Feed de Contenido

Descubre contenido interesante sobre libros y escritura

Artículo 13 feb, 07:33

Desnudos, borrachos y de cabeza: los rituales más dementes de escritores que realmente funcionaban

Desnudos, borrachos y de cabeza: los rituales más dementes de escritores que realmente funcionaban

Victor Hugo escribía desnudo. Agatha Christie comía manzanas en la bañera mientras ideaba asesinatos. Schiller guardaba manzanas podridas en su escritorio porque el olor lo "inspiraba". Si crees que tu manía de afilar doce lápices antes de escribir es rara, espera a conocer las locuras certificadas de los genios literarios. La historia de la literatura no es solo una colección de obras maestras: es un catálogo psiquiátrico de obsesiones que, contra toda lógica, producían páginas inmortales.

Empecemos por lo más escandaloso. Victor Hugo, el autor de Los Miserables, tenía un método infalible para cumplir sus plazos de entrega: le daba toda su ropa a su criado con instrucciones de no devolvérsela hasta que terminara el manuscrito. Así, literalmente encerrado y en cueros, no tenía más opción que sentarse y escribir. ¿El resultado? Una de las novelas más monumentales de la literatura universal. La próxima vez que te quejes de que no encuentras motivación, pregúntate si estás dispuesto a llegar tan lejos. Probablemente no. Y por eso Hugo es Hugo y tú estás leyendo este artículo.

Pero la desnudez de Hugo es casi razonable comparada con las extravagancias olfativas de Friedrich Schiller. El poeta alemán mantenía un cajón lleno de manzanas podridas en su escritorio. Según él, el hedor de la fruta en descomposición estimulaba su creatividad. Goethe, que lo visitaba con frecuencia, casi se desmayaba cada vez que entraba en su estudio. Pero Schiller no cedía: sin su peste particular, las palabras simplemente no fluían. Hay algo profundamente honesto en admitir que tu musa huele a vertedero.

Honoriné de Balzac llevó el proceso creativo al terreno del suicidio lento. Consumía entre 40 y 50 tazas de café al día. No es una exageración literaria: es un dato documentado. Molía los granos él mismo, los preparaba cada vez más concentrados, y cuando el café dejaba de hacer efecto, pasaba a masticar los granos crudos con el estómago vacío. Escribía desde la medianoche hasta las ocho de la mañana, todos los días, durante años. Murió a los 51 años con el corazón destrozado. Nos dejó La Comedia Humana, noventa y una novelas interconectadas. El precio fue su vida, pero el ritual funcionó con una eficiencia aterradora.

Agatha Christie merece un párrafo aparte, porque su ritual combinaba lo doméstico con lo macabro de una manera deliciosa. La reina del crimen no tenía escritorio. Nunca lo tuvo. Escribía en la bañera, mordisqueando manzanas mientras decidía con qué veneno asesinar a su próximo personaje. También escribía en la mesa de la cocina, entre platos sucios y restos de comida. Cuando le preguntaban por su estudio, respondía algo así como: "¿Para qué necesito un estudio? Solo necesito una superficie plana y algo de imaginación". Produjo 66 novelas policiacas y es la escritora más vendida de todos los tiempos después de Shakespeare. Sin escritorio.

Hemingway escribía de pie. Cada mañana, desde las seis, frente a un estante a la altura de su pecho, con una máquina de escribir y un lápiz. Contaba cada palabra obsesivamente: llevaba un registro diario en una tabla de cartón clavada en la pared. Un día bueno eran 500 palabras. Un día extraordinario, 700. Si alguna vez te has sentido mal por escribir solo una página, recuerda que el autor de El viejo y el mar celebraba 500 palabras como una victoria épica. La disciplina no era glamurosa, era monacal. Y el alcohol venía después, nunca durante. Esa es una distinción que la leyenda suele omitir.

Traman Capote era horizontal. Escribía tumbado en la cama o en un sofá, con un café en una mano y un cigarrillo en la otra. Jamás empezaba ni terminaba un texto en viernes. Nunca dejaba más de tres colillas en un cenicero: cuando llegaba a tres, las vaciaba compulsivamente. Cambiaba de hotel si su habitación tenía el número 13 o si la suma de los dígitos daba 13. Superstición pura y dura, sin ninguna base racional. Pero A Sangre Fría cambió el periodismo para siempre, así que algo estaba haciendo bien entre tanta neurosis.

Maya Angelou alquilaba una habitación de hotel miserable específicamente para escribir. Llegaba a las seis y media de la mañana, pedía que retiraran todos los cuadros de las paredes —porque la distraían—, y trabajaba hasta las dos de la tarde con una Biblia, un mazo de cartas, una botella de jerez y un diccionario. Nunca dormía en esa habitación. La usaba exclusivamente como celda de escritura voluntaria. Hay algo brutalmente honesto en reconocer que tu propia casa te sabotea y que necesitas pagar por un espacio feo para concentrarte.

Y luego está Nabokov, que escribía exclusivamente en fichas de cartulina. No usaba cuadernos, no usaba máquina de escribir, no usaba hojas sueltas. Fichas. Cada escena, cada párrafo, cada idea ocupaba su propia ficha de 7x12 centímetros. Esto le permitía reorganizar capítulos enteros como si barajara un mazo de cartas. Lolita se escribió así: como un rompecabezas de cartulinas que Nabokov llevaba en una caja de zapatos. Es el ancestro analógico de Scrivener, solo que más elegante y sin actualizaciones molestas.

Lo que todos estos rituales tienen en común no es la locura, sino la función. Cada uno de estos escritores descubrió, por ensayo y error, qué condiciones específicas activaban su cerebro creativo. Hugo necesitaba eliminar la posibilidad de escapar. Balzac necesitaba un estimulante brutal. Christie necesitaba comodidad doméstica. Hemingway necesitaba disciplina militar. No importaba si el método era ridículo, repugnante o peligroso: importaba que funcionara.

Y aquí está la verdad incómoda que nadie quiere escuchar: el talento sin proceso no produce nada. Puedes tener todo el genio del mundo alojado en tu cráneo, pero si no encuentras la manera de sentarte —o tumbarte, o ponerte de pie, o desnudarte— y convertir ese genio en palabras sobre una página, es como tener un Ferrari sin gasolina. Los rituales no son superstición: son la gasolina. Son el truco que tu cerebro necesita para pasar del modo "persona normal" al modo "creador de mundos".

Así que la próxima vez que alguien se burle de tus manías antes de escribir —tu café específico, tu playlist exacta, tu necesidad de silencio absoluto o de ruido constante— recuerda esto: estás en buena compañía. Compañía desnuda, cafeinada, supersticiosa y ligeramente perturbada, pero compañía que escribió las mejores páginas de la historia. Encuentra tu ritual. Abrázalo sin vergüenza. Y si incluye manzanas podridas, al menos abre la ventana.

¿Nada que leer? ¡Crea tu propio libro y léelo! Como hago yo.

Crear un libro
1x

"Permanece ebrio de escritura para que la realidad no te destruya." — Ray Bradbury