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Artículo 14 feb, 07:12

Escribir sexo sin hacer el ridículo: la guía que ningún taller literario se atreve a dar

Escribir sexo sin hacer el ridículo: la guía que ningún taller literario se atreve a dar

Hay una verdad incómoda que nadie dice en los talleres de escritura creativa: la mayoría de las escenas de sexo en la literatura son espantosas. Tan malas que desde 1993 existe un premio —el Bad Sex in Fiction Award, otorgado por la Literary Review de Londres— dedicado exclusivamente a humillar a los autores que las escriben peor. Morrissey, Norman Mailer, Tom Wolfe... todos han caído. Y si gigantes como ellos tropezaron, ¿qué esperanza nos queda al resto? Bastante más de la que crees, si dejas de imitar lo que no funciona y empiezas a entender por qué funciona lo que sí.

Primero, la regla de oro: una escena de sexo no es pornografía con adjetivos bonitos. La pornografía tiene una función mecánica —excitar— y la cumple con eficiencia industrial. La literatura tiene otra: revelar algo sobre los personajes que no podríamos saber de ninguna otra manera. Si tu escena de sexo se puede reemplazar por la frase «y entonces se acostaron» sin que la novela pierda nada, elimínala. En serio. Bórrala ahora mismo. Nadie la va a extrañar.

Mira lo que hace Ian McEwan en «Expiación». La escena entre Cecilia y Robbie contra la estantería de la biblioteca dura apenas unas líneas, pero revela desesperación, años de deseo contenido, la transgresión de clase social y el preludio de una tragedia. Cada gesto tiene peso narrativo. No hay descripción anatómica gratuita, no hay metáforas florales, no hay «olas de placer». Hay dos personas haciendo algo que va a destruirles la vida, y lo sabemos por cómo se tocan.

Segundo consejo práctico: huye de las metáforas como de la peste. «Su virilidad era un mástil orgulloso», «ella era un volcán de pasión», «sus cuerpos danzaron como llamas». Esto no es erotismo, es un horóscopo con pretensiones. El problema de la metáfora sexual es que el lector, inevitablemente, la visualiza de forma literal. Y cuando alguien imagina un mástil orgulloso, no piensa en sexo: piensa en un barco. Has sacado al lector de la cama y lo has puesto en alta mar. Felicidades.

Lo que sí funciona es la especificidad sensorial sin caer en el inventario anatómico. Henry Miller escribía escenas brutalmente directas en «Trópico de Cáncer» —tanto que el libro estuvo prohibido en Estados Unidos hasta 1961—, pero su fuerza no venía de la explicitud sino de la voz narrativa, del descaro, de la honestidad casi agresiva del narrador. En el extremo opuesto, Marguerite Duras en «El amante» construye una de las escenas más eróticas de la literatura del siglo XX con frases cortas, casi telegráficas, donde lo que no se dice carga más tensión que lo dicho. Dos técnicas opuestas, ambas demoledoras. ¿La diferencia con las escenas malas? Ambos autores sabían exactamente qué querían que el lector sintiera.

Tercer punto, y aquí es donde la mayoría mete la pata: el ritmo. Una escena de sexo tiene su propio tempo, y ese tempo debe reflejarse en la prosa. Frases largas y envolventes para la anticipación. Frases cortas para la intensidad. Fragmentos. Pausas. Si tu escena de sexo tiene el mismo ritmo que la descripción de un paisaje de la página anterior, algo falla. Gabriel García Márquez entendía esto perfectamente: las escenas íntimas en «El amor en los tiempos del cólera» alternan entre lo lírico y lo crudo con una musicalidad que hace que el lector sienta el pulso de los personajes.

Cuarto: los personajes no dejan de ser ellos mismos cuando se desnudan. Este es el error más común de los escritores novatos. Tienen un personaje inseguro, torpe, neurótico durante trescientas páginas, y de repente en la cama se convierte en un amante olímpico que sabe exactamente qué hacer. No. Si tu personaje es torpe, que sea torpe en la cama. Si es controlador, que intente controlar. Si tiene miedo, que se note. Philip Roth construyó una carrera entera sobre personajes que eran desastrosamente humanos en la intimidad, y por eso sus escenas de sexo —aunque a veces incómodas— siempre son creíbles.

Quinto: el humor es tu aliado secreto. El sexo real es ridículo. Los cuerpos hacen ruidos absurdos, las posturas no salen como uno planea, alguien se da un golpe con la cabecera. Ignorar esto es escribir fantasía, no ficción. Cuando Kundera en «La insoportable levedad del ser» mezcla la reflexión filosófica con lo cómico del cuerpo, logra escenas que son simultáneamente profundas y humanas. No tienes que convertir cada escena en comedia, pero un toque de humor demuestra que el autor entiende de qué habla.

Sexto, y esto va a doler: lee tu escena en voz alta. Sí, en voz alta, con tu propia voz, en tu habitación, con la puerta cerrada. Si no puedes leerla sin reírte o sin sentir que suenas como un locutor de radio nocturna, reescríbela. Esta es la prueba definitiva. Si te avergüenza la prosa —no el contenido, sino cómo está escrita—, al lector le va a pasar lo mismo.

Séptimo consejo: decide cuánto mostrar y comprométete con esa decisión. Hay autores que eligen la elipsis total —un fundido a negro, un salto de capítulo— y funciona. Hay otros que describen cada detalle con precisión clínica y también funciona. Lo que no funciona es la cobardía narrativa: empezar una escena con intensidad y luego retroceder con un «y lo demás ya os lo imagináis». Eso es como contar un chiste y olvidar el remate. Anaïs Nin, en su «Delta de Venus», va hasta el fondo sin pestañear, y precisamente por esa convicción el texto mantiene su dignidad literaria.

Y aquí va la conclusión que nadie quiere escuchar: escribir buenas escenas de sexo es difícil porque requiere exactamente lo mismo que escribir cualquier buena escena, más una capa extra de vulnerabilidad. Tienes que ser honesto sobre cómo funcionan los cuerpos, los deseos y las emociones, sin esconderte detrás de la metáfora, la pornografía o la elipsis cobarde. Requiere la misma técnica que una escena de batalla o de duelo verbal: tensión, ritmo, personaje, consecuencias.

Así que la próxima vez que llegues a ese momento en tu novela, no lo esquives y no lo adornes. Escríbelo como escribirías cualquier otra escena que importa: con precisión, con verdad y con la certeza de que cada palabra está ahí porque la historia la necesita. Y si después de todo eso, el resultado sigue sonando ridículo, al menos habrás fracasado por las razones correctas. Que ya es más de lo que puede decir Morrissey.

Artículo 13 feb, 02:44

Cómo escribir escenas de sexo sin parecer un completo idiota

Cómo escribir escenas de sexo sin parecer un completo idiota

Cada año, la Universidad de Cambridge entrega el premio Bad Sex in Fiction Award al peor pasaje erótico publicado en lengua inglesa. Ganadores: escritores consagrados, bestsellers, tipos con doctorado. Morrissey lo ganó en 2015 con una escena donde comparaba el orgasmo con «un bombardero en picado». Ben Okri, Premio Booker, describió unos genitales como «una extraña flor marina». Si ellos la cagan, imagínate tú. Pero tranquilo, porque escribir una buena escena de sexo no requiere talento sobrenatural. Solo requiere no cometer los mismos errores estúpidos que llevan décadas repitiéndose.

El primer mandamiento es simple: no uses metáforas ridículas. Lo digo en serio. Nada de «su virilidad palpitante», nada de «la cueva húmeda de su deseo», nada de «espadas» ni «vainas» ni «volcanes en erupción». Cada vez que escribes una metáfora así, en algún lugar del mundo un editor literario se arranca un mechón de pelo. Las metáforas floridas son el error número uno porque delatan al escritor que tiene vergüenza de lo que está escribiendo. Y si tú tienes vergüenza, el lector la huele a kilómetros. Gabriel García Márquez, en «El amor en los tiempos del cólera», escribía sobre sexo con la misma naturalidad con la que describía un almuerzo. Sin aspavientos. Sin eufemismos barrocos. Esa es la clave.

Segundo mandamiento: una escena de sexo es una escena de personajes. No es pornografía. No es un manual de anatomía. Es el momento donde dos personas se muestran vulnerables, donde las máscaras se caen — o se refuerzan. Ian McEwan lo entendió perfectamente en «En la playa de Chesil». Toda la novela gira alrededor de una noche de bodas desastrosa. La escena no es explícita, pero es devastadora, porque lo que importa no es qué hacen los cuerpos sino qué piensan, qué temen, qué esperan esos dos seres humanos desnudos el uno frente al otro. Si tu escena de sexo se puede reemplazar por cualquier otra escena de sexo sin que cambie nada en la trama, bórrala. No sirve.

Tercer mandamiento — y aquí viene lo práctico: decide cuánto mostrar antes de escribir una sola palabra. Existen tres niveles y los tres son perfectamente válidos. El primero es la puerta cerrada: los personajes se besan, fundido a negro, siguiente capítulo. Funciona si el sexo no es central para tu historia. Lo usaba Hemingway y nadie le llamó cobarde. El segundo es la sugerencia sensorial: describes sensaciones, fragmentos, temperatura de la piel, respiración, sin entrar en mecánica explícita. Es lo que hacía Anaïs Nin en sus mejores páginas, antes de que sus editores le pidieran ser más burda. El tercero es la escena explícita, sin censura, que requiere la mayor habilidad técnica. Henry Miller lo intentó. A veces lo logró. Otras veces escribió cosas que hoy provocan risa involuntaria. Elige tu nivel y mantente ahí. Lo peor es empezar siendo sutil y de repente soltar un término anatómico que rompe el tono como un martillazo.

Cuarto mandamiento: usa los cinco sentidos, pero no los cinco al mismo tiempo. Un error frecuente es la escena de sexo que parece un inventario sensorial: «olía a jazmín, sabía a miel, su piel era de seda, gemía como un violín, y todo era de color púrpura». Eso no es erotismo, es una lista de la compra. Elige uno o dos sentidos dominantes y apóyate en ellos. Marguerite Duras, en «El amante», apostó casi todo al tacto y a la temperatura del aire en aquella habitación de Saigón. El resultado es una de las escenas más eróticas de la literatura del siglo XX, y apenas describe nada explícito.

Quinto mandamiento: el ritmo de la prosa importa tanto como el contenido. Las frases largas ralentizan, crean anticipación, tensión, ese momento en que todo se suspende. Las frases cortas aceleran. Golpean. Así. Un buen escritor alterna ambas como un músico controla el tempo. Milan Kundera era un maestro en esto: en «La insoportable levedad del ser», las escenas íntimas oscilan entre reflexión filosófica lenta y momentos de una brevedad casi brutal. Ese contraste es lo que genera impacto.

Sexto mandamiento: permite que las cosas salgan mal. En la vida real, el sexo es torpe, incómodo, a veces ridículo. Los codos estorban. Alguien se da un golpe con la cabecera. La cremallera se atasca. Si tus personajes tienen relaciones sexuales perfectas y coreografiadas como un ballet, estás escribiendo fantasía, no ficción. Philip Roth construyó media carrera sobre el sexo imperfecto, vergonzoso, desesperado. Y funcionaba porque era reconocible. El lector leía aquello y pensaba: «Dios mío, a mí también me ha pasado». Esa conexión vale más que mil descripciones de cuerpos perfectos bañados por la luz de la luna.

Séptimo mandamiento: después importa tanto como durante. Los escritores novatos terminan la escena de sexo y cortan a la siguiente mañana o al siguiente capítulo, como si una vez que los cuerpos se separan no quedara nada que contar. Error. Lo que pasa después — el silencio, la conversación torpe, el arrepentimiento, la ternura inesperada, el hambre súbita — define a los personajes tanto como el acto mismo. Haruki Murakami lo hace magníficamente: sus personajes post-coitales cocinan pasta, fuman, dicen cosas absurdas. Y esos momentos se quedan grabados en la memoria del lector más que cualquier descripción física.

Octavo mandamiento: lee buenas escenas de sexo antes de escribir las tuyas. Parece obvio, pero la mayoría de escritores que fracasan en este terreno no han estudiado cómo lo hacen los que triunfan. Lee a Jeanette Winterson en «Escrito en el cuerpo». Lee a James Baldwin en «El cuarto de Giovanni». Lee a Almudena Grandes en «Las edades de Lulú». No para copiarlos, sino para entender que no existe una única forma correcta: existe la forma que encaja con tu voz, tu historia y tus personajes.

Y el mandamiento final, el más importante de todos: si la escena no es necesaria, no la escribas. No metas sexo porque «toca», porque llevas cien páginas sin acción, porque crees que vende. El lector nota cuando una escena de sexo está ahí por obligación, igual que nota cuando un beso en una película existe solo para justificar el póster. Si no avanza la trama, si no revela algo nuevo sobre los personajes, si no cambia la dinámica entre ellos, es relleno. Y el relleno erótico es el peor tipo de relleno, porque además de aburrido, resulta incómodo.

Así que la próxima vez que llegues a ese punto de tu novela donde dos personajes van a terminar en la cama, respira. No entres en pánico. Recuerda que no necesitas ser Nabokov ni Henry Miller. Solo necesitas ser honesto, ser específico y, sobre todo, respetar a tus personajes lo suficiente como para no convertirlos en muñecos de plástico articulados. Escribe la escena que tu historia necesita, con las palabras que tu voz permite, y tendrás algo que ningún premio al peor sexo literario podrá tocar.

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