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Artículo 5 feb, 22:07

William S. Burroughs: El yonqui que le disparó a la literatura en la cabeza (y no falló)

Hace 112 años nació el hombre que convirtió la heroína en tinta y los delirios en obra maestra. William S. Burroughs no escribía libros: los vomitaba, los cortaba con tijeras y los pegaba de vuelta como un Frankenstein literario. Si Hemingway era el macho alfa de las letras americanas, Burroughs era el tío raro que todos evitaban en las reuniones familiares pero del que no podían dejar de hablar.

Nacido el 5 de febrero de 1914 en St. Louis, Missouri, William Seward Burroughs II llegó al mundo con una cuchara de plata en la boca. Su abuelo había inventado la máquina de sumar Burroughs, así que el pequeño Billy nunca tuvo que preocuparse por el dinero. Lo cual es irónico, considerando que pasó buena parte de su vida gastándolo en drogas que habrían hecho sonrojar a un cartel colombiano.

Pero vayamos al grano, porque Burroughs odiaba los rodeos tanto como odiaba el control gubernamental. En 1951, durante una fiesta en Ciudad de México, decidió jugar a Guillermo Tell con su esposa Joan Vollmer. Spoiler: no tenía la puntería de un arquero suizo. Le disparó en la cabeza y la mató. ¿El resultado legal? Prácticamente nada, gracias a abogados caros y un sistema judicial mexicano que en aquella época era más flexible que un contorsionista de circo. ¿El resultado literario? Burroughs afirmó que ese momento lo convirtió en escritor, que un "espíritu maligno" lo poseía y que escribir era su única forma de exorcismo.

Aquí es donde la cosa se pone interesante. "Junkie" (1953) fue su debut: un relato autobiográfico sobre la adicción a la heroína que se leía como un manual de instrucciones escrito por alguien que realmente había visitado el infierno y había tomado notas detalladas. Nada de moralinas, nada de "las drogas son malas, chicos". Solo la cruda realidad de un adicto que describía la heroína con la misma precisión clínica con la que un sommelier describe un Château Margaux del 47.

Pero "Naked Lunch" (1959) fue la bomba nuclear. Imagina que alguien mete en una licuadora a Kafka, de Sade, ciencia ficción de los años 50, y una cantidad industrial de sustancias psicoactivas, y luego sirve el resultado en un vaso sucio. El libro fue prohibido en varios países por obscenidad. Los juicios duraron años. Y cuando finalmente se levantaron las prohibiciones, Burroughs se había convertido en leyenda.

¿Qué hace a "Naked Lunch" tan especial? No tiene trama en el sentido tradicional. Burroughs usaba la técnica del "cut-up": cortaba páginas con tijeras y las reorganizaba al azar. El resultado era un collage de pesadillas que incluía insectos gigantes, agentes secretos, adictos hablando en jerga incomprensible, y escenas sexuales que harían que el Marqués de Sade pidiera un vaso de agua. Era como leer los sueños febriles de alguien en pleno síndrome de abstinencia, porque probablemente eso era exactamente.

La Trilogía Nova continuó el experimento: "The Soft Machine" (1961), "The Ticket That Exploded" (1962) y "Nova Express" (1964). Más cut-ups, más paranoia, más control mental alienígena. Burroughs estaba convencido de que el lenguaje era un virus del espacio exterior, que las palabras nos controlaban, y que la única forma de liberarse era destruir la sintaxis tradicional. Suena a locura, pero cuando lo lees, tiene una lógica interna perturbadoramente convincente.

Su influencia es imposible de exagerar. Kurt Cobain lo idolatraba. David Bowie usó la técnica cut-up para escribir letras. Patti Smith lo consideraba un profeta. Steely Dan tomó su nombre de un consolador que aparece en "Naked Lunch" (sí, en serio). Los escritores de ciencia ficción cyberpunk le deben prácticamente todo. Sin Burroughs no hay "Neuromancer" de William Gibson, no hay "Matrix", no hay esa estética de paranoia tecnológica y corporaciones malignas que domina la cultura popular.

Vivió sus últimos años en Lawrence, Kansas, de todos los lugares posibles. El viejo yonqui, el asesino accidental, el destructor de la narrativa lineal, terminó sus días pintando cuadros con escopetas (literalmente disparaba latas de pintura contra lienzos) y escribiendo sobre gatos. Murió en 1997, a los 83 años, probablemente el único miembro de la Generación Beat que logró llegar a viejo.

Kerouac murió alcoholizado a los 47. Ginsberg aguantó hasta los 70, pero Burroughs los enterró a todos. Quizás las drogas duras, paradójicamente, lo mantuvieron preservado como un pepinillo en vinagre. O quizás simplemente era demasiado terco para morirse antes de tiempo.

Lo que Burroughs nos dejó no fue solo literatura: fue permiso. Permiso para escribir sin reglas, para explorar los rincones más oscuros de la mente humana, para decir que la realidad consensuada es una estafa y que el emperador está desnudo (y probablemente es un insecto alienígena disfrazado). En una época donde los algoritmos nos dicen qué pensar y las redes sociales nos mantienen enganchados como cualquier droga, sus advertencias sobre el control y la adicción suenan más relevantes que nunca.

Así que hoy, 112 años después de su nacimiento, levantemos una copa por el viejo Bill. No por el hombre, que era problemático como mínimo. Sino por el escritor que nos enseñó que la literatura no tiene que ser bonita, ordenada ni segura. A veces tiene que ser un disparo en la cabeza. Metafóricamente hablando, por supuesto.

Artículo 5 feb, 03:06

William S. Burroughs: El yonqui que le disparó a la literatura en la cabeza (y no falló)

Hace 112 años nació el hombre que convirtió la heroína en tinta y las pesadillas en best-sellers. William S. Burroughs no escribía libros: los vomitaba, los cortaba con tijeras y los pegaba de nuevo como un Frankenstein literario. Si alguna vez pensaste que la literatura era un asunto de señores con pipa y té de las cinco, este tipo llegó para demostrarte que también podía oler a sudor, paranoia y habitaciones de hotel baratas en Tánger.

Nacido el 5 de febrero de 1914 en St. Louis, Missouri, Burroughs era heredero de la fortuna de las máquinas de sumar Burroughs. Sí, leíste bien: el abuelo inventó la calculadora y el nieto se dedicó a calcular cuánta morfina cabía en una jeringa. La ironía es tan perfecta que parece ficción, pero con Burroughs nunca sabes dónde termina la realidad y empieza el delirio.

Estudió en Harvard, se codeó con la élite intelectual, y decidió que todo eso era tremendamente aburrido. Así que hizo lo que cualquier joven de buena familia haría: se mudó a Nueva York, se enganchó a la heroína y empezó a frecuentar criminales de poca monta. Conoció a Allen Ginsberg y Jack Kerouac, y juntos formaron el núcleo duro de la Generación Beat. Pero mientras Kerouac romantizaba la carretera y Ginsberg aullaba contra la maquinaria, Burroughs ya estaba en otro planeta, literalmente hablando de invasiones alienígenas y control mental.

"Junkie" (1953) fue su debut, una autobiografía apenas disfrazada sobre su vida como adicto. Lo escribió bajo el seudónimo de William Lee porque, seamos honestos, a nadie le convenía que lo asociaran con ese contenido en la América de Eisenhower. El libro es crudo, directo, sin moralejas ni redenciones. Burroughs no te cuenta que las drogas son malas; te muestra su rutina diaria y te deja que saques tus propias conclusiones. Spoiler: no son buenas.

Pero el verdadero terremoto llegó en 1959 con "Naked Lunch" ("El almuerzo desnudo"). Imagina que alguien metiera en una licuadora a Kafka, una película de serie B de ciencia ficción, pornografía surrealista y los peores viajes de abstinencia, y luego sirviera el resultado en un vaso sucio. Eso es "Naked Lunch". El libro fue prohibido en varios países y llevado a juicio por obscenidad en Estados Unidos. Norman Mailer lo defendió en el tribunal. La defensa ganó, y de paso se amplió la definición de lo que la literatura podía decir y mostrar.

Lo que hacía único a Burroughs no era solo el contenido, sino el método. Desarrolló junto al artista Brion Gysin la técnica del "cut-up": tomar textos, cortarlos literalmente con tijeras y reorganizarlos al azar. Suena a locura, y probablemente lo era, pero también era una forma de sabotear el control del lenguaje. Para Burroughs, las palabras eran un virus, una herramienta de manipulación. El cut-up era su forma de hackear el sistema.

"The Soft Machine" (1961), "The Ticket That Exploded" (1962) y "Nova Express" (1964) conforman su trilogía de Nova, donde llevó el cut-up al extremo. Son libros difíciles, alucinantes, que requieren que el lector abandone toda expectativa de narrativa convencional. No son para todos, y Burroughs lo sabía. "No me interesa entretener", dijo una vez. "Me interesa infectar".

Y hablando de cosas incómodas, hay que mencionar el elefante en la habitación: en 1951, en Ciudad de México, Burroughs mató a su esposa Joan Vollmer de un disparo en la cabeza durante un juego de "Guillermo Tell" mientras ambos estaban borrachos. Fue declarado homicidio imprudencial y pasó solo trece días en la cárcel. Burroughs cargó con esa culpa el resto de su vida y afirmó que ese evento lo convirtió en escritor, que un "espíritu maligno" había tomado posesión de él. No es una excusa, es una explicación horrible para un acto horrible, pero forma parte inseparable de su biografía.

Su influencia es difícil de exagerar. David Bowie usó el cut-up para escribir letras. Kurt Cobain lo consideraba un héroe. Patti Smith lo veneraba. Gus Van Sant adaptó partes de su obra. Steely Dan tomó su nombre de un consolador mencionado en "Naked Lunch". William Gibson ha reconocido que sin Burroughs no existiría el cyberpunk. El control corporativo, la vigilancia, la adicción como metáfora del capitalismo: todo eso estaba en Burroughs décadas antes de que se pusiera de moda.

Murió en 1997, a los 83 años, en Lawrence, Kansas, rodeado de gatos y todavía experimentando. Sus últimas palabras escritas en su diario fueron: "Love? What is it? Most natural painkiller what there is. LOVE". Del tipo que escribió sobre insectos gigantes copulando y ejecuciones orgásmicas, estas palabras finales resultan casi tiernas.

Burroughs no era un autor que pudieras recomendar a tu abuela, a menos que tu abuela fuera muy particular. Era incómodo, perturbador, a veces ilegible. Pero abrió puertas que nadie sabía que existían. Demostró que la literatura podía ser un acto de terrorismo lingüístico, una forma de resistencia contra todo lo que nos dicen que debemos pensar y sentir.

Así que hoy, 112 años después de su nacimiento, levantemos una copa por el viejo Bill. Por el yonqui de Harvard que le enseñó a la literatura a no tener miedo de sí misma. Por el hombre que demostró que a veces, para crear algo nuevo, hay que cortar lo viejo en pedazos y ver qué sale. El resultado puede ser un monstruo, pero al menos será un monstruo honesto.

Artículo 4 feb, 23:07

William S. Burroughs: El yonqui que le disparó a la literatura en la cabeza (y no falló)

Hace 112 años nació en St. Louis un niño que se convertiría en el abuelo más perturbador de la literatura estadounidense. William Seward Burroughs II llegó al mundo con una cuchara de plata en la boca —su abuelo inventó la máquina de sumar Burroughs— pero decidió que prefería las agujas en el brazo y las palabras en el cerebro. Mientras otros herederos se dedicaban a dilapidar fortunas en yates y caballos de carrera, Bill eligió la heroína, el exilio y la destrucción sistemática de todo lo que la novela tradicional consideraba sagrado.

Pero empecemos por el elefante en la habitación, porque con Burroughs siempre hay un elefante, y generalmente está muerto. En 1951, durante una fiesta en Ciudad de México, William jugó a Guillermo Tell con su esposa Joan Vollmer. Le puso un vaso en la cabeza, apuntó con su pistola y falló espectacularmente. Joan murió en el acto. Burroughs pasó trece días en la cárcel mexicana antes de que su familia comprara su libertad. Este episodio lo perseguiría toda su vida y, según él mismo confesó, fue el catalizador de su carrera literaria: «Vivo con la constante amenaza de posesión, y con una necesidad constante de escapar de la posesión, del Control. Así que la muerte de Joan me convirtió en escritor».

Antes de convertirse en el profeta del caos narrativo, Burroughs ya había probado de todo. Estudió en Harvard, trabajó como exterminador de plagas en Chicago, fue detective privado y barman. Se alistó en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial pero fue dado de baja por problemas mentales. Conoció a Allen Ginsberg y Jack Kerouac en Nueva York, formando el núcleo duro de lo que después se llamaría la Generación Beat. Pero mientras Kerouac escribía sobre carreteras y Ginsberg aullaba contra el capitalismo, Burroughs se dedicaba a inyectarse morfina y tomar notas.

«Junkie», publicado en 1953 bajo el seudónimo William Lee, fue su debut. Un libro directo, casi periodístico, sobre la vida de un adicto a la heroína. Nada de florituras, nada de excusas. Solo la mecánica fría de la adicción: conseguir droga, inyectarse, conseguir más droga. La editorial lo publicó como paperback de bolsillo, esos libros baratos que se vendían en estaciones de autobús. Nadie imaginaba que ese yonqui confeso estaba afilando el cuchillo para degollar a la literatura convencional.

Y entonces llegó «Naked Lunch» en 1959. O mejor dicho, explotó. El libro fue publicado en París porque ninguna editorial estadounidense se atrevía a tocarlo. La novela —si es que podemos llamarla así— es un viaje alucinante a través de una pesadilla de control, adicción y mutación. No hay trama en el sentido tradicional. Hay escenas que se cortan y pegan como un collage demencial. Hay criaturas llamadas Mugwumps que secretan drogas por sus cuerpos. Hay el Interzone, una ciudad que es todas las ciudades y ninguna. Hay sexo explícito, violencia grotesca y un humor tan negro que absorbe la luz.

El libro fue prohibido en Estados Unidos y sometido a juicio por obscenidad en Boston. Los fiscales leían pasajes en voz alta ante el tribunal, probablemente las únicas lecturas públicas que «Naked Lunch» tuvo durante años. Norman Mailer testificó a favor del libro. El juicio se convirtió en un circo mediático y, finalmente, en 1966, el Tribunal Supremo de Massachusetts declaró que el libro tenía valor literario. Fue la última obra prohibida por obscenidad en Estados Unidos. Burroughs había ganado, aunque él estaba demasiado colocado en Tánger como para celebrarlo.

Lo que hacía diferente a Burroughs era su técnica del cut-up, desarrollada junto al artista Brion Gysin. Tomaba textos —suyos, de periódicos, de cualquier fuente— los cortaba literalmente con tijeras y los reorganizaba al azar. El resultado eran frases que parecían transmisiones de otra dimensión: «El lenguaje es un virus del espacio exterior». Para Burroughs, esta técnica no era solo un juego vanguardista. Era una forma de liberación. El lenguaje, creía, era una herramienta de control, y al destruir su estructura, destruías el control mismo. Suena a locura, pero cuando David Bowie usó la técnica para escribir letras y Kurt Cobain la empleó en sus diarios, la locura empezó a parecer profecía.

«The Soft Machine», «The Ticket That Exploded» y «Nova Express» formaron su trilogía Nova, donde el cut-up alcanzó su máxima expresión. Son libros difíciles, fragmentarios, que exigen un lector dispuesto a perderse. No son para todos. Pero para quienes conectan con su frecuencia, son experiencias transformadoras. Burroughs no quería entretener; quería reprogramar cerebros.

Su influencia es imposible de medir. Sin Burroughs no existiría el cyberpunk —William Gibson le debe casi todo—. Sin él, la música industrial sería impensable: Throbbing Gristle, Ministry, Nine Inch Nails, todos bebieron de su imaginario de control y carne. Patti Smith lo veneraba. Laurie Anderson colaboró con él. Apareció en un videoclip de U2. A los ochenta años seguía siendo más cool que cualquier escritor de su generación.

Murió en 1997, a los 83 años, en Lawrence, Kansas. Sus últimas palabras escritas en su diario fueron: «Love? What is it? Most natural painkiller what there is. LOVE». El viejo yonqui, el asesino accidental, el destructor de la sintaxis, terminó hablando de amor. Quizás siempre había hablado de eso, a su manera retorcida y fragmentada.

Hoy, 112 años después de su nacimiento, Burroughs sigue siendo incómodo. Sus libros no se domestican con el tiempo. «Naked Lunch» sigue siendo un puñetazo en el estómago. Sus ideas sobre el control —gubernamental, lingüístico, viral— resuenan más que nunca en la era de los algoritmos y la vigilancia digital. El viejo Bill lo vio venir todo, probablemente porque estaba tan fuera de la realidad consensuada que podía ver sus costuras.

Así que levantemos una jeringa imaginaria —o un vaso de whisky, para los más convencionales— por William S. Burroughs. El hombre que demostró que la literatura podía ser un virus, que las palabras podían ser armas, y que a veces hay que destruir algo para descubrir qué hay dentro. Feliz cumpleaños, Bill. Donde sea que estés, esperamos que haya buena droga y mejores máquinas de escribir.

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