Статья 06 февр. 23:03

Cortázar lleva 42 años muerto y sigue escribiendo mejor que la mayoría de los vivos

Cortázar lleva 42 años muerto y sigue escribiendo mejor que la mayoría de los vivos

Julio Cortázar murió el 12 de febrero de 1984 en París, con los pulmones destrozados y el corazón partido por la desaparición de Carol Dunlop. Tenía 69 años, nacionalidad francesa recién estrenada y una obra que, cuatro décadas después, sigue haciendo que los escritores contemporáneos parezcan oficinistas del lenguaje. Hoy se cumplen 42 años de su muerte, y el tipo sigue sin dejarnos en paz. Porque eso hacen los grandes: te persiguen desde la tumba con una sonrisa de cronopio.

Hay algo profundamente irritante en Cortázar. No irritante como un mosquito, sino como ese amigo que siempre tiene razón y encima te lo dice con gracia. Agarró la literatura latinoamericana, que venía muy seria con sus dictadores y sus selvas, y le metió un axolotl en la pecera. Literalmente. En 1956 publicó un cuento donde un hombre se convierte en una salamandra mexicana de ojos dorados en el Jardin des Plantes de París. Y lo más perturbador no es la metamorfosis —Kafka ya había hecho eso con un escarabajo— sino que cuando terminás de leerlo, te quedás mirando tu propia pecera con desconfianza.

Pero hablemos de Rayuela, porque no se puede hablar de Cortázar sin hablar de Rayuela, del mismo modo que no se puede hablar de rock sin mencionar a los Beatles, aunque a todos nos aburra un poco la comparación. Publicada en 1963, esta novela hizo algo que hoy los influencers de productividad llamarían "disruptivo": le dijo al lector que podía leer el libro en el orden que le diera la gana. Capítulo 73, luego el 1, después el 116. Cortázar incluyó un "Tablero de dirección" al principio, como quien te da un mapa del tesoro pero te avisa que el tesoro quizá no existe. Sesenta y tres años después, la literatura hipertextual, los videojuegos de mundo abierto y hasta Netflix con sus películas interactivas le deben algo a ese gesto. Bandersnatch, la película interactiva de Black Mirror, es básicamente Rayuela con menos jazz y más tecnología.

Lo que poca gente recuerda es que Cortázar no empezó siendo Cortázar. Empezó siendo un profesor de literatura en pueblos argentinos que escribía sonetos muy correctos y muy olvidables bajo el seudónimo de Julio Denis. Su primer libro de cuentos, La otra orilla, era tan tímido que él mismo se negó a publicarlo en vida. Fue Borges —siempre Borges, el patriarca inevitable— quien en 1946 le publicó "Casa tomada" en la revista Los Anales de Buenos Aires y le dijo, básicamente: "Joven, usted tiene algo". Borges tenía razón, como casi siempre.

Después vino el exilio voluntario a París en 1951, y ahí Cortázar se convirtió en Cortázar. Trabajó como traductor en la UNESCO —traducía documentos sobre pesca y agricultura mientras en su cabeza los cronopios peleaban con las famas— y escribió algunos de los cuentos más perfectos del siglo XX. "Las babas del diablo", ese relato sobre un fotógrafo que quizá presencia un crimen, fue adaptado por Antonioni en Blow-Up (1966), una película que ganó la Palma de Oro en Cannes y que la mitad de los espectadores fingen entender. La película es brillante, pero el cuento es mejor. Siempre el cuento es mejor.

Y luego está 62: Modelo para armar, publicada en 1968, esa novela que nace directamente del capítulo 62 de Rayuela, donde Morelli imagina una narrativa sin psicología convencional, donde los personajes actúan movidos por fuerzas que no comprenden. Es la novela más experimental de Cortázar, la que menos gente ha leído completa y la que más influencia subterránea ha tenido. Si Rayuela es el disco que todos conocen, 62: Modelo para armar es el lado B que los verdaderos fanáticos ponen a las tres de la mañana.

Pero aquí viene lo que realmente me fascina de Cortázar en 2026: su vigencia no es nostálgica, es operativa. Vivimos en la era del scroll infinito, donde consumimos fragmentos de realidad desordenados, donde saltamos de un contenido a otro sin lógica aparente, donde la narrativa lineal se ha roto en mil pedazos. Cortázar ya vivía ahí en 1963. Cuando proponía leer Rayuela de forma no secuencial, estaba describiendo exactamente cómo consumimos información hoy. No predijo internet, pero predijo la forma en que internet nos cambiaría el cerebro.

Sus cuentos fantásticos tienen una cualidad que la ciencia ficción contemporánea envidia: no necesitan explicación. En "La noche boca arriba", un motociclista accidentado descubre que su vida moderna es el sueño de un prisionero azteca a punto de ser sacrificado. No hay portal dimensional, no hay pseudociencia, no hay tres párrafos explicando el mecanismo. Simplemente la realidad se da vuelta como un guante. Esa economía narrativa, esa confianza brutal en el lector, es algo que la ficción actual —hinchada de worldbuilding y exposición— necesita desesperadamente recuperar.

También hay que hablar del Cortázar político, porque la historia lo exige. A partir de los años sesenta, abrazó la revolución cubana, apoyó al sandinismo nicaragüense y se jugó el tipo denunciando las dictaduras del Cono Sur. Le llovieron críticas de todos lados: los puristas literarios decían que la política arruinaba su arte; los militantes decían que su compromiso llegó tarde. Cortázar respondió con "Libro de Manuel" (1973), una novela que mezclaba ficción con recortes reales de periódicos sobre torturas y desapariciones. El premio que recibió lo donó íntegro a la resistencia chilena. No era un revolucionario de café: ponía el dinero donde ponía la boca.

Lo que más me impresiona, cuatro décadas después, es la generosidad de su literatura. Cortázar nunca escribió para demostrar que era más inteligente que el lector. Escribió para jugar con él. Sus instrucciones para subir una escalera, para dar cuerda a un reloj, para llorar correctamente, son pequeñas obras maestras de humor que esconden una filosofía profunda: lo cotidiano es extraordinario si te detienes a mirarlo con ojos de extranjero. En una época donde la literatura "seria" a menudo se confunde con la literatura aburrida, Cortázar nos recuerda que la inteligencia y la diversión no solo son compatibles, sino inseparables.

Hoy, 42 años después de su muerte, sus libros se siguen vendiendo como si fueran novedades. Rayuela se reedita cada año. Sus cuentos completos son lectura obligatoria en universidades de medio mundo. En TikTok —sí, en TikTok— hay videos con millones de reproducciones donde jóvenes leen fragmentos de Cortázar sobre el amor y los cronopios. El tipo que se fue de Argentina en 1951 porque sentía que Buenos Aires lo asfixiaba resulta que sigue respirando en todas partes.

La pregunta no es si Cortázar sigue siendo relevante. La pregunta es si alguna vez dejaremos de necesitarlo. Y sospecho que la respuesta es no. Porque mientras exista alguien que mire una pecera y se pregunte quién observa a quién, mientras alguien salte de un capítulo a otro buscando un sentido que quizá no existe, mientras alguien se ría con unas instrucciones para subir una escalera a las dos de la mañana, Cortázar seguirá vivo. Más vivo, probablemente, que la mayoría de nosotros.

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