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Artículo 13 feb, 17:03

Tu primer capítulo apesta (y aquí te explico cómo salvarlo antes de que sea tarde)

Hay una verdad que nadie te dice en los talleres de escritura creativa: el noventa por ciento de los lectores decide si tu libro merece vivir o morir antes de terminar la primera página. No el primer capítulo. La primera página. Y tú, querido aspirante a novelista, probablemente la estás desperdiciando con una descripción del amanecer.

García Márquez tardó meses en encontrar la primera frase de Cien años de soledad. Kafka reescribió el inicio de La metamorfosis hasta que la cucaracha sonó inevitable. Mientras tanto, tú abres tu manuscrito con el protagonista despertándose al sonido del despertador. Hablemos de cómo no arruinarlo todo desde la línea uno.

Empecemos por el error más común y más imperdonable: el arranque con el clima. «Era una noche oscura y tormentosa» fue escrito por Edward Bulwer-Lytton en 1830, y desde entonces existe un concurso literario anual dedicado exclusivamente a burlarse de él. Si tu primer párrafo menciona el sol, la lluvia o la temperatura, cierra el documento y respira profundo. No estás escribiendo un parte meteorológico. Estás compitiendo por la atención de alguien que tiene Netflix, TikTok y una nevera llena a tres metros de distancia.

La técnica más eficaz para un primer capítulo tiene un nombre brutal: in medias res. Los griegos la inventaron, Hollywood la perfeccionó y tú deberías tatuártela en el antebrazo. Significa empezar en medio de la acción, sin preámbulos, sin contexto excesivo, sin explicarle al lector que el protagonista nació en un pueblo pequeño y que su madre era maestra. Homero no empezó la Ilíada explicando por qué Paris se llevó a Helena. Empezó con la furia de Aquiles, con un conflicto que ya estaba ardiendo. Tú haz lo mismo. Mete al lector en un problema y que sea él quien quiera saber cómo se llegó ahí.

Ahora bien, in medias res no significa abrir con una explosión gratuita. He leído manuscritos que empiezan con persecuciones en coche, tiroteos y secuestros alienígenas, y a las tres líneas ya no me importa nada porque no conozco a nadie en esa escena. La acción sin personaje es ruido. Y aquí viene la segunda técnica clave: presenta a tu protagonista haciendo algo que revele quién es. No lo describas. No me digas que es valiente, inteligente o sarcástico. Muéstramelo. Cuando Bulgákov abre El maestro y Margarita, no te presenta a Berlioz con un currículum. Lo sienta en un banco, discutiendo sobre la existencia de Jesús, y en cinco minutos sabes exactamente qué clase de hombre es y por qué su destino va a ser delicioso.

Tercer consejo, y este es el que separa a los aficionados de los que publican: tu primer capítulo necesita una pregunta sin respuesta. No un misterio de novela policíaca necesariamente, sino una pregunta narrativa que el lector no pueda ignorar. En 1984 de Orwell, la primera línea menciona que los relojes dan las trece. ¿Por qué trece? No lo sabes. Quieres saberlo. Sigues leyendo. En Anna Karenina, Tolstói te suelta que todas las familias felices se parecen pero las infelices lo son cada una a su manera, y tu cerebro necesita saber a qué familia infeliz va a presentarte. Esa es la trampa. Esa es la técnica. Planta una semilla de curiosidad y riégala con cada párrafo.

Hay un cuarto pecado capital que merece su propio párrafo: el exceso de worldbuilding en el arranque. Esto aplica especialmente a la fantasía y la ciencia ficción, pero no exclusivamente. Si tu primer capítulo dedica más de tres líneas seguidas a explicar el sistema político, la magia o la historia del mundo ficticio, estás escribiendo una enciclopedia, no una novela. Tolkien podía permitirse páginas sobre hobbits porque era Tolkien y porque escribía en 1954, cuando la competencia por la atención del lector era un periódico y una radio. Tú no tienes ese lujo. Dosifica la información. Que el lector descubra el mundo mientras lo habita, no mientras le dan una conferencia.

Quinto y último, algo que pocos mencionan: el ritmo de la prosa en el primer capítulo debe ser más rápido que en el resto del libro. Las frases cortas pegan más fuerte. Los párrafos breves crean urgencia. No es el momento para subordinadas de seis líneas ni para reflexiones filosóficas de tres páginas. Ya habrá tiempo para eso. En el primer capítulo, cada frase debe empujar hacia la siguiente como fichas de dominó. Mira cómo abre Rayuela Cortázar: «¿Encontraría a la Maga?». Cinco palabras. Una pregunta. Un universo entero comprimido en un suspiro. Eso es economía narrativa en estado puro.

Pero quiero ser honesto contigo: incluso aplicando todo esto, tu primer capítulo probablemente será malo en el primer borrador. Y eso está bien. La mayoría de los grandes primeros capítulos de la literatura fueron escritos después de que el autor terminara el libro entero. Hemingway reescribió el inicio de Adiós a las armas treinta y nueve veces. No diecisiete. No veinticinco. Treinta y nueve. Cuando le preguntaron cuál era el problema, respondió: «Encontrar las palabras correctas». Así que no te paralices buscando la perfección en el arranque. Escribe algo, termina el libro y vuelve al principio sabiendo ya hacia dónde va todo.

Recapitulemos, que esto es práctico y no un ensayo de teoría literaria. Uno: nada de clima ni despertadores. Dos: in medias res, pero con un personaje que nos importe. Tres: planta una pregunta que el lector no pueda ignorar. Cuatro: el worldbuilding se gotea, no se vierte. Cinco: frases cortas, párrafos ágiles, ritmo de percusión. Y el bonus: acepta que lo reescribirás. Muchas veces.

Si tu primer capítulo logra que un lector desconocido pase a la página dos, has ganado la primera batalla. No la guerra, pero sí la batalla más importante. Porque ningún lector llegó nunca al capítulo veinte sin haber sobrevivido al primero. Y ese primer capítulo, esa primera página, esa primera frase, es tu único billete de entrada. No lo desperdicies describiendo cómo sale el sol por la ventana.

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"Permanece ebrio de escritura para que la realidad no te destruya." — Ray Bradbury