerido: la honestidad brutal no es virtud, es pereza disfrazada de valentía. Ser sincero sin empatía es simplemente ser cruel con buena conciencia.

Y luego está «La escuela de las mujeres», una obra que en 1662 provocó un escándalo monumental. Arnolfo, un hombre maduro, cría a una joven llamada Inés desde niña con el único propósito de convertirla en la esposa perfecta: ignorante, sumisa y completamente dependiente de él. El plan, por supuesto, fracasa estrepitosamente porque Inés resulta ser mucho más inteligente de lo que su carcelero imaginaba. Molière escribió esta obra cuatro siglos antes del movimiento #MeToo, y sin embargo captura con precisión quirúrgica la mecánica del control patriarcal: la infantilización deliberada, la educación como herramienta de dominación, la ilusión de que puedes fabricar una persona a tu medida. Lo que en el siglo XVII era comedia, hoy aparece en los manuales de psicología como «relación de abuso».

Lo genial de Molière —y esto es lo que lo separa de los moralistas aburridos— es que nunca te dice qué pensar. Te muestra un espejo y te deja decidir si reírte o llorar. Sus villanos no son monstruos de cartón; son personas reconocibles, y eso es infinitamente más perturbador. Tartufo no funciona porque sea malvado, sino porque todos hemos conocido a un Tartufo. Alceste no incomoda porque sea un misántropo, sino porque todos llevamos un pequeño Alceste dentro que quiere gritar en las reuniones de trabajo que todo aquello es una pérdida de tiempo.

Hay un dato que siempre me fascina: cuando Molière empezó, era actor ambulante. Recorrió las provincias francesas durante trece años, actuando en graneros, plazas y salones de pueblo. No escribía desde una torre de marfil; escribía desde el barro, desde el contacto directo con la gente real. Conocía al comerciante tacaño, al médico charlatán, al noble ridículo y al criado astuto porque había comido con ellos, dormido en sus casas y les había robado gestos, muletillas y manías. Sus personajes no son arquetipos literarios; son retratos robados de la realidad.

Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿por qué seguimos necesitando a Molière? Se supone que hemos evolucionado. Tenemos internet, democracia, derechos humanos, inteligencia artificial. Y sin embargo, la hipocresía religiosa sigue facturando, los misántropos digitales acumulan seguidores siendo desagradables profesionalmente, y los Arnolfos del mundo siguen intentando controlar a sus parejas mediante la ignorancia emocional. La comedia de Molière no envejece porque la estupidez humana tampoco lo hace.

Otro aspecto que merece atención: la Iglesia católica odiaba tanto a Molière que se negó a darle un entierro cristiano. Su esposa tuvo que suplicar al rey para que intercediera, y aun así lo enterraron de noche, casi a escondidas, sin ceremonia religiosa. Un dramaturgo que exponía la hipocresía de los poderosos y cuyo castigo fue ser tratado como un paria incluso después de muerto. Si eso no es la confirmación definitiva de que estaba haciendo algo bien, no sé qué lo sería.

Lo que más me impresiona de su legado es su método. Molière no atacaba con panfletos ni con discursos. Atacaba con carcajadas. Entendió que la risa es el arma más democrática que existe: no necesita explicación, no requiere educación formal, atraviesa clases sociales como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. Cuando te ríes de Tartufo, estás reconociendo al Tartufo de tu vida. Cuando te ríes de Alceste, estás reconociendo tu propia intolerancia. La comedia de Molière es un espejo que solo funciona si estás dispuesto a mirarte.

Hoy, 353 años después de aquella muerte absurdamente poética en escena, Molière sigue siendo el dramaturgo más representado en Francia y uno de los más montados en el mundo. Sus obras se adaptan, se modernizan, se reinventan. Pero en el fondo no necesitan modernización, porque nunca fueron antiguas. Fueron, son y serán contemporáneas mientras los seres humanos sigamos siendo esa mezcla fascinante de vanidad, cobardía, ternura y ridiculez que Molière retrató mejor que nadie.

Así que la próxima vez que alguien te diga que el teatro clásico es aburrido, invítale a leer «Tartufo» y pregúntale si no reconoce a su jefe, a su cuñado o —si es honesto— a sí mismo. Molière no escribió para el siglo XVII. Escribió para cualquier siglo lo bastante estúpido como para repetir los mismos errores. Y aquí seguimos, dándole la razón.

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