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Artículo 8 feb, 20:09

Dostoievski murió hace 145 años y sigue sabiendo más de ti que tu terapeuta

Dostoievski murió hace 145 años y sigue sabiendo más de ti que tu terapeuta

El 9 de febrero de 1881, Fiódor Dostoievski exhaló su último aliento en San Petersburgo. Tenía 59 años, un enfisema pulmonar y la certeza de haber desnudado el alma humana mejor que cualquier otro escritor antes o después de él. Ciento cuarenta y cinco años después, sus novelas siguen vendiéndose como si las hubiera publicado ayer, y sus personajes habitan con más intensidad que la mayoría de personas que conocerás en tu vida.

Pero aquí va la pregunta incómoda: ¿por qué un epiléptico ruso del siglo XIX, ludópata, endeudado hasta las cejas, que pasó cuatro años en un campo de trabajos forzados en Siberia, entiende mejor tu ansiedad existencial que cualquier coach de desarrollo personal con cuenta verificada en Instagram?

Empecemos por lo obvio: Crimen y castigo. Raskólnikov no es solo un estudiante que mata a una vieja prestamista con un hacha. Es el prototipo perfecto de ese tipo brillante que se convence a sí mismo de que las reglas no aplican para él. ¿Te suena? Elon Musk tuiteando a las tres de la mañana, cualquier emprendedor de Silicon Valley que cree que "mover rápido y romper cosas" es una filosofía vital y no una excusa para el egoísmo. Dostoievski ya había diagnosticado esa enfermedad en 1866: la soberbia intelectual que te lleva a creer que eres Napoleón cuando en realidad eres un tipo asustado en un cuartucho de cinco metros cuadrados. Raskólnikov no mata por dinero. Mata para probar una teoría sobre sí mismo. Y eso, amigo mío, es más contemporáneo que cualquier serie de Netflix.

Ahora vamos con El idiota, que es probablemente la novela más cruel que se haya escrito con las mejores intenciones. El príncipe Myshkin es un hombre genuinamente bueno. Sin cinismo, sin agenda oculta, sin doble fondo. ¿Y qué le hace el mundo? Lo destroza. Lo mastica y lo escupe. Dostoievski quiso crear un personaje que fuera la encarnación de Cristo en la Rusia moderna, y descubrió algo aterrador: una persona verdaderamente buena resulta insoportable para la sociedad. No porque la bondad sea débil, sino porque desnuda la mezquindad ajena. Es como llevar a alguien que no miente jamás a una cena de Navidad familiar. Un desastre garantizado.

Y luego están Los hermanos Karamázov, su obra cumbre, escrita prácticamente en su lecho de muerte. Tres hermanos —el pasional Dmitri, el intelectual Iván, el espiritual Aliosha— y un padre que es, sin exageración, uno de los personajes más repugnantes de la literatura universal. Fiódor Pávlovich Karamázov es un bufón, un borracho, un lujurioso y, peor aún, alguien que disfruta siendo todo eso. Dostoievski plantea aquí la pregunta que ningún filósofo ha podido responder satisfactoriamente: si Dios no existe, ¿todo está permitido? Iván Karamázov formula esa frase y después pierde la razón. Porque resulta que vivir en un universo sin sentido no es tan liberador como prometían los folletos.

Lo que convierte a Dostoievski en un monstruo literario —y uso la palabra monstruo con admiración— es que nunca te da la respuesta cómoda. Sus buenos no son del todo buenos, sus malvados tienen momentos de ternura devastadora, y sus locos a menudo son los que dicen las verdades más incómodas. Escribía como un poseso, literalmente: dictaba capítulos enteros a su segunda esposa, Anna Grigórievna, mientras las deudas de juego llamaban a la puerta. Terminó El jugador en veintiséis días para pagar a un editor que, de no recibir el manuscrito a tiempo, se habría quedado con los derechos de toda su obra futura. Veintiséis días. Hay escritores que tardan eso en decidir el nombre del protagonista.

Pero hablemos del legado real, el que no cabe en los manuales universitarios. Dostoievski inventó la novela psicológica tal como la conocemos. Antes de él, los personajes literarios tenían sentimientos; después de él, tienen subconsciente. Freud lo reconoció abiertamente. Nietzsche dijo que era "el único psicólogo del que tengo algo que aprender". Kafka, Camus, Faulkner, Sartre, David Foster Wallace: todos son hijos literarios de aquel ruso barbudo que escribía de noche, entre ataques de epilepsia.

Y aquí viene lo verdaderamente perturbador: sus Memorias del subsuelo, esa novela corta de 1864 que casi nadie lee pero que todo el mundo debería, es el retrato más preciso del trol de internet que existe. Un hombre encerrado en su habitación, resentido con el mundo, convencido de su superioridad intelectual pero incapaz de mantener una conversación normal. Escribe monólogos interminables llenos de contradicciones, se victimiza, ataca a quienes intentan ayudarlo y encuentra un placer enfermizo en su propia miseria. Ciento sesenta años antes de Reddit, Dostoievski ya había descrito al usuario promedio de cualquier foro de internet.

Hay algo más que rara vez se menciona: Dostoievski era un escritor físico. Sus personajes sudan, tiemblan, vomitan, se desmayan. La literatura rusa de su época tendía a lo etéreo, a los grandes paisajes y las reflexiones sobre el alma. Él metió el cuerpo en la ecuación. Cuando Raskólnikov sube las escaleras hacia el apartamento de la prestamista, sientes el sudor en sus manos. Cuando Dmitri Karamázov golpea la mesa, te duelen los nudillos. Esa carnalidad es lo que hace que sus novelas no envejezcan: porque los cuerpos humanos no han cambiado, y el miedo, la culpa y el deseo siguen manifestándose exactamente igual que en 1866.

Así que hoy, 145 años después de que dejara de respirar en aquel apartamento de San Petersburgo, Dostoievski sigue siendo el escritor que te obliga a mirarte al espejo. No al espejo amable del baño, con buena luz y el ángulo correcto. Al otro. Al que te muestra la versión de ti mismo que prefieres ignorar: el Raskólnikov que justifica sus pequeñas crueldades, el hombre del subsuelo que disfruta de su propio resentimiento, el Karamázov que se pregunta si todo está permitido cuando nadie lo ve.

Cuarenta mil páginas de autoayuda no te dirán lo que Dostoievski te dice en una sola frase: «El secreto de la existencia humana no consiste solo en vivir, sino en saber para qué se vive». Y si esa frase no te revuelve un poco por dentro, quizás necesites releerla. O quizás necesites a Dostoievski más de lo que crees.

Artículo 8 feb, 18:05

Dostoievski murió hace 145 años y sigue sabiendo más de ti que tu psicólogo

Dostoievski murió hace 145 años y sigue sabiendo más de ti que tu psicólogo

El 9 de febrero de 1881, Fiódor Dostoievski exhaló su último aliento en San Petersburgo. Tenía 59 años, una epilepsia que lo torturaba desde la juventud y una ludopatía que lo había arruinado varias veces. Murió pobre, agotado y convencido de que la humanidad era un desastre hermoso. Lo irónico es que, 145 años después, seguimos dándole la razón.

Si hoy abriera una cuenta en cualquier red social, Dostoievski no necesitaría ni una semana para entender el algoritmo. Porque él ya conocía el algoritmo original: el del alma humana. Ese mecanismo absurdo que nos hace desear lo que nos destruye, odiar lo que nos salva y justificar cualquier atrocidad con un discurso lo bastante elaborado. Raskólnikov no necesitaba TikTok para construirse una narrativa donde asesinar a una anciana era un acto de justicia filosófica. Le bastaba con su propia cabeza.

Y ahí está la primera bofetada que Dostoievski nos da desde la tumba: «Crimen y castigo» no es una novela sobre un asesino. Es una novela sobre ti. Sobre esa vocecita que todos llevamos dentro y que nos susurra que somos especiales, que las reglas son para los demás, que nuestras razones son más profundas que las del vecino. Raskólnikov divide a la humanidad en personas ordinarias y extraordinarias, y por supuesto se coloca entre las segundas. ¿Te suena? Abre LinkedIn un martes cualquiera y encontrarás a doscientos Raskólnikov publicando sobre su "mentalidad de líder".

Pero Dostoievski no se conformaba con un solo diagnóstico. En «El idiota», decidió hacer el experimento contrario: ¿qué pasaría si soltáramos a una persona genuinamente buena en medio de la sociedad rusa del siglo XIX? El príncipe Myshkin es compasivo, honesto, incapaz de malicia. ¿Y qué le pasa? Lo destrozan. No con violencia, sino con algo peor: con la incredulidad. Nadie puede creer que alguien sea bueno sin segundas intenciones. El mundo de Dostoievski —que es el nuestro— no tolera la bondad pura porque la bondad pura nos hace sentir miserables por comparación. Preferimos pensar que el bueno es tonto o que esconde algo. El príncipe Myshkin termina perdiendo la razón, y la sociedad sigue tan campante. Si eso no es una profecía sobre el cinismo contemporáneo, no sé qué lo es.

Y luego están «Los hermanos Karamázov», su obra maestra, su testamento literario, el libro que estaba terminando cuando la muerte le tocó el hombro. Tres hermanos: Dmitri, el pasional que vive esclavizado por sus instintos; Iván, el intelectual que construye argumentos tan brillantes contra Dios que hasta los ateos se incomodan; y Aliosha, el monje joven que intenta creer en un mundo que hace todo lo posible por impedírselo. Dostoievski metió al ser humano entero en tres personajes. La carne, la razón y la fe, peleándose en una casa de provincia rusa mientras el padre —un borracho lascivo y despreciable— espera a que alguien lo mate.

El capítulo del Gran Inquisidor, donde Iván imagina a Cristo regresando a la Sevilla de la Inquisición, sigue siendo uno de los textos más perturbadores jamás escritos. El Inquisidor le dice a Jesús, básicamente: «Te ofrecimos libertad y la gente no la quiso. Nosotros les dimos pan, milagros y autoridad, y son felices. ¿Para qué vuelves a complicar las cosas?». Léelo y dime que no suena a cualquier debate político actual. La gente no quiere libertad; quiere seguridad y alguien que piense por ella. Dostoievski lo escribió en 1880. Nosotros seguimos descubriéndolo cada cuatro años en las urnas.

Lo que más irrita de este ruso barbudo es que no te deja cómodo en ningún bando. Los conservadores lo citan porque hablaba de Dios y del alma rusa. Los progresistas lo reivindican porque denunciaba la injusticia y la pobreza. Los psicólogos lo estudian porque describió trastornos mentales con una precisión que Freud —que lo leía con envidia— tardó décadas en sistematizar. Y los nihilistas lo adoran sin darse cuenta de que Dostoievski escribió contra ellos. El personaje de Stavroguin en «Los demonios» es la descripción más aterradora del nihilismo que existe: un hombre tan vacío que ni siquiera puede sentir placer al hacer el mal. Es el villano definitivo porque ni siquiera le importa serlo.

Hay un dato biográfico que lo explica casi todo. En 1849, con 28 años, Dostoievski fue arrestado por pertenecer a un círculo intelectual sospechoso de conspiración. Lo condenaron a muerte. Lo llevaron al paredón. Le vendaron los ojos. Y entonces, en el último segundo, llegó el indulto del zar. Fue un simulacro. Una tortura psicológica diseñada para quebrar voluntades. Lo mandaron a Siberia cuatro años. Cuando volvió, era otro hombre. O más bien, era el mismo hombre pero con los ojos arrancados y vueltos a colocar mirando hacia dentro. Después de eso, cada palabra que escribió tenía el peso de alguien que ya estuvo muerto una vez.

La ludopatía, por cierto, no es un detalle menor. Dostoievski perdió fortunas en las mesas de ruleta de Europa. Empeñó la ropa de su mujer. Pidió adelantos por libros que aún no había escrito para ir a apostar. Y luego escribió «El jugador», una novela donde describe la adicción al juego con una honestidad tan brutal que resulta incómoda de leer. No se perdonaba, pero tampoco se mentía. Esa es la diferencia entre Dostoievski y la mayoría de los escritores: él no tenía la cobardía de embellecerse.

Hoy, 145 años después de su muerte, sus libros se siguen vendiendo por millones. No porque sean fáciles —no lo son—, sino porque cada generación los abre y encuentra su propio reflejo deformado en el espejo. Los adolescentes se identifican con Raskólnikov porque creen que el mundo no los entiende. Los adultos se horrorizan con Iván Karamázov porque empiezan a sospechar que tiene razón. Y los viejos lloran con el príncipe Myshkin porque ya saben que la bondad siempre pierde.

Si nunca lo has leído, no empieces por «Los hermanos Karamázov». Empieza por «Notas del subsuelo», un texto corto donde un burócrata amargado te explica durante cien páginas por qué la razón es inútil, la felicidad es una trampa y el ser humano prefiere sufrir con tal de sentirse libre. Es desagradable, brillante y adictivo. Es Dostoievski en estado puro: un tipo que te escupe en la cara y luego te da un abrazo tan fuerte que te rompe las costillas.

Ciento cuarenta y cinco años bajo tierra y el hombre sigue siendo más relevante que el noventa por ciento de lo que se publica hoy. Eso no habla bien de él. Habla pésimo de nosotros.

Artículo 6 feb, 13:03

Dostoievski lleva 145 años muerto y sigue siendo el único que te entiende a las 3 de la madrugada

Hace exactamente 145 años, un 9 de febrero de 1881, Fiódor Dostoievski dejó de respirar en San Petersburgo. El hombre que había sobrevivido a un pelotón de fusilamiento, a la epilepsia y a una ludopatía que lo mantuvo al borde de la ruina, finalmente se rindió ante un enfisema pulmonar. Murió pobre, agotado y convencido de que Rusia necesitaba salvación espiritual. Lo que no sabía es que, un siglo y medio después, millones de personas seguirían subrayando sus libros como si fueran manuales de supervivencia emocional.

Y es que hay algo profundamente perturbador en lo actual que resulta Dostoievski. Abre "Crimen y castigo" y te encuentras con Raskólnikov, un estudiante arruinado que vive en un cuartucho miserable, abrumado por deudas, convencido de que las reglas no aplican para los seres superiores como él. ¿Les suena? Es básicamente el perfil de cualquier emprendedor de criptomonedas antes de que el mercado colapse. La diferencia es que Raskólnikov mata a una anciana con un hacha y el otro solo te vende un NFT inútil, pero la psicología del "yo soy especial, las consecuencias son para los demás" es idéntica.

Dostoievski inventó el thriller psicológico antes de que existiera el término. Mientras otros escritores del siglo XIX describían paisajes y vestidos con minuciosidad exasperante, él metía una cámara directamente en el cerebro de sus personajes y te obligaba a ver cada pensamiento retorcido, cada justificación cobarde, cada momento de lucidez aterradora. No necesitaba persecuciones en carruajes; la persecución estaba dentro de la cabeza, y eso era mil veces más angustiante.

"El idiota" es quizás su experimento más audaz: ¿qué pasaría si metemos a un hombre genuinamente bueno en una sociedad corrupta? El príncipe Myshkin es bondad pura, compasión sin cálculo, honestidad sin filtro. Y la respuesta de Dostoievski es brutal: la sociedad lo destruye. No por maldad consciente, sino porque la bondad radical resulta incomprensible, incómoda, casi obscena en un mundo que funciona con cinismo como lubricante social. Lean eso y díganme que no describe perfectamente por qué las redes sociales devoran a cualquiera que muestre vulnerabilidad genuina.

Pero donde Dostoievski alcanza su cima es en "Los hermanos Karamázov". Tres hermanos —el sensual Dmitri, el intelectual Iván, el espiritual Aliosha— representan las tres formas en que los humanos intentamos dar sentido a la existencia: a través del cuerpo, de la razón o de la fe. Y ninguna funciona del todo. El padre de todos ellos es un viejo repugnante que termina asesinado, y la novela se convierte en una investigación no solo de quién lo mató, sino de si somos capaces de responsabilizarnos de algo cuando Dios está muerto o ausente.

La famosa frase "Si Dios no existe, todo está permitido" no aparece textualmente en la novela, pero resume su terror central. Dostoievski no era ateo —todo lo contrario, era un cristiano ortodoxo fervoroso—, pero entendía el ateísmo mejor que muchos ateos. Sabía que eliminar a Dios de la ecuación no era simplemente un ajuste filosófico menor, sino un terremoto existencial que dejaba a la humanidad sin suelo firme. Y miren, tenía razón: llevamos más de un siglo tratando de construir ética sin fundamentos trascendentes y el resultado ha sido... interesante.

Lo que hace a Dostoievski imprescindible hoy no es su mensaje religioso —que muchos rechazarán— sino su método. Él no te predica; te mete en la cabeza de personajes que piensan cosas horribles y te obliga a entenderlos. El Gran Inquisidor, ese pasaje demoledor donde un cardenal le explica a Jesús por qué la Iglesia tuvo que traicionarlo para poder gobernar, sigue siendo el mejor texto sobre el autoritarismo jamás escrito. Porque muestra que los tiranos no se ven a sí mismos como villanos; creen genuinamente que la libertad es una carga demasiado pesada para las masas.

Hay una anécdota deliciosa sobre su método de trabajo. Dostoievski escribía contra reloj, siempre endeudado, siempre con editores respirándole en la nuca. Dictó "El jugador" en 26 días para cumplir un contrato absurdo. Y sin embargo, esas novelas escritas a toda velocidad tienen una densidad psicológica que escritores con décadas de tiempo no logran. Es como si la presión exprimiera algo esencial, algo que la comodidad diluye.

Freud lo consideraba el mayor psicólogo de todos los tiempos, y Nietzsche —que no elogiaba a nadie— dijo que era el único del que había aprendido algo sobre psicología. Einstein lo leía obsesivamente. Camus construyó "El extranjero" como respuesta a los dilemas dostoievskianos. Woody Allen ha pasado décadas haciendo versiones neuróticas neoyorquinas de sus personajes. Cada vez que un thriller explora la mente de un asesino en lugar de solo perseguirlo, está pagando royalties espirituales a este ruso epiléptico del siglo XIX.

Pero quizás su mayor legado es habernos dado permiso para ser contradictorios. Sus personajes no son coherentes; aman y odian a la misma persona, creen y dudan en el mismo párrafo, hacen el bien por razones egoístas y el mal por razones nobles. Son un desastre, como todos nosotros a las 3 de la madrugada cuando no podemos dormir y la mente empieza a desenterrar vergüenzas antiguas.

Dostoievski murió hace 145 años, pero cada vez que alguien se pregunta si sus pensamientos oscuros lo convierten en mala persona, cada vez que alguien siente que la sociedad es un teatro absurdo donde todos actúan menos él, cada vez que alguien se debate entre la razón y algo que no puede nombrar pero que insiste en llamarse fe... ahí está él, muerto y enterrado, más vivo que la mayoría de los escritores que respiran.

Así que esta noche, si el insomnio ataca, no abran Instagram. Abran "Crimen y castigo". Es más largo, más denso y definitivamente más deprimente. Pero al menos, cuando terminen, sentirán que alguien los entendió. Y eso, en este mundo de algoritmos que predicen nuestros gustos pero ignoran nuestra alma, no tiene precio.

Artículo 6 feb, 01:52

Dostoievski: El ruso que te diagnosticó hace 145 años (y sigues sin hacerle caso)

Hace exactamente 145 años, un epiléptico con deudas de juego y una obsesión por el alma humana dejó de respirar en San Petersburgo. Fiódor Dostoievski murió el 9 de febrero de 1881, probablemente sin sospechar que siglo y medio después seguiríamos hurgando en sus novelas como quien busca respuestas en el horóscopo, solo que con resultados bastante más certeros.

Lo curioso es que este señor barbudo, que pasó cuatro años en un campo de trabajos forzados en Siberia y luego se dedicó a escribir sobre asesinos, santos idiotas y familias disfuncionales, entendió mejor tu crisis existencial de las tres de la madrugada que cualquier coach de vida contemporáneo. Dostoievski no te vende soluciones fáciles; te arrastra al sótano de tu propia psique y te obliga a mirar.

Tomemos a Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo. Un estudiante brillante, arruinado, que decide que está por encima de la moral común y puede matar a una vieja usurera porque él es especial, un Napoleón en potencia. ¿Te suena? Abre cualquier red social y encontrarás miles de pequeños Raskólnikovs convencidos de que las reglas no aplican para ellos, que su visión justifica cualquier medio. Dostoievski escribió el manual del narcisismo moral antes de que existiera Instagram.

Pero aquí viene lo genial: el ruso no se queda en la crítica fácil. Raskólnikov no es un villano de caricatura. Es un tipo que sufre, que se contradice, que quiere creer que hizo lo correcto mientras se desmorona por dentro. Dostoievski entendió que los monstruos más peligrosos son aquellos que se sienten incomprendidos, aquellos que construyen catedrales filosóficas para justificar sus peores impulsos. Suena a ciertos líderes políticos que conocemos, ¿verdad?

Y luego está El idiota, esa novela que debería ser lectura obligatoria para cualquiera que haya intentado ser buena persona en un mundo cínico. El príncipe Myshkin es Cristo sin milagros, la bondad pura arrojada a un salón de la alta sociedad rusa. ¿El resultado? Todos lo adoran y simultáneamente lo destruyen. Dostoievski plantea una pregunta incómoda: ¿puede sobrevivir la genuina bondad en una sociedad que premia la astucia y castiga la ingenuidad? La respuesta del libro es devastadora, y 145 años después seguimos sin encontrar una mejor.

Pero si hay una obra que demuestra que Dostoievski era básicamente un profeta disfrazado de novelista, son Los hermanos Karamázov. Tres hermanos, un padre degenerado, y la pregunta que atraviesa todo: si Dios no existe, ¿todo está permitido? Iván Karamázov, el intelectual ateo, construye el argumento más poderoso jamás escrito contra un Dios que permite el sufrimiento de niños inocentes. Y Dostoievski, que era creyente, tuvo las agallas de escribirlo con toda su fuerza persuasiva. No hizo trampa. Dejó que el argumento ateo brillara con luz propia.

Eso es lo que separa a Dostoievski de los moralistas baratos: nunca te dice qué pensar. Te presenta el debate interno de la humanidad con tal honestidad que sales de sus libros más confundido pero también más lúcido. Es como ir a terapia, pero la terapia dura 800 páginas y te deja con más preguntas que respuestas.

Hay algo casi cómico en que un hombre del siglo XIX, que escribía a mano y cobraba por palabra, haya anticipado tantos debates contemporáneos. La radicalización ideológica de Los demonios podría ser un análisis de cualquier foro extremista de internet. El jugador compulsivo de El jugador es el mismo tipo que hoy vacía su cuenta en criptomonedas o apuestas deportivas, persiguiendo esa ilusión de que la próxima vez será diferente. Dostoievski conocía esa adicción de primera mano; perdió fortunas en las ruletas europeas.

Quizás por eso sus personajes se sienten tan reales: porque él mismo era un desastre. Endeudado hasta las cejas, perseguido por la epilepsia, obsesionado con temas que sus contemporáneos consideraban de mal gusto. No escribía desde una torre de marfil sino desde el barro de la experiencia humana. Sus santos tienen dudas y sus pecadores tienen momentos de gracia. La vida real funciona así, aunque las novelas del siglo XXI a menudo lo olviden.

La influencia de Dostoievski en la cultura contemporánea es tan profunda que a veces ni la notamos. Freud lo consideraba el psicólogo más penetrante de la historia. Nietzsche, que no elogiaba a nadie, admitió que el ruso le había enseñado más sobre psicología que cualquier otro autor. Kafka, Camus, Woody Allen, los creadores de series como True Detective o Breaking Bad: todos bebieron de esa fuente de personajes atormentados que filosofan mientras se autodestruyen.

Entonces, ¿por qué leer a Dostoievski hoy, cuando tenemos Netflix y la atención de un pez dorado? Precisamente por eso. Porque vivimos en la era de las respuestas rápidas, los artículos de cinco minutos y las soluciones instantáneas. Dostoievski te obliga a detenerte, a sentarte con la incomodidad, a aceptar que algunas preguntas no tienen respuesta pero vale la pena hacerlas. Sus novelas son largas, densas y a veces agotadoras. También son el mejor gimnasio mental que existe.

145 años después de su muerte, Fiódor Dostoievski sigue siendo ese amigo incómodo que te dice verdades que no quieres escuchar. No te hace sentir bien contigo mismo; te hace sentir humano, con todo lo terrible y maravilloso que eso implica. Si nunca lo has leído, empieza por Crimen y castigo. Si ya lo hiciste, quizás sea momento de volver. Porque cada vez que lo relees, el espejo que sostiene refleja una versión diferente de ti. Y eso, en un mundo de selfies con filtro, vale más que todo el contenido viral del universo.

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