Dostoievski lleva 145 años muerto y sigue sabiendo más de ti que tu terapeuta
Dostoievski lleva 145 años muerto y sigue sabiendo más de ti que tu terapeuta
Hoy se cumplen 145 años de la muerte de Fiódor Dostoievski, y el tipo sigue siendo insoportablemente relevante. Mientras nosotros pagamos fortunas en terapia para entender por qué tomamos decisiones absurdas, él ya lo había explicado todo en 1866. Crimen y castigo no es solo una novela sobre un tipo que mata a una vieja con un hacha: es el manual definitivo sobre cómo la mente humana se autodestruye con elegancia y convicción. Y lo peor es que, 145 años después, seguimos cayendo en las mismas trampas que sus personajes.
Pero vamos por partes, porque la vida de este hombre merece su propio párrafo de asombro. Dostoievski fue condenado a muerte, estuvo frente al pelotón de fusilamiento —literalmente, con la venda en los ojos y el corazón a punto de estallar— y en el último segundo le conmutaron la pena por trabajos forzados en Siberia. Cuatro años en un campo de prisioneros. Cuatro años rodeado de asesinos, ladrones y locos. Y cuando salió, en lugar de escribir un libro de autoayuda titulado "Cómo superar el trauma y ser feliz", escribió las novelas más oscuras, brutales y profundamente humanas de la historia de la literatura. Porque Dostoievski no quería que te sintieras bien. Quería que te entendieras.
Raskolnikov, el protagonista de Crimen y castigo, es el influencer filosófico original. Se convenció a sí mismo de que era un ser superior, un Napoleón de barrio, con derecho a matar si eso servía a un bien mayor. ¿Te suena? Abre cualquier red social y encontrarás a miles de Raskolnikovs modernos: gente absolutamente convencida de su superioridad moral, dispuesta a destruir reputaciones ajenas porque "es por el bien común". La diferencia es que Raskolnikov al menos tuvo la decencia de sentir culpa. Los nuestros piden likes.
Y luego está El idiota, que es quizá la novela más cruel que se haya escrito, aunque no lo parezca. El príncipe Myshkin es un hombre genuinamente bueno. No finge bondad, no la usa como estrategia de marketing personal: es bueno de verdad. ¿Y qué le pasa? El mundo lo destroza. Absolutamente todos lo manipulan, lo usan o lo desprecian. Dostoievski nos lanzó una pregunta envenenada: ¿puede sobrevivir una persona verdaderamente buena en este mundo? Su respuesta fue un no rotundo de 600 páginas. Y aquí estamos, un siglo y medio después, viendo cómo las redes premian al cínico y castigan al sincero, confirmando su tesis cada maldito día.
Pero la obra maestra, el Everest, el golpe final, son Los hermanos Karamázov. Publicada en 1880, un año antes de su muerte, es una novela que contiene todo: un parricidio, una historia de amor imposible, un debate teológico que haría sudar a cualquier filósofo contemporáneo, y el capítulo más extraordinario jamás escrito en ficción: "El Gran Inquisidor". En él, Jesús regresa a la Tierra durante la Inquisición española, y el Gran Inquisidor le dice, básicamente: "Vete. La gente no quiere libertad. Quiere pan, milagros y alguien que le diga qué hacer". Léelo hoy, sustituyendo "pan" por "contenido gratis", "milagros" por "algoritmos" y "alguien que le diga qué hacer" por "influencers", y dime si no se te eriza la piel.
Lo que hace a Dostoievski diferente de prácticamente cualquier otro escritor es que no juzga a sus personajes. Los entiende. El asesino, el santo, el borracho, el fanático, el jugador compulsivo —él mismo era adicto al juego y llegó a empeñar el abrigo de su esposa en pleno invierno ruso para apostar en la ruleta—, todos reciben el mismo tratamiento: una disección implacable pero compasiva. Dostoievski sabía algo que la psicología moderna tardó décadas en formular: que la gente no hace cosas malas porque sea mala, sino porque está rota, asustada o desesperada. O simplemente porque se ha contado a sí misma una historia lo bastante convincente.
Freud lo reconoció como precursor del psicoanálisis. Nietzsche dijo que era "el único psicólogo del que he aprendido algo". Einstein lo leía con devoción. Kafka lo consideraba un pariente espiritual. Y no es casualidad. Dostoievski fue el primero en meter una cámara dentro del cráneo humano y filmar lo que encontró allí: el caos, las contradicciones, los deseos inconfesables, esa vocecita que te dice a las tres de la madrugada que tu vida entera es una farsa. Todo eso que hoy llamamos "salud mental" y monetizamos con podcasts, él lo cartografió con una pluma y un candil en una habitación helada de San Petersburgo.
Hay algo casi ofensivo en lo vigente que resulta. Vivimos en la era del big data, la inteligencia artificial y los escáneres cerebrales, y seguimos sin superar los dilemas que planteó un epiléptico adicto al juego en la Rusia zarista. ¿Es lícito hacer el mal para lograr el bien? ¿Puede existir la moralidad sin Dios? ¿La libertad es un regalo o una condena? ¿Por qué elegimos sufrir cuando podríamos no hacerlo? Estas preguntas no han envejecido ni un día. Si acaso, se han vuelto más urgentes.
Y aquí viene lo que más me fascina: Dostoievski no ofrece respuestas. Jamás. Te pone frente al abismo, te obliga a mirar, y luego se da media vuelta y te deja solo. No hay moraleja al final del cuento, no hay "y entonces aprendió la lección". Hay personajes que se redimen y personajes que se hunden, y a veces el mismo personaje hace ambas cosas en la misma página. Eso es honestidad literaria. Eso es respetar al lector lo suficiente como para no darle el caramelo fácil.
Su influencia es un río subterráneo que alimenta casi toda la literatura y el cine modernos. Sin Dostoievski no hay Camus, no hay Sartre, no hay existencialismo. Sin Raskolnikov no hay Walter White en Breaking Bad, no hay Joker, no hay toda esa galería de antihéroes que dominan la ficción contemporánea. Sin Los hermanos Karamázov no hay la mitad de los thrillers psicológicos que devoras en Netflix creyendo que son originales. Cada vez que un guionista escribe una escena donde el villano tiene razones comprensibles, está pagando royalties invisibles a un ruso del siglo XIX.
Así que hoy, 9 de febrero de 2026, 145 años después de que Fiódor Mijáilovich Dostoievski cerrara los ojos para siempre en su apartamento de San Petersburgo, la única forma honesta de homenajearlo es siendo incómodos. No poniendo flores en su tumba ni tuiteando citas bonitas sacadas de contexto. Sino abriendo uno de sus libros, cualquiera, y dejando que nos haga lo que mejor sabía hacer: arrancarnos la máscara y obligarnos a mirarnos la cara que hay debajo. Aviso: no es una cara bonita. Pero es la nuestra. Y eso, aunque duela, vale más que todas las mentiras confortables del mundo.
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