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Artículo 14 feb, 16:03

Tu autor favorito no tiene ni idea de lo que escribió (y Barthes lo demostró)

En 1967, un francés fumador empedernido tuvo la desfachatez de declarar que el autor estaba muerto. No era una metáfora criminal: Roland Barthes publicó un ensayo que dinamitó siglos de reverencia literaria. Su tesis era tan simple como escandalosa: una vez que el escritor suelta la pluma, su opinión sobre el texto vale exactamente lo mismo que la tuya. Cero. Nada. Ni un centavo intelectual.

Suena a herejía, ¿verdad? Pues resulta que la historia de la literatura le ha dado la razón una y otra vez, a veces de las formas más hilarantes posibles.

Empecemos por el caso más jugoso: Franz Kafka. El hombre escribió «La metamorfosis» y, cuando le preguntaban qué significaba que Gregor Samsa se convirtiera en un insecto gigante, se encogía de hombros con genuina perplejidad. Sus diarios revelan que escribía en estados casi febriles, sin un plan maestro, sin alegorías calculadas. Y sin embargo, generaciones de académicos han construido catedrales interpretativas sobre esa cucaracha —o escarabajo, que ni en eso se ponen de acuerdo—. Alienación laboral, crisis de identidad judía, relación tóxica con el padre, metáfora del capitalismo. Kafka no planeó ninguna de esas lecturas. ¿Eso las hace menos válidas? Barthes diría que no. Yo también.

Pero el ejemplo que realmente me vuelve loco es el de Ray Bradbury. El autor de «Fahrenheit 451» pasó décadas explicando que su novela no trataba sobre la censura gubernamental, sino sobre cómo la televisión estaba destruyendo el interés por la lectura. Literalmente se enfadaba en conferencias cuando los estudiantes insistían en la interpretación sobre el totalitarismo. En una ocasión, durante una charla universitaria, un alumno le dijo que estaba equivocado sobre su propio libro. Bradbury abandonó la sala furioso. El alumno, técnicamente, estaba aplicando a Barthes sin saberlo.

Y es que aquí está el meollo de la cuestión: un texto, una vez publicado, deja de pertenecer a quien lo escribió. Se convierte en un organismo vivo que muta con cada lector. Cuando Cervantes escribió «El Quijote», no podía imaginar que cuatrocientos años después lo leeríamos como una reflexión posmoderna sobre la naturaleza de la ficción. Cuando Mary Shelley creó a Frankenstein, no estaba pensando en los dilemas éticos de la inteligencia artificial, pero hoy esa lectura es perfectamente legítima. El texto es un espejo que refleja la época de quien lo mira, no la de quien lo fabricó.

Ahora bien, no todo es fiesta en el reino de la interpretación libre. Existe un peligro real en llevar la muerte del autor al extremo, y Umberto Eco —que sabía un par de cosas sobre semiótica— lo advirtió con elegancia. En su obra «Los límites de la interpretación», Eco argumentaba que un texto tiene una «intención» propia, independiente tanto del autor como del lector. No puedes leer «Caperucita Roja» y concluir que es un tratado sobre la física cuántica. Bueno, puedes, pero estarías haciendo el ridículo. El texto impone ciertos límites, ciertas fronteras semánticas que no se pueden cruzar sin caer en el delirio.

Eso nos lleva a la tensión más fascinante de la teoría literaria moderna: ¿dónde termina la interpretación legítima y dónde empieza la sobreinterpretación? Piensa en J.K. Rowling. Durante años, sus lectores construyeron interpretaciones sobre Harry Potter que iban mucho más allá de lo que ella había planeado. La comunidad de fans decidió que Dumbledore era gay antes de que Rowling lo confirmara. Decidieron que la saga era una alegoría sobre el fascismo, sobre la discriminación racial, sobre la lucha de clases. Y entonces Rowling empezó a «confirmar» cosas en Twitter, retroactivamente, y el asunto se volvió un circo. ¿Quién tenía la autoridad? ¿La autora que añadía capas después de publicar, o los lectores que las habían descubierto —o inventado— por su cuenta?

Barthes habría disfrutado enormemente con Twitter. La red social demostró que la muerte del autor no era solo una teoría académica, sino una realidad cotidiana. Cada meme, cada texto retuiteado fuera de contexto, cada frase sacada de su marco original es un ejercicio involuntario de barthesianismo. El autor original pierde el control del significado en el instante mismo de la publicación.

Pero volvamos a lo literario, que es donde la cosa se pone realmente interesante. Borges —siempre Borges— escribió «Pierre Menard, autor del Quijote», un cuento donde un escritor francés reescribe, palabra por palabra, fragmentos idénticos al Quijote de Cervantes. Y sin embargo, el texto de Menard es radicalmente diferente, porque se lee desde otro contexto histórico, otra sensibilidad, otra época. Es la demostración más brillante y más divertida de que el significado no reside en las palabras, sino en el acto de leerlas. Barthes avant la lettre.

Entonces, ¿el lector sabe más que el autor? No exactamente. Lo que sabe es diferente. El autor conoce la cocina, los ingredientes, las decisiones conscientes. El lector conoce el plato tal como lo saborea, con su propio paladar, sus propias experiencias, sus propias hambrunas emocionales. Ninguno de los dos tiene el monopolio del significado. Pero si me obligas a elegir —y en un bar siempre te obligan a elegir—, me quedo con el lector. Porque el autor escribe una vez, pero el libro se lee infinitas veces, y en cada lectura nace un texto nuevo.

Lo irónico es que Barthes murió en 1980, atropellado por una furgoneta de lavandería en París. Una muerte absurda, casi literaria en su arbitrariedad. Y desde entonces, su propio ensayo ha sido interpretado, reinterpretado, malinterpretado y sobreinterpretado de mil maneras que él jamás imaginó. La muerte del autor aplicada al autor de «La muerte del autor». Si eso no es justicia poética, no sé qué lo es.

Así que la próxima vez que alguien te diga que estás leyendo un libro «mal», que el autor «quiso decir otra cosa», sonríe con la calma de quien tiene a la teoría literaria de su lado. El autor firmó el libro. Tú le das el significado. Y si Bradbury pudo estar equivocado sobre Fahrenheit 451, cualquiera puede estarlo sobre su propia obra. Esa es la democracia más salvaje y más hermosa de la literatura: una vez que las palabras están en la página, son tuyas.

¿Nada que leer? ¡Crea tu propio libro y léelo! Como hago yo.

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"Una palabra tras una palabra tras una palabra es poder." — Margaret Atwood