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Artículo 4 feb, 23:07

William S. Burroughs: El yonqui que le disparó a la literatura en la cabeza (y no falló)

Hace 112 años nació en St. Louis un niño que se convertiría en el abuelo más perturbador de la literatura estadounidense. William Seward Burroughs II llegó al mundo con una cuchara de plata en la boca —su abuelo inventó la máquina de sumar Burroughs— pero decidió que prefería las agujas en el brazo y las palabras en el cerebro. Mientras otros herederos se dedicaban a dilapidar fortunas en yates y caballos de carrera, Bill eligió la heroína, el exilio y la destrucción sistemática de todo lo que la novela tradicional consideraba sagrado.

Pero empecemos por el elefante en la habitación, porque con Burroughs siempre hay un elefante, y generalmente está muerto. En 1951, durante una fiesta en Ciudad de México, William jugó a Guillermo Tell con su esposa Joan Vollmer. Le puso un vaso en la cabeza, apuntó con su pistola y falló espectacularmente. Joan murió en el acto. Burroughs pasó trece días en la cárcel mexicana antes de que su familia comprara su libertad. Este episodio lo perseguiría toda su vida y, según él mismo confesó, fue el catalizador de su carrera literaria: «Vivo con la constante amenaza de posesión, y con una necesidad constante de escapar de la posesión, del Control. Así que la muerte de Joan me convirtió en escritor».

Antes de convertirse en el profeta del caos narrativo, Burroughs ya había probado de todo. Estudió en Harvard, trabajó como exterminador de plagas en Chicago, fue detective privado y barman. Se alistó en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial pero fue dado de baja por problemas mentales. Conoció a Allen Ginsberg y Jack Kerouac en Nueva York, formando el núcleo duro de lo que después se llamaría la Generación Beat. Pero mientras Kerouac escribía sobre carreteras y Ginsberg aullaba contra el capitalismo, Burroughs se dedicaba a inyectarse morfina y tomar notas.

«Junkie», publicado en 1953 bajo el seudónimo William Lee, fue su debut. Un libro directo, casi periodístico, sobre la vida de un adicto a la heroína. Nada de florituras, nada de excusas. Solo la mecánica fría de la adicción: conseguir droga, inyectarse, conseguir más droga. La editorial lo publicó como paperback de bolsillo, esos libros baratos que se vendían en estaciones de autobús. Nadie imaginaba que ese yonqui confeso estaba afilando el cuchillo para degollar a la literatura convencional.

Y entonces llegó «Naked Lunch» en 1959. O mejor dicho, explotó. El libro fue publicado en París porque ninguna editorial estadounidense se atrevía a tocarlo. La novela —si es que podemos llamarla así— es un viaje alucinante a través de una pesadilla de control, adicción y mutación. No hay trama en el sentido tradicional. Hay escenas que se cortan y pegan como un collage demencial. Hay criaturas llamadas Mugwumps que secretan drogas por sus cuerpos. Hay el Interzone, una ciudad que es todas las ciudades y ninguna. Hay sexo explícito, violencia grotesca y un humor tan negro que absorbe la luz.

El libro fue prohibido en Estados Unidos y sometido a juicio por obscenidad en Boston. Los fiscales leían pasajes en voz alta ante el tribunal, probablemente las únicas lecturas públicas que «Naked Lunch» tuvo durante años. Norman Mailer testificó a favor del libro. El juicio se convirtió en un circo mediático y, finalmente, en 1966, el Tribunal Supremo de Massachusetts declaró que el libro tenía valor literario. Fue la última obra prohibida por obscenidad en Estados Unidos. Burroughs había ganado, aunque él estaba demasiado colocado en Tánger como para celebrarlo.

Lo que hacía diferente a Burroughs era su técnica del cut-up, desarrollada junto al artista Brion Gysin. Tomaba textos —suyos, de periódicos, de cualquier fuente— los cortaba literalmente con tijeras y los reorganizaba al azar. El resultado eran frases que parecían transmisiones de otra dimensión: «El lenguaje es un virus del espacio exterior». Para Burroughs, esta técnica no era solo un juego vanguardista. Era una forma de liberación. El lenguaje, creía, era una herramienta de control, y al destruir su estructura, destruías el control mismo. Suena a locura, pero cuando David Bowie usó la técnica para escribir letras y Kurt Cobain la empleó en sus diarios, la locura empezó a parecer profecía.

«The Soft Machine», «The Ticket That Exploded» y «Nova Express» formaron su trilogía Nova, donde el cut-up alcanzó su máxima expresión. Son libros difíciles, fragmentarios, que exigen un lector dispuesto a perderse. No son para todos. Pero para quienes conectan con su frecuencia, son experiencias transformadoras. Burroughs no quería entretener; quería reprogramar cerebros.

Su influencia es imposible de medir. Sin Burroughs no existiría el cyberpunk —William Gibson le debe casi todo—. Sin él, la música industrial sería impensable: Throbbing Gristle, Ministry, Nine Inch Nails, todos bebieron de su imaginario de control y carne. Patti Smith lo veneraba. Laurie Anderson colaboró con él. Apareció en un videoclip de U2. A los ochenta años seguía siendo más cool que cualquier escritor de su generación.

Murió en 1997, a los 83 años, en Lawrence, Kansas. Sus últimas palabras escritas en su diario fueron: «Love? What is it? Most natural painkiller what there is. LOVE». El viejo yonqui, el asesino accidental, el destructor de la sintaxis, terminó hablando de amor. Quizás siempre había hablado de eso, a su manera retorcida y fragmentada.

Hoy, 112 años después de su nacimiento, Burroughs sigue siendo incómodo. Sus libros no se domestican con el tiempo. «Naked Lunch» sigue siendo un puñetazo en el estómago. Sus ideas sobre el control —gubernamental, lingüístico, viral— resuenan más que nunca en la era de los algoritmos y la vigilancia digital. El viejo Bill lo vio venir todo, probablemente porque estaba tan fuera de la realidad consensuada que podía ver sus costuras.

Así que levantemos una jeringa imaginaria —o un vaso de whisky, para los más convencionales— por William S. Burroughs. El hombre que demostró que la literatura podía ser un virus, que las palabras podían ser armas, y que a veces hay que destruir algo para descubrir qué hay dentro. Feliz cumpleaños, Bill. Donde sea que estés, esperamos que haya buena droga y mejores máquinas de escribir.

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