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Artículo 13 feb, 05:16

Heinrich Heine: el poeta que Alemania quiso borrar y que hoy nos sigue dando bofetadas

El 17 de febrero de 1856 murió en París un hombre que llevaba ocho años pudriéndose vivo en lo que él mismo llamó su «colchón-tumba». No podía moverse, apenas veía, y sin embargo seguía escribiendo versos que hacían temblar a medio continente. Se llamaba Heinrich Heine, y 170 años después de su muerte, sus palabras siguen teniendo la incómoda costumbre de resultar proféticas. Si alguna vez has tarareado una canción de Schubert o Schumann sin saber de dónde venía la letra, le debes algo a este hombre. Si alguna vez has leído un tuit político que te pareció brillante, probablemente Heine lo dijo mejor hace dos siglos.

Pero empecemos por el principio, que en el caso de Heine es ya bastante retorcido. Nació en Düsseldorf en 1797, judío en una Alemania que no tenía la menor intención de hacerle la vida fácil. Se convirtió al protestantismo para poder ejercer como abogado —un trámite burocrático del alma, como él mismo reconoció con esa honestidad brutal que le caracterizaba—. «El certificado de bautismo es el billete de entrada a la cultura europea», dijo. No porque lo creyera, sino porque así funcionaba el mundo. Y Heine tenía esa rara habilidad de decir la verdad más incómoda con la sonrisa más encantadora.

Su «Libro de canciones» (Buch der Lieder), publicado en 1827, es una de esas obras que cambiaron las reglas del juego sin que nadie se diera cuenta al principio. Imagina a un tipo que escribe poemas de amor tan perfectos, tan musicales, tan aparentemente sencillos, que compositores como Schubert, Schumann, Brahms, Liszt y hasta Richard Strauss se peleaban por ponerles música. Más de tres mil composiciones nacieron de sus versos. Tres mil. Cuando Schumann compuso «Dichterliebe», una de las cumbres del lied romántico, estaba musicalizando a Heine. Y aquí viene lo genial: esos poemas que parecían suspiros románticos eran en realidad pequeñas bombas de ironía. Heine te seducía con una imagen bellísima y en el último verso te daba una patada en el estómago. Inventó algo que hoy llamaríamos «subversión de expectativas», pero sin necesidad de arruinar el final de ninguna serie de televisión.

Y luego está «Alemania: un cuento de invierno» (Deutschland. Ein Wintermärchen), publicado en 1844. Si el Libro de canciones era un guante de seda, este poema épico era un puñetazo directo. Heine regresó a Alemania después de años de exilio en París y escribió un relato de viaje en verso que destripaba el nacionalismo alemán, la censura prusiana, el militarismo y la hipocresía religiosa con una precisión quirúrgica. Lo hizo rimando, lo hizo riendo, y lo hizo tan bien que el libro fue inmediatamente prohibido. El rey de Prusia ordenó su arresto si ponía un pie en territorio alemán. La respuesta de Heine fue, básicamente, seguir escribiendo desde París con más ganas.

Aquí es donde la historia se pone oscura, y no solo por la enfermedad que lo fue consumiendo. En 1933, los nazis quemaron sus libros. Pero había un problema: «Die Lorelei», uno de sus poemas más famosos, estaba tan arraigado en la cultura alemana que no podían simplemente borrarlo. Era prácticamente un himno popular. ¿La solución? Lo atribuyeron a «autor desconocido». Un judío tan grande que ni siquiera el Tercer Reich pudo eliminarlo del todo, solo pudieron intentar robarle el nombre. Y aquí viene la frase que te hiela la sangre: en 1820, más de un siglo antes del Holocausto, Heine escribió en su obra «Almansor»: «Allí donde se queman libros, se termina quemando también personas». Léelo otra vez. 1820. No fue una profecía: fue un diagnóstico.

Lo que hace a Heine absolutamente moderno —y absolutamente necesario— es que combinó algo que hoy seguimos sin saber mezclar bien: compromiso político y talento literario de primera línea. No era un panfletario que escribía mal ni un esteta que miraba para otro lado. Era las dos cosas a la vez, y las dos le salían de manera extraordinaria. Sus artículos periodísticos desde París para periódicos alemanes inventaron prácticamente el periodismo cultural moderno. Escribía sobre política francesa como quien cuenta chismes en una cena, pero cada chisme escondía un análisis demoledor.

Su influencia es una de esas cosas que están en todas partes precisamente porque nadie las ve. Marx lo admiraba profundamente —fueron amigos en París— y la mordacidad de Heine dejó huella en la prosa marxista. Nietzsche lo consideraba el mejor poeta en lengua alemana después de Goethe, y eso viniendo de Nietzsche, que no era precisamente generoso con los elogios. Freud lo citaba constantemente. Borges lo tradujo. Karl Kraus, ese otro maestro de la sátira vienesa, le debía más de lo que jamás admitiría.

Pero la pregunta incómoda es: ¿por qué no lo conocemos mejor? ¿Por qué un tipo que escribió tres mil canciones, anticipó el Holocausto, inventó la sátira política moderna y fue admirado por Marx, Nietzsche y Freud no tiene el reconocimiento popular de un Byron o un Baudelaire? La respuesta es desagradable: porque fue judío y alemán en un siglo y un país que decidió que esas dos cosas eran incompatibles. La Alemania de posguerra tardó décadas en reconciliarse con su legado. La universidad de Düsseldorf no lleva su nombre desde siempre; hubo un debate feroz antes de bautizarla como Heinrich-Heine-Universität en 1988. En 1988. Treinta años después del Holocausto, todavía discutían si el mayor poeta de la ciudad merecía ese honor.

Hoy, en una época en la que la sátira política se confunde con el insulto, en la que el humor se ha convertido en campo de batalla cultural, en la que los nacionalismos vuelven a rugir por toda Europa, Heine es más relevante que nunca. No porque nos dé respuestas —los buenos escritores nunca dan respuestas—, sino porque hizo las preguntas correctas. Y las hizo con una gracia que duele.

Sus últimos años en aquel «colchón-tumba» parisino son quizá lo más conmovedor de toda la literatura del siglo XIX. Paralizado por lo que probablemente fue esclerosis múltiple, dictaba poemas a su secretario con una lucidez devastadora. «Dios me perdonará, es su oficio», dijo en su lecho de muerte. Esa es la última broma de Heine: incluso muriéndose, no pudo resistirse a ser ingenioso. Y en esa frase está todo: la irreverencia, la inteligencia, el dolor disfrazado de humor, la negativa absoluta a tomarse demasiado en serio a sí mismo o al universo.

Ciento setenta años después, seguimos necesitando gente así. Gente que sepa reírse de lo sagrado sin destruirlo, que sepa llorar sin perder la dignidad, que sepa mirar al abismo y responder con un verso perfecto. Heinrich Heine lleva 170 años muerto, y sigue siendo más lúcido que la mayoría de los vivos. Eso no es un legado. Es una provocación permanente.

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