Feed de Contenido

Descubre contenido interesante sobre libros y escritura

Artículo 14 feb, 11:03

Los adverbios: ¿la plaga secreta que arruina tu escritura sin que lo notes?

Los adverbios: ¿la plaga secreta que arruina tu escritura sin que lo notes?

Stephen King lo dijo sin piedad: «El camino al infierno está pavimentado de adverbios». Hemingway los cazaba como a mosquitos. Y medio taller literario del mundo repite como mantra que hay que exterminarlos. Pero, ¿y si te dijera que algunos de los mejores párrafos de la historia de la literatura están repletos de ellos? Bienvenido al juicio más absurdo del mundo editorial: el pueblo contra los adverbios.

Antes de que saques la horca, aclaremos algo. Un adverbio es simplemente una palabra que modifica un verbo, un adjetivo u otro adverbio. «Rápidamente», «suavemente», «terriblemente». Hasta ahí, gramática básica de secundaria. El problema empieza cuando un escritor novato escribe algo como «corrió rápidamente hacia la puerta» en lugar de «se lanzó hacia la puerta». El adverbio, en ese caso, es una muleta. Un parche barato sobre un verbo débil. Y ahí es donde King tiene toda la razón del mundo.

Pero la cruzada antiadverbio se ha convertido en algo ridículo. He visto talleres donde la gente tacha cualquier palabra terminada en «-mente» como si fuera una blasfemia. Conozco escritores que revisan sus manuscritos con la función de búsqueda, eliminando adverbios con la precisión quirúrgica de un asesino en serie. Y lo peor: muchos de ellos ni siquiera saben por qué lo hacen. Simplemente repiten el consejo porque lo leyeron en algún manual de escritura creativa.

Aquí va la verdad incómoda: los grandes maestros usaban adverbios. Gabriel García Márquez, en «Cien años de soledad», escribe «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». ¿Ves ese «después»? Adverbio. Virginia Woolf llenaba sus páginas de adverbios con la elegancia de quien coloca flores en un jarrón. Dostoievski los usaba como martillazos emocionales. Y Cortázar, ese genio argentino que reinventó la prosa en español, los esparcía con la naturalidad de quien respira.

Entonces, ¿cuál es el verdadero crimen? No es usar adverbios. El crimen es usarlos mal. Y aquí van las señales de que estás cometiendo ese delito literario. Primera señal: tu adverbio repite lo que el verbo ya dice. «Gritó fuertemente». ¿Existe algún grito débil que necesite aclaración? «Susurró suavemente». Gracias, capitán obvio. Segunda señal: usas el adverbio porque tu verbo es demasiado genérico. «Caminó lentamente» es la confesión de que no conoces las palabras «deambuló», «vagó» o «se arrastró». Tercera señal: tienes más de tres adverbios terminados en «-mente» en el mismo párrafo. Eso no es prosa, es una lista de ingredientes.

Ahora bien, hay momentos donde el adverbio es exactamente lo que necesitas. Cuando crea un contraste inesperado: «Sonrió tristemente». Intenta decir eso con un solo verbo. No puedes. Esa combinación de acción y emoción contradictoria es poderosa precisamente porque el adverbio choca contra el verbo. O cuando establece ritmo: lee en voz alta «Lentamente, cuidadosamente, deliberadamente, abrió la caja». Esos tres adverbios construyen tensión como un redoble de tambor. Elimínalos y pierdes la música.

El problema de fondo no son los adverbios. El problema es que la mayoría de los consejos de escritura se han convertido en dogmas religiosos. «Muestra, no cuentes». «Elimina los adverbios». «Escribe lo que conoces». Son herramientas útiles, no mandamientos divinos. Mark Twain lo resumió mejor que nadie: «Si encuentras un adverbio, mátalo». Pero el mismo Twain escribía frases como «Tom apareció en la acera con un cubo de cal y una brocha larga. Contempló la valla melancólicamente». ¿Ves? Hasta los asesinos de adverbios hacen excepciones.

Vamos a lo práctico, que para eso estamos. Si quieres mejorar tu relación con los adverbios hoy mismo, haz esto: abre tu último texto y busca todas las palabras terminadas en «-mente». No las borres automáticamente. Pregúntate tres cosas por cada una. ¿Puedo encontrar un verbo más preciso que haga innecesario este adverbio? Si la respuesta es sí, cámbialo. ¿Este adverbio añade información que no está en ninguna otra parte de la frase? Si la respuesta es sí, quédatelo. ¿Hay otro adverbio en «-mente» a menos de dos oraciones de distancia? Si la respuesta es sí, elimina uno de los dos, porque el efecto acumulativo es lo que realmente mata la prosa.

Otro truco que funciona de maravilla: lee tu texto en voz alta. Los adverbios innecesarios suenan como piedras en un zapato. Tu oído los detecta antes que tu ojo. Si tropiezas al leer una frase, probablemente haya un adverbio sobrando. Y si la frase fluye como agua, déjalo en paz aunque todos los manuales del mundo te digan que lo elimines.

Hay un ejercicio que les pongo a mis amigos escritores cuando me preguntan sobre esto. Escribe un párrafo de diez líneas sin ningún adverbio. Luego escribe el mismo párrafo permitiéndote usar los que quieras. Compara ambas versiones. No te digo cuál será mejor, porque depende de lo que estés escribiendo. Pero te garantizo que entenderás algo fundamental: la restricción te obliga a buscar verbos más potentes, y la libertad te permite matices que de otro modo perderías. Un buen escritor necesita ambas habilidades.

La verdad final es esta: los adverbios no son un crimen contra la literatura. El crimen es la pereza. Usar «muy» porque no te molestas en buscar el adjetivo exacto. Escribir «dijo enfadadamente» porque no quieres mostrar el enfado a través de la acción. Llenar párrafos de «realmente», «básicamente», «literalmente» porque son muletillas de tu habla cotidiana que se cuelan en tu prosa como polizones.

Pero también es un crimen —y aquí me pongo serio— eliminar un adverbio perfecto solo porque alguien en internet te dijo que era pecado. La literatura no se escribe con reglas. Se escribe con oído, con instinto y con la humildad de revisar cada palabra preguntándote: ¿esta palabra se gana su lugar en la frase? Si la respuesta es sí, da igual que sea adverbio, adjetivo o interjección. Si la respuesta es no, fuera. Así de simple.

Así que la próxima vez que alguien te diga que los adverbios son el enemigo, sonríe educadamente —sí, con adverbio— y pregúntale si ha leído a Woolf, a García Márquez o a Cortázar. Y si insiste, recuérdale que Nabokov escribió «Lolita» llena de adverbios exquisitos, y que esa novela tiene más talento por página que todos los manuales de escritura creativa juntos.

¿Nada que leer? ¡Crea tu propio libro y léelo! Como hago yo.

Crear un libro
1x

"Escribe con la puerta cerrada, reescribe con la puerta abierta." — Stephen King