Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros
Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros
El 17 de febrero de 1673, Jean-Baptiste Poquelin —conocido como Molière— tosió sangre mientras interpretaba a un hipocondríaco imaginario en «El enfermo imaginario». Murió horas después. Si el universo tiene sentido del humor, ese día lo demostró. Pero lo verdaderamente escandaloso no es cómo murió, sino que 353 años después sus personajes siguen viviendo entre nosotros, disfrazados con trajes de Zara y perfiles de LinkedIn.
Porque Molière no escribió comedias: escribió radiografías. Y si hoy le dieras un teléfono móvil, tardaría exactamente tres minutos en tener material para cinco obras nuevas.
Empecemos por «Tartufo», esa obra que el mismísimo Luis XIV prohibió durante cinco años porque los devotos de la corte se sintieron demasiado identificados. Tartufo es un falso devoto, un tipo que se disfraza de santidad para manipular a una familia entera. ¿Te suena? Abre cualquier red social y verás decenas de Tartufos modernos: los gurús del bienestar que predican amor universal mientras cobran 200 euros por un curso de respiración, los políticos que invocan valores familiares mientras sus cuentas bancarias hacen turismo por paraísos fiscales, los influencers de la vida sana que fuman a escondidas detrás de la cámara. Molière los vio venir con tres siglos y medio de antelación. El tipo no era dramaturgo; era profeta.
Pero si Tartufo es el hipócrita, Alceste —el protagonista de «El misántropo»— es su opuesto exacto, y resulta igual de insoportable. Alceste no soporta la falsedad social, la cortesía vacía, los cumplidos que no significan nada. Dice la verdad a la cara, sin filtro, sin anestesia. ¿Heroico? Quizá durante los primeros diez minutos. Después se convierte en ese amigo que arruina todas las cenas porque necesita señalar que el vino es mediocre, que la conversación es superficial y que el anfitrión tiene un cuadro horroroso en el salón. Molière entendió algo que la cultura contemporánea todavía no ha digerido: la honestidad brutal no es virtud, es pereza disfrazada de valentía. Ser sincero sin empatía es simplemente ser cruel con buena conciencia.
Y luego está «La escuela de las mujeres», una obra que en 1662 provocó un escándalo monumental. Arnolfo, un hombre maduro, cría a una joven llamada Inés desde niña con el único propósito de convertirla en la esposa perfecta: ignorante, sumisa y completamente dependiente de él. El plan, por supuesto, fracasa estrepitosamente porque Inés resulta ser mucho más inteligente de lo que su carcelero imaginaba. Molière escribió esta obra cuatro siglos antes del movimiento #MeToo, y sin embargo captura con precisión quirúrgica la mecánica del control patriarcal: la infantilización deliberada, la educación como herramienta de dominación, la ilusión de que puedes fabricar una persona a tu medida. Lo que en el siglo XVII era comedia, hoy aparece en los manuales de psicología como «relación de abuso».
Lo genial de Molière —y esto es lo que lo separa de los moralistas aburridos— es que nunca te dice qué pensar. Te muestra un espejo y te deja decidir si reírte o llorar. Sus villanos no son monstruos de cartón; son personas reconocibles, y eso es infinitamente más perturbador. Tartufo no funciona porque sea malvado, sino porque todos hemos conocido a un Tartufo. Alceste no incomoda porque sea un misántropo, sino porque todos llevamos un pequeño Alceste dentro que quiere gritar en las reuniones de trabajo que todo aquello es una pérdida de tiempo.
Hay un dato que siempre me fascina: cuando Molière empezó, era actor ambulante. Recorrió las provincias francesas durante trece años, actuando en graneros, plazas y salones de pueblo. No escribía desde una torre de marfil; escribía desde el barro, desde el contacto directo con la gente real. Conocía al comerciante tacaño, al médico charlatán, al noble ridículo y al criado astuto porque había comido con ellos, dormido en sus casas y les había robado gestos, muletillas y manías. Sus personajes no son arquetipos literarios; son retratos robados de la realidad.
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿por qué seguimos necesitando a Molière? Se supone que hemos evolucionado. Tenemos internet, democracia, derechos humanos, inteligencia artificial. Y sin embargo, la hipocresía religiosa sigue facturando, los misántropos digitales acumulan seguidores siendo desagradables profesionalmente, y los Arnolfos del mundo siguen intentando controlar a sus parejas mediante la ignorancia emocional. La comedia de Molière no envejece porque la estupidez humana tampoco lo hace.
Otro aspecto que merece atención: la Iglesia católica odiaba tanto a Molière que se negó a darle un entierro cristiano. Su esposa tuvo que suplicar al rey para que intercediera, y aun así lo enterraron de noche, casi a escondidas, sin ceremonia religiosa. Un dramaturgo que exponía la hipocresía de los poderosos y cuyo castigo fue ser tratado como un paria incluso después de muerto. Si eso no es la confirmación definitiva de que estaba haciendo algo bien, no sé qué lo sería.
Lo que más me impresiona de su legado es su método. Molière no atacaba con panfletos ni con discursos. Atacaba con carcajadas. Entendió que la risa es el arma más democrática que existe: no necesita explicación, no requiere educación formal, atraviesa clases sociales como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. Cuando te ríes de Tartufo, estás reconociendo al Tartufo de tu vida. Cuando te ríes de Alceste, estás reconociendo tu propia intolerancia. La comedia de Molière es un espejo que solo funciona si estás dispuesto a mirarte.
Hoy, 353 años después de aquella muerte absurdamente poética en escena, Molière sigue siendo el dramaturgo más representado en Francia y uno de los más montados en el mundo. Sus obras se adaptan, se modernizan, se reinventan. Pero en el fondo no necesitan modernización, porque nunca fueron antiguas. Fueron, son y serán contemporáneas mientras los seres humanos sigamos siendo esa mezcla fascinante de vanidad, cobardía, ternura y ridiculez que Molière retrató mejor que nadie.
Así que la próxima vez que alguien te diga que el teatro clásico es aburrido, invítale a leer «Tartufo» y pregúntale si no reconoce a su jefe, a su cuñado o —si es honesto— a sí mismo. Molière no escribió para el siglo XVII. Escribió para cualquier siglo lo bastante estúpido como para repetir los mismos errores. Y aquí seguimos, dándole la razón.
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