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Artículo 13 feb, 02:51

Escritores que no leían: el mito más cómodo de la literatura

Hay una frase que se repite en cada taller literario como un mantra sagrado: «Para escribir bien, hay que leer mucho». Suena lógico, ¿verdad? Tan lógico como decir que para cocinar bien hay que comer mucho. Y sin embargo, la historia de la literatura está plagada de contradicciones brutales que nadie quiere mirar de frente.

Porque aquí viene la pregunta incómoda: si leer fuera la receta mágica, ¿por qué millones de lectores voraces jamás escriben una sola línea memorable? Y al revés: ¿cómo es posible que algunos de los escritores más revolucionarios de la historia fueran lectores mediocres, selectivos o directamente perezosos?

Empecemos con el caso más escandaloso. Charles Bukowski, el viejo borracho de Los Ángeles, ese tipo que convirtió la mugre cotidiana en poesía salvaje, confesó en múltiples entrevistas que durante años apenas leía. Pasaba más tiempo en las carreras de caballos y en los bares que en las bibliotecas. Su formación literaria era errática, caprichosa, llena de huecos enormes. No había leído a la mitad de los clásicos que cualquier estudiante de filología recita de memoria. Y sin embargo, «Cartero», «Factótum» y «Mujeres» siguen vendiéndose como pan caliente medio siglo después. ¿Cómo se explica eso con la teoría del «lee mucho y escribirás bien»?

Pero espera, que hay más. Jack Kerouac escribió «En el camino» en un rollo continuo de papel en apenas tres semanas, alimentado por café y benzedrina. Su verdadera escuela no fueron las bibliotecas de Columbia, sino las carreteras, los vagones de tren, las noches con Neal Cassady. Kerouac leía, sí, pero su motor creativo era la experiencia directa, el vivir con los poros abiertos. La lectura era el complemento, no el combustible.

Ahora bien —y aquí es donde me pongo serio—, sería una estupidez monumental decir que leer no sirve para nada. Porque la otra cara de la moneda es igual de contundente. Gabriel García Márquez contó que su vida cambió cuando a los diecisiete años leyó «La metamorfosis» de Kafka. Esa primera línea —«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto»— le reveló que la literatura podía hacer cualquier cosa. Sin esa lectura, quizá no existiría Macondo. Borges fue un lector tan obsesivo que quedarse ciego fue su tragedia personal más devastadora, y su obra es imposible de separar de sus lecturas. Cada cuento suyo es una conversación con otros libros.

Entonces, ¿en qué quedamos? La verdad es que la pregunta está mal planteada. No se trata de leer mucho o poco. Se trata de cómo lees.

Stephen King, en su libro «Mientras escribo», recomienda leer entre setenta y ochenta libros al año. Suena a barbaridad, pero King también dice algo crucial que muchos ignoran: hay que leer de todo, incluyendo libros malos. ¿Por qué? Porque un libro malo te enseña exactamente lo que no debes hacer. Te enseña a detectar diálogos falsos, descripciones infladas, personajes de cartón. Es como un cirujano que estudia operaciones fallidas: aprende más del error que del éxito.

El problema es que la mayoría de la gente lee en modo pasivo. Lee como quien ve una serie de Netflix: se deja llevar, disfruta, se emociona, y al día siguiente no recuerda ni el nombre del protagonista. Esa lectura no te convierte en escritor. Es entretenimiento, que está muy bien, pero no es aprendizaje. Para que la lectura te forme como escritor, necesitas leer con las tripas abiertas: preguntarte por qué este párrafo te hace llorar, cómo este autor logra que no puedas soltar el libro a las tres de la mañana, qué diablos tiene esta primera frase que te atrapa como un anzuelo.

Raymond Carver, el maestro del cuento minimalista norteamericano, leía con lápiz en mano. Subrayaba, anotaba, discutía con los textos. No era un lector pasivo: era un depredador que desarmaba cada mecanismo narrativo para entender cómo funcionaba por dentro. Eso es leer para escribir. Y es radicalmente distinto de leer por placer.

Pero hay algo que ningún libro del mundo puede enseñarte, y es tener algo que contar. Puedes haber leído los cinco mil volúmenes de la biblioteca de Alejandría y seguir sin tener una voz propia si no has vivido, sufrido, amado, fracasado y vuelto a levantarte. Dostoievski no escribió «Memorias del subsuelo» porque leyó mucho sobre la angustia existencial: la vivió en carne propia, endeudado, epiléptico, condenado a muerte y perdonado frente al pelotón de fusilamiento. Esa experiencia es irremplazable.

La escritura es un oficio extraño. Es el único arte donde el instrumento principal —el lenguaje— lo usamos todos, todos los días, desde que aprendemos a hablar. No necesitas comprar un violín ni alquilar un estudio de pintura. Solo necesitas palabras. Y las palabras las absorbes de todas partes: de las conversaciones en el mercado, de las peleas familiares, de los discursos políticos, de las canciones que cantas en la ducha, de los mensajes de WhatsApp. La lectura es una fuente extraordinaria de lenguaje, pero no es la única.

Mi veredicto, después de años observando cómo nacen y mueren vocaciones literarias, es este: leer mucho sin escribir te convierte en un crítico de sillón. Escribir mucho sin leer te convierte en un reinventor de la rueda. La combinación de ambas cosas, hecha con intención y con hambre, es lo que produce escritores de verdad. Pero si me obligas a elegir una sola cosa —si me pones una pistola en la cabeza y me dices «elige»—, te diré que escribir. Porque la escritura es un músculo, y los músculos se desarrollan usándolos, no mirando cómo otros los usan.

Así que la próxima vez que alguien te diga que necesitas leer quinientos libros antes de atreverte a escribir el primero, mándalo amablemente al diablo. Abre un documento en blanco. Escribe la peor primera frase de tu vida. Y luego escribe la segunda. Y después, sí, ve a leer un buen libro para celebrarlo. Porque leer es maravilloso. Pero escribir, escribir es vivir dos veces.

¿Nada que leer? ¡Crea tu propio libro y léelo! Como hago yo.

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"Permanece ebrio de escritura para que la realidad no te destruya." — Ray Bradbury