Si Dostoievski publicara hoy, le cancelarían antes del segundo capítulo
Imagina la escena: Fiódor Dostoievski, con su barba descuidada y sus ojeras de ludópata, entra en una editorial moderna con el manuscrito de *Crimen y castigo* bajo el brazo. La editora lo hojea, palidece y dice: «Señor Dostoievski, esto necesita al menos catorce trigger warnings. Violencia con hacha, pobreza extrema, prostitución, alcoholismo, delirios febriles, suicidio… ¿Está usted bien?». Fiódor parpadea. No, no está bien. Nunca lo estuvo. Y precisamente por eso escribió una de las mejores novelas de la historia.
Bienvenidos al debate más absurdo y necesario de la literatura contemporánea: ¿los trigger warnings protegen al lector o lo convierten en un ser incapaz de enfrentar una página impresa?
Primero, los hechos. En 2014, la Universidad de California en Santa Bárbara fue una de las primeras instituciones en recomendar formalmente que los profesores incluyeran advertencias de contenido en sus programas académicos. Desde entonces, la práctica se ha extendido como pólvora por universidades anglosajonas. En 2022, la Universidad de Cambridge colocó advertencias en las obras de Shakespeare. Shakespeare. El tipo que inventó más de mil quinientas palabras del idioma inglés necesita ahora un cartelito que diga: «Cuidado, contiene violencia y actitudes problemáticas hacia la mujer». ¿En serio? ¿Qué esperaban encontrar en *Tito Andrónico*, una comedia romántica?
Los defensores de los trigger warnings argumentan algo razonable: que las personas con trastorno de estrés postraumático pueden sufrir crisis reales al exponerse sin aviso a contenidos que activan sus traumas. Y tienen razón. Nadie con un mínimo de empatía negaría que el trauma psicológico es real y devastador. Pero aquí viene el giro: un estudio publicado en 2020 en la revista *Clinical Psychological Science* por investigadores de Harvard demostró que los trigger warnings no solo no reducen la ansiedad, sino que en algunos casos la aumentan. El aviso crea una anticipación que amplifica la respuesta emocional. Es como decirle a alguien «no pienses en un elefante rosa». Ya está. Ya pensaste.
Pero dejemos la psicología y volvamos a lo que nos importa: la literatura. Porque el verdadero problema no es si un aviso antes de *Lolita* ayuda o no a alguien. El problema es lo que sucede cuando la lógica del trigger warning se convierte en criterio editorial. Cuando un editor empieza a pensar: «¿Este pasaje va a generar polémica en Twitter? Mejor lo suavizamos». Ahí, amigos, dejamos de hablar de cuidado y empezamos a hablar de censura con guantes de seda.
Y no es ciencia ficción. En 2023, la editorial Puffin Books modificó textos de Roald Dahl eliminando palabras como «gordo», «feo» y «loco» de clásicos como *Charlie y la fábrica de chocolate* y *Las brujas*. Roald Dahl, el escritor que construyó su genio precisamente sobre la crueldad grotesca, la fealdad y lo políticamente incorrecto. Después de la indignación pública, la editorial dio marcha atrás parcialmente, pero el mensaje quedó claro: alguien en una oficina decidió que los niños de 2023 no podían soportar lo que los niños de 1964 leían entre carcajadas.
La historia de la censura literaria es tan vieja como la literatura misma. *El Quijote* fue prohibido en ciertos territorios por burlarse de los ideales caballerescos. *Madame Bovary* llevó a Flaubert a juicio en 1857 por «ofensa a la moral pública». *Ulises* de Joyce estuvo prohibido en Estados Unidos hasta 1933. *El amante de Lady Chatterley* de D.H. Lawrence no se publicó sin censura en Reino Unido hasta 1960. En todos estos casos, la sociedad «protegía» al lector de contenidos peligrosos. Y en todos estos casos, la sociedad estaba equivocada.
Entonces, ¿cuál es la diferencia entre aquella censura y los trigger warnings? Los defensores dirán: «Nosotros no prohibimos nada, solo avisamos». Y es verdad. Un trigger warning, en su forma más pura, es simplemente información. Como la etiqueta de un alimento que dice «contiene gluten». Nadie te impide comer el pan; solo te avisan. Hasta ahí, perfecto.
El problema es que la cultura del aviso no se queda en el aviso. Se desliza, silenciosamente, hacia la idea de que ciertos contenidos son inherentemente dañinos. Y de ahí al siguiente paso —eliminarlos, suavizarlos, reescribirlos— hay un trecho muy corto que ya estamos recorriendo. Cuando una universidad decide que *Las metamorfosis* de Ovidio necesita una advertencia de contenido sexual, no está protegiendo a nadie: está diciendo que un texto de dos mil años es sospechoso. Está tratando a estudiantes universitarios adultos como si fueran criaturas frágiles incapaces de procesar la complejidad moral del arte.
Y aquí está la paradoja más deliciosa de todo este circo: la gran literatura existe precisamente para incomodar. Kafka no escribió *La metamorfosis* para que te sintieras bien con tu vida. Camus no escribió *El extranjero* para validar tus emociones. Toni Morrison no escribió *Beloved* para que la leyeras sin un nudo en el estómago. La literatura es el único espacio seguro para enfrentar lo inseguro. Es el simulador de vuelo del alma: puedes estrellarte sin morir. Ponerle un aviso antes de cada turbulencia no te prepara para volar; te convence de que no deberías despegar.
Hay algo profundamente condescendiente en asumir que el lector necesita protección. Virginia Woolf, que conocía el sufrimiento mental mejor que cualquier comité universitario, nunca pidió que le advirtieran de nada. Primo Levi sobrevivió a Auschwitz y escribió sobre ello sin pedir permiso ni ofrecer disculpas. La literatura de los que realmente han sufrido rara vez viene con advertencias, porque quienes la escriben saben que el dolor compartido a través de las palabras es el primer paso hacia la comprensión, no hacia el trauma.
No me malinterpreten. No estoy diciendo que debamos arrojar *American Psycho* a un adolescente de catorce años sin contexto. El contexto importa. La pedagogía importa. Un buen profesor no necesita un trigger warning impreso; necesita sensibilidad, conocimiento de su grupo y la capacidad de guiar una conversación difícil. Eso es educación. Un cartelito genérico que dice «este texto contiene violencia» no es educación; es burocracia disfrazada de empatía.
Así que la próxima vez que alguien te diga que un libro necesita una advertencia, pregúntale esto: ¿y quién decide qué merece advertencia y qué no? ¿Quién traza esa línea? Porque la historia nos enseña que quien controla las advertencias, termina controlando las palabras. Y quien controla las palabras, controla las historias. Y quien controla las historias, controla cómo pensamos.
Dostoievski no necesitaba trigger warnings. Necesitaba lectores valientes. La pregunta es si todavía los tenemos.
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